lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 76 — Final


El llanto de Ítalo revivió una vez que se puso de pie. Vio como la sangre que salía de la cabeza de su hermano se mezclaba con el barro y formaba una especie de pasta roja espantosa. Se tomó el rostro y lo apretó. Sintió el olor de la carne de su brazo calcinado y sintió también el ardor. Tenía la piel al rojo vivo; las gotas que caían allí le producían una sensación de quemadura insoportable.
Lloraba con ganas; gemía y el aire apenas pasaba por su garganta. Caminaba de un lado al otro, buscado arroparse de la lluvia y sentir algo sólido donde apoyar la espalda. La llanura del claro lo hizo sentir sin esperanzas. Giraba la cabeza buscando algo, pero no lo encontraba. Volvía al mismo lugar, volviendo a ver el cadáver. Lloraba y no era capaz de detenerlo o hacer algo apaciguarlo. Se desplomó de rodillas frente a Hanzel, dejando caer el peso de sus hombros hacia atrás. Agarró el lodo del suelo y lo arañó ansioso, desesperado. Con la mano que no estaba quemada tomó la del difunto. La acarició y sintió como el calor se iba disipando. El agua helada borraba los vestigios de la vida de su hermano. Frotó con su pulgar la palma de la mano con delicadeza y luego la apretó fuerte.
—Hanzel... No quiero sufrir más —dijo con un hilo de voz, en medio de los sollozos.
Todavía aferrado a la humanidad del mago, cerró los ojos y pasaron algunos minutos hasta que su cuerpo compungido empezó a dar indicios de querer parar finalmente.
El corazón del bosque latía cada vez más rápido y fuerte. Ahora la lluvia menguaba, convirtiéndose en una llovizna que se deslizaba en la brisa. Ítalo se movió hasta donde estaba Aldara, que muy despacio se intentaba poner de pie. Agitada y agotada lo miró a los ojos, pero no abrió la boca.
—El resto —dijo Ítalo—. Hay que movernos.
Aldara asintió, llenó su pecho de aire y estiró el brazo hasta tocar al cazador. Había una extensión del bosque que rodeaba el río más adelante y e imposibilitaba ver más allá. Usando el anillo recorrieron la distancia en un segundo. Dónde terminaba esa pequeña extensión de árboles, fluía el río y desembocaba en un enorme lago. Tanto Ítalo como la nereida divisaron las figuras del hechicero oscuro, Cregh, Li y Malo. La imagen se mantuvo estática por varios segundos. No entendían que pasaba; ninguno de los cuatro se movía.
—¿Karus... está arrodillado? —preguntó Ítalo para saber si sus ojos lo engañaban—. ¿Qué es ese brillo que le sale de la armadura?
Aparecieron en la escena y sus compañeros se giraron para encontrarse. Los miraron severos y, casi de inmediato, su atención volvió al hechicero oscuro.
—Yo también estoy contento de que estén bien —dijo Ítalo, sarcástico.
El pistolero lo silenció mientras mantenía sus dos calibres apuntando desde la cadera. Cregh estabas en cuclillas, con las manos brillando con un amarillo pálido: arte alternativo. Pero Malo abandonó su forma canina y dispersó el ambiente tenso.
—Creo que realmente está muerto —dijo Cregh, todavía con las manos brillando.
—Si... —contestó Li, enfundando uno de sus revólveres muy lentamente—. eso parece. —Malo maulló de acuerdo.
—¿Qué paso? No entiendo —dijo Aldara.
—No sabemos... simplemente cayó así al suelo y dejó de moverse —dijo Li, mientras lo señalaba con el revólver que le quedaba.
—Y empezó a destilar esa cosa brillante —acotó Cregh.
—¿No te recuerda a la luz de las plantas de los Robler? — preguntó Ítalo, y el mago afirmó en silencio.
El espectro que era Karus había terminado su ciclo en ese cuerpo. No era de su propiedad. En realidad, Karus era un vestigio de la guerra de hace doscientos años; y había vagado hasta que pudo encontrar un nuevo cuerpo que habitar. Pero por más que no fueran más que un títere, los cuerpos en los que reencarnaba tenían la posibilidad de dejar de responderle una vez que les fuese imposible seguir moviéndose. El cuerpo se revelaba y el vínculo se rompía. Ahora el espíritu volvería a desertar.
Los residuos de la ceremonia inicial en la que reencarno, los residuos de la planta milagrosa del Oeste se purgaban por los poros del pobre cascarón que había utilizado. Un cuerpo rendido y humillado por el abuso al que Karus lo había sometido, el cadáver encontraba la eternidad con las rodillas clavadas en el piso y una espalda vencida hacia atrás. El propio peso del cuerpo hizo que se patinara hasta que cayó al piso.
—Está muerto —sentenció Li, y guardó el otro revólver.
Se mantuvo un silencio por unos instantes más, hasta que Aldara dio un paso hacia Ítalo y le rodeó el brazo con una fina capa de agua. El Cazador chilló de dolor.
—No hace falta —dijo Cregh—. Todavía me quedan hojas de Valma como para curarlo.
—No, déjala —dijo Ítalo, quejándose por el dolor—. Sanala, revisa su herida de bala.
Cregh se acercó y sacó las hojas curativas. Le pidió a la nereida que se sentara. Ella no mostraba expresiones de nada más que cansancio. Movió su brazo libre y el agua en el brazo de Ítalo se convirtió en una especie de escarcha. Cregh se enfocó en curar hasta que vio la mirada perdida de Ítalo.
—¿Tu hermano… murió? —preguntó el mago.
—Sí, lo maté —dijo Ítalo, sin más lágrimas para llorar. Quiso tomar la responsabilidad, no el mérito. Sabía muy bien que sin la Nereida nada hubiera sido posible—. Aldara estuvo increíble —comentó.
—No lo dudo —dijo Cregh.
—El amuleto era la clave.
—¿Qué cosa?
—Tu amuleto es lo que te permite utilizar el arte alternativo. Mi hermano tenía uno idéntico —dijo Ítalo.
Cregh revisó entre sus prendas y sacó su amuleto. Lo miró con detenimiento y asintió. Nunca se le había cruzado por la cabeza.
Ítalo pensó en contarle acerca de los hechizos de Hanzel, pero no sabían cuánto tiempo les quedaba. El lago daba hacia el Oeste. Eso implicaba que volverían a casa, o morirían con los ojos mirando a sus espaldas, su tierra, su patria.
—Ya no podés titubear, Cregh —se dijo el mago, apretando los puños.
—El lago es nuestro destino. El destino de todos —susurró Aldara.
—¿A qué te referís? —preguntó Li.
—De todos los seres, literalmente. Siento algo debajo del agua —Aldara puso una mueca de asco.
—¿Sentís al Deus? —preguntó Ítalo, ansioso.
—No —negó—... no creo que eso sea él.
—¿Qué es? ¿Qué sentís? —dijo Li.
Aldara cerró los ojos y perdió cuidado sobre el brazo de Ítalo. El agua cayó al suelo. Ella se tocó sus brazos y los frotó como si tuviera frío. Miró al grupo confundida y meneó la cabeza en un movimiento apenas perceptible.
—Almas —dijo.
—Tiene sentido —dijo Li.
—¿En serio? —dijo Cregh.
—No es la primera vez que relacionan el agua con las almas. Hay historias tanto del Este como del Oeste de que a los espíritus se los lleva un río —dijo el Pistolero, tocándose la punta de la nariz.
—Están... tibias... dioses, dioses —gimió Aldara—. Puedo sentir como nadan. —Y empezó a toser.
—¿Estás bien? —preguntó Ítalo.
—Es... demasiado desagradable —dijo, apoyándose en el piso y escupiendo—. Son como peces pensantes —sacudió la cabeza, tratando de sacar esa cosa de su cabeza.
—Aldara manipuló el agua de ríos sin ningún tipo de problemas; ríos con peces y vida —dijo Ítalo.
—No es lo mismo —dijo Li, con toda certeza—.  Acá es donde terminan esas vidas, donde se conglomeran.
Ítalo se lo quedó mirando. Incluso entonces Li lograba tener los pensamientos más fríos y calculadores; el arquero no podía dejar de pensar en su hermano, no podía concentrarse. Se acercó al Pistolero.
—¿Qué hacemos ¿Cómo matamos al Deus? —susurró, restringiendo la charla a ellos dos. El pistolero suspiró.
—¿La espada? —dijo, sin certeza, mirando sus revólveres.
—La espada —repitió Ítalo, y extendió las manos—. ¿Puedo?
Li no entendía por qué, pero le dio la espada. Sin dar explicaciones, Ítalo tomó la iniciativa y puso un pie dentro del lago. Se quedó perplejo al sentir la temperatura del agua. Tibia. Fluía con rareza, y se convenció de que Aldara realmente sentía almas.
Ítalo dejó caer la punta de la espada en el agua y miró como esta se volvía turbia. Una estela negra como el carbón rodeaba el arma. El agua empezó a perder calor. Se aferró la espada y siguió adentrándose en el agua. Llegó hasta las rodillas, llegó hasta la cintura, llegó hasta el pecho. Y sintió un tirón en el pie que lo hundió de un instante. Desesperado, no lograba ver nada más que oscuridad.
