miércoles, 14 de octubre de 2015

Dos Noches de Verano: Introducción

Dos Noches de Verano es una novela colaborativa, pero no sigue un sistema normal. ¿Como hacen cuatro autores para planear una novela? No lo hacen. Dos Noches es un trabajo de improvisación y mucha suerte. Los autores se iban rotando en turnos, haciendo un capitulo cada uno. La diferencia con otros proyectos de este estilo, sin embargo, fue que al final de cada capitulo debía haber un comando destinado al siguiente escritor. Por ejemplo "Clay: Matar a Kennedy." Y Clay estaba obligado a seguir el comando en su capitulo, aunque podía interpretarlo de forma tan abierta como quisiera. 

Dos Noches fue un punto de quiebre al tipo de historias que este grupo solía hacer; una propuesta distinta, más seria y sofisticada. Si bien podría parecer un teléfono descompuesto o un cadáver exquisito, la idea de esta entrega era que mantuviera un cierto orden y lógica, sin dejar de ser un juego, una práctica. El grupo trabaja juntos desde 2008 y con el paso del tiempo solo fuimos mejorando e involucrándonos más y más en estos proyectos.

Dos Noches comenzó como un proyecto corto para descansar tras nuestra ultima novela. Delineamos un concepto simple: Una ciudad contemporánea. Abominaciones y la promesa de un rescate en la zona norte de la ciudad al día siguiente. Serían 36 horas de supervivencia.

Ninguno sabía qué podía pasar para cuando le tocara escribir de nuevo tres turnos más tarde. Nos veíamos a cada uno como autor y lector al mismo tiempo, y varios de los autores incluso escondieron secretos desde la primera letra. La historia evoluciono a lugares que no esperábamos.

Sin nada más que decir, podes empezar ahora mismo.



martes, 21 de julio de 2015

Madera & Hueso — 53 — Dalia


La casa era más alta que lo normal. Estaba compuesta por un solo cuarto vacío, aunque una pared se hundía hacía adentro. Me pregunté si ese espacio en la pared habría sido usado para guardar libros. Pero eran un lujo… No había manera de que una casa aislada del Oeste tuviera libros.
Entonces, las paredes. El punto más impresionante de la capilla. Todas estaban cubiertas de dibujos, de pinturas; partiendo desde el techo mostraban a un gran árbol que se ramificaba hacía abajo. El árbol se dividía entre la izquierda y la derecha de la casa, y las ramas se detenían por la mitad de la pared. De ese punto, seres aparecían entre las ramas, y cada vez había más hasta formar varios grupos. Todos eran distintos, con líneas distintas. No creí ver a ningún humano. Uno de ellos, pintado de negro, podía ser un cuervo. Arriba con el árbol todo era oscuro, lleno de estrellas, de noche. Abajo con los bichos todo era luminoso, soleado. Mientras más subías en el dibujo más crecía la oscuridad. Todo el dibujo en conjunto era muy hermoso, y lo contemplé asombrada por unos momentos.
Salí afuera, donde vi que Ítalo se había sumado en la fogata, y estaba repartiendo las hierbas comestibles que había podido recolectar. Les comenté lo que había encontrado; que la casa de piedra debía ser una capilla de su religión, mas seguramente. Todos tomaron la ramita y fueron a ver.
Pocos minutos después, estábamos todos comiendo alrededor del fuego. Permanecimos pensativos por unos momentos.
—¿Qué creen que cuente el dibujo? —dijo al fin Lang. Cregh se alzó de hombros.
—Ni idea —dijo. Entonces agregó—. Ey, quería hablar sobre lo de esta mañana.
Todos nos giramos a mirarlo. Masticábamos las hierbas y hongos despacio.
—Esos cuervos que asaltamos… ¿Están seguros de que iban a atacarnos?
—Claro, Cregh —bufó Ítalo—. Venían directo hacía nosotros. Quizá uno de ellos era él que nos encontramos dos veces… Uno de esos asesinos que nos persiguen.
—P-Pues… no estoy tan segura. —hablé, insegura de si quería hacerlo—. El cuervo que apuñalé se veía muy asustado… como si no supiera qué estaba pasando. Parecía que lo asustaba ver su sangre.
—Quizá solo lo tomaste por sorpresa —dijo Ítalo—. Y el que ataqué yo podía ser el que buscamos.
—Ey, esto es serio —dijo Cregh—. Quizá dejaron sangrando a dos personas inocentes…
—No podemos decir eso ahora, después de todo lo que hicimos… —habló Aldara, de pronto—. Ya sabíamos lo que íbamos a hacer cuando cruzamos el mar. Esta escrito que el Oeste quiere acabar con nosotros. —Bajó la cabeza—. Será duro, pero…
—Entonces, ¿qué? —dijo Cregh—. ¿Vamos a matar a todos los bichos? Mi hermano es un bicho, saben…
—Y mi gato también —interrumpió Lang—. Pero lo que hagamos será lo que tenemos que hacer. Ya dije antes que, si es necesario robar comida, vamos a hacerlo. Aldara tiene razón. Ahora queda el trabajo sucio.
Arañé un poco el piso, insegura.
—Es cierto —susurré—. Los bichos pueden ser personas amables como los lagartos, pero… También pueden ser monstruos peligrosos como las arañas, o los cuervos. —Malo largó un pequeño maullido. Sonreí—. O los quitnar.
Ítalo, que no había dicho mucho, suspiró.
—Escuchen: puedo admitir que es posible que me haya confundido. Pero no creo que sea cierto. En todo caso, quizá debamos ser más cuidadosos de ahora en adelante.

Poco después, fuimos a dormir. Íbamos a recostarnos adentro de la capilla, cuyas paredes podrían retener nuestro calor. Ítalo y yo fuimos los últimos en levantarnos de la fogata. Justo antes de entrar al edificio, lo detuve.
—Ítalo, por cierto… Ese brillo que hiciste en Gangshi, contra el huginn. ¿Qué era?
—Es… —Ítalo pensó su respuesta, y se tocó el pecho. Subió sus ropas, y ahí estaba esa piedra pegada a él—. Algo que puedo hacer ahora. Aun no estoy muy seguro de qué es. Pero si se aparecen los cinco del Oeste de nuevo, va a ser mejor que tengan cuidado.
Y con una sonrisa, Ítalo entró a la capilla.

