lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 74 — Hanzel


Desarmando la marcha taciturna, me dejé caer en el suelo. Respiré tan profundo como pude y traté de relajarme. El bosque engañaba mis sentidos. Ya no sabíamos dónde estábamos parados.
Había aventajado a Krieg unos cuantos metros y, al verme desplomado en el suelo, se recostó contra un árbol.
—Estoy empezando a desear que su pistolero me hubiera dado —jadeó Krieg.
—Adelante... hay vida —dije.
—¿Dónde es adelante? —rió el cuervo, tristemente.
Lo mire profundamente.
—¿Estás asustado de morir?
Krieg no se inmutó.
—No. En estos últimos minutos estuve reflexionando seriamente sobre que no iba a salir vivo de acá, ¿sabés? Repasé mi vida, desde el principio hasta hoy, ahora. Este ardor en el pecho me saca el miedo a lo desconocido. Creo que muero con… dignidad. Si pudiera volver atrás, lo haría todo de la misma manera.
—Ambos sabemos que no podemos volver el tiempo atrás —dije.
—¿Y vos, humano? ¿Estás arrepentido de todo esto?
—Para nada.
—¿Ni siquiera de traicionar tu sangre?
—No considero que la haya traicionado. Nunca lastimé a mi familia ni busqué el mal para ellos. Además, nací con una sangre distinta; especial, mágica. Una vez que contemplé al Oeste, supe que era una señal. No podía ser azar. Algún rol debía cumplir en este mundo.
—¿Sabés? Me siento bastante estúpido no pudiendo encontrar una salida de acá —dijo Krieg.
—El bosque no es eterno —dije—. Pero la oscuridad lo va a ser.
Krieg gimió de dolor y se puso de pie.
—Sabes que una vez que el Deus renazca, va a matar a todos los de tu raza, ¿no?
—Si... —asentí—. Quizá mi rol sea evitar eso justamente.
—No entiendo. Si esto va a matar a tus pares, ¿por qué estás acá?
—Quizás no viviste lo suficiente entre humanos para entenderlo. Pero la manera en la que los dos reinos están viviendo… Eso es lo que nos hace incompatibles. Pero va a cambiar.
—Dudo que el Deus les muestre clemencia.
—Él es justo. Él sabrá quién es digno de vivir y quién no —dije.
—¿Un mundo donde el Oeste y el Este convivan? ¿Realmente pensás que somos compatibles? —preguntó Krieg.
—Nos enseñaron a odiarnos. Ahí está la respuesta. Creo que vamos a ser iguales ante el ojo del Deus.
—Tantas escrituras… pero sabemos muy poco sobre lo que va a hacer realmente —suspiró Krieg.
—¿No sería reconfortante si toda esta guerra terminara acá y ahora? Si todos compartiéramos la hegemonía del Deus y viviéramos en paz. Estudié las escrituras y creo que daban el pie para eso. Después de todo, todos nacemos, respiramos y morimos. No podemos ser tan distintos.
Krieg empezó a alejarse con una marcha lenta y me puse de pie.
—Todo lo que decís me parece bonito, pero puede que sea porqué me esté desangrando. Bonito pero improbable. ¿No tenés otro de esos cigarros?
—No, ese era el último —me sentía destrozado y cansado. Caminábamos por mera inercia.
Entre la lluvia y los latidos se hizo un pequeño silencio, pero Krieg volvió a hablar.
—Cuando pensé en que iba a morir, recordé mucha gente que no veo hace tiempo. Los huginn somos muy longevos y muy solitarios. Pero eso no signifique que no amemos —Hablando de la manera en que hablaba, Krieg Waltz parecía haber olvidado que yo pertenecía a otra especie.
Se tomó unos segundos, respirando mal y tosiendo. Probablemente ya tuviese los pulmones llenos de sangre. El paisaje insistía en ser monótono. El verde profundo y las plantas eran idénticos hasta el hartazgo. Empecé a entrecerrar los ojos para evitar marearme.