Pero aquella fuerza no intentaba ahogarlo. Ítalo sintió los latidos haciendo vibrar el agua. Escuchó algo más, algo que no provenía del agua. El ruido era como mil voces hablando una encima de la otra, pero todas diciendo lo mismo. Tuvo un escalofrío que se sintió como un pedazo de hielo bajando por su espalda. Descubrió que sus movimientos no eran fluidos, que no podía controlar su cuerpo. Él quería apretar la espada, pero la mano empezaba a dejarla resbalarse de sus dedos. Tuvo que concentrarse para recuperar la calma, que todo volviese a estar bajo control. Entonces, ese sonido plural se hizo más claro. Por encima de esas palabras incomprensibles, una voz salió en su cabeza, hablando en el idioma del Este.
—¿Cazador? —preguntó la voz.
—S-Sí —titubeó Ítalo. Las voces lanzaron un zumbido, pero no respondieron.
Al mismo tiempo, los latidos dejaron de sonar.
Los kilómetros de flora que habían crecido en pos de defender la cuna del Deus se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. Como si el bosque nunca hubiera existido. Solo quedaba una planicie hasta las montañas que rodeaban Verin, el río y el lago.
El Deus regresaba al lago para reclamar su trono de su sueño eterno. Revitalizado, se alzó sobre el lecho del lago, mostrando la ornamenta de su cráneo. Era tan alto que solo necesito tres pasos para desvelar todo su cuerpo del agua. Desde su cuello rodeado de hojas y ramificaciones, a su manto negro que lo cubría hasta las rodillas.
Sin piel, su carne estaba a la intemperie. Su esqueleto, hecho tanto de hueso como madera era su única armadura aparente. De su cráneo, dos huecos negros hacían de ojos y de su boca, con unos dientes de corte carnívoro, caía de manera grotesca una baba negra.
Sus tres metros de altura eran suficientes para entenderlo todo. La envergadura de sus hombros pasaba el metro y medio. El cuervo más grande llegaba siquiera a su pecho. A su alrededor, pedazos de piedras de todos los tamaños se desprendían del suelo y flotaban con su mera presencia.
La revolución había comenzado.

A miles de kilómetros, también era tiempo de desatar el caos. Con el despertar del Deus tambien despertaron los bichos, y comenzaron su ataque. Sus cuerpos les pedían con desesperación matar al enemigo. El sosiego del Este fue corto. Un cuarto de hora; eso fue todo lo que necesitaron.
El calor del sol entibiaba los corazones de Veringrad. Esa sensación de paz, fraternidad. De vivir sin un infierno a los pies.
La mansión de Wendagon se había vuelto una caja de eco. Los pasos de su sirviente, Evelio, retumbaban entre las paredes de piedra. Hacía ya tiempo que solo recorría los pasillos buscando nada, solo matar el tiempo.
La luz se filtraba por algunos huecos, y se podía ver como partículas de polvo danzaban al ritmo de la promesa del verano. Le gustaba el sol, su presencia siempre era bienvenida. Pero desde el asesinato de su amo, su misión se había reducido a una: esperar.
Su conexión con el Oráculo era completamente nula. Su conocimiento de la magia era pobre y vago. Su mayor virtud la llevaba pegada en su pecho: la lealtad. Su capacidad de dejar todo atrás y velar por quienes confiaron en él hacían obvias las razones por las que Wendagon lo había elegido. Era de cara juvenil y enérgica, sin un solo vestigio de una arruga. El rostro pálido brillaba cuando caminaba a través de esos haces de luz que se metían pidiendo permiso por alguna ventana, o incluso algún agujero de la pared.
La mansión era tan grande que era difícil hartarse de recorrerla. No era para nada monótona; cada cuarto tenía su propia esencia. Cada cuarto te daba una sensación especial que duraba unos instantes antes de irse con el viento. Todas las habitaciones tenían como mínimo un cuadro. Evelio se perdía imaginando historias con solo mirar los colores. No tenía que esforzarse; las imágenes lo esperaran para contarle sus historias.
Más allá de la lealtad, más allá la belleza de la mansión, lo perseguía la sombra del asesinato de Wendagon y la sangre coagulada en el suelo, que Evelio nunca se animó a limpiar. No había habido rastro del asesino. No tenía idea de si podía volver por él para cortar todo vínculo cercano del señor de tierras. Aun así, las horas de vigilia eran porque sabía que podía haber hecho algo al respecto. Quizás siendo haciendo de carnada, dando su vida para que su señor siguiera vivo.
El funeral había sido multitudinario. Había pocos llantos reales, pero había predominado una tristeza rayada de genuino respeto. No era menor el hecho que no había más lágrimas para llorar. Muchos señores de tierra habían muerto en muy poco tiempo. La gente se acercaba a despedirlo como dándole gracias por su ayuda en algún momento de la vida, tal vez con dinero, con su poderes premonitorios o simple sabiduría.
Una vez que el cuerpo empezó a apestar la gente se disipó. Nadie se quedó para el entierro más que el siervo y el hombre enorme encargado de levantar el ataúd. Tal era la lealtad de Evelio que pidió ser él el que tapara con tierra el lecho. A pesar de sus brazos escuálidos y su endeble torso, terminó la tarea. Wendagon estaba enterrado en el jardín de la mansión. No tenía ningún mausoleo ostentoso, solo una lápida y un cajón de madera con quince clavos.
Esa tranquilidad: la impunidad y la manera de derrochar el tiempo que tenía el Este. Alles estaba condenada por sus propios pecados. Los bichos solo necesitaron su instinto para destruirla.
Gritos. Primero en la lejanía, como una tormenta regurgitando y después tan cerca como un susurro. Se acoplaban, uno encima del otro hasta volverse ensordecedor.
El sol miraba, impune también.
Evelio corrió hasta la puerta principal. Imprudente, la abrió sin más. Bajando por la calle había gente corriendo, perseguida por seres espantosos que él nunca había visto. No eran bichos comunes. Las arañas del bosque habían esperado demasiado tiempo ese momento. Envueltas en un odio sin remedio, sus ojos se habían vuelto rojos por la influencia del Deus.
En el corto intervalo en el que Evelio salió afuera a mirar, presenció cómo acababan con tres personas. Antes de que pudiera cerrar la puerta, un lagarto lo divisó y se abalanzó de un salto sobre la entrada de la mansión. Evelio notó que era imposible cerrar a tiempo el portón, y empezó a correr despavorido. El lagarto casi llegaba a los dos metros de altura, y era mucho más rápido que el joven. También tenía los ojos rojos. Evelio podía correr, pero no tenía ningún margen para escaparse. Subió unas escaleras a una velocidad que desconocía. Recorrió unos metros y se metió en una habitación a la izquierda.
Apenas llegó a poner el pestillo. De inmediato se hicieron sentir los golpes desde el otro lado, queriendo tirar la puerta abajo. Evelio se apresuró a encarar la ventana, pero con solo ver la altura sus piernas se aflojaron. Era demasiado alto para saltar. La madera empezó a crujirse. El hierro que sostenía la posición de la puerta también cedía.
A pesar de recorrer las habitaciones prácticamente todos los días, ahora todo parecía diferente. Los objetos adquirían nuevos significados. Y la espada colgando del cuadro, refulgiendo bajo el sol, parecía un regalo.
Con una seguridad impropia tomó el arma y se paró frente a la puerta. El lagarto había roto la madera, creando un hueco. Metió su cabeza por ahí, intentando hacer pasar el resto de su cuerpo, actuando sin cerebro. Miró a Evelio con aquellos ojos rojos y una ira rabiosa, desesperada. No tuvo ninguna reacción al ver la espada. El siervo se acercó hasta el bicho y bajó el arma cuatro veces, dándole muerte. Intentó abrir la puerta, pero todo el mecanismo estaba demasiado torcido. Tuvo que abrirla con la espada, y todo se desmoronó. No sintió ningún tipo de lástima por matar a la bestia.
Evelio corrió hacia algo que conocía muy bien; el altillo. Era la posición más segura de toda la mansión. A toda carrera, y sin querer mirar atrás, recorrió los tres pisos faltantes. Abrió el portal de firme metal y se encerró. Era un lugar enorme, con algunas reservas de comida y agua y su correspondiente cuadro. La esencia del lugar lo hizo tranquilizarse en un momento que parecía imposible hacerlo. El celeste claro que pintaba el cuarto le recordaban a la infancia.
No quiso ni asomarse al pequeño hueco en la piedra que funcionaba como ventana. Tenía miedo de lo que había en Veringrad. La altura no era ningún atenuante para el mar de gritos que recorrían la ciudad. Sentado y paciente, se dejó envolver en ese sufrimiento hecho sonido. Los minutos pasaron y finalmente no se resistió más. Desde lo alto, pudo ver como los humanos eran diezmados, sin ningún tipo de piedad. Aunque no pudiera asegurarlo por la distancia, estaba seguro que todos tenían ese carmesí profundo en los ojos. No entendía qué carajo sucedía, y decidió cumplir con lo que Wendagon le había encargado. Esperar. Sentado y callado. Cerraría los ojos y trataría de ignorar los cristales rotos, los llantos, y los pedidos de auxilio. Esta vez, no podía hacer nada.