El día siguiente amaneció tan frío como antes. Lang había sido el primero en despertar, y nos gritó para que nos apresuráramos. No quería perder el tiempo.
—No sabemos cuándo vamos a encontrar comida —dijo—. Es mejor que empecemos a caminar lo más pronto posible, así cubrimos más terreno.
Así es que empacamos prontamente, y unos minutos después ya estábamos de nuevo en el camino. Marchamos una hora, y el río que oíamos apareció frente a nosotros; no era muy ancho, y se perdía entre la niebla hacía las dos direcciones que miráramos. Cregh nos transportó del otro lado. Las mesetas empezaron a hacerse más comunes; el camino se levantaba más y más, y la vegetación también aumentaba de a poco. Unos minutos adelante del rio vimos otra capilla, que parecía igual a la anterior, y luego vimos otra más. Se estaban haciendo más frecuentes.
Anduvimos por dos horas más, en las que podíamos ver varias capillas en las montañas alrededor.
—¿Esas construcciones también son…? —preguntó Cregh.
—Vamos, avancemos… —suspiró Ítalo. Estaba cansado, pero todos lo estábamos.
Usamos nuestras provisiones lo menos posible, y de a poco. Con el estómago vacío, nuestra marcha se hizo más lenta. Mi mente estaba tan cansada que creía que la niebla debía ser el sol encegueciéndome; el frio era tan irritante que me hacía transpirar.
Entonces subimos por una elevación que cruzaba por nuestro camino, y cuando pudimos ver del otro lado un edificio enorme nos recibió.
Por el techo en punta, estaba claro que era un templo. Era como las otras capillas, pero cuatro veces más grande, y varias veces más alto. Todos nos miramos, sorprendidos, y bajamos la colina con paso rápido. Las paredes tenían grabados, igual que las demás. No podía ver una puerta. Palpamos la piedra enorme un par de veces, y entonces Aldara nos llamó con un grito. Había andado hasta una de las esquinas.
—¿Ahí está la puerta? —pregunté.
—Sí —dijo—. Pero, ¡miren…!
La acompañamos, y a medida que nos acercamos lo que había visto se hizo obvio. Contra la puerta cerrada del templo, tirado en el suelo, había un bicho. Parecía jadear, pero estaba inmóvil, y cubierto por una capa blanca y gastada. Era delgado y alto, pero su piel gris solo llegaba hasta su cuello. Su rostro era de hueso… como una calavera. Un rostro con hocico, de animal. Y unos ojos sobre sus cavidades, vivos.
Aldara no se dejó atemorizar por su aspecto, y le arrojó algo de agua sobre sus hileras de dientes. Entonces sus ojos se movieron… Se giraron hacia nosotros, mirándonos de arriba abajo. La criatura se incorporó un poco, aun débil.
—¿E-Está bien…? —murmuró Aldara. La criatura pareció mover su dentadura un poco. Aldara acerco el oído, y todos también nos acercamos.
Empezó a hablar muy lentamente, susurrando para sí mismo…
—La Nereida… El Caballero, El Cazador, El Hechicero y El Pistolero… —Su voz bajó aún más—. Creía que ya no era un Oráculo digno, pero parece que me equivocaba. Creía que todas mis habilidades se habían ido… Pero parece que mi última visión sí se hizo realidad. Humanos del Este… —La criatura se inclinó para toser, escupiendo—. Los estaba esperando.


viernes, 3 de julio de 2015

Madera & Hueso — 52 — Ítalo


Mientras yacíamos en El Refugio del Mar, mirando al techo, pensaba en todo lo que había pasado. Por fin estábamos en el hogar del “deus”. No podía sacarme la sonrisa de mi cara. Me sentía entusiasmado. Sentía ganas de saltar de la emoción. Todo Alles dependía de cinco personas elegidas. Y con el primer error que cometiéramos, esa porción de tierra gigante caería. Cada segundo que hubiéramos vivido, cada recuerdo de nuestras familias, cada olor de las calas en primavera; nada sería lo mismo.
No había sido el mismo tras despertar de lo de la piedra. Estar en mi propio cuerpo se había vuelto incomodo, muy antinatural. Algo había cambiado desde lo más profundo de mí. No tenía apetito y no sabía si iba a tenerlo después de lo del castillo. No podía dejar de recordar el halo que sostenía a la piedra en el aire cuando por fin había llegado a ella.
Alcancé mi bolso y saqué una caja. Era un estuche negro, pequeño, con detalles dorados. La abrí y tomé su contenido, formando un puño. Traté de abrir el puño, pero se rehusaba a dejar ir. Sacando dedo por dedo, finalmente cedió. Entonces me vino a la mente el recuerdo de la piedra partiéndose. En mi mano solo estaba una mitad. Tomé el pedazo y lo dejé sobre la mesa.
Realmente lo había conseguido. La piedra del Rayo estaba en poder de un del Valle. La piedra que tantos habían buscado, la piedra que era imposible de tocar. Según las leyendas, ante el más mínimo contacto el poder de la piedra destruiría tu cuerpo; osado era el que se atreviera a manejarla con magia, y suicida el que acercase su mano.
Su perfecta simetría había sido alterada por el corte que sufrió, pero su color celeste seguía siendo hermoso. Y sí, todavía recordaba que tenía incrustada otra parte sobre mí pecho. Ya se habían tomado el trabajo de vendarme y cuidarme en el hospital. Me sentía increíblemente débil, como si me hubieran sacado una parte del alma. La más pesada. Todo se sentía muy diferente.
Presté atención a mis latidos. Eran cómodos y libres; casi podía controlarlos y quedarme a vivir en su lento pulso. Era…
Mi cabeza se sentía descomprimida. Mi respiración ya no estaba cargada. Ya todo había terminado; podría volver a casa sabiendo que había hecho mi rito de madurez. Mi misión estaba cumplida, y me pregunté si era esa la razón porqué me sentía como me sentía.
Respiré hondo, inflando mis pulmones y llenándolos de aire puro. Llené de sal marina a todo mi organismo. Sentí que hacía mucho que no respiraba tan profundamente. Ni siquiera podía recordar cuando mi respiración había sido tan, tan… ¿normal?
Me puse a caminar por la posada. Mi cabeza parecía un diccionario, buscando la palabra justa a como me sentía. Tal vez no había palabra suficiente. Amplié mi búsqueda a una oración, tal vez alguna frase, pero esas no eran mi fuerte; no podía citar a ningún personaje de importancia y tampoco conocía esos dichos que llenaban el corazón y el espíritu. No se me ocurría nada concreto. Pensé en libertad, pero no cuadraba. Pensé en felicidad y me quedé con eso por varios minutos. Luego la rechacé, sabiendo que solo estaba siendo feliz por la obtención de la piedra. Era algo más profundo. Al final pensé en que el término más acertado tenía que ser liviano. Mis pasos se sentían suaves, como acariciando al suelo. Todo estaba un poco más lento. Al notarlo, parpadeé para que volviera a la normalidad, pero no pasó nada.
Un brazo en el hombro me hizo darme vuelta.
—Ítalo —dijo Cregh—. Seguís despierto.
—Claro —le sonreí. Había aprendido a querer mucho a Cregh en muy poco tiempo. No era que todas nuestras diferencias estuvieran arregladas, pero se estaba transformando paulatinamente en algo más que un mago del que cuidar—. Lindo colgante, ¿es nuevo? Por cierto, una vez más, gracias por lo del castillo.
Cregh solo bajó la cabeza, riendo.
—De nada, pero casi terminaste como Lang.
—¿Lang? —pregunté, pensando en voz alta.
—¿Acaso te olvidaste de tus compañeros? Lang, el vagabundo. El del gato negro.
—Ahh, Lang, claro. —¿Cómo había podido olvidar a ese vagabundo tan simpático? Mi cabeza solo giraba alrededor de la piedra.
—Las chicas deben estar dormidas. Apurémonos.
¿Las chicas?, pensé. ¿Quién demonios eran las chicas? Mierda.
—Ítalo. Sabes que Wendagon está muerto, ¿no?
—Wendagon. Sí. —Me costó un poco acordarme, pero pronto recordé al señor de tierras que nos había dado esa misión. Dalia había visto su muerte en un sueño.
—Lo que significa que ya no hay recompensa alguna.
La última silaba de Cregh se mezcló con la voz de mi reina. Recordé el calor de su piel; la imagen de su ancha sonrisa se instaló en mi mente. Tú… ¿reina?, me dijo mi cabeza. Ya no habría castillo para ella. Sin Wendagon no habría fama ni gloria al volver. Pero no me importaban las cosas para mí. El futuro de mi reina no podía terminar ahí, como una simple puta en un lugar de mala muerte. A pesar de la mala memoria por la que estaba transitando, recordaba cada rincón de su cuerpo. Me negaba a creer que aquella vez sería la última en la que tocaría su cuerpo.
Pero pensando sobre eso y volviendo la realidad, o al menos a un escalón antes de la realidad. No entendía mis sentimientos por aquella chica. Estábamos defendiendo nuestro continente de un dios, había logrado obtener la piedra del rayo, formábamos parte de una puta escritura sagrada. Pero aun así no me gustaba romper promesas, y la que le había dado no era solo una mentira para que su cuerpo se derritiera sobre el mío.
Entonces volví en mí. La pregunta de Cregh.
—Creo que estamos a otro nivel del dinero. Esto... es un bien mayor —dije.
Cregh se limitó a asentir con la cabeza. No parecía disgustado con la respuesta. Me sorprendía que no hubiera dicho nada en el tiempo que había pasado pensando, porque se había sentido como una eternidad. Cregh también estaba lento, ¡mierda! Todo estaba lento. Froté mis ojos y zapateé. ¿Qué carajo estaba pasando?

