viernes, 1 de junio de 2018

Madera & Hueso — 71 — Ítalo



El cielo de la madrugada lloraba sobre nosotros; lloraba cómo nunca lo había hecho. Quizá las lágrimas que caían eran de júbilo, pero era imposible saberlo.
Completamente solos, en la oscuridad y desparramados por el barro. Así fue como aterrizamos.
Sentí un nudo en el estómago al notar cuán potentes eran los latidos en aquel lugar. Parecían tambores lejanos que empezaban a darle ritmo a mi propio corazón.
Al levantar la vista me encontré con un bosque inmenso. Los grandes troncos que se retorcían entre sí me recordaron a las Tierras Sagradas.
En silencio, Cregh dio un paso al frente y chasqueó los dedos. Apareció una pequeña llama, y se acercó hasta la primera línea de árboles. En un parpadeo, la llama se apagó.
—No hay magia en este lugar —dijo Cregh, apenas audible por la fuerte lluvia—. Eso explica que el anillo no nos haya transportado bien. Es la misma fuerza de las Tierras Sagradas... es él.
La expresión en la cara de Cregh era cruda, pero compartí su malestar. Magia era todo lo que podía hacer, y ahora se la habían quitado.
De pronto, Malo soltó un maullido, y Li se giró a mirarlo.
—Tenemos compañía —dijo. Sobre el barro se divisaban huellas.
—Son ellos cinco, ¿no? —preguntó Aldara, sin emociones.
—Deberían ser seis —dije.
—¿Por tu hermano? —dijo Li.
—Está acá; estoy completamente seguro.
Las huellas en el barro correspondían a tres pares de botas y dos pares de patas que debían ser los cuervos.
—Solo hay cinco —dijo Li.
—Mejor así, supongo —dije, clavando la mirada en el bosque.
Aldara mostró una pequeña sonrisa turbia. Recordé el cuadro de la casa de Wendagon; la tormenta en él y la profundidad de sus grises. Esos mismos colores habitaban los ojos de Aldara, estallando en energía pura.
Pude ver a Cregh susurrando los conjuros del arte alternativo, sin lograr contacto alguno con los dioses humildes. Li se le acercó y lo tomó por el hombro. Le entregó el anillo y la espada que Dalia había encontrado. No hubo palabras, pero el mago terminó por tomar los objetos y agitar la cabeza, espabilándose.
Sin perder más tiempo, nos acercamos la entrada del bosque. Respiré muy profundo y dejé salir el aire. Junto con la bocanada, empecé a juntar la energía de la piedra. Desconocía a ciencia cierta cómo funcionaba la piedra del rayo, dándome energía de esa manera, tomando mi sangre sin matarme. Me sentí afortunado de haber sobrevivido al contacto con una piedra con tanta historia. Rápidamente noté que la palabra no era afortunado; yo era uno de los elegidos; el Cazador del Este. Y cada uno de mis pasos había sido guiado por los dioses.
Malo tomó la delantera gracias a su ágil cuerpo de gato. Aldara iba atrás, con un ritmo infernal a través del laberinto de ramas y árboles. La densidad del bosque, la oscuridad de la madrugada y la lluvia hacían que ver más allá de unos pocos metros fuera un reto. La sensación de claustrofobia era la misma que en Verin; la sensación de estar en tierras ajenas era idéntica. La misma tierra que latía parecía querer expulsarnos de ese lugar.
Los minutos pasaron en un ambiente tan tenso que casi era posible agarrarlo con las manos y ahorcarlo. El pistolero pegó un grito para que bajase el ritmo de la caminata y no nos separemos tanto. Aldara se tomó un par de metros antes de reaccionar, pero todos nos detuvimos.
El sonido de la lluvia era apenas un susurro contra los tambores latientes, reverberando a lo largo de todo el bosque. Eso daba dimensión del tamaño de ese lugar.
—No esperaba caminar tanto —dijo Li, poniéndose las manos en la cadera y suspirando.
—¿Malo no puede olerlos? —pregunté, y el pistolero negó con la cabeza.
Retomamos la marcha, y debió pasar otra media hora. Aldara eventualmente bajó el ritmo de la caminata, dejándolo a Malo a la delantera. Yo pronto lo alcancé. Con la energía de la piedra recorriéndome, mis sentidos se agudizaban más y más. El resto de las cosas parecían moverse más lento. Luego de un tiempo, tuve que parar de juntar fuerzas porque estaba usando demasiada concentración solo para evitar los árboles y las dianas. Le di la espalda al grupo y descargué la energía de la única manera que conocía; con un rayo. Sonó como un silbido potente, más similar al ruido de una flecha que a los truenos de las tormentas. El resto apenas se volteó y les indiqué que siguiéramos con un movimiento de la mano.
El terreno era difícil de recorrer, pero manteníamos un buen ritmo. No había signos de querer parar. El tiempo se escurría bajo nuestros pies. Poco a poco, la tensión se empezó a diluir. Mientras mi cabeza intentaba no divagar, cediendo a la monotonía del paisaje, cayó en mi mente un recuerdo particular.
Me mordí la lengua, intentando no reírme, pero no pude evitar dejar salir unos pequeños gemidos. Li se giró a verme.
—¿Qué pasa?
—Es que… —Y al abrir la boca las carcajadas salieron solas. Recupere el aliento—. No sé por qué, pero me acordé de Cregh después del festival de Craster. Cuando se emborracho y se despertó con un vestido floreado.
Estallé de risa al terminar la oración. El resto mostró resistencia, con pequeñas sonrisas que se fueron expandiendo por sus rostros; y en unos pocos segundos todos rompieron a reír.
Me quedé con esa imagen de nosotros; me daba más seguridad que ninguna otra cosa para dar cada paso siguiendo a los latidos.
Unos metros más adelante, cuándo las risas se disolvieron, Malo tomó su forma canina. Todos supimos lo que significaba. Ellos estaban al frente. Los elegidos del Oeste. Y estarían con mi hermano mayor, Hanzel.





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