lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 73 — Ítalo

Aldara iba a detener el avance del grupo del Oeste y Li y Malo iban a usar eso para atacarlos. No era un plan perfecto y, de hecho, no lo fue. Se liberaron del hielo con más facilidad de lo que esperábamos y los disparos no acertaron. Malo recibió una herida en el pecho. A pesar de que esto motivó a nuestro pistolero a disparar aún más, en pos de defender a su más viejo amigo. Sus balas parecieron gastarse en esos árboles inacabables. Yo me encontraba junto a él, observando. Cuando tuvo que recargar se metió a resguardo y cerró los ojos, moviendo los labios como si estuviera contando. Debía ser algún truco de pistolero.
Al final los cuervos avanzaron hasta nosotros y todo el mundo tuvo que actuar a la vez. Llené mi puño con el poder de mi piedra y golpeé al cuervo más pequeño; mi puño generó un resplandor y casi pude sentir como la energía recorría el cuerpo del bicho.
Pero perdí la noción de todo lo demás cuándo vi a Hanzel a mi derecha. Fue una doble sacudida: la piedra cobró su precio por ser usada, devorando mi energía en ese mismo instante en que los recuerdos de todo mi pasado golpearon mi cabeza. No dudé en ir hacia adelante, pero fue como si hubiese olvidado porqué lo hacía. De pronto no sabía si era capaz de matar a mi hermano. Aun así, mi cuerpo empezó a cargarse con energía mientras me acercaba. Si de algo no tenía dudas es que quería golpear su rostro por primera vez. Lo estaba deseando más que todo, y cuando lancé mi puño fue cargado de emociones. Pero no golpeó nada. Hanzel podía evadirme; era demasiado lento, me encontraba demasiado afectado. Levanté mis puños varias veces, pero no podía dar en el objetivo. Pensé en sacar la daga de Marco, y ese movimiento fue todo lo que Hanzel necesito para derribarme al suelo. De nuevo. La historia se repetía… Yo siempre debía verlo elevándose sobre mí.
Hanzel gritó algo en lo que ahora era su idioma y pareció perder interés en mí. Di un salto hacia atrás y me refugié en un tronco, pero entonces noté que todo movimiento se había detenido. El dialogo de pistolas se había callado; no podía encontrar a nadie.
Mi hermano no podía haber usado su anillo mágico para irse; su grupo tenía que haberse escabullido entre la vegetación. Creí poder ver sus siluetas adentrándose en el bosque cuando Li me llamó con un grito.
Volví con el resto y vi a Cregh sacando la espalda del cuervo pequeño. No logré entender la expresión en el mago, o la poca sangre que caía de la espada.
Aldara se nos acercó. Un escudo de agua, que la recubría la zona donde recibió un disparo, se había teñido de rojo y terminó por dejarlo caer al piso. Le pregunté si estaba bien y asintió sin darme mayor importancia. Los ojos de todos estaban clavados en Malo. El quitnar sangraba mucho y apenas podía estar erguido.
Li se encontraba en cuchillas con una expresión que jamás había visto en él. Malo se tumbó en el barro y volvió a su forma de gato. Esto alarmó a todos y nos reunimos a su alrededor, salvo el Pistolero. Malo maulló.
—Dice que así va a sangrar menos —nos comunicó el pistolero, en un hilo de voz.
—¿Va a sobrevivir? —preguntó Aldara. Li guardó silencio y el gato también.
—Encontré estas hojas en ese cuervo —dijo Cregh—. Puedo curar a Malo... en cuanto recupere mi magia.
Me acerqué hasta el quitnar y lo levanté del suelo, llevándolo a mi pecho.
—Hay que avanzar —declaré, sin lugar a discusiones. Todos asintieron en silencio y mire al cuervo inmóvil—. Al menos lo hiciste, ¿no? Cobraste venganza por Dalia.
—No… no es él —dijo Cregh—. No encontré un anillo en él. Por eso es que no…
—¿Por eso qué, Cregh? —exclamó Li.
—Nada. Me quedé pensando en el anillo —Cregh desvió la mirada hacia el cuervo.
Me puse en marcha con Malo en brazos y el resto no tardó en sumarse. Aldara se tomó su tiempo; parecía haberle encontrado un gusto a ser desafiante. Antes de alcanzar al resto se tomó otra pausa y pateó la cabeza del cuervo como alguien patearía una piedra a un lago. Intenté mirarla sin mostrar mi impaciencia; ella entendió y se nos acercó.
Creí haber visto que el cuervo se había movido luego de la patada, pero no sucedió nada cuándo le dimos la espalda. Lo había golpeado con la energía de mi piedra; era imposible que se pudiera mover.
Aunque los árboles y las nubes de lluvia no dejaban pasar mucha luz, podía verse que el sol del alba empezaba a dar la bienvenida al nuevo día. A esa altura los latidos se habían vuelto algo insoportable; parecían meterse en tu cabeza y palpitar desde dentro. Parecían estar acelerando, y eso no podía ser bueno.