—Hay muchas personas con la que me gustaría hablar solo una última vez —retomó el cuervo—. Quisiera ver si tienen hijos. Si viven bien. Confío en que todo este asunto les traiga paz y bienestar. A esta altura no pido nada más.
Sonreí. Realmente éramos compatibles. Era fácil sentir empatía porque... los dos éramos mortales. Quizás Este y Oeste arrancaron con el pie izquierdo. La falta de comunicación, el miedo, las inseguridades. Había miles de detonantes, pero las distancias podían cruzarse. El Deus podía.
—Dejé Alles con un sabor agridulce —dije—. Habiendo conocido gente maravillosa y gente detestable. Pero paso algo que me aclaró la vista. Las cosas no funcionaban como yo creía, seguían un camino oscuro y retorcido. Nunca me había enfrentado a egos tan grandes como lo de Alles. Jamás comprendí a esas personas que pueden olvidar que sin el prójimo nuestras vidas son vacías.
Manteníamos un ritmo lento que se me hacía melancólico. No me hacía mal recordar, aunque doliera. Era una llaga que nunca iba a cerrarse.
—Maté por ellos. Pensaba que me proponían la aspiración máxima. Sucedió en las cruzadas de magos; tuve que ejecutar a mi oponente. No hubo razón, fue un capricho de los poderosos. En ese momento dudé. Ya había ganado, no podían privarme de lo que era; el mejor mago. Me lanzaron un cuchillo mientras mi adversario se revolvía en el piso. No hubo palabras, pero los gestos eran más que claros; tenía que degollarlo y exhibir su cabeza a toda la tribuna. Como te digo, dudé. Pero me convencí de que era lo mejor. Que era lo que había perseguido toda mi vida.
Tragué saliva antes de continuar; todavía me causaba escalofríos.
—Cuando empecé a cortar su cabeza, apenas podía dar pelea. Estiraba sus brazos y gemía de dolor... hasta que paró. La sangre salía a borbotones y manchaba mis prendas. Corté el hueso y la cabeza cedió. Exhibí la cabeza a quién sabe cuántos miles de personas que festejaban como locas. Era el mejor momento de mi vida, supuestamente. Y nunca en mi vida me sentí tan vacío.
Miré a los ojos a Krieg. Su vista estaba perdida en la nada. Quería decirle que ya estábamos cerca y que no iba a morir. Pero tampoco quería mentirle, como a mis alumnos.
—La euforia de las gradas me descomponía. Solté la cabeza y… rodó. Recuerdo verla rodar y que los globos oculares se desorbitaron. Mi garganta estaba seca, tenía mucha sed. Luego vino la premiación y los festejos. La sensación de vacío se fue paulatinamente a lo largo del día. Aunque tenía una sensación muy extraña en las manos, casi como trémulas. La gente venía y me felicitaba. Niños pequeños decían que era un héroe, qué querían ser como yo. Intentaba sonreír, pensando que nada había sido real.
La monotonía del verde ya había adormecido todos los sentidos de mi cabeza. El bosque había sido capaz de desorientarnos por completo.
—Recién al día siguiente pude verme en un espejo. Estaba en Havenstad, solo. Pasé una semana encerrado, leyendo las cartas que me llegaban. Intentaba convencerme de que ese día había sido la mejor cosa que me había pasado. Pero volvía a ver la cabeza rodando, y mis tripas se revolvían. Habían sido años desarrollando un poder que no solo no quería, sino que terminaba matando. ¿Todo el continente quería ser como yo? No había manera que eso tuviera sentido. Si llegar a la meta se sentía así, la carrera en sí no tenía lógica. Algo en mí empezó a crecer, que me dijo que no podíamos vivir así.
Toda mi vida detrás de un espejo, abrazando cosas que no eran.