◘◘◘◘◘

Ítalo, el Cazador. Aldara, la Nereida. Cregh, el Hechicero. Li, el Pistolero. Los cuatro se paralizaron ante el dios. Solo la espada hizo la diferencia; aferrarla le dio coraje a Ítalo. Dalia le dio coraje. Avanzó e intentó cortar la pierna derecha del Deus, que todavía estaba parado en el lago. De pronto, Malo se abalanzó sobre el Cazador. El quitnar alcanzó el hombro de Ítalo con sus fauces caninas y lo tumbó antes de que pudiera lastimar al Deus.
Cregh fue el segundo en reaccionar. Se transportó hasta ellos con un hechizo y, tomando a Malo por el vientre, lo sacó de encima de Ítalo y lo alejó de una patada.
En la mirada del quitnar había un carmesí profundo que borraba todo rastro del pasado. Cregh vio esa mirada asesina, pero quiso intentar razonar.
—¡Malo! ¿Qué estás haciendo?
El animal se recuperó y volvió a atacar. Ítalo tomó a Cregh y los sacó de ahí con el anillo. Aparecieron a unos metros.
—¿Estas bien? —dijo Cregh, mirando la sangre que empezaba a teñir las prendas del Cazador.
—¿Qué carajo, Malo? —gritó Ítalo, enojado.
—No sé qué le pasó.
—Es por él, ¿no? —dijo Ítalo, recapacitando.
Ahora le era difícil sostener la espada, pero no la dejo caer. Ítalo miró concentrado al enemigo.
El Deus mantuvo su postura firme. Su apariencia era aterradora, como todos los bichos. Pero no había atacado. Los humanos habían dado el primer golpe. El Deus solo se defendió.
Malo siguió su búsqueda frenética y corrió hacia Ítalo y Cregh. Ítalo levantó la espada frente a su pecho para defenderse del ataque. Escuchó ese millar de voces hablando, superponiéndose entre sí hasta que una voz dentro de su cabeza las organizaba, traduciéndolas en palabras del Este.
“Nacer... Barro... ¿Por qué...? Cazador”, balbuceaban. Ítalo sintió como su cuerpo empezaba a responder a órdenes que no eran las suyas. Sus pies se cruzaron y lo hicieron resbalarse justo antes que llegué el ataque del Quitnar. El anillo volvió a ser el as bajo la manga que lo salvó.
—¡Malo! —gritó Aldara.
—¿Qué carajo pasa? —dijo Ítalo, mirando como sus manos temblaban y se movían de un lado al otro.
Pero para salvarse, se había movido muy cerca del Deus. La calavera se movió; levantó la mano y, desde el suelo, raíces tomaron los tobillos de Ítalo. Malo se dirigió hacia el cuello del cazador. Esta vez Ítalo se perdió en las cuencas oculares del Deus, y no tuvo reacción útil contra el ataque del Quitnar. En el mismo instante que notó el peligro inminente, el estruendo del calibre pesado sonó.
Malo recibió la bala y cayó contra el suelo. Inmóvil. Ítalo usó el anillo para zafar de las ramificaciones y se transportó hasta Li. En su rostro se afirmaba aquella mirada que había nacido cuando mató a unos civiles para tomar sus túnicas blancas. Esa misma mirada que tuvo Aldara en la plaza de Aqlatan, e Ítalo cuando tomó la piedra para destruir el cráneo de su hermano. Ese rictus de decisión absoluta, un ceño fruncido y unos ojos muertos. No había lazo o relación que se privara de ser sacrificado por el continente; Alles debía sobrevivir.
Aquel que todavía debía cumplir con su parte, Cregh, ya se había puesto en posición. Movió sus manos mientras decía las palabras adecuadas. Empezó a flotar en el aire, como Hanzel con el arte alternativo. Con sus manos envueltas en luces, miraba sin miedo al ser definitivo. Se abalanzó contra él, lanzando una llamarada tan concentrada que parecía un haz de luz. El Deus recibió el impacto de lleno en el pecho, pero ni siquiera se inmutó. Lanzó un manotazo que lanzó al mago en el lago.
Cregh se incorporó en un instante y dando los pasos y diciendo las palabras que aprendió del libro, su mano se volvió de un amarillo pálido. El enemigo se volteó y atacó con una velocidad impropia a su enorme tamaño. El Hechicero recibió el golpe, confiado, con la palma extendida. El enorme brazo del Deus se detuvo en seco ante la aparente fragilidad de Cregh. Aprovechando el desconcierto, se deslizó debajo y golpeó el vientre de la bestia con esos puños que habían quebrado árboles. El Deus retrocedió, pero no hubo ningún gemido o queja. El mago intentó volver a atacar, pero del tórax de la bestia salieron disparadas unas raíces de madera. El ataque atravesó completamente el muslo del mago. Mientras este gritaba, las raíces enredaron la pierna y empezaron a traerlo hacia él.
Con los dos calibres en la mano, Li empezó a disparar. Al instante notó que no le hacía nada al Deus, por lo que apuntó a la raíz y la cortó. Mientras Cregh escapaba, Aldara puso sus manos a la altura del pecho y se concentró para dejar atrás el asco que le producía manipular aquel caldo de almas. Lanzó las palmas hacia el cielo e hizo que una enorme pared de agua se levantara justo debajo del titán. El Deus era un sólido cuerpo de tres metros y más de doscientos kilos, pero el brusco choque del agua logró despegarlo del suelo y hacerlo caer.
Aldara formó estacas de hielo de la lluvia y luego bajó sus brazos con violencia, haciendo que se hundiesen en el pecho de la bestia. De nuevo, no hubo ninguna expresión de dolor. El Deus se incorporó despacio, como si nada hubiera pasado.
Por un momento los cuatro quedaron en silencio. Ítalo apretó la espada; ya sabía que era la única manera de herirlo realmente. Sin embargo, era el mago el que no dejaba de insistir. Moviendo las manos con una luz verde, se curó el muslo atravesado por las raíces. Estrenando uno de sus nuevos hechizos, del pecho del Deus empezó a salir una luz violeta muy brillante. El Deus parecía no advertirla, hasta que la luz creó una explosión devastadora que encegueció a todos. El titán cayó más adentro del lago. La luz violeta no tardó en volver a aparecer. Cregh no paró de mover sus manos, haciendo que su hechizo lo atacara una y otra vez sin descanso. Destellos blancos cubrían la escena cada vez que explotaba. Mucho ruido y pocas nueces; el Deus se volvía levantar, y si bien la túnica se había reducido a un trapo negro, la carne y la estructura de su pecho se reconstruían con una velocidad asombrosa. Se estaba sanando. Raíces surgían del suelo y subían hasta las heridas, donde se entrelazaban para cerrarla.
Las voces se volvieron más densas. Más preocupadas, empezaban a gritar murmullos. Li sintió como su pulso se desviaba de a momentos, con movimientos involuntarios. No debía pensar. No debía pensar en lo que le había hecho a Malo. Aldara sacudió la cabeza y cerró los ojos. Esas voces… esas almas de los muertos… le recordaban a los inocentes que había matado en la plaza de Aqlatan. Esos cuerpos en los que había evitado pensar. El cazador distinguió palabras en la Alta Lengua. La lengua de su hogar. Las voces los afectaban a todos.
El único que no demostraba mayor reacción a la influencia del Deus era Cregh, que volvió a estrenar otro hechizo del arte alternativo. Este último requirió un poco más de ademanes y palabras que se llevaba el viento de tormenta. Creó diez bolas de luz que empezaron a girar frente al enemigo. El Deus empezó a caminar hacia Verin. Las luces empezaban a girar más rápido y acercarse más a él, pero se mostró indiferente.
—Es ciego —susurró Li, mientras se concentraba para que las voces no interfirieran en sus pensamientos. Volteó y miró a Ítalo con los ojos abiertos de par en par—. ¡Es ciego!
Cregh cerró sus puños y las diez piezas se afianzaron con violencia sobre el cuerpo del Deus. Un hilo de magia naranja ataba con seguridad sus brazos. El rey de los bichos inflaba su pecho y extendía los brazos, pero sin ningún tipo de efecto.
—¡Ítalo, ahora! —gritó el mago, con el alma.
El Cazador se transportó detrás del Deus, quién había hincado una rodilla en el suelo y buscaba la fuerza para romper el hechizo. Cuando Ítalo blandió la espada, cortando de lado a lado la espalda del titán, se le cruzó la mirada de Dalia. Ítalo esperaba un ruido seco, como cortando madera, o la delicadeza de cortar carne, pero se escuchó y se sintió como si estuviera chocando contra metal. Sin embargo, pudo penetrar. La espada dejaba un haz de fuego negro a su paso, dándole a la piel de madera un aspecto de carbón. La bestia gritó por primera vez, seguido por todas y cada una de las voces que acompañaron su dolor en una cacofonía espantosa. A pesar de la fuerza del arquero y el peso del arma, el daño fue irrisorio. Un corte débil y poco profundo. Arremetió tres veces más. Esta vez, los cortes parecían permanentes. Temiendo a las raíces, terminó con su ofensiva, transportándose con el anillo a su posición anterior. Segundos después, el Deus lanzó sus prolongaciones desde el pecho, tal como Ítalo predijo.
Cregh, Li y Aldara se acercaron corriendo hasta Ítalo, quien miraba la espada.