No habíamos caminado mucho cuando Malo volvió a maullar, desde mi pecho. Y Li tradujo.
—Están cerca.
Había un pequeño rastro de sangre en el suelo. No era demasiado evidente, pero el rojo se distinguía entre la hierba. Nos acercamos con cautela. A la distancia pude ver a un hombre portando revólveres, y pensé que debía ser mi hermano. Pero él también nos vio. Empezó a abrir fuego sin contenerse. Los cargadores se volvían a llenar tan pronto se vaciaban. Reconocí que era su Pistolero, al que había dado con una flecha. Le había dado en un brazo junto con un ataque de la Nereida; no entendía cómo podía disparar así. Nos mantuvimos a cubierto mientras gastaba las balas. Aldara empezó a juntar agua y Li volvió a cerrar los ojos como si estuviera contando. Li salió de su cobertura y tiró tres disparos. Acertó.
Pero su Pistolero siguió de pie, en la misma posición, mostrándole el pecho a las balas, con ambos brazos extendidos. El asombro de Li le dio un instante precioso al Pistolero del Oeste, y su tiro rozó el cuello de Li.
Pasaron unos minutos más en los que el Pistolero se negaba a detener su descarga. Pero sus tambores se terminaron vaciando; ya no tenía más munición. No podía entender por qué había gastado sus balas así, pero agudicé la vista y vi cuánta sangre estaba perdiendo. Su piel ya era blanca como el papel, su expresión parecía muerta.
Le di Malo a Aldara y me dirigí hacia el enemigo. Sentí que no tenía nada que temer.
Mientras me acercaba el Pistolero me miró a los ojos e insistió en disparar. Sus dedos no paraban de gatillar las armas, produciendo el mismo sonido seco una y otra vez. Chasquido, chasquido, chasquido.
—¿Qué es todo esto? —dije. Ahora estaba tan cerca que él pudo apoyar los revólveres en mí y siguió gatillando—. ¿Dónde está el Deus?
El Pistolero se mojó los labios y tragó saliva; o sangre, o quizá ambas.
—No sé, Ítalo —susurró. Su voz no parecía venir de él—. No soy de acá. Sé poco del Deus y no me importa demasiado.
—¿Cómo qué no? —pregunté. Parecía saber mi nombre—. ¿Te conozco?
—Las familias nobles en Alles se conocen entre sí. Mi hogar está allá, con los Robler. A veces la guerra solo sucede por dinero. Mi familia hizo un trato con el Oeste antes de que yo naciera. Yo solo soy otra parte de ese contrato. —Miré al hombre frente a mí y vi a alguien resignado. Alguien que ya ni siquiera intentaba cerrar sus heridas. Ya no tenía nada que perder al responder mis preguntas—. No creo que el Deus sea más divino que cualquier hombre.
—Tu escepticismo me sorprende —dije, intentando ver más adentro de esa persona que podía actuar contra su propia tierra—. El Deus está provocando toda una revolución.
—Pero puede sangrar como todos. Todos sangramos.
Li apareció por detrás de mí, sin más tiempo para hablar. Puso su calibre más grande en la frente del Robler y apretó el gatillo.
—Hay que seguir avanzando —masculló.
Se acercó al cuerpo del Pistolero y sacó el anillo de sus dedos; su mente parecía estar más concentrada en nuestra misión que la mía, incluso con su viejo amigo estando herido. Me indicó que me lo pusiera.
Miré al resto y moví la cabeza hacia adelante. Era hora de avanzar.
—“Todos sangramos”, ¿eh? —dijo Cregh, mirando la espada de Aldara—. ¿Esta cosa lo hará sangrar?
—Sería conveniente. Una gran coincidencia —dije—. Pero a esta altura dejé de creer en las coincidencias.
—Ese hombre… su voz era demasiado extraña —dijo la Nereida, titubeando—. Quizá mentía con eso de que el Deus puede sangrar.
—¿Sí? —levanté las cejas—. Su voz es lo que me hizo confiar. Quizá no creía en el Deus como nosotros.
—¿Nosotros? —preguntó Li, molesto.
—No lo reconocemos como nuestro dueño —dije—. Pero yo reconozco su poder.
Durante un buen rato no sé habló más, mientras avanzábamos por el bosque. Malo había permanecido alerta desde que habíamos visto al Pistolero, pero al final se desplomó en Aldara. Su respiración era dificultosa, aunque las caricias de Aldara lograban hacerlo ronronear. La espera para salir del bosque y curarlo se hacía eterna, justo como los latidos. Li no dejaba de girarse hacia Cregh, como queriendo que nos transportase como había hecho tantas veces antes.
El silencio era demasiado pesado. Estaba a punto de hablar… justo cuando el bosque se abrió de par en par. Un claro enorme se hacía paso. Cregh fue el primero en reaccionar, con una sonrisa. Tomó a Malo descuidadamente y empezó a correr hacia adelante: había suficiente espacio sin árboles como para que la magia volviera a actuar.