Noté que el piso estaba lleno de agua. Primero era una ola que apenas pasaba los tobillos, pero después fue una ráfaga que rozaba las rodillas, creando una corriente poderosísima.
—¡Krieg! —exclamé.
El cuervo se sostenía de un árbol sin firmeza, apenas notando lo que había pasado. La densidad de plantas se convirtió en una ventaja, y aferrándome a todo lo que veía busqué avanzar en dirección del cazador. Vi un foco de luz; había un claro justo adelante nuestro. La fuerza del agua no menguó, pero arrastré al cuervo hacia el claro, con energías milagrosas. Krieg parecía caminar hacia adelante, pero no respondía a mis llamados.
Ni siquiera había pensado en el origen del agua, solo pensaba en la magia que estaba por recuperar. Pocas veces había podido sentir el aroma de la magia en el aire, pero era muy intenso. El bosque parecía concentrar todo en ese claro. Tan así que solo necesite un paso luego del último árbol para empezar a levitar y sacar a Krieg del rio. Todo adelante era agua.  Detuve el vuelo y antes de caer sobre el rio, levanté un pedazo de tierra sobre el agua.
Solté con delicadeza al Huginn e inmediatamente busqué las hojas para curarlo. En su rostro había una confusa mezcla de cosas, pero había un rasgo inconfundible. Rendición. No quise verlo.
Me arrodillé junto a él para empezar a aplicar la magia en su pecho, en las heridas, su sangre ya seca.  No tardé en notar que no había efecto.
Su cabeza se había recostado a su izquierda, y sus ojos miraban en dirección inequívoca: el Oeste.
El huginn se había rendido. La lluvia lavaba inútilmente sus heridas.
No entendía lo que sentía. Escapaba de mi entendimiento. Miraba el cuerpo del Huginn y sentía que mi pecho iba a explotar. No podía entender que alguien fuese llevado a ese extremo.
En mi intento por parar las muertes entre los reinos, solo había logrado causar más.  ¿Qué más se necesitaba para arreglar eso?
El malestar fue tal que mi hechizo se deshizo y caímos al agua. Contemplé dejar de luchar, que la corriente me alejara del claro otra vez. Sentía asco, decepción, miedo.  Solo Althea logró sacarme del agua. Me arrepentía de no haberla besado una vez más. Quería compartir mucho más tiempo con ella. Mucho.
Por reflejo, miré hacia atrás y vi flotar el bulto oscuro que era el cuerpo de Krieg. Me hizo volver a mí mismo.
Tenía que hacer un último esfuerzo, sin más tragos amargos.
Entendí que el agua del río debía haber sido invocada por aquella Nereida y que podía abastecerse indefinidamente. Toqué el talismán del arte alternativo y lo guardé detrás de mis prendas.
Levitando, recorrí un poco más de la escena y no dudé en detener el agua abriendo un hueco en la tierra, Sin demasiado esfuerzo, justo donde terminaba el bosque, una grieta de unos cuatros metros logró comenzar a tragarse los recursos de la nereida.
En la lejanía vi la espalda de Karus. En un instante aparecí junto a él.
Los representantes del Este se mantenían expectantes y cautos.  Nadie hacia ningún movimiento.
—Somos la última defensa del Deus, humano —dijo mi Hechicero.
—Eso es justo lo que no quería escuchar —sonreí sacudiendo la cabeza.
—¿Lo de defensa o lo de humano? —dijo Karus, como sonriendo, impropio de él.
—Ambos, espíritu desertor.
—Qué bien que al fin nos llevemos mejor, Hanzel. Pero las malas noticias no terminan acá.
—¿Ahora qué?
—Uno de los dos tiene que seguir los latidos. Llegar al lago, y proteger al Deus hasta que despierte. Me preocupa que puedan atacarlo mientras peleamos acá.
—Divide y reinarás.
—Voy por el Deus —me dijo—. Matá a quienes no me sigan.
