lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 75 — Ítalo


Entre la tormenta, reconocí una lágrima. En el medio del caos, encontré tranquilidad, la sensación de que la lluvia se detenía en el tiempo. Las variables desaparecían y dejaban ver solo a mi hermano de pie, estático.
Cerré los parpados y en mi cabeza visualicé la última vez que había llorado en el Este. Fue casi una década atrás, y me lo había prohibido desde entonces. Y Hanzel había estado ahí. 

Mi brazo dolía. Apretaba con fuerzas las vendas. El Oráculo había cortado profundo antes de la muñeca y la sangre fluía a ritmo lento. Como un río, recorría el antebrazo hasta el codo, dónde la juntaba en un recipiente. La sangre era mucho más oscura de lo que pensaba.
Revolvió el contenido y ni siquiera tuvo que usar sus poderes; a simple vista el resultado era obvio. Mi padre miraba apoyado contra la pared que daba a un ventanal, expectante.
—No tiene la sangre de su hermano —dijo.
Hanzel estaba sentado en una silla alejada de la mesa. Apoyaba sus brazos en el respaldo y me miraba con ojos indescifrables. Los míos no eran capaces de contener el llanto. El Oráculo volvió a mirar la sangre cayendo y quiso llenar el silencio incómodo.
—De hecho, creo que nunca vi sangre tan espesa. Podría ser útil...
—Si no voy a poder ser mago entonces es inútil —dije, seco y cortante, tomándome la herida y presionándola todavía más.
Miré hacia mi hermano y su pose me dejó ver el revólver plateado pendiendo de su cintura. Me levanté y encaré hacia la puerta que llevaba a la calle. Escuché en simultáneo el suspiro de papá y las gotas pesadas que caían en eco con mis pasos.
Ni mago… ni tampoco sería pistolero.
¿Qué sería? ¿Quién era?
Arropado en mis brazos, me manchaba las prendas con la herida que todavía no amagaba a cicatrizar. Hacía el frío propio de un otoño cruento. El viento de la tarde ya había secado mis ojos.
—Hijo de puta, cortó demasiado profundo. Quizás lo único bueno de mi sangre sea que coagula más rápido.
Sin magia, sin armas. A contramano de mi propia familia. Me sentía insignificante por no ser como él. No me importaban los retos; podía recorrer cualquier distancia, cruzar cualquier montaña. Pero lo que me impedía llegar a ser como Hanzel era la propia carne de la que estaba hecho. Mi destino había impuesto desde mi parto.
¿Cómo iba a volver a casa? No me sentía digno.
Esa fue la primera vez que sentí ese sabor metálico detrás la lengua, esa inconsciencia que en ese momento atribuí a la adolescencia. Ese día se formó el voto de silencio sobre mis emociones; para sellar el dolor en la profundidad de mi cuerpo. Para que fuera impugnable.
La última vez que lloré fue la vez que conocí a la sombra.

◘◘◘◘◘

Una sola flecha, una sola tajada en el cuello sería suficientes. Un solo toque para descargar el poder la piedra. Había muchas maneras de matarlo. Por primera vez tenía herramientas para enfrentarlo. Pero, por sobre todas las cosas, lo que más me daba confianza era tener a la Nereida a mis espaldas.
Hanzel llevó sus manos hacía su rostro, concentrándose para un hechizo. La tierra se estremeció y, de la misma manera que el hechicero negro, empezó a abrir el suelo en múltiples grietas.
Aldara ya tenía listo un tentáculo de agua que se abalanzó contra él. Hanzel se movió del camino con facilidad, y la tierra no parecía dejar de abrirse, tragándose el recurso de Aldara. Por suerte, la lluvia era tal que el agua no llegaba a drenarse por las grietas como mi hermano esperaba. Por detrás de Hanzel, Aldara creó otro látigo y empezó a atacarlo. Le sumo uno más por delante, haciendo que necesite usar su magia para poder esquivarlos, saltando y elevándose por el aire. Surgió otro látigo y lo tomó por los tobillos antes de que pudiera ascender más alto. Lanzó a Hanzel contra el suelo, y los tres tentáculos se solidificaron, convirtiéndose en estacas de hielo listas para atacar. Aldara no fue lenta, sino que Hanzel fue demasiado rápido con su transportación. Apenas había reaccionado cuando se sucedió un destello blanco, y las garras de hielo se clavaron en el barro.