—Funciona, tal como dijo Li —dijo—. Su piel es resistente y mide lo mismo que la puerta de un templo, pero funciona. No pareció si quiera amagar a sanarse solo.
—Perfecto, solo queda ser precavidos —dijo Li con una solidez pura.
—Golpe a golpe, hasta deshacer el filo de la espada, vamos a cortarle el corazón a este hijo de puta —dijo Ítalo.
Todos asintieron y se miraron antes de separarse. Cregh y Aldara se fueron juntos, coordinando el próximo ataque. Li e Ítalo miraron al Deus mientras retorcía y forzaba las hebras que lo ataban. Reinó el chapoteo del diluvio por unos largos segundos. Sabían que era demasiado peligroso acercarse con esas extremidades viscosas extendidas.
Por el otro lado, Cregh y Aldara se entendieron con susurros y gestos. El plan no era demasiado elaborado: simplemente liberar el camino para que Ítalo cortara. Tan rápido como se separaron, la Nereida pegó un alarido desgarrador. Una llamarada había golpeado su hombro, tomándola desprevenida. Aldara cayó en el suelo, con su codo salido para afuera en un ángulo que era doloroso de ver. Li desenfundó un cañón al mismo tiempo que levantaba la vista. Visualizó al enemigo, un búho hechicero a unos veinte metros, quién disponía a volver atacar de inmediato. Lio vio los mismos ojos rojos que se había llevado a su más viejo amigo. El calibre pesado hizo estallar la cabeza del bicho.
Aldara apenas tenía fuerzas para gritar. Había caído boca abajo y por un momento pensó que se iba a ahogar en un charco del piso. Ítalo la tomó por la cintura y la paró en un solo movimiento. Ver el rostro afligido del Cazador la confortó y alivió el dolor, de alguna manera.
—¿Estás bien? —preguntó Ítalo, acercándose mucho a la cara de la Nereida, obviando el brazo.
—Si… —dijo Aldara, cerrando los ojos y apoyando su frente con la del arquero—. ¿Estoy bien?
Ítalo se separó, tomándola por los hombros y mirándola de pies a cabeza. Ella le devolvió la mirada. A pesar de estar completamente desgastada, empapada y agotada, Ítalo vio que sus ojos seguían relampagueando.
—Nunca estuviste mejor —dijo, sonriendo.
No hubo tiempo para dejar que el cañón del revólver se enfriara: desde donde solía estar el bosque, Li pudo ver los destellos blancos que causaban los hechizos de transportación. Venían magos del Oeste junto con bichos que corrían cegados hacia su posición. No podía verlos con claridad por la distancia, pero no lo necesitaba; ya sabía de qué color eran los ojos de cada uno.
—¡Estos son míos! ¡Ustedes maten al grandote! —gritó Li, mientras recargaba sus armas a una velocidad que ninguno de los cuatro había creído posible. El pistolero les dio la espalda y se puso los revólveres a la altura de la cadera.
Ítalo no sintió nada cuando las pistolas empezaron a disparar. Le resultaba tan extrañado haber terminado con la purga. Adelante solo había una bestia de tres metros y la promesa de no volver a sufrir. Apretó las manos hasta que sus propias uñas empezaban a lastimar la mano. Miró a Cregh, que meditaba sobre el próximo hechizo. En el momento en el que el mago empezó a mover las manos, fue cuando el Deus se liberó de sus ataduras y volvió a caminar. Las voces retomaron su tono impaciente y denso. Ahora no solo había matarlo rápido, sino que impedir que avance y acorte la distancia entre él y su séquito.
Cregh volvió a invocar la luz violeta y atacó al Deus. Una y otra vez, explotando y volviendo a generarse de las mismas partículas, mientras apuntaba a las piernas y a detener el paso. El Hechicero le gritó a Ítalo para que atacara. El Cazador usó el anillo y esta vez buscó el pecho y las heridas causadas por el hechizo que estaban intentando curarse. Ahora el grito fue mucho más intenso. Cortó tanto como pudo, deseando que cada corte fuera el final. Pero otra vez, al retroceder para esquivar los tentáculos de madera, el ataque era simplemente muy poco efectivo. Miró a Cregh, que parecía abstraído de la situación. Luego volteó a ver a Li, que con sus revólveres había ya dejado una estela de sangre y muerte. Pero en el horizonte se podían observar las siluetas de los bichos tanto en el piso como en el aire.
—¡De nuevo! —gritó Ítalo.
El mago volvió a invocar el hechizo violeta y volvió a embestir al Deus explosión tras explosión. Pero el titán no cedía. Parecía empezar a acostumbrarse al daño y mostrarse cada vez más indiferente. De todas maneras, el hechizo cumplió con su cometido otra vez e Ítalo pudo volver a transportarse de manera segura.
—¡La cabeza! ¡Apunta a la cabeza! —gritó Li, quién parecía tener otro par de ojos en la espalda.
Ítalo reaccionó de inmediato. La cabeza de ese blanco tan pulcro y brillante, dando la impresión que aquellos huesos eran de mármol. Se transportó a los hombros de la bestia. Empezó a cortar de lado a lado, con toda la energía que le quedaba adentro. La bestia gritaba con alaridos salvajes, demostrando la efectividad del ataque. Ese color perfecto se corrompía de un gris ceniza, y de todos lados parecía empezar a agrietarse. Con cada corte se imaginaba que cortaba un pedazo del domo de Varoa, de la oscuridad de Verin, desnudándolas a la intemperie.
—Luz, paz, tranquilidad —se repetía cada vez que movía la espalda de lado a lado. Cuando sintió que el Deus iba a atacar, ejecutó un último espadazo, de punta en la nuca—. Muerte —susurró.
Usó el anillo para alejarse. Apareció de espalda al Deus con los ojos iluminados, esperado el ruido seco del cuerpo cayendo contra el suelo. En cambio, solo se oían los revólveres de Li, haciéndole eco a la lluvia. La bestia gritó de rabia, y las voces llegaron a un clímax de degeneración. Parecían discutir entre ellas. Ítalo trastabilló y soltó la espada. Aldara cayó de rodillas al suelo, y Cregh se llevó las manos a la cabeza y empezó a sacudirlas. Solo el Pistolero resistió y siguió matando. Cuando disparaba podía aislarse de todo lo demás.
El Deus sacó muchas raíces a la vez y las dejó ergidas, apuntando en todas direcciones, listas para atacar. Como consecuencia su paso se aminoró, y se volvió muy lento. Cada vez que apoyaba sus pies en el suelo lo hacía con tanta fuerza como para quebrar la tierra. Estiró su cuello y miró hacia arriba, reluciendo tanto su cornamenta como la ornamente que le rodeaba el cuello. Era imponente. Ítalo permaneció el suelo, absorto con la bestia que tenía en frente. Había olvidado todo mirándolo; en su pecho solo tenía lugar para el terror. Cregh se acercó hasta Ítalo, levantó la espada del piso y la extendió.
—Vamos, levántate —dijo, con seriedad total. Ítalo miró a Cregh. No sabía cómo decirle que tenía miedo. Algo en los ojos del mago era distinto. Por mera inercia se paró y tomó la espada.
Cregh asintió y preparó otro hechizo distinto. Con los ademanes y las palabras, una especie de halo dorado se formó sobre la cabeza del Deus. A pesar de su apariencia inocente, empezó a escupir haces de luz devastadores. El Deus gritó como si lo tuvieran cortando con la espada brillante. Pero el hechizo parecía de naturaleza bastante imprecisa: cuando el Deus siguió con su paso, el hechizo comenzó a errar sus disparos. A Cregh le costaba horrores manejar la pequeña luz amarilla; se contraía y movía las manos, el torso y hasta el cuello tratando de poder expresarle su voluntad al hechizo. La lentitud del Deus facilitó el asunto, y el mago pudo arreglarlo en tiempo y forma. Los haces dieron en el blanco esta vez, cortando muchísimos de los tentáculos que impedían la ofensiva del cazador. Tan rápido como Cregh frenó su ataque, Ítalo atacó. Sin embargo, los tentáculos volvieron a crecer a una velocidad anormal.
Ítalo apenas alcanzó a blandir la espada cuando un tentáculo salió disparado en su dirección, pasando a centímetros de su cuello. Forzó sus piernas tanto como el físico le permitía y saltó hasta la boca de la bestia. Agotado de la pelea contra su hermano, no sabía cuánto más podía seguir… Descargó todo lo que sus músculos permitieron y con un enorme grito de guerra cortó la trompa del Deus, destruyendo la parte superior de la boca, deshaciendo la encía y cortando varios de sus colmillos. Esta vez Ítalo disfrutó del clamor del Deus. Escuchar ese millar de voces esa vez fue como escuchar una orquesta perfectamente calibrada. No podía faltar demasiado. Pero un tentáculo salió a interceptarlo; ni siquiera había aterrizado del salto. Golpeó su pierna derecha y perforó la piel y el hueso hasta atravesar al otro lado. Se enredó alrededor de la pierna, y puso a Ítalo de cabeza, tendido en el aire. El Cazador había perdido el hilo de la pelea mientras miraba como su espada se había untado de esa baba negra que caía de la boca del Deus. Apenas sintió una molestia en la pierna, y atinó a lanzar un espadazo al tentáculo que lo sostenía. Una vez libre, se transportó de inmediato hasta donde estaba el mago. Terminó de entender la situación cuando se le hizo imposible ponerse de pie. Entró en pánico cuando vio la sangre. Revoleó la espada a un costado.