—Puedo sentir un rio muy cerca —dijo Aldara.
—Un río. Agua. Dalia soñó con esto en su última noche; ahí va a estar el Deus —dijo Li, atando los cabos.
—Estamos en buen camino —sonrió Aldara.

—¿Nada? —pregunté en voz alta una vez que llegamos al claro. La lluvia era lo suficientemente copiosa para igualar a los latidos.
—El río está hacia el norte —dijo Aldara.
Detrás de nosotros, Cregh ya estaba con las manos a la obra en Malo mientras Li lo miraba muy de cerca. Nunca me habían curado con esas hojas mágicas, pero no recordaba que tomara tiempo. No podíamos seguir avanzando sin nuestro amigo peludo y el hechicero, por lo que Aldara y yo nos volvimos en nuestros pasos.
Estaba empezando a agitarme. En verdad empezaba a sentir que la eternidad podía estar a la vuelta de la esquina. Y no ayudaba que nuestra muerte no sería solo nuestra, sino de todo lo que conocíamos en Alles. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, y empecé a intentar distraerme con cualquier cosa. El sudor frío se confundió con la lluvia, y me perdí en los ojos de Aldara. Ella jugaba con la enorme cantidad de agua que tenía a su disposición. Sin distraerse más, formó una pared de agua que protegía a Cregh y a Malo de la lluvia.
—¿Cuánta magia hay acá, Cregh? —pregunté.
—¿Cómo que cuánta magia? —dijo, girándose—. No hay una medida. O la energía está presente o no.
—¿Es ilimitada, entonces?
—Sí, algo así. Por ahora pensá que es ilimitada, es lo más práctico.
Hubo un pequeño silencio entre nosotros. Respiré hondo, llenando mis pulmones del aire helado de la tormenta.
Al abrir los ojos volví a girarme hacia el norte. En ese preciso momento, cuándo divisé una sombra en el horizonte, ya era demasiado tarde. El anillo lo transportó a mi derecha. Fue tan rápido que tuve la sensación de seguir viendo la silueta del hechicero en la lejanía.
El mago fue instantáneo; una membrana rojiza se extendió alrededor de los cinco. Parecía hecha de un material viscoso, como una carne sedosa. Sin esperar a averiguar qué haría, me lancé hacía él; todavía no había dado el tercer paso cuando las reacciones de Li volvieron a sorprenderme. Un disparo traspasó la barrera de agua, dando en el hombro del mago. No tenía duda que ese había sido el calibre pesado. El hechicero gritó al aire con rabia, y vi que Aldara estaba disponiendo del agua frente a ella. Empecé a solicitar el poder de la piedra.
El hechicero se recuperó en un parpadeo, se alejó de un salto y cerró su puño. La membrana se contrajo, envolviéndonos y atrapándonos. Solo necesite un segundo para reaccionar con mi anillo, transportándome afuera de aquella membrana de carne. Li se liberó con su propio anillo, y un brillo blanco a mis espaldas hizo entender que Cregh también había sido rápido al transportarse afuera.
Saqué una flecha y tensé el arco. Apunté entre los ojos del mago. La flecha silbó y la trayectoria fue perfecta… Pero el hechicero del Oeste levantó su mano y el disparo falló. Perdí el hilo de la pelea al no entender cómo había logrado zafar.
De pronto, apareció otro destello blanco, esta vez en la espalda del mago. Apareció Cregh, su puño brillando con una luz amarilla, y no perdonó. No había visto a Cregh activar el arte alternativo, pero su ataque fue certero. Golpeado en la espalda, el hechicero salió despedido un par de metros. Pedazos de metal cayeron al suelo.
La membrana se había abalanzado sobre el resto y los estaba asfixiando. Salté sobre ella y usé mi daga para empezar a cortar el desagradable material. Era resistente y flexible, y aunque parecía imposible de romper con las manos, se sentía como manteca bajo mi arma. Estaba cerca de liberar a Aldara cuando Li levantó su arma.
—No tiene caso; ¡puede esquivarte, Li!  —le grité. El pistolero no estaba lo suficientemente familiarizado con la transportación todavía.
Varias estacas de hielo salieron desde dentro de la membrana. Se empezaron a mover, y el propio filo del hielo abrió una salida para la nereida. Una pelota de fuego iluminó la escena y Cregh se volvió corriendo.
—Sigue vivo. Necesito tiempo para curar a Malo —nuestro mago fue conciso y confió ciegamente. Se agachó y volvió a curar al Quitnar.
—¿De dónde carajo salió? —preguntó Aldara, llena de ira, sacándose restos del fluido viscoso de la membrana roja.
—Con el anillo —repetí—. Puede estar en cualquier lugar.
En un golpe de vista no divisé ningún rastro del mago. Lo más probable era que el ataque de Cregh solo nos hubiese ganados unos momentos.