Era el destello blanco que habíamos visto tantas veces usar a Cregh. Parecía que Hanzel no tenía uno de los anillos de transportación. Me giré hacia Aldara.
—Ítalo… No dudes. Él no va a dudar en matarnos.
Entonces volvimos a avistarlo. Apareció unos metros atrás y empezó a avanzar despacio, con los brazos levantados. Decidí terminar con la pasividad, levantando el arco y apuntando a su pecho. Todo perdió foco excepto él. Veinticinco metros no eran nada. Matar a mi propio hermano no era nada. El silbido de la flecha se alzó sobre el diluvio… y dio en el blanco.
Justo en ese instante, una ola de tierra se levantó justo frente a nosotros. La piedra del trueno incrustada en mí le daba velocidad a mi cerebro, velocidad tal que pude ver cada instante de la trayectoria de mi flecha. Solo podía pensar en eso. Mientras el ataque de tierra se abalanzaba sobre nosotros, no recordé mi anillo, ni procesé la información. No entendí el peligro. Creí haber soltado el arco. Creí haber cubierto mi rostro. De cualquier manera, recibí el golpe. No sentí dolor, solo la conmoción.
Oscuridad.
Pero no fue eterna. Tras un parpadeo demasiado largo, volví a encontrarme. El sabor de la sangre llegó a mi labio. Sangre, sí. La raíz de los problemas.
Sostenía un pedazo de madera que solía ser mi arco, pero al menos estaba más roto que yo. Entonces, el agua se retiró de mi cuerpo. O sea que Aldara tambien debía estar bien; realmente era mi ángel de la guarda.
Pero entonces miré a Hanzel, triunfante. No tenía la flecha clavada. Ileso. Estaba seguro que le había dado.
Una masa de agua me rodeó y me levantó, llevándome hacia atrás hasta ponerme junto a Aldara. Entonces nos rodeó a los dos, cubriéndonos. Retomó el ataque de los brazos de agua; mi hermano se despegó del suelo y empezó a maniobrar en el aire. No iba muy alto, pero se movía como si fuera su segunda naturaleza. Los látigos de agua y el mago bailaban en el aire, pero se veía que las masas de agua nunca lo iban a alcanzar. Sin embargo, Aldara tenía otra cosa en mente.
Extendió las manos, muy despacio, y cerró los puños. El agua que nos rodeaba se convirtió en hielo cristalino. Y la lluvia perdió su paz. Las gotas eran pequeñas estacas de hielo. Hanzel tardó en reconocer el peligro, todavía distraído por los tentáculos. Las gotas eran cada vez más voluminosas y golpeaban con violencia el escudo que la nereida me había proporcionado. Perdí de vista al mago por un momento.
Cuando volví a encontrarlo, Hanzel estaba recubierto por un pedazo gigantesco de tierra que estaba levantando por el aire. Los brazos de Aldara fueron tras él, pero Hanzel levantó su palma y el agua se paró. Escuché un gemido de la nereida. Bufó varias veces y empezó a agitarse. Los tentáculos perdieron su forma, desmoronándose en el barro. La nereida había tocado su límite.
Aldara soltó sus puños y la lluvia volvió a la normalidad. Entonces Hanzel tambien fue capaz de bajar su brazo, y parecía estar tan exhausto que el pedazo de tierra con el que se cubría cayó al suelo. Sin embargo, ninguno de los dos gastó un momento y retomaron el baile aéreo. La danza se repitió, con los tentáculos de agua persiguiendo a mi hermano. Aldara mostraba tanta concentración que el hielo que nos cubría empezó a derretirse; y lo toqué, y estaba caliente. Me sentía insignificante, inútil. Mientras tocaba la escarcha, llamé a la energía de mi piedra. Noté como los rayos parecían reproducirse en el agua, como ramificándose.
Hanzel aterrizó y se rodeó de un torbellino de fuego que no paraba de crecer. El ataque de Aldara ya parecía soso al ritmo de mi hermano. El tornado de fuego vaporizaba toda nuestra ofensiva; el siseó del agua cambiando de estado me dio escalofríos. El fuego empezó a elevarse, ganando tanta altura que daba la impresión de que quería ahuyentar a las nubes. Pero ni el mismo poder del sol parecía poder con la oscuridad de ese día.
Pero nada con semejante intensidad podría durar. La cortina de fuego se desveló y, ante nuestros ojos atónitos, vimos que no había podido bloquear toda el agua. Una de las estacas se había clavado en su pecho. Hanzel la tomó, y llenó su mano de calor hasta hacerla derretir. Sus prendas estaban llenas de cortes y la sangre caía por su cuerpo.