Me dirigí afuera. Molí unas hierbas y con un poco de agua de mar se volvieron una pasta verdosa. Me incliné y la puse sobre mi cara, para borrar el tatuaje que ahora se encontraba camuflado por una barba de unos cuántos días. Puse la pasta en mi otra mejilla para cubrir ambas y froté enérgicamente. La tinta negra se desprendía como acuarela. Sin otro tipo de esfuerzo; el tatuaje había salido solo con enjuagar mi cara. Solo quedaba la marca de mi familia en mi ojo. La Corona de la Gloria. La dejé ahí. Ya que no encontraba otra cosa para hacer, me afeité con la daga que Marco me había regalado. Conocía los riesgos, pero me había afeitado con ese tipo de cuchillos toda mi vida. Aunque terminé con un simpático corte en mi cuello.
Sostuve las gotas de sangre que caían. No era un corte profundo ni grave, pero sangraría un poco más. Me encontraba satisfecho con aquella definición que había encontrado. Liviano. Liviano, sí. Lo pensaba una y otra vez, y no encontraba una palabra que lo definiera mejor. Yo sentía como si siempre hubiera tenido una pesa detrás de la nuca, tirando mi cabeza hacia atrás.
Una pequeña luz salió de mi mano izquierda. Como un destello muy rápido, pero que existió. Con la herida ya coagulada y manchado de sangre, me erguí y miré mi mano izquierda. No recordaba que gesto estaba haciendo cuando salió el destello. Me saqué mi ropa y vendajes, para ver si la piedra había cambiado en algo. Su azul parecía estar vivo y latiendo al mismo tiempo que mi corazón. La herida estaba rodeada de sangre seca y en un rojo apagado que se iba volviendo blanco para convertirse en piel nueva. Toqué la piedra, esperando que de alguna manera volviera a salir luz. La golpeé un poco más fuerte. Lo hacía a intervalos cortos, pero la herida comenzó a dolerme bastante. No pude seguir haciendo movimientos bruscos con mi brazo porque el dolor punzante era insoportable.
Pensé en volver a dormir. Mis sueños eran negros y profundos, pesados; todo lo contrario, a como estaba viviendo. Sentía como si mi cabeza fue el triple de pesada y como si estuviese siendo absorbida por la almohada. Esa masa negra, inmensa y vasta en la que me sumergía en los sueños era mi sombra. Ella había desaparecido. Luego de llegar a su pico más alto en aquella noche bajo el agua, se había ido para no volver. Cuando entendí eso pude replicar otra luz, haciéndola aparecer en mi mano. Me volvió el apetito. Tenía un hambre canina, pero tendría que esperar al día siguiente para comer. No habíamos tenido comidas muy buenas en esos días; durante el viaje básicamente solo pudimos comer limón.
Papá amaba ponerle limón a la mayoría de las comidas, así que estaba acostumbrado. Me vino un recuerdo de hacía ya ocho años. Recordé aquel día con una precisión increíble.
Era verano, y estábamos cenando mucho más temprano de lo común. El sol todavía no se había puesto. Esa misma noche partiríamos a Laertes al cumpleaños de un gran amigo de papá, y mamá decidió cocinar, dejando que el cocinero se fuera a casa más temprano. Ese día también puse la mesa y llevé los limones. Sin verme en ningún espejo podía recordar la felicidad flotando en el aire. En medio de la comida, justo después de que mama se sirviera vino por segunda vez, mi hermano tomo un limón cortado por la mitad y me lo tiró en la cara. Se lo devolví, manchando una de sus camisas favoritas. Papá se limitó a reír, pero recuerdo que mama tomó dos limones y con una puntería que solo adquiere una mujer entrando en años nos acertó entre ceja y ceja. Sin darnos, empezó cuenta una guerra familiar de limones y se extendió en el tiempo y lugar, convirtiéndose en una cruzada a lo largo de toda la casa. Recuerdo correr hasta la cocina, donde estaban todos los limones. Llené mis bolsillos, y usando mi camisa como una bolsa logré recolectar montones. Corrí a buscar a mi hermano para darle la lección de su vida. Al llegar al comedor, encontré a los tres juntos esperando para liquidarme. Perdiendo algunos limones, resbalé en el piso hasta llegar a un sillón que utilicé como refugio. «¡Mueran!», grité. Lancé todos los limones en mi camisa de una vez, hacía su posición. La batalla se perpetuó hasta tarde, tan tarde que ese día fue la primera vez que utilizamos los pergaminos de transportación para motivos festivos.
En mis recuerdos no había ningún mal. Ninguno; eran recuerdos. Ya no les temía. Ya no había sombra.