—No, no, no. No, no. No puede ser… voy a morir —dijo, sintiéndose al borde del abismo.
—¿Ítalo? —preguntó Cregh, desconociendo la mirada de desesperación del Cazador. Ítalo quiso manotear el amuleto de Cregh y exigirle que le enseñara a curarse, pero entendió que era ridículo en esa situación.
En cambio, se quedó callado. Se mecía de un lado a otro mientras apretaba el hueco de la herida y se le empapaban de sangre las manos. Tenía el corazón comprimido, latiendo a una velocidad descomunal que le impedía abrir la boca. Sabía que el poder de la piedra consumía su propia sangre y desconocía cuanto había gastado en pelear contra su hermano.
—Tenemos que irnos, Cregh… no tenemos chance si seguimos acá —gritó Ítalo, pero el mago no dijo nada y tomó la espada.
Ítalo gritó e insistió en que tenían que irse, hasta que la garganta empezó a desgarrar sus palabras. Cregh lo ignoraba y miraba al Deus. El Cazador insistía en que debían volver, curarse e intentar de nuevo. Gritó hasta el hartazgo que tenían la espada y mientras tenían la espada había chance, pero si todos morían, el Este moría. Ítalo cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire. Escuchó los revólveres retumbar. Al girar la cabeza vio que Li se había convertido en una máquina perfecta de matar y todavía mantenía a raya la estampida.
Cregh volteó, e Ítalo entendió. Vio la misma mirada que tenía Li. La misma tormenta que tenía Aldara.
—No vamos a morir acá —dijo Cregh—. Siempre pensé que iba a terminar de alguna manera diferente. Voy a morir cayéndome por unas escaleras, o apuñalado por la espalda; no asesinado por un dios. Eso es demasiado grande para mí. Por eso sé que voy a vivir. —Ítalo se quedó sin habla.
Ítalo apretó la herida y la misma sangre espesa con la que había nacido hacía que el sangrado fuera mucho más lento. Algo le dio la seguridad de que no iba a morir desangrado. Con muchísimo esfuerzo, se paró; apenas podía apoyar el pie derecho. Tomó la daga dorada, de su primo Marco, y se transportó a un costado de Li. Con un poco de suerte podría cortar el cuello de algún bicho. El rol más realista que podía cumplir era simplemente ser un cebo y distraer al ejército utilizando el anillo.
—Te dije que te cuidaras —dijo Li, preocupado, sin mirarlo.
—No hay nada más que pudiera hacer, por lo que vengo a hacerte compañía —dijo Ítalo. El pistolero siguió con la matanza indiscriminada de todo lo que se movía. Por la cantidad de cadáveres que yacían enfrente, y las pocas balas que tenía, parecía que no había errado siquiera un solo tiro. Un cuerpo detrás de otro, amontonados, sin mover un solo músculo. El pistolero enfundó las armas en un solo movimiento.
—Ese fue mi última bala —dijo, y miró hacia abajo. Ambos vieron como el agua de sus pies se levantaba y empezaba a formar una pared.
—Parece que tenemos un último as bajo la manga —dijo el arquero, sonriendo.
Li volteó para ver a Cregh, avanzando hacia el Deus.
—Solo queda confiar y rezar que cada segundo que gane Aldara sea suficiente —dijo. La pared creció hasta cubrirles también la cabeza, y del cielo empezaron a llover estacas de hielo contra los bichos que eran controlados desde Verin.
Cegados por el despertar de su líder, en pleno fulgor carmesí, corrían hacia el oeste solo para encontrar su muerte siendo atravesados por el arte de Aldara. Ella orquestaba su última función en el Oeste sentada en el piso, con su mano buena. La mano le temblaba y los ojos casi se le ponían blancos. Pero tenía una mueca que simulaba una sonrisa. Ella había visto a Cregh.
Li había escuchado que Destino tenía una manera de obrar muy particular. Él había elegido ser tan ignorante como cualquier mortal. Inventaba en su cabeza las historias para cada uno, pero jamás decidía por nosotros. Creaba un entramado, tendencias, un contexto. Él no tenía idea de qué podía pasar al día siguiente, a pesar de ser el arquitecto y sentar las bases de todo lo que conocemos. Su goce era despertar cada mañana y sorprenderse con cuál camino se decantarían los sucesos. No conocía moral o justicia. De todos los Dioses, prefirió ser el escritor y el lector a la vez de la que conocemos como realidad.
Cuando Li vio a Cregh con la espada en la mano, recordó esto. No creía en los dioses, pero sintió una presencia que atribuyó a Destino, mirando desde algún lugar; siendo un mero espectador del fruto de los dados que había tirado. Y el pistolero no podía hacer otra cosa que lo mismo que Destino: observar. Se sintió desamparado, sabiendo que cualquier error del mago significaba la derrota. Nadie los iba a salvar a último momento. Todos miraban: una joven que asesinó a su prometido, un cazarrecompensas que no encontraba un hogar, un renegado que había asesinado a su hermano, Destino y los Etéreos. Dos peleaban: el Hechicero, famoso por poco más que incendiar pueblos, y el ser que controlaba todo lo que provenía del continente occidental.
El mago se quedó quieto, respiró hondo y trató de no pensar en nada más que cortar. Quiso olvidar las vidas que pendían de sus hombros. Quiso evitar recordar cada error en su vida. Intentó sacar de su cabeza el incendio del pueblo, los hechizos que había fallado en hacer, la manera en que falló en proteger a Dalia; cuando no pudo vengarla y matar al cuervo en el bosque. Cregh se había hartado de su imagen. Ser el mago inepto que ni siquiera había podido probarse contra el mago del Oeste, porque Karus había caído de rodillas sin decir mucho más.
Pensó en cuanto miedo tenía a morir. Pensó en cuan egoísta era anteponer un deseo personal a la vida de un continente entero. Pero no era así. Por primera vez en su vida confiaba en sí mismo. Se aferró la espada. El Deus no lo intimidaba. Era un metro más alto y más ancho que su hermano Cresso, pero por alguna razón lo veía tan endeble como cualquier otro mortal. Sabía muy bien que podía morir, y que su carne y sus gritos eran tan reales como el diluvio que asestaba Verin. Más allá de sus poderes, Cregh no veía más que un caparazón duro. Y en su mano llevaba el material que cortaba ese caparazón.
—El cráneo —se dijo a sí mismo.
Su último pensamiento fue el deseo de que las voces no interfieran en sus movimientos. Usando el arte alternativo, despegó sus pies del suelo y, volando a toda velocidad, atacó al Deus. Cortó los tentáculos que se le venían encima y se hizo camino hasta el pecho de la bestia, que fue lo primero que se topó. Con dos ataques pesados, recorrió hombro a hombro con el filo del arma. Las ascuas negras que se formaron cubrieron casi todo su pecho. Cregh pecó de impaciente, y recibió de lleno dos tentáculos que le atravesaron el abdomen. Se le hizo imposible continuar con el ataque. Una sensación gélida le recorrió el estómago. Sintió que se le habían congelado los jugos gástricos y que su sangre era de escarcha. El dolor era como un pequeño ruido, imperceptible al principio, que entraba en una espiral incontrolable. Apretó las muelas y por instinto despedazo los tentáculos; apenas mostraban resistencia a la espada. Se transportó chasqueando los dedos y luego comenzó a mover las manos hasta que se llenaron de luz verde. Las pasó por su vientre, sin confiar en que funcionaría. Pudo sentir como el arte alternativo hacia que la piel se volviera a unir. Respiró profundo varias veces, tratando de olvidar el frío que lo recorría hasta la planta de sus pies, empapados. Incrédulo, llevó un dedo hasta la herida e hizo presión. El frío de su vientre se fue, espantado por un repentino calor en su pecho que le hizo sonreír de oreja a oreja. El hechizo de curación era increíble.
En ese momento perdió el miedo por completo. Se abalanzó contra el Deus, sabiendo que desde ese momento todo había quedado atrás. Una hoja en blanco, un trozo de mármol virgen, el frío de la lluvia de otoño y el sueño un techo propio.
Los tentáculos volvieron a crecer y se incrustaron en Cregh tan pronto como volvió a atacar, pero se los sacaba de encima como si fueran sabanas. El mago no escuchó nada más. Ni las voces, ni la lluvia. Era uno con la espada. Voló hasta la cabeza del Deus, cortando del otro lado que faltaba; borrando por completo lo que era la boca y la nariz de la calavera. Pero el Deus seguía vivo. Seguía de pie y avanzando. Cregh repitió el hechizo de curación, y volvió a la carga.
Aldara estaba en el suelo, convulsionando por el esfuerzo. La barrera que protegía a Ítalo y a Li se deshizo. Saltando cadáveres, con sus pies bañados en sangre fresca, la estampida del Oeste estaba a menos de cien metros. Ítalo usó el anillo para transportarse hasta Aldara y la pegó a su pecho.