—Revisen sus espaldas y sobre sus cabezas. Son los flancos favoritos de uno que puede transportarse —dije, mientras guardaba el arco. Debía concentrarme al ciento por ciento en mi piedra.
—No es momento para consejos de alguien que no sabe nada de transportaciones —dijo Li, con una pequeña sonrisa. Recordé la velocidad de sus reacciones y el tiro en el hombro y me llené de satisfacción.
—No seas insolente, Pistolero —dije, sonriendo—. Solo creéme.
Formamos un triángulo alrededor de Cregh. Saqué el pergamino violeta, para repeler, y pegué dos de sus sellos en mis brazos. La última vez que había intentado usarlos no había opuesto resistencia significativa, así que usaría dos. El hechicero no era ningún dios…solo necesitábamos un tajo en la garganta. Solo necesitábamos un error. Confiaba en fuéramos certeros cuando el momento llegase.
A pesar de mis precauciones, el hechicero utilizó otra estrategia y entendí cuánto conocía aquel anillo.
Apareció frente a Aldara y levantó la mano. La nereida juntó el agua a su alrededor lo más rápido que pudo, pero el mago ya se había movido frente a mí. Levanté la daga a la altura de mis ojos, pero el hechicero ya no estaba. Ahora apareció en la espalda del pistolero y con una ráfaga de viento lo sacó de escena para hacerse paso al verdadero objetivo. Había logrado engañar a los tres en un instante… y ahora una llama de fuego salía de su mano, apuntando a Cregh y Malo.
Pero no estaban indefensos. El quitnar se escapó de las manos de Cregh, saltando hacia el hechicero mientras tomaba su forma canina. Inmune contra el fuego, se lanzó sobre el hombro del mago… pero eligió el hombro que no había sido disparado. Intentó hincar sus dientes en el metal, y el hechicero uso algo que sí afectaba al quitnar: una ráfaga de viento. Malo salió disparado con violencia, cayendo detrás de Aldara.
El Pistolero, que también había sido derribado, se revolvió en el piso y apuntó al enemigo. El hechicero, como si fuera capaz de ver en todos lados, movió su mano hacia Li…y el disparo falló. Quise aprovechar el momento y me transporté detrás de él. El mago tuvo tiempo de encontrarse con mi mirada y dedicarme una risotada antes de desaparecer. El ataque de Aldara, que todavía lo perseguía, terminó impactando en mí.
Dolió más de lo que esperaba, pero pude incorporarme tras unos momentos. Cuando levanté la cabeza, el hechicero tenía una esfera de luz en su mano. Era del tamaño de una manzana, y esta se puso a levitar en medio del claro. Todo empezó a volverse oscuro, y pensé que el golpe de Aldara realmente me había lastimado. Entonces escuché a Cregh mascullar un insulto detrás de mí y entendí que no era el único que lo veía. Esa esfera estaba chupando la luz y nuestra visibilidad.
—Igual que en Verin —susurré—. Peleamos sin ojos.
En meros instantes la escena se había vuelto completamente oscura; solo podía escuchar los latidos y la lluvia. Cregh reaccionó con una bola de fuego. Rodeamos la pelota para no perder nuestra vista por completo. Ahora nuestras sombras se reflejaban danzantes en el suelo rebalsado de lluvia. El orbe del hechicero parecía succionar toda la luz que estuviera cerca; se podía ver como la luz de la flama se veía arrastrada allí.
A esa altura, la figura del hechicero era una con la oscuridad. Aldara formuló una idea y nos la dijo.  Me puse delante de ella, cubriéndola.
—Li, por todos los dioses, usa tu anillo —dije—. Solo necesitamos una fracción de segundo para que te transportes detrás de él y llenes su cráneo de plomo.
Li se me quedo mirando. No le saqué la mirada de encima hasta que asintió.
—Y sí es necesario, yo voy a ser la carnada. —Señalé mi marca de la corona.
De pronto, la flama pareció volverse más intensa. Una estructura de hielo había sido erguida en un segundo, recubriendo al hechizo y protegiéndolo. La perfección cristalina del agua congelada reflejaba y amplificaba al fuego. Por más que estuviese en una distancia prudente del hechizo, se iba a derretir en unos minutos. Pero no me preocupé; sabía que todo eso se iba a solucionar en un instante, para bien o para mal.
Aquel hechicero se tomó su tiempo; yo hubiera aprovechado la ventaja de la oscuridad impulsivamente. Más allá de su habilidad, no la debía estar pasando bien. Había sido herido de gravedad en el hombro.
Fue justo cuando pensé que se tomaba su tiempo que apareció una ráfaga de viento, buscando empujarnos fuera de nuestro faro de luz. Pude sentir como un tentáculo de agua se aferraba a mis pies y los sostenía en el piso. La estructura de hielo también estaba igual; el ataque había sido inútil.
Hubo un momento de silencio, dejándonos con la lluvia y los latidos. No podía ver ni a cinco metros. No tenía idea de cómo se suponía que atacáramos.
