lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 77 — Li


Apendíces


Deus, Deus, Deus.
Las estrellas tintineaban por entre las hojas de los árboles. Hacia frio. Habíamos regresado en primavera, aun saliendo del invierno. Yo dormía entre las raíces de un árbol lejos del camino, protegido del viento por mi buen abrigo. Me encontraba solo con Malo por primera vez en meses.
El viaje de regreso había sido bastante corto. Fueron diez días que se pasaron volando, mirando el mar, escuchando fantasías y épicas de dudosa veracidad. No fueron aburridos. A pesar de la falta de actividad, por primera vez no me sentía con ganas de salir a caminar y perderme por caminos. Podría decir que hasta lo disfruté... A pesar de los mareos y el dolor de huesos.
Llegamos entonces una mañana soleada a Havenstad, y cuando pusimos los pies en la tierra fue como si hubiéramos dejado salir el aire que traíamos del oeste. Estábamos en casa. A cualquier lugar que miráramos había gente humana, con ropas de todos los colores; nada de túnicas blancas por acá, no señor. Las casas, el muelle y las embarcaciones que aquel mago había destruido ahora estaban todas reparadas.
La despedida fue corta. Ítalo y Aldara se fueron juntos de regreso a Veringrad, dejándonos la espada y el anillo como única reserva monetaria. Miramos a aquellos dos tortolos alejarse hasta que desaparecieron entre la vegetación, y Cregh soltó un suspiro.
—Qué cosas —dijo—. Que eso haya sido todo. Casi me siento mal.
—Sí, supongo… —dije, y me acomodé hombro derecho. Aquel dolor de la pelea en el muelle aún seguía—. Aunque voy a pasar por Veringrad eventualmente.
—¿No sabes por qué fue que Aldara escapaba de la ley? Nunca lo entendí.
—Eh, tuvo problemas con unos guardias.
Cregh miró el camino un tiempo más, hasta que su sonrisa desapareció. Dio media vuelta.
—Bueno... voy a buscar a Cresso. Por primera vez creo que voy a tener una historia para contar más grande que las suyas.
—¿Necesitas ayuda? —dije—. Para encontrarlo, quiero decir... Por lo que paso.
Cregh se quedó mirándome, entendiendo, y partimos de regreso a la ciudad. No apuramos el paso, pero noté como la expresión de Cregh cambiaba de a poco. Se le veía tenso.
—No quería hablarles de esto para no arruinar el viaje… —habló—. Pero no hay más bichos en las calles.
—Te entiendo —dije—. Temía esto del momento que llegamos a Gangshi.
Anduvimos acercándonos al centro, preguntando de bar en bar y posada en posada sobre el hermano de Cregh, o por cualquier lagarto. De inmediato se nos hizo clara la magnitud de la situacion. La distancia no había sido impedimento. El poder del Deus fue absoluto; se notaba en la expresión de la gente cuando preguntábamos. Los bichos tambien habían perdido el control en el Este.
Por lo menos las muertes no habían sido tantas. La gente de puerto era fuerte, y los bichos no venían para quedarse; o porque se iban hacia el oeste, o porque querían probar suerte en la capital, donde tendrían algo más de libertad.
Llegamos hasta el centro y nos separamos para seguir preguntando. No conseguí nada. Las respuestas que recibía eran una variación de “¿Que me importa un bicho? Ojala haya muerto.” Terminé resignándome, volviendo a la plaza, aquella donde había vendido la carreta hace más de un mes. Pasé por el templo de la ciudad, con esculturas de los etéreos puestas en lo alto en las esquinas. En una se podía ver sentado al tal Destino, inclinado hacia adelante con una mano en la barbilla, mirando a los que pasaban con una sonrisa burlona.
Encontré el lugar donde me había puesto a vender la carreta, y había una planta que acababa de brotar. Me pregunté si había salido de las manzanas que había tirado, y si iba a tener la suerte de un buen manzanal. Pasé por la guardia de la ciudad, donde el solo ver los carteles de recompensas hizo que me gruñera el estómago. Pensé de inmediato en comida. Era la rutina de siempre; sin ni una moneda, iba a tener que ingeniármelas pronto si quería algo de almuerzo. Seguí mirando carteles hasta que me detuve frente a uno.

Aldara Ríos
Crimen: escapar del calabozo - 1 rorintio

Oh, mi dulce Aldara, ¿qué hiciste?
Era una mugre lo que ofrecían, para ser sincero. Junto a ella había otro cartel mucho más caro.