Cregh cambió de conjuro y se transportó, apareciendo por la espalda del Deus. De un salto, clavó la espada en una cuenca ocular. Más de cuatro tentáculos le atravesaban el cuerpo, pero la adrenalina le hacía obviar cualquier herida. La bestia se encogió sobre su vientre y luego, en un movimiento de látigo, tiró la cabeza hacia atrás. Cregh logró domarlo incluso con los tentáculos tironeando dentro de su cuerpo. Aferró la espada en el cráneo, y con la mano envuelta en Arte Alternativo, golpeó el mango, como si se tratara de un martillo. La espada se hundió entera en el Deus, despedazando el cráneo y cortando el cuello en dos. Cregh tironeó del mango para sacarlo del bicho y se deshizo de los tentáculos que lo había atrapado. Saltó y se transportó hasta donde estaba Ítalo.
El titán dio dos pasos lentos y pesados… para luego desmoronarse en el piso. La tierra se estremeció. Raíces, plantas y enredaderas surgieron del suelo para cubrir al Deus, y empezaron a empujarlo hacia adentro. En cuestión de segundos fue engullido, pero la flora no parecía dejar de crecer.
—¿De verdad está... muerto? —preguntó Ítalo, y Cregh solo se limitó a sonreír. Vio que tenía tres agujeros en el tórax y rio. Tras eso, sintió todo dolor de golpe y casi se desmaya. Empezó a curarse con el arte alternativo, pero Ítalo vio su dolor—. ¡Vámonos de acá! —gritó.
Ítalo miró la congregación de bichos que tenía a la espalda y sintió lastima. Del otro lado, vio como las plantas empezaban a tomar todo, peligrosamente. No tardó ni un segundo en reconocer aquel patrón. Era idéntico a las Tierras Sagradas, lo que le dio un sabor amargo. Cerró los ojos y pensó en el lugar más lejano y seguro que se le ocurrió. Cuando estaba por transportarlos, se dio cuenta de que Cregh no estaba.
—¿Qué? ¿¡Qué carajo está haciendo?! —exclamó Li, hecho una furia.
Tras unos segundos eternos, Cregh apareció entre las plantas, con Malo entre brazos. Aún tenía su forma canina.
—¡Ahora sí! —apuró el mago—. ¡Vamos, vamos!
Cuando estuvieron todos juntos, Ítalo se aseguró de tocarlos a todos y usó el anillo. La horda de bichos desapareció. Se transportaron a las afueras de Verin, cerca de la tumba de Dalia.
Sin perder tiempo, sin descansar, Cregh puso las manos sobre el cadáver de Malo. Cerró los ojos, intentando recordar algo. Movía las manos de la manera requerida, pero se le hacía imposible recordar las palabras. Li dejó a Aldara en el piso, desmayada. No se despegó de ella y se quedó acariciándole las manos.
—La puta madre —dijo Cregh.
—¿Qué intentás hacer? —preguntó Ítalo, extrañado.
—El dibujo… Malo… en el libro —dijo el mago con un hilo de voz.
—Dejalo, Cregh... Los quitnar no reaccionan a la magia —dijo Li.
—¡Quitnar! ¡Eso era! —gritó Cregh— ¡Ra'vi Quitnar!
Cregh conjuró el arte alternativo sobre el perro, inmóvil y cubierto de sangre. Inmediatamente, el animal empezó a tener espasmos. Estaba vivo. El mago se desplomó en el piso por el cansancio. 
De pronto, el cuerpo de Malo empezó a cambiar de pelaje. Su blanco pulcro se convirtió en un marrón muy claro. Tanto su cabeza como sus piernas empezaron a crecer. Su rostro también se deformaba y tomaba una expresión mucho más severa. Los músculos de su rostro se estiraban y dejaban ver una fila de colmillos nuevos. Ya no era un perro; era otra bestia. Su nuevo cuerpo empezó a cerrar sus heridas, a sanarlo. Malo abrió los ojos. No reaccionó por unos largos segundos. En su mirada ya no había rabia, ya no estaba ese control rojo. Aun así, mientras su herida sanaba tardó largos segundos antes de hacer algo. Gruñó de repente, asustando a todos con su nueva voz, más grave y poderosa. Se puso de pie y miró para ambos lados, buscando al enemigo.
—¿Malo? —dijo Li, con voz fina y un nudo en la garganta imposible de disimular—. Estás de vuelta, amigo. Vas a tener que perdonarme por el balazo.
Como toda respuesta, el quitnar lo lamió y todos lanzaron un grito de felicidad. Esa fue la primera señal de distensión de la matanza que había acabado de pasar. Pero el animal seguía en alerta, moviendo la cabeza de un lado al otro. Depositó su mirada en Aldara, que seguía desplomada.
—Creo que no recuerda nada —dijo Ítalo.
—Quizá ninguno de los bichos controlados recuerde lo que hacen —dijo Cregh.
—Por la puta madre de todo —exclamó Li—. ¿Acabamos de matar al Deus? ¿Ganamos?
—¿Ganamos? —repitió la pregunta Cregh.
—¿No reconocieron las enredaderas? —dijo Ítalo, sin ánimo. No podía dejar de pensar que no habían ganado sin bajas. Faltaba Dalia.
—Las Tierras Sagradas —susurró Li—. Su cama para descansar y volver a levantarse,
—Sera otro capítulo —dijo Cregh, con una sonrisa luminosa—. Un nuevo comienzo que nuestra gente va a escribir. Ganamos.
Ítalo notó que la tormenta había parado y algunas nubes empezaban a darle paso a efímeros haces de luz. Recordó todo el viaje en un segundo y meneó la cabeza. Se le contagió la sonrisa de Cregh.
—Sí, ganamos —dijo, empezando a entenderlo—. ¡Dioses! Somos el grupo de las profecías. ¡Salvamos a Alles! —gritó, abalanzándose sobre Cregh para abrazarlo.
En ese momento, Malo terminó de curarse. Su hechizo se esfumó, y los dos miraron como volvía a ser un perro de pelaje blanco. Ambos rompieron a reír.
Li no se despegó de Aldara hasta que despertó. Se encontró pérdida y cuando reaccionó, abrió los ojos como platos mirando para todos lados. Vio a Li, Cregh, Ítalo y Malo y se río.
—¿Ganamos? —gritó.
Pero tuvo una reacción muy parecida a la de Ítalo. Al ver a todo el equipo notó y recordó a Dalia; y rompió en llanto. Abrazó a Li y apoyó su cabeza en el hombro del pistolero. El llanto fue tan largo y profundo que desapareció el ambiente festivo. Nadie tenía que decir nada para entenderlo. Pasaron un rato largo callados hasta que los rugidos de sus estómagos rompieron el silencio. Las ganas de algo consistente se hicieron sentir de inmediato. La última cena que preparó Ítalo había sido básicamente una formalidad. Le dieron unos minutos más al mago para que sus heridas se terminaran de coagular.
Se juntaron; habían recuperado a un aliado al borde de la muerte, y ahora podían estar todos juntos de nuevo. Se juntaron y empezaron a avanzaron en una dirección que habían postergado por más de un mes. El poder del anillo los hizo aparecer en un instante en las afueras de Aqlatan: más precisamente en el pequeño lago donde Li e Ítalo habían visto a un oso. Bebieron el agua cristalina y rellenaron las bolsas de Aldara. En esos páramos no había ni una sola nube. Todavía no era mediodía y hacía un día excepcionalmente bello. La oscuridad eterna de Verin parecía muy lejana.
La temperatura subió unos cuantos grados y todos empezaron a secarse después de estar horas bajo un diluvio. Malo volvió a su forma felina.
Una vez que sintieron que el hambre fue más que las ganas de sentirse secos, se prepararon para partir. Sin embargo, el anillo no respondía.
—Sabía que estas cosas tenían que tener un límite —dijo Cregh, con un tono jovial.
—¿Qué pasa ahora? ¿No sirven más? —preguntó Li.
—No... No creo —dijo Cregh—. ¿Se recargarán? Estos artefactos son únicos.
—Bueno, todavía nos queda el mío —dijo el Pistolero.
Ahora sabían que los anillos tenían un límite, así que decidieron hacer saltos pequeños. Cambiaron los anillos para transportarse hasta Varoa. En un segundo, aparecieron junto al domo de Varoa, bastante lejos de la entrada. Había un par de nubes y soplaba un frio viento del sur. Se sentaron en el pasto por unos minutos. Aún herida por una bola de fuego, Aldara se tomaba el brazo a cada rato y gemía en silencio. Ninguno era lo suficientemente confiado para poner el brazo en su lugar. Estaba el arte alternativo, pero Aldara era incapaz de mover los brazos como el hechizo requería.
—Quizá Azus este en Varoa —dijo Li—. Ese gurag era uno de los pocos que respetaba a los humanos.
—Hasta que lo obligamos a huir, ¿recordás? —dijo Ítalo—. Por nuestra culpa terminó matando unos bichos e intentaron atacarlo en su casa.
—Le dijimos que se encontrara con nosotros en el mar, ¿no? —dijo Li.
—¿Nos esperará Dalir? En esa... "Posada del Mar"—dijo Aldara.
—Refugio del Mar —corrigió Li—. Estoy seguro que sí.
—¿Sí? —dudó Ítalo—. Es un bicho; no sé hasta donde llegó la influencia del Deus. Mirá a Malo; sigue fuera de sí.
—Es verdad —dijo Cregh, llevándose la mano a la barbilla—. Quizá no nos reconozca.