De pronto, extendió sus pies y empezó a hacer un movimiento con las manos; casi parecía un baile. Tocó su pecho y, dónde había sangre, ahora volvía a haber piel inmaculada.
—¡¿Qué?! —exclamó Aldara.
—Eso… eso no puede ser magia —susurré.
La magia no podía curar por si sola; necesitaba de hojas de Valma o algo de soporte… eso es lo que había entendido de Cregh.
Arte alternativo, me dije. La práctica del libro que habíamos encontrado, lo que Cregh nunca tuvo tiempo de aprender. Ahora entendía que ese libro estuviera en casa de mi hermano.
Miré a Aldara, y la tormenta en sus ojos había perdido determinación. Vi el reflejo de sus pensamientos: Hanzel no podía morir.

Mi corazón latía agitado y la energía de la piedra fluía por todo mi cuerpo a la vez; me daba la claridad en los detalles y con solo mirar creía entender todo. Como si un sexto sentido se desarrollará. Percibía los sentimientos de la nereida. Dónde otros podían ver solo una mujer yo veía una historia interminable de fragmentos que hacían al momento.
Mirando a los ojos de Aldara, sentí que siempre la había entendido. Desde la primera vez que la había visto, con su tormenta. Indomable y libre. Impulsiva y valiente. Pero ahora sus pupilas tambien tenían terror, incertidumbre.
El miedo puede ser un fuego que nos mantiene tibios y en guardia, pero finalmente había pasado a quemar. Aldara estaba igualada. Hanzel podía curarse instantáneamente.
Tan rápido como estos pensamientos llegaron a mí entendí otra cosa. Entendí mi lugar; no podía permitir que su moral se desmoronara.
A pesar de todo esto, no podía distinguir nada proveniente de mi hermano. Su entidad era como una niebla en una noche sin luna. Se me ocurrió que no había un solo recuerdo de Hanzel que me trajera felicidad. Entonces, ¿mi temor era realidad…? ¿Se había convertido en eso, en esa cosa que solo buscaba matar?
Incluso así, incluso a pesar de todos los años de la sombra, una idea cruzó mi cabeza como un balazo. La idea de que esas tinieblas que lo rodeaban no eran del todo suyas. La descarté en el mismo instante y me preparé para tomar la ofensiva. Mientras le decía a Aldara que lo atacara con una ola, o lo que fuera necesario para mantenerlo bajo el agua, la idea me carcomía. Quizá Hanzel solo estaba un poco confundido. No quedaba cariño en mí; esta idea solo era motivada por una corazonada. Nada más que eso.
No podía arriesgarlo todo por él.
Recordé a Dalia y pensé que quizás ella hubiera podido tener uno de sus sueños proféticos, hubiera podido dar con la respuesta que necesitaba. Pero ella terminó bajo tierra, como todo.
Tenía que asegurarme que nosotros no termináramos así. Necesitaba darle energía a Aldara. Era mi turno de salir y arriesgarme. Mi arco estaba roto, pero tenía la daga que me había dado mi primo.
Adelante, el enemigo. Y en ese instante aclaré mi mente. Y me paré ahí, donde la línea de estar vivo o muerto se difuminaba.
Le di la señal a Aldara y mi anillo hizo su trabajo. Aparecí en la espalda de Hanzel y lo apuñalé. La daga eran veinte centímetros de metal frío y se hundió en la carne. Pero Hanzel no mostró mueca de dolor. Intenté volver a atacar, pero él se dio vuelta con la mano envuelta en fuego. Salté para atrás y blandí mi daga. Logré un corte en su pecho y volví a retroceder. Pero cuando me alejé lo suficiente se hizo claro que nunca había sido el objetivo. Un pedazo de tierra enorme se levantó del suelo, empezando a flotar. Sin querer darle un centímetro para que ataque a Aldara, volví a transportarme a su espalda. Como si leyera mi mente, ya estaba lanzando un zarpazo de fuego a dónde iba a estar. Volví a usar el anillo para escapar.
Esto le dio tiempo para volver a curarse. Esta vez miré sus labios y el ademán de sus manos. Definitivamente era arte alternativo.