—Está ahí, quieto —dijo Aldara, señalando con el brazo—. A unos cuantos metros.
—¿Cómo sabés? —preguntó Cregh.
—Siento las gotas rebotando sobre sus hombros. Está quieto, no sé qué hace.
Escuché a Malo gruñir detrás de mí.
—Ahora se está acercando —dijo Aldara.
A pesar de lo que nos decía, yo no tenía indicio alguno. Apenas podía mantenerme tranquilo. De pronto, una luz nueva nos rodeó; era un puto anillo de fuego.
—¡Aldara! —alcanzó a gritar Cregh. Pero la nereida ya estaba en ello.
El charco que pisoteábamos se elevó, formando un domo en un pestañeo. El agua se disponía a hacerle frente al fuego.
—¡No se transporten ni salgan de acá! —siguió diciendo Cregh—. Es lo que él quiere.
Al parecer no había sido equivocación que nos hubiera intentado atacar con el viento. Ahora estábamos más lejos del centro, más cerca de su anillo de fuego. El hechizo se contraía, acercándose hasta que tocó las paredes de agua de Aldara. El agua no estuvo a la altura, evaporándose en un instante y creando una explosión de vapor. Sin perder un segundo, Aldara levantó otro refugio; pero este se volvió sólido, congelándose en hielo.
El hielo pareció aguantar bien, pero el fuego no parecía ceder ni un centímetro. Se mantenía empujando, derritiendo el hielo. Por lo menos nos entregaba luz; nos iluminaba en una escena que casi era bella. Pero no duró mucho más. Tras unos momentos, el fuego se extinguió, volviendo a la luz de nuestro centro.
Todas nuestras miradas se encontraron. Cregh pareció abrir la boca, aunque en ese preciso instante la tierra se sacudió. Fue un temblor masivo, seguido por el resonar de algo quebrándose, pues la tierra bajo nuestros pies estaba abriéndose por la mitad. La grieta se tragó el faro y separó al grupo en dos. El suelo seguía temblando, haciéndome saber que las cosas no hacían más que empeorar. Ni siquiera había llegado a reaccionar. Instintivamente, empecé a soltar energía por la mano, dejando que unos pequeños rayos me alumbraran.
Entonces oí una voz. Alguien me estaba chistando.
—Bajá eso —dijo la voz, apenas un susurro. Entendí que se trataba de Cregh—. Creo que no sabe dónde estamos.
—¡Pero el resto no se pueden alumbrar! —dije—. ¡Están indefensos!
—Estoy seguro que Aldara ya los cubrió —sentenció Cregh. Tenía razón; el pánico de la oscuridad me volvía impulsivo.
La tierra siguió moviéndose; para esa altura ya habíamos perdido la referencia de dónde estábamos parados. Me quedé agazapado, mirando en la dirección en la que se suponía que estaba Cregh. Sonó un trueno y la tormenta empeoró, al punto de que las gotas dolían.
—Si todavía no nos mató, creo que hay una chance —masculló Cregh—. Vamos a hacernos señuelos al iluminarnos. Vos corré en dirección opuesta a la mía. Si el hechicero te ataca, grita con todas tus fuerzas. ¿Listo?
—¿En qué dirección? —dije.
—¡Ya! —gritó Cregh, a todo pulmón.
Una llamarada increíble se desplegó frente a mí, iluminando a nuestro mago. Mientras Cregh salía corriendo, empujé la energía de la piedra de una forma que jamás había hecho; mi mano parecía una lámpara. Sonreí y empecé a correr en dirección opuesta a Cregh.
El panorama era de plena oscuridad; la luz me permitía ver apenas unos metros delante. No entendía en qué se basaba el plan, pero corrí como si no hubiera mañana. En una sola dirección, incansable. Inmerso en esa oscuridad infinita, choque con una pared de agua bajo mis rodillas. Trastabillé y entendí que se trataba de Aldara. Era una cantidad absurda de agua que se movía hacia el fuego de Cregh. Segundos después, escuché un grito en la lejanía.
—¡Li, dispará a la luz! —era nuestro mago, dando la señal.
Escuché el disparo; seco y certero. El orbe de luz se mantuvo intacto por unos momentos eternos. Cuando pestañé, fue como si la luz nunca se hubiese ido; el orbe ya no estaba allí. Un ardor en los ojos me hizo refregarlos.
El claro del bosque era ahora una pileta de agua que llegaba hasta mis rodillas y fluía hasta la grieta en el suelo. ¿De dónde había salido toda esa agua? Podía verla llegando desde afuera del claro. El mago de la armadura estaba quieto en la lejanía, mirando a Aldara, que se encontraba con Li y Malo. Algo —además de la sangre de un rojo brillante corriendo por su hombro— me decía que realmente estaba de mal humor. Estaba incómodo. Nos estaba respetando por primera vez.
Esperaba que lo hubiese reconocido; que hubiese visto que el Este revivía de las cenizas.
