lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 80 — Ítalo


Cuando lo tuve entre mis brazos fue la primera vez que me sentí bien en mucho tiempo. No paraba de llorar y no importaba cuanto meciera, el llanto solo se hacía más fuerte. La madre lo reclamó con los brazos extendidos. Se prendió de su pecho y empezó a conocer su entorno en los primeros minutos de su vida.
Cuando abrió los ojos, Isolda habló con un tono afligido.
—Qué mal padre, ¡se quedó con los ojos azules para él solo!
Giró la cabeza y me miró. Tampoco tenía los ojos de su madre. Creía saber a quién pertenecían esos ojos.
—¡Mira esos piecitos! Son idénticos a los tuyos —dijo Isolda, haciéndome reír. El segundo dedo del pie se torcía hacia adentro, como cubriendo el resto de los dedos.
—Es toda una tradición de la familia. Está en la sangre —dije. Ella se quedó en silencio contemplando al niño.
Sentí que él era mi primera decisión independiente. Qué había dejado de ser un simple esclavo del destino. Qué por primera vez me saqué el peso del continente. Quizás ese sentimiento en la boca del estómago era lo que la mayoría de gente llamaba felicidad. Había sentido destellos de él durante la infancia y la adolescencia, pero se habían teñido del negro de una noche sin luna. Ahora era tan fuerte que amortiguaba la pena, la gloria, el desahogo, la ansiedad y el vacío de todo el viaje al Oeste. Volvió a mi memoria la cabeza de Dalia mirando en esa dirección; el cuerpo de Karus arrodillado en el lodo; las noticias de la muerte de mi primo. Pero en ese momento toda mi vida se redujo a mujer con una vida en su vientre.
—Quizás sea el momento de no sufrir más —susurré, ignorando el sabor metálico que acababa de sentir detrás del paladar.

FIN

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