Miré alrededor del edificio. La ciudad estaba iluminada, pero no había antorchas, ni hierro o madera; eran raíces que salían del suelo y cuyo fruto era la luz que nos guiaba por la calle. Raíces que daban luz. Se me hicieron familiares, pero entendí que las había visto en los Campos Divinos. Me dio muy mala espina.
No podía negar que el aire que se respiraba era otro que en Alles. Encontraba cierta paz en él, pero esa calle que nunca parecía terminar y tal silencio solo aumentaba mis malas impresiones.
Volví a la cama. Intenté conciliar el sueño, pero sentía que mis ojos no podían cerrarse. Me rodeó un ambiente pesado como la piedra. Con solo pensar en una emboscada del grupo enemigo, se erizaba cada pelo del cuerpo. Sentía una gran tensión en mi espalda mientras daba vueltas en la cama. La sentía en todo el grupo, que tampoco parecía estar durmiendo. Era nuestra primera noche en un lugar desconocido. Creí poder hablar con el resto con solo pensarlo, como si nuestros pensamientos se coordinaran en una nube y cada uno pudiera estirar la mano y traerlos a su mente.
Poco a poco el cansancio empezó a ganarnos, pero los ojos no se cerraban tranquilos. Ni siquiera podíamos saber si esa bola de pelos de Dalir no nos degollaría en cuanto cerráramos los parpados, o si iba a ir a venderle nuestra posición al mago oscuro. Podrían pasar tantas cosas. Y venían más pensamientos, pero el sueño ganó la pulseada.
Me desperté de golpe, transpirado y con mi brazo izquierdo cargado de luz, listo para atacar. Toqué mi cuello para comprobar que estaba ileso. Era el primero en despertar, aunque para mí sorpresa había dormido bastante bien. Una noche más con los ojos cerrados podía costar el esfuerzo de un mundo entero.
A los segundos apareció Dalir para servirnos el desayuno. No se me había ocurrido que la comida del Oeste podía ser un verdadero asco para nosotros, pero Dalir actuó bastante… humano. Era comida normal. Le agradecí y le pedí que despertaría a los demás. El olor al pan abrió mi apetito, pero volví a mi paranoia.
¿Y si estaban envenenadas? Era la forma más simple de matarnos, ni siquiera tenían que manchar de sangre las sábanas. Miré el pan fijamente, como esperando que se intimidara y dijera toda la verdad. El pan permaneció en silencio y consideré que por cómo se había dado todo, si nos querían muertos ya lo estaríamos. Tomé un primer pedazo hesitando, temblando. La unté con manteca y mastiqué nervioso. Después de ver que no pasaba nada, saludé al resto y les ofrecí sus pedazos.
Comieron sin el menor miedo, y se los veía bastante tranquilos. Excepto por Dalia. Era claro que tenía un sueño atragantado en el medio de la garganta. Sus ojos abiertos empalidecían su dulce rostro. No podía ser bueno.
—Terminen su desayuno sin apuro y vístanse, pero luego nos vamos —dije.
—¿A dónde? —dijo Lang, limpiándose con una servilleta mientras giraba los ojos a Dalia.
—No sé, pero tenemos que salir de acá. Parece cómodo, pero hay que movernos. Dalia, ¿algo para decirnos?
—No… —Ella sacudió la cabeza.
—No estoy seguro acerca de irnos —dijo Cregh—. Podríamos quedarnos más tiempo. Esperar… —Entonces Dalia se esforzó por decir algo.
—Solo... hay que seguir hacia adentro. Hacía donde se pone el sol.
Se produjo un gran silencio.
—Al oeste será, entonces —dije.
Al terminar el desayuno, nos despedimos de Dalir y posiblemente de nuestra última noche con comodidad.
Al salir a la calle, nos encontramos con un ambiente bastante hostil. La mañana era fría y cubierta por neblina. Bien pegados, partimos al oeste. La neblina se hacía espesa y no diferenciábamos qué bestias teníamos enfrente, pero había demasiadas; de todos tamaños, apariencias y olores. Con la cabeza gacha y paso rápido, tratamos de eludir a la mayoría. Sentía como sus miradas se depositaban en nosotros con cada paso que dábamos. Parecía que formaban un hueco, un pasillo para que pasemos y todos pudieran observarnos. Con la capucha puesta, lideraba al grupo para tratar de lograr la mayor discreción.
Los empedrados se volvían eternos y parecía que la ciudad no encontraba final. La misma suerte corría con el pasillo de habitantes de Gangshi. Me sorprendí al ver humanos que se mimetizaban perfectamente con el resto de los bichos. Estaban vestidos de manera muy parecida, con una túnica clara con detalles en oro. Y sus miradas eran igual de condenatorias, o incluso peor. Estaban a solo media palabra de gritar algo; sentía como si todo estuviera por explotar.
El pasillo imaginario se empezó a perder, con gente mezclándose entre nosotros y dificultándonos avanzar rápido.
—Unos huginn… —susurró Dalia.
Ya los había visto. Se destacaban entre el resto con su gran estatura; se acercaban a lo lejos con sus brillantes picos. Venían directo a nosotros.
—Guardá los revólveres, Lang—ordené—. Yo me encargo del de la derecha. Dalia, andá por el de la izquierda. Prepárense para correr.
Me adelanté varios pasos, chocándome con bichos. Moví mis dedos, separándolos y volviéndolos a contraer. Iba a necesitar una buena descarga para tumbar a un huginn.
Encendí un rayo en mi mano izquierda justo antes de tenerlo cara a cara. El cuervo realizó un movimiento con su ala, pero mucho antes de que pudiera reaccionar golpeé contra su pecho. Sentí como la descarga recorría su cuerpo sorprendido, y usé el resto del brazo para tumbar a la bestia de dos metros en un solo movimiento. Seguí caminando sin mirar atrás, fingiendo que no había pasado nada. Dalia fue no fue tan discreta, pero terminó el trabajo con un corte limpio de su pequeña espada. Con Dalia justo detrás mío y el resto un par de pasos más adelante, la gente comenzó a abrirse para dejar en evidencia a los culpables. Después de unos metros, nos encontrábamos en otro túnel formado por la gente del Oeste. Nos señalaban con el dedo y se tapaban la boca por la tragedia que había ocurrido. El resto comenzó a acelerar el paso y me quedé atrás.
Dediqué una última mirada a los cuervos. El cuervo al que le había pegado ya se volvía a incorporar; solo había caído por la sorpresa de ser impactado por un rayo. El huginn apuñalado por Dalia también parecía seguir vivo, pero no lo estaría mucho más. Su sangre negra empezaba a llenar el empedrado del suelo. Entre los susurros podía escuchar como los habitantes hacían referencia a mi marca. Distinguían la Corona de la Gloria.
Comencé a correr para llegar junto al resto. Manteniendo un paso apurado, y ayudando a que el vagabundo no se cayera por no estar del todo recuperado del hospital, llegamos a las afueras de Gangshi.
Una vez en la salida de la ciudad Cregh se ofreció a transportarnos con su magia, pero Aldara lo detuvo.
—No sabemos dónde estamos. Cualquier intento de alejarnos mucho podría meternos en el medio de un lugar incluso más hostil.
—Creo que voy a tomar el riesgo de todas maneras —dijo Cregh.
Pero la transportación fue mucho más corta de lo que estábamos acostumbrados. Unos cuatrocientos metros. Nos daba el tiempo necesario para escapar a pie sin temer sobresaltos.
El camino fuera de la ciudad parecía ser una meseta seca, con un poco de verde alrededor del camino eternamente plano. No sabíamos cuánto tiempo tendríamos que caminar hasta encontrar otra ciudad de nuevo.
—¿Cómo vamos a sobrevivir de ahora en más? —preguntó Cregh.
—No veo árboles, así que si es necesario vamos a tener que robar comida. Solo nos queda hacer el trabajo sucio. No es tan malo —dijo Lang.
—Me pregunto cómo sobreviven los humanos acá —dijo Dalia.
—¿Humanos? —Se giró Cregh—. Somos los únicos.
—¿No los viste? Usaban unas túnicas todas muy parecidas—contestó Dalia.
—No entramos en la misma definición que ellos —hablé—. Vi cómo nos señalaban, como cualquier otro ciudadano de Gangshi.
—Aunque todavía nos quedan muchas provisiones, no puede ser tan difícil pedir prestada comida de los bichos. Malo puede ayudarnos a conseguirla —dijo Lang.
—Ahora el problema es encontrar la próxima ciudad, claro está —dijo Cregh.
—Dalia, ¿cuán al Oeste debemos ir? —dijo Lang.
—No lo sé —respondió ella.