—Bien, perfecto.
—Qué la próxima vez que nos veamos reine la paz y la oscuridad, Hanzel.
Asentí despacio… Karus hizo dos pasos y se transportó.
Sin esperar, dos de los hombres del Este fueron tras Karus, junto con su quitnar. La mujer pareció querer ir en esa dirección, pero notó que mi hermano no se movía. Tenía la cara al descubierto y la insignia de la familia parecía ganar cierto brillo con en su cara empapada.
—Quiero saber algo —dijo, haciendo sonar su voz.
—¿Qué deseás, hermano? —respondí.
—¿Cómo pudiste dejar todo atrás por... esto? Eras una leyenda viviente. Más importante que eso, eras mi hermano. Viví mi vida detrás de tu sombra, detrás de tus poderes, creyendo que nunca iba a ser lo suficiente para valer. No entiendo como terminaste buscando la muerte para tu propia tierra.
—Ítalo, elegí todo lo contrario. Elegí vida. Siempre pensé que un día iba a encontrarte buscando la manera de revivir al Deus. Pensé que ibas a entender la mierda en que se ahoga Alles.
—¿Entender cómo? ¿Abandonando a la familia? No finjas que alguna vez te importe.
—Siempre me importaste —dije, sin saber cómo sonar sincero—. Extraño a mamá y a papá.
—Es muy tarde para que cambies mi opinión. No creo ni una sola palabra. Querés revivir a un ser que va a exterminarnos, pero me decís que extrañas a papá y a mamá. ¡Qué te importo!
—No… no. No. —Me apreté los ojos con la punta de los dedos—. Esto no va a traer muerte a Alles. Entiendo que sientas eso, pero no es así.
—¿Qué no es así? Desapareciste por años.
—Es que… esto… —Suspiré—. Perdón.
Se instaló un pequeño silencio, haciendo parecer que la lluvia se ralentalizaba hasta parar. Ítalo soltó una risa amarga.
—¿Ese es el veredicto? —dijo, gruñendo.
No podía ponerlo en palabras. No era capaz de explicarle lo que quería. En ese punto dudaba de todo. Entre el aguacero vi su rostro con claridad y vi al niño que dejé hace tantos años ya. Recordé su voz aguda. Jamás había buscado el mal para mi familia. Quería mucho a mi padre. Pero con el paso del tiempo, volver se hacía más complicado.
Había conseguido uno de los anillos con ese objetivo, volver a ver a la familia. Sentía que me iban a entender y unirse a lo que yo veía. Era tan claro y sencillo de entender. Pero era tan difícil decir “hola” después de dejar pasar tantos años. Me encapuchaba y viajaba a Alles. Me limitaba a verlos desde lejos. Verlos me llenaba de felicidad, pero también hería mi alma.
Me había equivocado. Pasé mucho tiempo equivocándome. Tenía miedo. Sentía que todo lo que tocaba se arruinaba. Desde las cruzadas, mis alumnos, hasta Krieg.
Era preso de un poder que no había pedido. Jamás quise traer muerte. Pero mi naturaleza me hacía dudar. Ver a Ítalo me hacía dudar. ¿Y si el Deus no mostraba piedad?
Yo solo quería que todos viviéramos mejor.
Comprendí que él era la última ofrenda al Deus. Mi propia sangre, mi hermano menor. Debía encomendar mi alma, mi cuerpo y mente al Deus. No estaba seguro de nada, pero sí de él.
—Trajiste dolor, Hanzel. Y tu camino va a traer más muerte. Me gustaría tanto que hubiera otra manera… pero soy el Cazador del Este —tras decir eso, luces empezaron a salir de su mano—. Tu silencio se siente tan raro. Tu mirada se ve tan vacía.
“Traé la paz que deseo”, pensé. “Y una buena cacería para los que merecen morir.”


No hay comentarios :

Publicar un comentario