Dodger Blue
Crimen: Asesinato – 5 rorintios

Era un hombre con prominente mostacho y expresión amenazante, con las cejas levantadas y los ojos bien abiertos. Tomé nota de su aspecto por si acaso. Luego volví a ver a Aldara. Pensé en si nos hubiéramos conocido de no ser por Wendagon. Que cosas las de la vida, pensé. Fui a sentarme a descansar, y jugué con el anillo. Ya parecía haber recargado, pero no sentía deseos de usarlo. Lo mío era caminar.

Cregh llego una media hora después, sin éxito. Se sentó a mi lado y soltó un suspiro, aunque parecía mantener la calma.
—De todas formas hubiera sido raro que se hubiera quedado tanto tiempo acá —dijo—. Esperaba que me invitase a comer, porque no tengo nada. ¿Te queda algo?
—Lo gasté todo en un arma y balas —dije, mirando a otro lado. Cregh simplemente se echó hacia atrás, refregándose la cara.
—Ya, que importa. A final de cuentas fue mejor así. De haber salido con menos... no sé dónde estaríamos. Cielos, todavía no entiendo como lo hicimos.
Cregh miro hacia el templo con la mirada perdida.
—Sí, y mirá como de pobres estamos ahora —dije, riendo—. Esto nunca lo contaban en las leyendas.
—Por eso que nunca creí en ellas —dijo el mago—. Nunca creí en nada... Y ahora, en cuanto se me apareció una deidad real la apuñalé hasta matarla.
—Suele pasar.
—Sí, pero no me va a servir cuando busque trabajo. Mi reputación estuvo destruida desde que causé aquel incendio, y nadie se enteró de lo del Deus.
Cregh desenfundó la espada para verla; aquella por la que vencimos, aquella por la que murió Dalia. La hoja que siempre era brillante aún estaba manchada con sangre negra. La sangre de un dios.
—¿A qué te dedicabas antes del viaje? —pregunté.
—Mirá quien se pone a preguntar ahora —dijo, riendo—. Trabajaba de lo que fuese. Nunca duraba en nada.
—Oh.
—¿Y vos? ¿Solo eras un cazarrecompensas? Suena difícil vivir de eso.
—Lo es si no estás en un grupo. Ya viste como andaba el día que nos conocimos.
—Sí, no es que yo haya estado mejor. Tengo ropas decentes, pero eso sería todo. Supongo que no somos tan diferentes... Aparte de la estatura, la habilidad mágica, y casi todo lo demás, claro.
—Claro —reí.
Cregh siguió mirando la espada, tratando de limpiar la sangre. Malo tambien había salido a buscar algún olor, y todavía no había vuelto. Cregh finalmente se cansó.
—Debí habérsela dejado a Ítalo —dijo—. Algún día alguien la va a necesitar, y lo más probable es que otro del Valle se vea involucrado.
—No sé —dije—. Mirá como nos reunimos cinco desconocidos. Si una profecía lo dice, se van a topar con la espada de una u otra forma... A estas alturas, hasta empiezo a creer en esos Etéreos.
Cregh me miro extrañado y guardó la espada.
—¿De dónde sos, por cierto? —preguntó.
—Es un poco tarde para esas cosas, pero bueno, soy del norte —dije.
—¿De Venia?
—No… De más allá de las montañas.
—Oh. Guau. Qué camino. ¿A qué demonios viniste?
—Em… Quería caminar un poco —dije, no muy convincente. Cregh pareció notarlo, pero decidió no presionar más.
—Qué se le va a hacer. En un principio pensé que eras del sur, por el acento.
—Pasé tiempo ahí, por el clima. ¿Y vos de dónde sos? —dije.
—Silis —respondió—. Me crie y estudie ahí. Una vez que me echaron de la universidad, nunca volví.
—¿Por qué te echaron? ¿Por lo del incendio?
—Sorprendentemente… no. Algunas cosas es mejor olvidarlas.
—¿No podes volver?
—Sería demasiado esfuerzo. Quizás cuando todos los involucrados hayan muerto...
—¿Q-Qué?
—Mierda, quizás sí debí haber aceptado la oferta de Ítalo. Como sea, lo hecho, hecho esta —dijo, reacomodándose.
Y yo que pensaba que solo Aldara la tenía difícil.
—Bueno, quizá sea un buen momento para volver si encuentro a Cresso. No puedo evitar pensar que podría ocurrir una nueva crisis por estos días, y que no tengamos tanta suerte… Dalia no la tuvo.
Dalia… ¿Qué hubiera dicho al volver? Se hubiera ido con Ítalo y Aldara, para volver rápido a Lignus... Su hogar. Ese pueblo estaba al sur de Veringrad, ¿no?
—¿Nos ira a llamar otro Oráculo? —dije, pensativo.
—Deus, ojala que no —dijo Cregh, blasfemando contra quien derroto—. Mirá, ahí viene tu gato.