Caminamos por unas horas, con pequeños trayectos de la magia de Cregh. El Oeste parecía un desierto. Alguna sierra atrevida aparecía en la lejanía, pero solo caminamos y caminamos hasta que llegó la tarde y con ella la noche. Acampamos poco antes de un río, respetando una buena distancia. La flora parecía ser un poco más heterogénea ahí y hasta encontramos una casa de piedra, abandonada al pie de una de las pequeñas sierras que empezaban a formarse.
Cregh se ocupó del fuego; yo me dediqué a buscar algún animal que cazar o frutas que recolectar.
Ese día pasaríamos hambre; no había fauna. La flora no era tan diferente a lo que se podía encontrar en el Este, por lo menos cerca del río. Conseguí un par de hierbas comestibles para lograr algo parecido a una sopa, por lo menos. También encontré una especie de tubérculos que se podían comer. Eran crujientes y no estaban muy buenos, pero claro que era mejor era nada.
Al volver vi a todos, excepto por Dalia, reunidos alrededor de una fogata. Ella estaba investigando esa casa tan extraña con una rama encendida como antorcha.
Les mostré que había conseguido y lo repartí. Entonces Dalia volvió con una expresión rara en su cara.
—Esto… es una capilla de la religión del Oeste.


lunes, 29 de junio de 2015

Madera & Hueso — 51 — Li


PARTE DOS
OESTE


CAPITULO V
BANDAO


Me empecé a sentir mareado apenas salimos, aunque a nadie más parecía afectarle el vaivén, ni siquiera a Malo. Gente suertuda...
Ernesto Alibar se veía misterioso, pero en realidad nos contó toda la historia de su vida. A los catorce se encantó con el mar y decidió ser marinero. A los dieciocho sus padres alcohólicos lo echaron de la casa. A los veinte junto suficiente dinero para comprar su primer barco, que fue su nuevo hogar, y se enamoró perdidamente de una mujer llamada Ángela. Cuando tenía veintiún ocurrió la revolución de los ríos del cincuenta y tres. Se enlisto en la marina y fue encargado con proteger Havenstad del ataque del puerto de Fairer. Ocurrió una emboscada, un ataque para el que no estaban preparados. El capitán del barco de Ernesto murió luego de un cañonazo, así que decidió asumir el mando cuando solo era el vigilante. Empecé a pensar que quizá ese viejo era el famoso marino Oliveir… Ernesto y su tripulación lograron hacerle frente a los barcos atacantes incluso luego de que quedarse sin armamento. Todos los marinos de Havenstad salieron a ayudar, y gracias a la gente común pudieron aguantar hasta que llegaron los refuerzos. La revolución acabó y los líderes fueron ejecutados por sus crímenes. Ernesto había prometido pedirle matrimonio a Ángela si volvía con vida, y eso fue lo que hizo. Esa parte sí fue memorable. Ernesto vivió transportando cargamentos durante cinco años, pero Ángela se empezó a comportar de forma extraña. Al final lo terminó abandonando porque temía que Ernesto la estuviera engañando con una sirena.
— Alto. ¿Qué? —pregunté.
Ernesto consideró tirarse al mar y ahogarse, pero fue salvado por un amigo al último momento. Luego de eso, decidió dejar la pesca a los veintisiete y transportar pasajeros a través de los océanos. Empezó a tener bastante éxito. Una vez que tuvo que transportar al rey por asuntos diplomáticos.
—Nunca va a haber un rey como Opren V —dijo—. Por más que hubiese hundido todos los barcos de Fairer, la revolución no hubiese triunfado de no ser por ese hombre. Tuve el honor de transportarlo cuando se enteró de mis logros.
Sin embargo, una fuerte tormenta los atrapó, y se formó un remolino que quería tragarse el barco. Apenas lograron escapar, pero cuando creyeron estar bien… fueron alcanzados por una ola enorme que dio vuelta el barco, destruyéndolo.
—Nunca pude perdonarme eso... El rey confió en mí por haber demostrado mi valor en el campo de batalla… y dejé que muriera.
Ernesto terminó en la costa, casi muerto. Se cambió el apellido para evitar la vergüenza y por cincuenta años hasta ese día solo había transportado mercancías.
—Dejé de transportar gente porque me recuerda mis errores. Solo recojo a los que no tienen otra salida... Pero les prometo que voy a llevarlos a salvo hasta Gangshi, aunque se nos caiga el cielo encima.
Y Ernesto iba a cumplir su palabra.
Como no iban a hablar nuestro idioma en el Oeste, teníamos que prepararnos. Cregh conocía el idioma de los bichos gracias a su hermano, e Ítalo sabía un poco debido a su educación. Empezaron a enseñarnos durante el viaje. Eso estaba bien, pero el problema era la comida. El primer día comimos pescado con limón, y el segundo día desayunamos merluza con limón. Me dio un mal presentimiento. Ese día fue cuando más me dolió el cuerpo; apenas me levantaba de la cama para comer. El tercer día comimos salmón con limón. Para el cuarto día teníamos el sabor del mar en la lengua. Y tambien el del limón. Ese día almorzamos cangrejo. Con limón.
El quinto día empezamos a ver nubes grises en el cielo a lo lejos. Los huesos me empezaron a doler más. ¿Se venía una tormenta?