Se pasó la mano por la espalda, curándose, y despegó sus pies del suelo. Ya no podía alcanzarlo. Aldara se vio obligada a volver a usar sus brazos de agua, pero no llegaban a ser lo suficientemente rápidos. Hanzel danzó en el aire y esquivó cada intento. Pensé en reprocharle a Aldara; si yo iba a ayudar necesitaba que hiciera lo que le había pedido. Entonces noté una corriente en mis pies; se estaba formando una piscina. Entendí que debía cerrar la boca y estar listo; ella iba a cumplir.
No creía que Hanzel pudiera ver lo que estaba pasando, ocupado en el aire. La nereida me miró con sus ojos enormes y asintió. Miró los movimientos de mi hermano, esperando el momento justo, hasta que cerró sus ojos y levantó las manos. El agua se elevó como una red sobre Hanzel. No tardé ni un segundo. El anillo me acercó a donde deseaba y, abajo del cuerpo de agua, desaté toda la energía de la piedra. Se sintió como un vómito, vaciando absolutamente todo lo que tenía dentro. Y fue igual de doloroso. Era como si mi vida se fuera a través de mi mano. Mi conciencia derrapó y sentí que mi cuerpo no tenía peso.
Vi como el rayo se abría lugar en el diluvio, como tocaba la tumba de agua de Hanzel y se propagaba como una peste. Entonces me desplomé en el suelo.
Quise sentir paz. Mi cuerpo quería darse por vencido. Pero cuando busqué en lo más profundo de mi pecho, encontré los latidos de la tierra, que se sentían como los míos en el negro perfecto de mis párpados cerrados. Y pronto encontré mis propios latidos. Los destellos de la piedra volvían a trabajar en mi sangre, levantándome casi por inercia. Me rodeaba un malestar general. Mi estómago gritaba y mis músculos sufrían en silencio. Quise mantener la compostura, pero me arqueé y devolví mi última cena a mis pies. Intenté controlar la respiración agitada y domar los vuelcos que daba mi estómago. Cuando volví a vomitar, ya no había rastro de comida. Solo fluidos de bien adentro de mis intestinos.
Al levantar la vista, entendí como es que había tenido tanto tiempo para recuperarme; los otros no estaban mucho mejor. Tanto Aldara como Hanzel se sostenían sobre la rodilla para no caer desplomados. La mano de mi hermano destilaba el color verde; había vuelto a curarse. Fue el primero en ponerse de pie.
El arte alternativo era un dolor de huevos.
Una estaca de hielo salió disparada y sin pedir permiso dio de lleno en el hígado de Hanzel. Esta vez sí pude ver una mueca de disgusto en la cara de mi hermano. Apreté la daga de Marco y me transporté con el anillo.
Hanzel tenía la mano envuelta en fuego, buscando derretir y extirpar el proyectil. Sentí pesadez en cuanto cruzamos la mirada, pero este sentimiento no se reflejó en su accionar. Con el vientre herido y todo, se movía como una puta gacela. Apunté a su cuello, pero fallé. Apunté a su pierna y en el impulso patiné en el suelo inestable. Gracias a esto, Hanzel retrocedió y pudo terminar de sacar la estaca.
Salté sobre él, buscando no darle respiro. Tomó la daga helada, empapada por su sangre, y rechazó mi ataque. Su palma seguía incendiada. Quise tener la energía de la piedra lista, pero era demasiado pronto; tuve que ceder la iniciativa.
Durante todo esto, Hanzel no hacía más que mirar sobre mi hombro. Estaba esperando que me equivocara para poder ir por Aldara. Traté de dar un paso hacia adelante, y volvió a blandir el pedazo de hielo. Usé el anillo para aparecer detrás de él. Fui demasiado obvio. Hanzel solo necesitó un error.
Hanzel extendió su mano para encontrarse con mi hombro, e hizo explotar una bola de fuego. Fue como si pudiera leer con precisión mis pensamientos; tocó el lugar exacto donde yacía la piedra. En medio de la lluvia, los latidos y el crepitar del fuego sentí un ruido punzante y fino. Como cristal rompiéndose. Un pequeño rayo salió de mí y llegó a él. En ese instante, llegué a rasgar su pecho, profundizando la herida anterior. Hanzel bufó de dolor, y el ataque mágico con el que respondió me despidió por el aire. No necesitaba tocar el suelo para darme cuenta: sentí y entendí lo que había pasado. La energía me había abandonado; no fluía.
No había sido exactamente doloroso. Si bien no tardé en sentir el olor a carne quemada, el dolor en mi brazo era aguantable. La ráfaga que me aventó al suelo parecía un ataque de viento. Mi hermano usaba la magia normal tan bien como la alternativa.