Malo se acercaba a paso lento, con un enorme pescado en la boca. Levanté una ceja. Cregh suspiró.
—Él tampoco debe haber tenido suerte —dijo. Pero cuando Malo llega exhibiendo comida luego de una búsqueda es porque se recompensó por un buen trabajo.
—¿Que encontraste, amigo? —dije. Malo maulló una respuesta.
—¿Que? —dijo Cregh.
—Dice que encontró un rastro de hace unos días. Vamos.
Agarramos nuestras cosas y empezamos a correr tras él.
—Mierda, Li —bufó Cregh—. ¿En serio le hablás a los animales? Espero que no sea otra farsa tuya.
—¿Yo, farsa? —pregunté.
Malo nos llevó a dar vueltas por varias calles, algunos callejones, y hasta un puesto de pescados, siguiendo un camino muy rebuscado. Cuando Cregh ya estaba pensando que Malo nos estaba haciendo una broma, este se detuvo, olfateó, maulló en una dirección.
—¿Está por allá? —preguntó Cregh. Malo maulló.
—Tiene tu olor, dice. O más bien, vos tenes el olor de Cresso.
—Me lo imagino. Eso explicaría porque las mujeres no me hablan.
Malo tomo un momento para comer de su pez, y luego empezó a guiarnos más lento. Se tomaba su tiempo.
—¿Tenias familia, Li? —preguntó Cregh, de súbito—. Allá donde vivías.
—Eh, sí, como cualquier ser vivo —dije, algo incómodo—. ¿Por qué?
—Pensé que era raro que alguien viniera solo de tan lejos a cazar criminales.
—Bueno, solo es un trabajo. Cualquier cosa me serviría mientras pueda andar.
—¿Escapás de algo? —preguntó entonces—. ¿De alguien?
—¿Lo dices por lo de esconder mi nombre? ¿O por lo de andar? —Cregh simplemente asintió—. La verdad que no… Sencillamente, no me podía quedar. —Tuve un deja vu, extrañamente. Cregh metió sus manos a los bolsillos.
—Bueno, para alguien que busca quedarse acá, de verdad te esmerás en no acercarte a nadie.
—No es que no quiera, es solo que yo digo, ¿para qué hablar de mí…? No le veo la importancia.
—Lo normal es que la gente hable de sí misma… Que hable de lo bueno, claro.
—Oh, ¿cómo si fueras a hablar de lo del Deus? —dije. Cregh rió.
—Por supuesto que voy a hablar. Que nadie me crea es otro cuento.
—Ese serás vos. Por mi parte, no tengo mucho bueno que contar.
—¿Y qué sería el resto que no es tan bueno? —preguntó. Yo simplemente reí; parecía que de verdad quería sacarme eso.
—Si me decís por qué te echaron del colegio quizá te cuente —Cregh desvió la mirada.
—Buen punto.
Pronto se nos hizo claro a donde nos llevaba Malo: la salida norte de Havenstad.
—Se fue —dije, apenas nos detuvimos.
—Efectivamente se fue —dijo Cregh, rascándose la barbilla.
—Podemos acompañarte, si querés. No tengo prisa.
—No, no te preocupes. Este camino pasa por Silis, cerca de donde vive la familia. Me parece lógico que haya vuelto con ellos en esta situacion.
—Vas a matar dos pájaros de un tiro —dije.
—Así parece. Con magia no me va a costar mucho llegar... Y con el arte alternativo no me va a costar pedir comida prestada, si entendes a lo que me refiero.
—Claro. En ese caso… creo que aquí nos separamos. Voy a ir a Lignus ahora.
—¿El pueblo de Dalia? —dijo Cregh.
—Ese mismo. Le ofrecí llevarla de regreso en carreta. Ella siempre pensaba mucho en su familia… Alguien tiene que contarles. —Cregh miró hacia el camino con tristeza.
—Tenes razón. ¿Vas a usar el anillo para llegar?
—No, necesito estirar las piernas —dije—. ¿Seguro que no lo querés?
—No, no tengo el conocimiento para estudiarlo… Y yo ya puedo transportarme con magia.
—Bueno, podría venderlo, pero se me hace demasiado peligroso. Es mucho poder. Supongo que será un recuerdo. Estaba pensando en vender un revolver, en realidad. Pero voy a tener que tomar comida prestada por hoy —dije, sonriendo. Cregh miro al suelo por unos minutos, y luego me extendió la mano.
—Bueno. Nos vemos, vagabundo.
—Nos vemos, desempleado —dije, estrechándosela. Malo maulló y Cregh se agacho a acariciarle la cabeza. Por primera vez oí a Malo darle las gracias a alguien, aunque Cregh no le entendió.
Cregh se alejó unos pasos, nos miró por última vez, y desapareció con un fuerte resplandor. El silencio se hizo notar de inmediato. Las aves de la zona aún no habían vuelto.
—¿Vamos?
Con mi compañero de tantos años, nos pusimos a buscar comida una vez más.