—Va a haber un poco de lluvia. Nada muy grave —dijo Ernesto, sin mayor preocupación. Ese día comimos pulpo con limón.
El sexto día desayunamos chorizos con limón. Tanto mar ya me estaba hartando. Le pregunté a Ernesto que carga era la que traía.
—Oh, nada. Algunas especias, té, frutas y verduras...
Casi me tiro por la borda.
El séptimo día empieza a llover fuertemente. Nos desviamos de curso, y nos retrasamos un poco. La tormenta me hizo doler las rodillas, al igual que a Ernesto.
Al anochecer del octavo día llegamos a la costa con una tormenta a nuestras espaldas. Nos desviamos hacia el sur, y empezamos la marcha hacia Gangshi.
La costa atraía grandes olas, pero nuestro barco nunca se desvió de su trayectoria. Una ola particular se alzó en la distancia y el barco tuvo que enfrentarla de frente. Pasamos a través de ella y continuamos nuestro curso. Ernesto no durmió esa noche; no iba a dormir hasta dejarnos en Gangshi.
Al día siguiente el tiempo se calmó un poco, y llegamos al puerto de Gangshi con un viento helado. Por fin estábamos en el Oeste. Bajamos nuestras cosas y Ernesto se sacó su gorra.
—Logramos llegar —dijo, sin orgullo, sino que con calma.
Caminó con nosotros por el muelle, vacío, mientras contaba el final de su historia. Ernesto nunca más pudo enamorarse de otra mujer. Nunca olvido a Ángela, ni dejó de pensar en ella. Pasaron más de cincuenta años, pero seguía con la esperanza de que volviera algún día.
—Sé que ya puede haber muerto, pero verla solo por unos minutos me haría feliz —dijo—. Viví las últimas décadas solo con el mar de compañía. Ya no espero nada de la dura vida.
Nos encontramos con una fogata y una criatura sentada a su lado. Era una masa de pelos negra con extremidades, lo único blanco siendo sus ojos. El bicho levantó la vista y nos miró.
—Ernesto. Tanto tiempo sin verte —dijo, mientras nos deteníamos frente a él.
—Dos años, Dalir —dijo el marino, y acercó una roca para sentarse. Nosotros hicimos lo mismo—. Necesito pedirte un favor. Estos cinco quieren explorar el continente. No te pido que los protejas, pero dales un buen alojamiento.
El bicho terminó aceptando y Ernesto se levantó.
—Dalir se va a encargar de ustedes. Los viajes a este continente son poco comunes, y de bajo perfil. Así que yo no conozco nada fuera de este pueblo, y tengo que entregar la carga. Pero puedo esperarlos para el viaje de vuelta; me voy a quedar alrededor de un mes. Los voy a llevar a salvo hasta Havenstad—dijo.
Tras eso, se puso su gorra y volvió a su barco para entregar la carga. Espero que volvamos a verte todos en una pieza, Ernesto Alibar, pensé.
—Ese Ernesto. Siempre inventaba historias largas para pasar el rato —Dijo Dalir, mientras movía algunas ramas en su fogata. No sabía qué pensar—. Supongo que ahora estoy a cargo de ustedes. Voy a serles sincero… si hicieran esto de sentarse al lado de un bicho, como nos llaman, y hablaran su idioma en cualquier otro lado no les hubiera ido tan bien. —Su mirada era fría—. En los puertos hay algunos humanos por razones de comercio, y pueden andar sin preocupación. Pero más adentro del continente no somos tan tolerantes. Algunos humanos escaparon de todo al venir acá, y terminaron teniendo hijos que nacieron en el Oeste. Pero solo están a salvo porque el resto de las especies nunca visitaron Alles y no saben cómo se ve un humano. Si hablan su idioma y se revelan como orientales pueden terminar heridos. Cuando se vayan no digan que nadie les advirtió.
—Está bien. Sabemos cómo cuidarnos —dijo Ítalo. Dalir solo miró hacia el fuego.
—Más les vale. Adentro ustedes no tienen derechos —dijo, moviendo las ramas del pequeño fuego que quedaba. Una brisa lo apago completamente. Dalir dejo la rama a un lado y se levantó—. Vengan. Los voy a llevar a mi posada. No se preocupen, no necesito su dinero acá.
Seguimos a Dalir por unas cuadras, permaneciendo a cierta distancia.
—¿Creen que sea tan así? —susurró Dalia.
—Quizá lo hace para asustarnos, quizá no —dije—. Nosotros podríamos decirle lo mismo sobre su gente en nuestro continente.
—¡Si hablan así de fuerte van a descubrir que tengo razón! —gritó Dalir desde adelante, y nos quedamos callados. Tenía buen oído… aunque no podía ver sus oídos entre tanto pelo.
Caminamos durante unos minutos hasta que llegamos a la posada de Dalir, señalizado por solo un pequeño letrero.
—“Refugio del Mar” —tradujo Cregh.
No era exactamente un lugar de lujo, pero era suficiente para pasar la noche. Prendimos algunas velas mientras sacábamos nuestras cosas. El cuerpo aun me dolía bastante, pero parecía que podía saltar sin hacerme más daño.
—Entonces, ¿tenemos que hacer algo acá antes de seguir? —preguntó Cregh.
—No sé. No hay nada claro en mis sueños desde que dejamos Alles… —dijo Dalia.
Suspiré. Mi sueño de explorar lo desconocido se estaba cumpliendo. Ahora iba a empezar lo bueno…