—Gangshi está a cientos de kilómetros; el Deus no puede haber llegado hasta ahí —aseguró Li.
—Bueno, lo único que importa es que Ernesto siga queriendo llevarnos por el mar. Estoy extrañando hasta el limón de sus comidas —dijo Ítalo.
Usando el anillo de Li, se transportaron a Gangshi sin problemas. Aparecieron sobre el muelle. Estaba desierto, sin ningún rastro de vida cerca. No había ni un solo barco llegando o buscando partir; solo embarcaciones abandonadas. El viento de mar soplaba fuerte y gélido. La temperatura era muy baja e Ítalo empezó a tiritar; todavía estaba en cuero.
Sabían a donde ir. Recorrieron la orilla, buscando hacer el mismo camino que cuando llegaron al continente, para llegar a la posada de la bola de pelos. La ciudad estaba lejos de aquel lugar. Se encontraron con manchas de sangre y una túnica de los Iluminados enganchada en un palo, con el viento haciéndola sacudir como un trapo viejo. Ítalo tomó la túnica y la vistió. Todos lo miraron con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué pasa? Tengo frío —se excusó.
Sin decir nada, continuaron camino. El viento batió todavía más el mar, creando unas olas enormes. Las ráfagas de aire se llevaban las palabras, y el pistolero temió que eso estuviera tapando gritos. Pero, ¿por qué pasaría algo? Gangshi estaba demasiado lejos de Verin.
Encontraron la hoguera donde había conocido a Dalir. El fuego estaba extinto, pero quedaba alguna brasa rebelde. Aldara fue quién guió el recorrido, mientras se tomaba su codo dislocado. Subieron a la acera, y los patrones no tardaron en repetirse: ropa humana rasgada, sangre. No eran las calles más transitadas, pero era inconcebible no ver a nadie en ninguna dirección. El ambiente se volvió denso y cargoso. Caminaban lento y preparados para cualquier cosa. Sentían la misma sensación a muerte de Laertes; pero en lugar de ceniza olían la sal del mar. Cregh se puso al frente del grupo para prevenir cualquier cosa.
La nereida señaló con su brazo bueno el lugar. Cregh aceleró el paso a un trote y golpeó la puerta varias veces, hasta que directamente empezó a dar manotazos.
—Puta madre —dijo—. Está cerrado.
La situación se volvió incómoda. No era un buen momento para sorpresas.
—Hay una puerta detrás —dijo Aldara, señalando la derecha del local.
Por el costado de la casa, un pequeño pasillo llevaba a un jardín muy descuidado. Había una puerta de madera blanca, sostenida por una sola bisagra oxidada. Cregh abrió la puerta muy despacio para no romperla. Todos avanzaron con cautela. No había más que silencio; entre los rayos de sol que filtraban por las cortinas solo se movían partículas de polvo.
—¿Hola? —dijo el mago.
Se escuchó un crujido de madera de la cocina. Al avanzar se encontraron con una bola de pelos negra, sentada en una silla, con la espada mal recostada y los brazos colgando. Sabían que vivía porque parpadeaba. No le sacaba los ojos a una vela derretida.
—¿Dalir? —preguntó Li. El bicho giró la cabeza, y no respondió nada. Llevaba una camisa parecida a la vez anterior, pero no tenía su gorra.
—¿Ustedes? —dijo, muy lento, casi como si estuviera sedado.
—¿Qué paso? —dijo Cregh.
—¿Tenés comida? —dijo Ítalo.
Dalir se quedó en silencio y puso su mirada en la ventana que daba a la ciudad.
—Ustedes... hicieron esto... ¿no? —habló el bicho, muy despacio.
—¿Qué cosa? —dijo Li, acercándose a la ventana.
—Todo —dijo Dalir, levantando lentamente el brazo, y señalando de nuevo la ventana.
—¿Qué? —preguntó Cregh.
—Ellos... Algo pasó. Desperté a un kilómetro de casa.
—¿Alguien te atacó? —inquirió Li.
—No... No me atacaron. Todos atacamos... a ustedes. A los humanos —dijo, mirando al grupo. Parecía tener el ceño fruncido. No estaba para nada contento con la visita —. Me duele la cabeza.
Dalir se paró y apoyó sus brazos en la mesa para no caerse.
—Ernesto llega hoy por la tarde —dijo, mientras caminaba pasito a pasito para dirigirse a su cuarto —. Imagino que se va a hacer cargos de los gastos.
Tras eso, desapareció de la escena.
—Eso significa que no nos echó, ¿no? —dijo Aldara.
—Estaba tan raro. Totalmente distinto de la última vez —dijo Li.
—¿A quiénes atacaron? ¿A los iluminados? Nosotros no somos iluminados —dijo Cregh.
—Fue el Deus, estoy segura —dijo Aldara, mientras Ítalo se escabullía hasta la alacena y los cajones de la cocina para buscar comida.
—Imagino que tenemos que esperar a Ernesto y partir —dijo Li, y se retiró al baño.
—¿Qué le pasa? —dijo Cregh.
—No tengo idea —dijo Aldara.
Se quedaron en silencio hasta que se pararon para acompañar a Ítalo con la tragantera. Frutas, verduras y pescado. Tan rápido como Ítalo terminaba de asar el pescado o una ensalada, se lo devoraban al instante. Li tardó casi un cuarto de hora en volver, pero se sumó a la comida sin más. Más allá de las dudas, fue una tarde fraternal, donde se miraron los rostros por primera vez en mucho tiempo. Ya no estaban atados a ninguna historia prefabricada. Ya no había escritos sobre ellos. Sobre qué harían, como vivirían, a quién amarían, cómo morirían. Ya no eran el Cazador, la Nereida, el Hechicero ni el Pistolero.
Detrás de los raspones, las quemaduras, los brazos quebrados, los huesos astillados, las armas, los anillos y los amuletos, solo había ojos cansados que se alegraban de tener una comida caliente en la mesa. Tenían una sensación de vértigo por las posibilidades que tenían ahora; parecían inmensas. Después de salvar a todo el reino, había vida. Ese había sido premio después de todo. Un camino sin intervenciones divinas. ¿Felicidad?
Se comunicaban con solo mirarse. Mientras sacaban las espinas de los pescados, o mientras tomaban un vaso de agua. Los cuatro estaban en sintonía. Los cuatro lo sintieron. Y cada uno sacó sus propias conclusiones. Sonrieron todos, en parte por la comida tan ansiada y por otra parte por la sensación de levitar que les daba la falta de carga en sus espadas. Incluso Li, que estaba asustado por lo que podría estar pasando allá afuera, entendió que no era su problema.  Ya no podían hacer nada en su estado. Hasta Malo empezó a recuperar el ánimo sobre el final de la tarde, por lo que Li disfrutó sin culpas.
El ruido de los cubiertos tintineando, los dientes masticando y el viento marino golpeando las paredes de la posada. Ítalo se sintió como cuando era un niño y su familia todavía se parecía a una familia. Aldara pensó en su familia y el pecho se le lleno de recuerdos de su padre. Li recordó a los suyos, y pensó en hacía cuanto no tenía una comida como aquella. Recordó entonces los bares, y los carteles de recompensa. Los viajes y la incertidumbre del mañana. Cregh no pensó en nada más que el futuro. Recordaba el momento en que clavaba la espada en la cabeza del Deus y se le estremecían las piernas. No tenía idea de cómo lo había hecho y estaba feliz de saber que de alguna manera podía repetirlo en cualquier momento.
Antes del atardecer, Ernesto Alibar entró por la misma puerta trasera que habían utilizado.
—Sabía que esto era obra suya —dijo sombrío—. ¿Dónde está Dalir?
—Está en su cuarto, durmiendo —dijo Ítalo—. ¿Qué hicimos exactamente?
—La gente del Oeste… Enloqueció. Pero ustedes están acá… entonces, ¿lo derrotaron?
—Ganamos —dijo Cregh, agrandado, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero… los bichos siguen asesinando humanos a diestra y siniestra —dijo Ernesto, con un hilo de voz.
—El Deus está muerto —garantizó Ítalo.
—Ellos enloquecieron cuando él despertó, pero eso ya pasó —dijo Li.
—No… —aseguró Ernesto—. Escuchen.
Ernesto contó que esa misma mañana paró en un muelle al sur al dejar la carga. Los bichos enloquecieron de inmediato. Pero su relato duraba más que la batalla con el Deus. A diferencia de sus otras historias, ninguno pensó que estuviera mintiendo. Su cara estaba contraída y asustada.
—No paraban de matar humanos, ni siquiera a los Iluminados. Estaba completamente cegados. Desde el muelle pude ver todo. Zarpé de inmediato para alejarme del horror. Por suerte, no me vieron, pero yo sí podía verlos desde mi embarcación. Sentí que se me congelaban las manos del terror. Jamás pensé que podían usar ese tipo de violencia entre los suyos. No veían que compartían su religión… ya no eran hermanos, eran enemigos —concluyo el marino.
—A nuestro Quitnar lo poseyó el Deus. Intentó matarnos —dijo Ítalo, cruzado de brazos y apoyando la cadera contra la mesada—. Ahora está bien. Igual que Dalir.