La tormenta se apaciguó por primera vez, dejando una lluvia elegante. Me transporté al otro lado de la grieta, dónde estaba el resto, a la vez que Cregh aparecía con un destello blanco. Miré al grupo cara por cara. Pasando por Malo, Aldara, Li y Cregh. Ya no había miedo. Especialmente en nuestro mago.
—¿Sabías que el hechicero iba a ir por vos? —le pregunté.
—No, no tenía la menor idea —respondió.
—¿Pensaste que seguiría al primero que se alumbre?
—Algo así. Temí que Li se convirtiese en un blanco demasiado fácil al revelar su posición con el disparo. Pero ese hechicero está... raro. Está siendo demasiado cauto.
—Si sigue tan quieto, voy a ponerle otro balazo—dijo Li.
—No sé qué tan bueno sea que esté pensando tanto —dijo Aldara.
Nadie más habló. Los dos bandos se mantuvieron expectantes.
Miré a Li muy fijo, marcando muy lentamente la marca de mi ojo. Sus ojos fríos se clavaron en los míos y asintió firme. Sobraban las palabras. Era hora de matar al hechicero.
El mago del oeste permaneció estático por largos segundos que se hicieron eternos. Ninguno movió un músculo. Entonces, levantó sus manos y la tierra volvió a moverse. En ese preciso momento junté energía en la mano izquierda y usé mi anillo. Mientras que la tierra volvía a revolcarse, me transporté frente a él, donde estaba naciendo una nueva grieta. Intenté hacer contacto con su pecho, pero el rayo que se desprendía rabioso de mi brazo le dio nada más que al aire. Tan inmóvil como parecía, volvía a escapar.
Mi brazo no había terminado su recorrido cuando vi que el hechicero se había transportado metros atrás, pero tras él apareció Li. El hechicero empezó a levantar su mano al mismo momento que el pistolero llevaba su calibre pesado a la altura de sus ojos. Para el momento que mi brazo terminó su recorrido, luz salió desde el cañón, buscando la cabeza del mago.
Mis ojos se quedaron pegados en aquel casco de la armadura, esperando ver sangre. Pero entonces sentí la bala rozar mi cabeza y vi al Pistolero con los ojos bien abiertos, estupefacto. Nos había desviado otra vez.
El hechicero no dudó en conjurar una llamarada, y Li no pudo hacer más que recibir el ataque. El Hechicero intentó seguir con el terremoto, pero al levantar la cabeza se encontró conmigo. Había malgastado la energía de mi piedra, pero insistí en atacar, transportándome detrás de él. Esta vez no buscaba clavar la daga en su cuello, tan solo rozarlo para que no pudiera escapar. El intento fue en vano; el hechicero ya estaba en otra parte. Quedé agazapado en el piso, tratando de entender que el tiro hubiese fallado.
El hechicero del Oeste ahora levitaba en el aire. Vi a Li en el suelo, abatido y con pequeñas llamas chamuscando sus prendas. Deseé estar a su lado, pero mi cuerpo se mantuvo estático en su lugar. Al mismo tiempo que Cregh miraba incrédulo y Aldara levantaba una ola enorme, el hechicero pareció hartarse. Surgió un resplandor blanco como los hechizos de Cregh, y cubrió todo el lugar en una onda expansiva. Me cubrí el rostro y cerré los ojos…pero no pareció suceder nada.
Tras eso, el hechicero continúo su terremoto. Mirando directo a Aldara, la tierra volvió a separarse.
La hierba empezó a temblar y a crujir de manera ensordecedora. Colosales pedazos de tierra se desprendían del suelo, elevándose hasta levitar a la altura del mago. El agua de Aldara caía en las grietas enormes que se formaban. Era difícil mantenerse parado con todas las vibraciones infernales que se causaban. La porción donde yo estaba parado empezó a levitar hasta dónde estaba el mago, que había formado una especie de escudo de rocas enormes. Abajó en la tierra ningún lugar parecía seguro. El suelo se abría, flotaba y también caía.  Como si nunca hubiera pertenecido unido. Perdí de vista al resto; traté de transportarme, pero el anillo no respondió.
El suelo se había dividido en pequeñas parcelas que se movían en cualquier dirección. Salté, a pesar de la gran altura, y logré dar con un suelo que no servía como escudo para el mago.
Las piedras junto al mago empezaron a girar más rápidamente y a reclutar pedazos más pequeños, formando una especie de domo flotante. Al mismo tiempo, los brazos de agua que movía Aldara empezaron a azotar el cinturón del hechicero. Las piedras giraban e impedían que el agua se filtre dentro, pero a cantidad era titánica, incluso para él.
Entonces apareció Malo corriendo a toda velocidad, saltando y esquivando las parcelas voladoras; adentrándose en la boca del lobo sin ningún tipo de temor. No pidió ayuda, y no creí que la necesitara. El hechicero respondió aumentando su altura en el aire.