Madera & Hueso — 50 — Dalia


“Podemos hacer esto si seguimos todos juntos”, me habían dicho… Levanté la cabeza, tratando de sonreír. Estábamos al borde del continente de los bichos. Era hora de dar el siguiente paso adelante, y tenía que darlo con valentía.
En esos momentos estábamos en nuestra posada. Estaba hablando con Aldara.
—¿Cómo estuviste ocupando estos días? —le pregunté.
—Bueno… Estamos junto al mar —dijo—. Con tanta agua cerca tenía que practicar un poco. Lo que hice durante la pelea, levantar una ola entera… Fue increíble. Cregh en ese momento me dijo que tenía que probar mi límite. Así que eso estuve haciendo.
Tragué saliva. Nunca me había preguntado si las habilidades de Aldara tendrían un límite.
—Estuve pasando algunas horas junto al muelle, solo sentada hacia el agua —continuó—. A veces, por momentos, me parece ver que la corriente cambiaba de dirección. Y logro eso con solo mirarla… Es más fácil si también dirijo con las manos.
Era increíble. Demasiado cansado para expresarle mi entusiasmo con la voz, le di una fuerte palmada en la espalda. Ella sonrió, un poco confundida.
—Y todavía no sabemos que le paso a Ítalo —suspiró, cambiando de tema. Le pregunté a Cregh, pero solo me dijo que Ítalo le había pedido que lo ayudara a robar a un castillo…
—¿Qué? ¿Robar? —reí.
—Sí… Él tampoco entiende mucho qué era ese lugar. Pero me preocupa que Ítalo haya terminado tan herido… Si ese mago volviese a aparecer…
Aferré el mango de mi espada. No había pensado en eso, pero Aldara tenía razón. Salir sola por la noche había sido peligroso. Pero ahora íbamos a irnos. Mire a Ítalo, a un lado. Parecía vibrante y distraído… Había cambiado. Cregh trató de llamar su atención un par de veces, pero entendió que era mejor dejarlo estar.
Cuando bajamos de nuevo al muelle, el marinero que habíamos contratado nos estaba esperando. Un marinero que llevaría mercancía a otras fronteras… Con esa barba blanca y aspecto veterano, sentí que debía ser un hombre misterioso.
—Es raro ver a gente que quiere ir al viejo continente —dijo el marinero, que se presentó como Ernesto Alibar.
Subimos y el piso de madera se inclinó bajo mi peso, lo que me sorprendió. Una pequeña tripulación nos saludó con reserva. La nave circular era pequeña, comparada a los otros barcos anclados al gran puerto de la ciudad, pero iba a servir. Ernesto se veía muy seguro de sus habilidades. Y así fue que zarpamos hacía el Oeste… más allá de los reinos de los hombres.
Estas olas, pensé, son realmente las olas con las que soñé. Mucho se habló en esos días, incluyendo una charla acerca del robo que Ítalo había llevado a cabo en Havenstad… Explicación que al parecer había prometido a Cregh.
Ítalo nos contó sobre su familia, aguardándolo en las tierras del este; Nos contó que había tenido que hacer ese viaje para probarse a sí mismo ante ellos. Ítalo había encontrado la piedra que necesitaba, aunque la aventura termino desmoronándose a su alrededor… Y cuando Ítalo recobró la consciencia, un pedazo de la piedra estaba fundido contra su pecho. Pero no le dolía, terminó de explicar. Resultaba muy difícil de creer.
—Creo que ya era momento de contarles —Nos dijo—. Este viaje nunca fue acerca de Wendagon, para mí… Entonces no va a detenerse por falta de él. Hale, Hale por el Este… —exclamó, levantando una copa de aguardiente que nos había convidado la tripulación—. Sigamos adelante.


Madera & Hueso — 49 — Li




Con cada paso sentía el dolor. Arrastrando el pie izquierdo hacia adelante llegué hasta la salida del hospital. Me dijeron que debía descansar y que iba a empeorar si caminaba, pero ya había estado ahí tres días.
El día anterior había llegado Ítalo, inconsciente por alguna razón. Lo dejaron ahí sin explicaciones. Eventualmente despertó y se fue luego del almuerzo, diciendo que se encontraba bien. No sabía qué tan verdad era.
No había mucha gente afuera a esas horas. Calle abajo podía ver el mar mezclándose con el cielo, y a unas cuadras de distancia una carreta familiar. Me habrá tomado veinte minutos llegar hasta ella, pero era nuestra carreta. Desperté a los caballos y los desaté del poste. Me subí a la carreta con esfuerzo y la hice andar, tratando de ubicar la plaza.
Una bola negra de pelos salió de la nada y se subió a la carreta. Era Malo, que me había seguido, y sin siquiera saludarme fue al fondo de la carreta a seguir durmiendo. Gato flojo…
Llegué a la plaza luego de una hora, teniendo que ir lento para que la carreta no saltara con las piedras y agujeros del camino. Cada pequeño movimiento me hacía doler los huesos. Para mi suerte, una feria se estaba armando alrededor, con puestos de fruta, pescado, ropa, juguetes. Pero algo faltaba. Llegando a un espacio que aún estaba vacío, estacioné mi carreta y me bajé a buscar piedras. Piedras pequeñas, de todas las formas y colores, principalmente grises que eran las que más abundaban. Puestos se armaron a ambos lados de mí y más de uno me dijo que sacara la carreta, pero los espanté diciendo que ese era mi puesto. Ordenando las piedras, escribí en el suelo:

VENDO CARRETA — TRES OCATOS, CINCUENTA RORINTIOS

Y me subí a esperar el dinero. Era un plan infalible. Por otro lado, no había desayunado, y tenía que quedarme ahí a vigilar la carreta.
Las horas volaban mientras la gente se movía de un lado a otro. Algunos pasaban sin darse cuenta de mi oferta, otros la veían y seguían, y en una ocasión un niño se creyó gracioso y desordenó las piedras. Malo se entretuvo tratando de sacarle el brazo. Reordené las piedras mientras me preguntaba por qué nadie venia. Tres ocatos y medio era una buena oferta… a ese precio la habíamos comprado y fue lo más barato que había.
No me hubiera importado tener poca demanda, pero el hambre me estaba matando. Miré al cielo despejado. Iba a ser un día largo y caluroso.