Busqué algún indicio, algún rastro de la piedra del Trueno. Encontré otro tipo de energía recorriendo mi cuerpo: miedo abismal. Mi corazón dobló su velocidad y mi estómago quiso volver a vomitar.
La sensación de desnudez y vulnerabilidad me caló hasta los huesos. Busqué los pergaminos púrpuras y empecé a pegarlos en la piel del brazo que tenía al descubierto. Pegué todos los que tenía; en conjunto podrían resistir un poco más. Corrí la ropa quemada para ver qué era de mi hombro. Los pedazos de la piedra caían y se deshacían en fragmentos diminutos.
Mientras tanto, Hanzel volvió a conjurar un halo verde. Su carne volvía a curarse. Y ahora estaba limitado a mí propia humanidad. Me aferré a la daga de Marco como nunca me había aferrado a algo. ¿Qué podía hacer frente a alguien que no podía morir, al que no le podía traer el descanso eterno? ¿De qué eternidad le iba a hablar?
Se decía que los dioses morían si perdían la cabeza. Quizá debía hacer eso. Hanzel podía no ser un dios, pero si estaba venerado por ellos. Cregh y yo nunca habíamos entendido cómo funcionaba el arte alternativo; por qué esos Dioses no me aceptaban a mí. ¿Qué lo decidía? ¿Acaso era otra marca de nacimiento en la que había fallado?
De entre los huecos de su ropa rasgada, un tenue brillo rojo se encontró con la intemperie. Y fue tan repentino como eso. Una luz. Una luz que pude ver entre la lluvia, los latidos, la sangre. En ese instante descubrí que los Humildes no tenían preferencias.
Me transporté detrás de Aldara y la ayudé a levantarse. Ella se volteó sin fuerzas. Aunque sus ojos brillaban, vi que estaba vencida.
—Sé cómo matarlo —dije. Aldara soltó una mezcla de dolor, cansancio y sorpresa—. Su cuello... de él cuelga un amuleto. Eso es lo que lo está curando. Así funciona el arte alternativo.
—¿Estás seguro? —dijo ella, mirando en dirección de Hanzel.
—Si... Creo.
—¡¿Cómo que creo?!
—Tranquila… —dije, muy despacio, y abrazándola por la espalda—. No hay alternativa. Tenemos que apurarnos y definir esto. Sino estamos...
—No lo digas. Por favor, no lo digas. —Sin mirarme, Aldara me tomó la mano. Apoyé mi frente en su nuca y cerré los ojos. El calor de su cuerpo y el movimiento de su torso inflando y desinflándose me hicieron olvidar la vulnerabilidad que sentía por la falta de energía de la piedra.
—Voy a cortar el cordón que lo sostiene. Cuando lo haga, necesito que robes el amuleto. Si me mata, atácalo. Ya no va poder curarse.
Me separé de ella y me aferré a la daga de Marco. Divisé a Hanzel caminando hacia nosotros. Rodeando su cuello un hilo negro sostenía el amuleto del arte alternativo.
—Por ahora distráelo. Vas a saber cuándo sea el momento.
Hanzel no esperó. Una tormenta de fuego se dirigió a nosotros. Aldara se cubrió con lo que pudo, formando una pared de hielo… mucho menos consistente que momentos atrás.  Yo extendí el brazo y enfrenté el fuego con los pergaminos.
Mi hermano formó un haz de luz en su mano derecha y lo lanzó como una jabalina. El objetivo era Aldara y traspasó su hielo de lado a lado. La nereida seguía viva simplemente porque el tiro no le había dado. Hanzel repitió el proceso y apuntó a mí. Esto no iba a poder absorberlo como una llamarada. Reaccioné desapareciendo con el anillo, y volví a convertir a Aldara en un blanco.
Parecía el fin; la jabalina atravesaría cualquier defensa y Aldara no era tan rápida. No pude pensar en algo a tiempo y el mago disparó. Sentí que el tiempo se paraba. La trayectoria era letalmente certera. Pero ella tenía otros planes. Atacándose a sí misma con agua, se dio un empujón y se corrió del camino. Hanzel disparó otro haz y el brazo de agua volvió a desplazar a Aldara por el aire.