Me encaminé hacia Cregh y Aldara. El claro estaba cubierto por agua que caía por las grietas, que se ensanchaban más y más. Justo a unos metros de la primera grieta se encontraban ellos, en una pequeña plataforma de hielo.
Aceleré el paso, cuidándome de que la próxima pisada no fuese la última. Llegué hasta la cascada que causaba la primera grieta, que ahora tenía una corriente infernal. Casi resbalo al saltar de un pedazo que levitaba a dos metros de la tierra segura, pero llegué al pedestal de hielo. Cregh se encontraba en cuchillas y Aldara se mantenía en total concentración.
—¿Qué pasa? —saludé—. Mi anillo no funciona.
—Es ridículo que haya podido hacer esto… —dijo Cregh, llevándose un dedo a la boca y mordiéndolo sin paciencia.
—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué hizo?
—Bloqueó las transportaciones —dijo el mago, parándose. Intentó crear su brillo blanco característico, pero el efecto fue nulo. Entonces gritó, lleno de histeria—: ¡Bloqueó las transportaciones! —Su voz mezclaba la desesperanza con la risa.
—Pero todavía hay magia —dije, señalando las piedras que volaban y giraban, cada vez con más velocidad.
—Exacto, eso es lo ridículo. Bloqueó las transportaciones, pero dejo al resto como está —Cregh se tomó la cabeza—. Debería haber muerto, pero sigue vivito y coleando. ¿Cómo es posible que Li no le haya dado? ¿Desvió el tiro?
—Fue Destino —susurré.
—¿La suerte? —Cregh me miró con incredulidad.
—No era el momento ni la manera, parece. Si de algo estoy seguro es que el hechicero no desvío ese tiro.
Un pequeño silencio me hizo notar los latidos. Por más que sonaran como tambores, su ritmo perpetuo y perfecto hacía olvidar su presencia.
—¿Sabés...? —dije—. Tengo la sensación que va a morir sufriendo. Va a morir por las malas, de la manera más difícil. Se va a desangrar. —Lo dije como un comentario al aire, pero cuando me giré hacia Cregh, vi que su cara se había transformado totalmente. Se le dibujó una pequeña sonrisa mucho más propia del mago que conocía.
—Tenía exactamente la misma sensación —dijo.
—Hay que seguir así, con sangre fría, hasta el final —dije. Cregh se puso a mirar la manera en que Aldara chocaba contra el hechicero.
—Estaba asustado… cuando entramos acá. Cuando no había magia. Ahí adentro... no pude rematar al cuervo —su mirada había vuelto a ser fría, una mirada que nunca había visto en él—. Junté todo el odio que pude, pero clavé la espada justo a un costado.
Pensé en quejarme por su falta de compromiso, pero vi el poder de Aldara y entendí que era irrelevante.
—Cada vez que algo dependió de mí todo se hundió. Y con todo quiero decir absolutamente todo. Cargo con los cumplidos de tantas personas por mis poderes mágicos, pero nunca pude llegar a nada. Prendí fuego un pueblo y ahora soy conocido por eso. Wendagon me encargó defender a Dalia, y ella murió justo en mis narices. Cuando entré al bosque pensé que todo esto iba a terminar de la manera que solía hacerlo. Pero... cuando tuve a Malo en mis manos, deseé crecer con todas mis fuerzas. Ítalo, no me dejes fallar otra vez. Quiero que ustedes sean testigos. Quiero matar al Deus.
Cregh bajó la cabeza, y soltó un rugido desde su pecho. Quise decirle que me había salvado la vida en Havenstad; que lo de Dalia fue culpa de todos. Quise.
—Vas a hacerlo, Cregh. Destino ya escribió lo que va a pasar hoy.
Mis palabras eran secas; era una sensación parecida a la que no me dejaba hablarle a mi primo. Cregh no demostró aprobación o decepción. Había hablado para sí mismo.
—¿De dónde salió tanta agua? —pregunté, girándome hacia Aldara.
—Del río —respondió, en un hilo de voz, aun mirando a la pared de rocas a la que atacaba.
—Ella estuvo juntando agua del río desde el primer momento —dijo Cregh.
—¿Juntando agua? —dije—. ¿Desde tan lejos?
—Sí —Cregh levantó los hombros—; es increíble.
Ambos nos giramos hacia la batalla que se estaba dando sobre el suelo. Cual directores de orquesta, Aldara y el hechicero sostenían una batalla en la que no éramos más que meros espectadores. Más y más pedazos de tierra se unían a la única defensa del mago, cuyas rocas ganaban incluso más velocidad al buscar repeler el ataque de la Nereida. El agua que azotaba el escudo de tierra era bestial; los brazos líquidos se arrastraban y trataban de adherirse a la superficie para llegar al mago del Oeste. No había suelo suficiente, el flujo de agua era infinito.
Parecía que había cavado su propia tumba al bloquear las transportaciones, pero entendí que en el tiro de antes se había salvado por demasiado poco. Una milésima de segundo podía hacer la diferencia, y me pareció bastante razonable apostar por desplegar todo su poder antes que recibir un tiro por una transportación traicionera.