—Tal vez son lo suficientemente fuertes para soportar el residuo de las órdenes de su Deus —dijo Ernesto, que parecía mucho más sabio cuando no estaba contando sus historias. Se quedó pensativo.
—En los textos sagrados se habla de una posesión total —dijo Ítalo—. Entendí al instante que Malo estaba siendo controlado. Él es su dueño. Le pertenece todo lo proveniente del Oeste —dijo Ítalo.
—Pero su gato vivía entre ustedes —dijo Ernesto—. Quizá esa fue la diferencia. Conozco muy bien a los bichos. La gran mayoría nos odia; hablo de un desprecio arraigado en sus corazones.
—Lo sabemos —dijo Cregh, irónico.
—Su Dios podría haberlos controlado, dado órdenes en contra de su voluntad. Pero a otros… tal vez la mayoría, simplemente lo acataron. Porque ese estado es lo que siempre esperaron, lo que siempre desearon. La semilla germinó.
Era un concepto espeluznante, pero tenía sentido. Los humanos solo necesitaban una borrachera para sacar su peor faceta contra algún bicho. A veces ni siquiera era necesaria.
—Vamos a zarpar. Ahora mismo. Este continente es demasiado peligroso —dijo Ernesto—. Voy a saludar a Dalir.
—¿No hay que buscar nada? ¿Provisiones? —dijo Cregh.
—No, tengo todo listo para el viaje. Ah, lo único es que no conseguí limones.
Todos intentaron contener la risa, infructuosamente.
Una vez que saludó a la bola de pelos, Cregh los transportó hasta el bote. Preguntaron por Azus, pero Ernesto explicó que ya lo había transportado a Alles en el transcurso del mes. Salieron antes de que el sol se oculte. La sensación de hostilidad, a la cual se habían acostumbrado a lo largo del mes que pasaron allí, se diluyó cuando en el horizonte ya no se veía la costa de Gangshi. Ese lugar no era para humanos. Nunca fueron ni serían bienvenidos.
Al mismo tiempo en que partían, Heir despertó en las calles oscuras de Verin. El pequeño cuervo había logrado matar al Caballero, pero ese había sido el final de sus logros. No había podido ayudar a sus compañeros en la batalla final. Había sido vencido, e incluso llegó a hacerse el muerto y esconder su anillo bajó su cuerpo para que no lo reconocieran como el asesino de Dalia. Cuando más contaba, fue un cobarde. Había comenzado ese viaje para probarse que existía una mejor calidad de vida, una dignidad que desconocía entre los cuervos domesticados de la capital. Había conocido a personas impresionantes… Seres de los que otros escribían en leyendas y poemas. Y no había logrado estar a la altura.
Casi había sido una bendición que perdiera la mente cuando el Deus despertó. Controlado, no tenía que enfrentarse a su vergüenza, a su cobardía. No tenía que pensar en nada más que la orden primitiva que el Deus gritaba en su corazón: odio. Muerte a los humanos.
Pero ahora que la locura había terminado, todo le llegaba a la vez. Heir no sabía esto, pero el control del Deus no hacía más que despertar los deseos internos de los bichos. El odio que los humanos habían plantado a lo largo de los años. Si Heir había resistido este instinto, ¿qué quería decir?
Siempre creyó que odiaba a los humanos. Siempre había sentido que los huginn y todos los bichos eran superiores. Es lo que se había dicho a si mismo desde que tenía memoria, al punto en que ya no lo cuestionaba. No sabía si era verdad.
Había visto muchas cosas en sus viajes. Había visto el potencial de la maldad de los humanos, pero tambien de los bichos. Había visto bichos tratados como ganado y lugares donde los humanos estaban prohibidos. Había visto bichos oprimidos que no podían conseguir trabajo, y humanos oprimidos trabajando los campos sin pausa para su rey. El Caballero había matado y el Cazador había matado y el Pistolero había matado pero tambien Krieg, Karus, Isaac. Una vez había entrado en la casa de unos humanos que habían sido arrasados por las arañas, y había encontrado un trozo de ropa de niño pequeño. Tan pequeño que no cubría todas sus manos. Tal era la fragilidad de los humanos.
Heir levantó la cabeza, apoyado contra un callejón de Verin, y suspiró. Había despertado ahí con todo su cuerpo herido, y necesitaba descansar. Iba a necesitar mucho descanso. Pero iba a volver a Alles. Iba a volver a ver a Sil y a Dip, sí… ya había visto tantas cosas. No podía no atestiguar el nuevo mundo.

El viaje de Ernesto duró diez días y no hubo tormentas. La integridad como grupo no hizo más que aumentar. En cada almuerzo y cada cena; mientras el sol del mediodía doraba la tez de los elegidos. Fue una travesía de tranquilidad y paz. Pudieron dejar de ver el rostro de Dalia en sus mentes.
Ernesto resultó saber —o decir que sabía— algo sobre medicina y se sintió lo suficientemente confiado para acomodar el brazo de Aldara. Con un pedazo de la túnica de Ítalo le vendaron el brazo. El marino volvió a contarles más historias, convergentes, divergentes y paralelas a las que les contó en el primer viaje. Las incongruencias eran obvias, pero ninguno se quejaba. De hecho, escuchaban con atención.
Al décimo día, por la mañana, llegaron a Havenstad. Saludaron al marino. No disponían ni de un solo rorintio entre los cuatro, así que Ítalo se encargó de escribirle a una carta para que la familia del Valle le facilitara un pago generoso.
No hubo celebraciones ni bienvenidas. Ellos no eran nadie para el continente.
Caminaron por el muelle hasta la ciudad. El viento soplaba despacio en la ciudad puerto. El ambiente era tenso y pesado, como si nunca hubieran abandonado el Oeste. La gente hablaba en voz baja y caminaba rápido. No tardaron en ver a gente uniformada, con una especie de capa naranja. En las capas, la insignia de los Robler, bien conocida por Ítalo.
Los cuatro elegidos, junto con su fiel compañero quitnar, vagaron por Havenstad. La ciudad estaba repleta. Los designados por Wendagon no hablaban, solo caminaban juntos, queriendo evitar el destino inexorable. Arriba del barco fue la última vez que iban a ser un grupo.
Caminaron y llegaron hasta la entrada de Havenstad, dónde hacía no tanto habían combatido al bravo Karus. Ítalo ya había probado el anillo; funcionaba perfectamente después de no usarlo por varios días. Era simplemente una formalidad ir hasta la entrada. Ya habían hablado sobre qué iban a hacer, pero volvieron a intentarlo, como queriendo retener lo que se había formado. Impregnar en la memoria lo mejor del viaje.
—Entonces... vuelven a Veringrad —dijo Cregh.
—Sí, tengo que volver —dijo Ítalo.
—Yo soy una fugitiva de la ley —dijo Aldara—. Espero que los del Valle puedan hacer cambiar la opinión de la justicia.
—Los caminos se bifurcan —dijo Li.
—Es inevitable —dijo Ítalo—. ¿No nos van a acompañar? ¿No confían en la recompensa de Wendagon?
Li puso sus manos en el cinturón y miró el piso. El mago miró para un costado.
—No —dijeron al unísono.
—Creo que era simplemente una excusa —dijo Li.
—Ese viejo nos usó... por el bien de todos. Qué en paz descanse —dijo Cregh.
—Pueden volver en cualquier momento...—dijo Aldara, tímida, invitándolos.
—Mi casa es su casa, señores —dijo Ítalo—. Mi familia sacó su prestigio por vencer al Deus, doscientos años atrás. En medio de esta muchedumbre, que nos mira como meros extraños, puedo ofrecerles que todos sean del Valle. Hay un procedimiento para que se puedan acoplar y gozar de los beneficios de... —Pero Cregh lo tomó de la mano.
—No es necesario. Está bien así. Voy a buscar a mi hermano por Havenstad, en estos días. Él tambien debió haber sido afectado por el Deus, y quiero revisar si está bien. Tal vez vuelva a casa. Li y Malo van a quedarse conmigo. Podemos vender el anillo si pasamos demasiada hambre —río.
—Yo creo... que la recompensa de Wendagon es cierta —dijo Ítalo, tomándose el codo—. La merecen mucho más que yo. Solo van a tener la indiferencia de todos nuestros hermanos. Mi familia está acomodada, en cambio... ustedes lo necesitan.
Li río.
—Vamos a estar bien; hay un goce en sobrevivir el día a día que los chicos ricos no entienden.
Ítalo se acercó a Li, dubitativo. Él lo tomó con firmeza y lo abrazó fuerte, mientras sonreía. Cregh casi se tira encima de Aldara, pero tuvo cuidado por su brazo vendado. Luego Aldara besó el rostro de Li y él le acarició la espalda. Ella se sentó en el piso para saludar al Quitnar y Malo se subió a su regazo, que pareció ser siempre su lugar favorito. Malo maulló y le lamió la mano.
Ítalo pidió el libro del arte alternativo, ya que era la única cosa que le quedaba de Hanzel. Cregh había grabado a fuego los hechizos, porque lo que aceptó sin más. Tras eso, se abrazaron en un abrazo que Ítalo sintió muy parecido a los que daba Marco. Y antes de que las lágrimas se hicieran presentes y la despedida fuera más triste, Ítalo y Aldara desaparecieron en camino a la capital.
Pero no hay despedidas definitivas, porque las historias nunca terminan.





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