Reaccioné por fin. Usé el anillo para aparecer enfrente de mi hermano, pero de manera incansable volvía a leer mis intenciones. Siempre un escalón arriba mío. Su mano volvió al fuego y disparó a quemarropa a mi posición. Extendí el brazo y sentí que era demasiado potente para poder apaciguarlo. Vi como los pergaminos expiraban uno a uno. Tortuosamente, intenté avanzar contra la potencia del ataque. Ese fuego parecía llevar en sí la fuerza del sol. Mi escudo mágico perdía su fuerza y tenía que tomar una decisión. Pero la retirada se sentía como una muerte de todas maneras, solo más lenta.
El último pergamino se extinguió y toda la parte izquierda de mi cuerpo recibió de lleno el calor demoledor. A pesar de la llamarada, di un paso firme hacia adelante. Lo alcancé, tomé su muñeca y la torcí. El hechizo se detuvo casi de inmediato. Me aferré a él y di otro paso. Estiré mi brazo con el arma de Marco. Di con su torso y lo hundí tanto como la daga me permitió. Rasgué el pecho hacia arriba. Gritó de dolor. Era la primera vez que lo escuchaba gritar de esa manera. Saqué la daga e intenté volver a clavarla, y Hanzel me empujó con otra ráfaga de viento.
Vi su pecho y comprendí el error fatal. No había cortado el hilo; el corte llegó justo debajo. Entonces, Aldara encontró fuerzas en algún lugar de su alma para atacar. Mientras una ola lo aplastaba, vi el hilo negro y aposté todo lo que teníamos, todo lo que quedaba. Un tiro. En el mismo movimiento de taparme la cara por el ataque, lancé la daga.
Había sabido que era una carrera contrarreloj desde el principio. Sin la piedra, sin energías y sin ideas. Había tirado mi última arma.
Pensé que no había dado, pero la sangre empezó a brotar de su cuello y vi como el hilo negro se vencía. Rozó el cuello de mi hermano, dándole una última caricia antes de caer, resbalando finalmente entre sus prendas roídas. Nunca tocó el suelo; salió un filamento de un charco de agua y en un movimiento de látigo me lanzó el diminuto amuleto rojo.
Clavé mi mirada en los ojos de Hanzel, que todavía no se había percatado, tirado en el suelo. Usando magia convencional, neutralizó el ataque de la nereida, se sacó la daga del cuello y volteó hacia mí. Vio el brillo rojo debajo de mi suela y bajé el pie. El ruido de cristal roto cambió su cara por completo. Todos los sonidos se detuvieron. Olvidé la lluvia, los latidos. Todo parecía haber desaparecido excepto Hanzel. Petrificado, mirándome a mis pies por primera vez. Pasaron largos segundos.
Cuando se dispuso a crear un destello en sus manos, usé el anillo y no pudo reaccionar; su guardia había caído. Pateé su cabeza desde atrás. Tambaleó y su cara se estrelló contra el suelo. Me abalancé sobre él y lo golpeé con todo el odio que me entraba. Tomé una piedra afilada del suelo y apunté arriba de su ojo derecho. Entonces, los sonidos del ambiente volvieron cuando mis sentidos se recuperaron con el crujido del cráneo de mi hermano. Opuso resistencia durante los tres primeros golpes, pero luego el sonido pasó de ser seco a ser explosivo. La dureza del hueso derivó al blando interior.
Lo golpeé recordando cada año y cada día. No dejé nada. La sombra, el gusto metálico que me traía. La soledad y la frustración. Todos llegaban juntos.
El ojo derecho se balanceaba en el aire. Su frente estaba hundida hacia adentro. Solo paré cuando mi cuerpo ya no tuvo razones. Me eché hacia atrás y miré al cielo. Dejé que la piedra empapada en sangre se deslice por mi mano y se lavara con la lluvia. De pronto, me tomó la mano con firmeza y me miró con su único ojo.
—Recordá mis palabras… Ítalo. Yo tenía razón. Vas a habitar entre los malditos.
Su boca, la única parte reconocible de su rostro, permaneció en un rictus de asco. Me desparramé en el suelo, a su lado. Sentí como su cuerpo perdía calor y la sangre se iba deteniendo para siempre; no podía contener las lágrimas. Dejé caer mi cabeza en el barro y lo miré, y su ojo se detuvo en el mío.
—Tenías razón en algo —le susurré—. Las cosas pudieron haber sido muy distintas.
Él no parpadeo. Nunca más movió un músculo.
Después de un rato entendí que no me estaba mirando. Más bien imitaba la última mirada de Dalia, señalando a la dirección inequívoca: el Oeste.





No hay comentarios :

Publicar un comentario