Entre el suelo que se partía y flotaba apareció Malo, cargando en su lomo al pistolero. Li usaba una mano para aferrarse a su amigo y otra para sostener su revólver más grande, pero parecía abatido. Cuando el quitnar llegó hasta nosotros, Li cayó con poca delicadeza y quedó tirado por largos segundos, pegado al hielo. Cuando terminó por ponerse de pie, su aspecto no era nada bueno; tenía el lado derecho de su cara a un rojo vivo, su barba chamuscada, un brazo tomado por el fuego y un agujero en sus prendas. Nos miró sin una expresión clara. No había dolor, pero estaba confundido. Su resistencia siempre había sido inhumana.
—Jamás había fallado un tiro así... —balbuceó—. No sé qué pasó... y el anillo dejó de funcionar.
—Li, ya le diste en un hombro —lo animé—. De la misma manera que Dalia murió, esto es obra de Destino. Solo va a dar pelea un rato más.
—Deberíamos... esperar —dijo Cregh—. El hechicero es inalcanzable para nosotros cuatro.
—Sí, esto está fuera de nuestras manos —concordé—. Si el momento se da, creo que puedo matarlo con un rayo. Claro, siempre que el bastardo se quede quieto.
—El libro del hermano de Ítalo, ¿no hay nada allí? —recordó Li.
—Sí, sí hay algo —dijo Cregh—. Pero no es un arte con el que me sienta seguro. Hay algo que quiero probar en Malo, pero no ahora.
—¿En Malo? La magia no lo afecta directamente.
—Esto no es magia, es otra cosa. Si la traducción de Ítalo fue correcta, estoy bastante convencido de que debería funcionar. No sé por qué más incluirían el dibujo de un quitnar.
—Dependerá de la voluntad de los Humildes —dije—. No sabemos cuánto podemos exigirles. Ni por qué solo te responden a vos, Cregh.
Aldara ya había cubierto todo el domo de rocas con una burbuja de agua. De pronto, de su interior surgió una luz de brillo inmenso. El escudo de tierra se vio cubierto de fuego, y empezó a girar con gran velocidad. El agua empezó a evaporarse. El fuego era de un amarillo tan brillante como el sol. Escuché a Aldara mascullar un insulto entre los dientes, y se impulsó un nivel más allá. Las gotas de lluvia, el océano de agua, todo se detuvo en el aire, comprimiendo al hechicero. Entonces, los mismos brazos empezaron a congelarse, buscando calmar a la masa ardiente.
Los cristales de hielo llegaron a metros de la base dónde estábamos parados, de donde salía el principal brazo de agua. El vapor no hacía más que incrementarse; todo era cada vez más intenso.
Cuando apenas era sano mirar, el despliegue de poder pareció llegar a un clímax. El brazo de hielo se rasgó y quebró. Todos los pedazos de suelo empezaron a caer a donde habían pertenecido. Piedra por piedra, la gran grieta empezó a llenarse de manera caótica. Todo se desmoronó en segundo. Las piedras, a rojo vivo, caían en una especie de lava que se enfriaba de inmediato al tocar lo que quedaba de un suelo barroso. Toda la escena estaba inmersa en una nube de vapor.
Aldara cedió al esfuerzo y empezó a temblar. Me apuré a atajarla justo cuando se desplomó. Respiraba agitada, sin sacarle la vista al punto negro que descendía lentamente. Flotaba sin ningún apuro, como si solo hubiera estado jugando. Cayó un trueno y el viento de tormenta arrastró el vapor, disipando la vista. Adelante se hallaba el hechicero.
El pistolero no pudo contenerse y disparó tres veces, a pesar de la distancia. Las balas traspasaron la neblina como rayos, pero la respuesta fue la de siempre; la mano levantada que hacía desviar cualquier cosa, mostrando su palma como profesando un credo.
Una vez que tocó el suelo, Aldara movió el cuello hacía adelante, desde mis brazos. Un brazo de agua surgió detrás del mago y lo golpeo desde arriba. La ráfaga de agua terminó de romper parte de la armadura y removió su casco. ¿Estaba viendo bien? Bajo su armadura parecía haber un cráneo, un esqueleto, como el del Oráculo que habíamos visto.
Noté que ahora estaba cubierto por esa membrana roja; iba desde pecho hasta el hombro herido. Debía ser otra forma de protección, pero era asqueroso; de alguna manera parecía estar unida a él. Como si la membrana estuviera viva. Tan viva como todo lo que parecía habitar en el oeste.
Otra vez, los dos bandos nos mantuvimos en silencio, expectantes. El hechicero bajó la cabeza y pareció suspirar.
Mientras el vapor se terminaba de escapar entre las gotas de lluvia, por la derecha del mago se hizo presente una silueta. Mi hermano, mirando hacia mí.




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