Partimos hacia el Este aquella misma tarde, a terminar de deshacer todo el camino que habíamos andado. Me pregunté cómo sería la familia de Dalia. Sabía que su padre había muerto, y tenía a su madre. Pero me preguntaba si tenía hermanos, primos o amigos.
¿Había elegido bien Dalia? Decidió seguir a Destino, y por eso dejó todo atrás. En el camino perdió la enciclopedia de su madre y la espada de su padre. Cuando nada la ataba al pasado, perdió la vida. Alguien tenía que volver y rehacer su lazo a aquella ciudad. La habíamos dejado durmiendo en el oeste, mirando la ciudad negra de Verin, como aquel caballero sin nombre que encontró Dalia. Me pregunté si ese tenía familia aun viviendo, y si sabían de su legado. En las profecías parecía solo haber títulos.
Después de que cayera la noche nos detuvimos lejos del camino. Malo se tiró a dormir casi de inmediato. Yo di algunas vueltas tratando de buscar algo para comer entre los arboles. La fruta del Este era una maravilla, un gusto para la vida. Vivir ahí era mucho mejor, te non credis?

Me quede mirando al cielo, sin poder dormir. La conversación con Cregh sobre mi pasado parecía haberme afectado. Quizás tenía la guardia baja por haber terminado el viaje, por haber regresado vivo de donde no debería. Había vuelto de conocer que había en el mundo como Wendagon me prometió, solo para pensar que este era mi hogar. Ansioso, me levante una vez más.
Malo se despertó y me empezó a seguir de inmediato, preguntando cual era el problema. Le dije que simplemente no tenía sueño y quería adelantar camino para llegar pronto. Malo maulló exasperado. De todas formas, me siguió de vuelta al camino principal. ¿Qué me pasaba? Estaba ansioso. Pensar en la familia me ponía ansioso; se me aceleraba el corazón de solo recordar, ni hablar de pensar en la idea de… volver.
Pero ahí estaba, haciendo el camino que Dalia debió tomar. Iba a tomarme semanas, y aun así ahí me encontraba.
Supuse que todos volvíamos a casa eventualmente. Estuvimos un mes en el Oeste, a pasos de morir en cada día. ¿Y si me llegaba a pasar algo como a Dalia? ¿Habría alguien que deshiciera mi camino por mí?
Me detuve en mitad del camino, y solté un largo suspiro. Malo me alcanzo de inmediato, y se sentó a mirarme. “¿Estás bien?
—Sí, no fue nada —dije por decir, y me quede pensando un momento.
La ansiedad no parecía querer irse. Me sentí estúpido por seguir creyendo que algún día se iba a ir la vergüenza solo con andar más. Malo maulló.
—No, no. Es solo que... Qué bueno… —dije, tratando de ordenar mis ideas.
Malo se giró para irse a dormir a un árbol. Gato maldito. De todas formas, tenía razón. ¿Para qué tratar de explicarle, si a un gato no le interesan los problemas de los humanos? O es que quizás los problemas de humano simplemente nunca tienen sentido.
Me rasqué un poco la cabeza y decidí hacer como Malo y dormir cuando uno debe dormir. Me dispuse a buscar un buen lugar, cuando vi una figura acercándose.
Andaba por la mitad del camino, a paso lento y seguro. Era un hombre con un largo abrigo y un sombrero, apenas distinguible por la poca luz de la luna. Una vez se acercó, logre distinguir un mostacho y una mirada amenazante. Me miró e inclinó el sombrero.
—Buenas noches.
Apenas se alejó unos centímetros yo cargué mi revolver. Aun me quedaba una bala.
—¿Dodger Blue? —dije, haciendo sonar el martillo y apuntándole. El sujeto se detuvo de inmediato—. Arriba las manos. Estas bajo arresto.
Dodger Blue levanto las manos y se dio vuelta lentamente. Malo apareció entre los árboles, impresionado por ese trabajo tan fácil. Dodger Blue me miro con su mirada característica.

◘◘◘◘◘

Al día siguiente, entre Havenstad y Craster un mercader encontró el cuerpo de un vagabundo a un lado del camino. Los guardias que fueron a retirar el cuerpo solo encontraron entre sus pertenencias un anillo de cobre, frio al tacto, y una vieja carta en la que la única palabra aun legible era la firma “Wendagon”. El cuerpo fue tirado a un canal y todo volvió a la normalidad.



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