Sentí que me estaban sacudiendo el brazo. Abrí levemente los ojos.
—Ey, Lang, despertá —dijo Aldara. ¿No podía uno descansar tranquilamente esos días?
Bostecé y traté de estirarme, pero sentí un fuerte dolor en el hombro y en la espalda y me retorcí.
—¿Que te paso? ¿Estás bien? —preguntó—. Nos costó encontrar la carreta, temimos que la hubieran robado. —Me levanté apoyándome en mi brazo bueno y disimulé el dolor.
—Sí, sí, no es nada. He estado peor. —En realidad, no recordaba haber estado peor, pero no quería volver en cama. De ahí no me iba hasta vender la carreta.
—Deberías haberte quedado en cama —dijo Aldara—. Vení, volvamos al hospital.
Puta madre, maldije.
—Estoy bien, Aldara. De no estarlo no podría haber llegado hasta acá en primer lugar.
—Es que me preocupás. ¿Qué pasa si llegan los del Oeste y te atacan?
Cielos, esa nena. Me senté completamente para responderle, y noté que Dalia también estaba ahí, mirando afuera.
—Eh, hola, Dalia —dije, y se giró para verme.
—Hola —dijo, con poco ánimo, y siguió en lo suyo.
—Em… Bueno, los del Oeste no saben dónde estamos —le dije a Aldara—. Es más, deben creer que ya nos fuimos en barco. Así que no pasa nada, no hay de qué preocuparse y definitivamente no me duele el cuerpo. —Sí, con eso iba a quedarse tranquila.
—Si vos decís… —dijo Aldara.
Vaya, de hecho, funcionó.
Miré hacia la calle y me aseguré de que mi anuncio siguiera armado. Ya parecía ser mediodía y la feria tenía más actividad que antes, pero nadie venía a comprar. Santas putas…
—¿No hay clientes? —preguntó Aldara.
—Ni siquiera han venido a regatear —dije. Con mirar a una mujer con una bolsa de comida ya sentía ese vacío en el estómago—. Y me estoy muriendo de hambre.
—Si querés voy a buscar comida —sugirió Aldara, mientras se bajaba.
—Sí, por favor... Ni siquiera desayuné. —Aldara me quedó mirando feo con eso último.
—Sos bastante irresponsable, ¿sabés?
—Gracias —dije, sonriendo. Aldara suspiró.
—Bueno, vuelvo en cinco minutos. Dalia, ¿Venís? —dijo, estirándole la mano.
—Sí —respondió, y se bajó sin mucho ánimo. Esa nena estaba rara. Y yo que pensé que íbamos a recuperar fuerzas mientras esperábamos ahí… Pero todos parecíamos más preocupados.

Aldara llegó pronto con algunas manzanas y una botella de leche.
—No sabés cuánto te lo agradezco —le dije, tomando una de las manzanas y dándole un mordisco—. Pensé que iba a seguir así hasta la tarde... —Mordí de nuevo—. Aparte que dan muy poca comida en ese hospital, la cena de anoche fue apenas un plato… —Mordí de nuevo—. Debo tener hambre acumulada de hace tres días —decía, de alguna forma hablando y tragando a la vez. Mordí de nuevo—. ¿Te pasa algo, Dalia?
—No estuve durmiendo bien, eso es todo —respondió. Noté que tenía ojeras, y no parecían de una sola noche.
—¿Por qué? ¿Ansiosa por el viaje? —pregunté. Le di otro mordisco a la manzana y mordí una semilla. Me la saqué de la boca y la tiré afuera; esos porteños no iban a tener puesto cuando creciera ese árbol.
—Sí, un poco… —dijo Dalia, dejándolo ahí. Terminé la manzana y seguí con otra.
—¿Y no estuviste viendo nada en tus sueños? —pregunté.
—No realmente.
—¿Por tres días? —Dalia me miro confundida—. ¿Segura que no es porque no querés dormir?
No hubo respuesta. Seguí masticando.
—¿Tienes miedo de ver algo malo? ¿Es eso?
Aldara y yo miramos a Dalia durante unos momentos, mientras yo seguía masticando. Dalia miro hacia afuera por unos segundos, hasta que finalmente asintió con la cabeza
Seguimos en silencio hasta que terminé la segunda manzana, y la dejé al lado de la primera. Tomé una tercera.
—No podés estar despierta para siempre… —dije—. Aunque no veas las cosas, el mundo va a seguir igual. En ese sentido, saber lo que no nos gusta es mejor que no saber.
Dalia miró hacia afuera un momento, y luego giró hacia nosotros.
—Sé que mi mama está sufriendo… Que está sola y que no sabe cuándo voy a volver o si voy a volver… No quiero verla así, sin poder abrazarla, sin poder ayudarla o decirle “te quiero”. Sé que tengo que ver al Oeste, pero no quiero ver a mi madre llorando sola... No quisiera tener este poder. —Bajó la mirada al terminar. Suspiré.
—Siempre pensé que eras muy joven para una misión así —dije, jugando con la pequeña manzana—. Tener que abandonar tu hogar por una misión tan peligrosa… Ahora Wendagon está muerto. Seguro no vaya a haber recompensa, nada que salga de esto. Puedo llevarte en carreta hasta tu pueblo mientras los demás siguen hacia el Oeste. Después de todo, Wendagon nunca nos obligó...
—¿Hablás en serio, Lang? —dijo, confundida.
—Todavía no vendo la carreta. El viaje tomaría unas semanas, pero me daría tiempo de recuperarme.
—Pero, ¿y la misión? ¿La abandonarías?
—No me importa mucho, pero puedo alcanzar a los demás. Si sabemos nuestro destino final, nos vamos a encontrar eventualmente.
Dalia se miró las manos durante lo que pareció un minuto. Un pájaro se paró afuera de la carreta y empezó a picotear el suelo. Agarró la semilla que había tirado y se fue. Saqué otra semilla y la tiré al mismo lugar; esos porteños no iban a apropiarse de mi espacio. Dalia levantó la cabeza.
—¿Ustedes van a seguir con la misión aun si no hay recompensa? ¿Con el peligro que implica?
Aldara me miró, como preguntando si hablaba ella o yo. Decidí hablar primero.
—Pues sí —dije—. Lo hago porque… siempre quise ir a un lugar lejano, irme lo más lejos que pueda. No me preocupa el riesgo, considerando como viví, cazando criminales con Malo… —me pregunté qué tanto de eso era cierto. Me pregunté si incluso yo lo sabía. Solo sabía que en ese grupo me sentía diferente, que su compañía era distinta a como Malo me había hecho sentir.
—¿De quién escapás, Lang? —preguntó Dalia.
—No escapo de nadie, realmente.
—¿Y vos, Aldara?
—Pues… Yo sí… Al principio fui con Wendagon porque escapé de un calabozo —dijo Aldara.
¿Q-Qué? —dije, riendo en incredulidad.
—Pero ahora sé que hay una profecía y… pienso que si nos separamos vamos a fracasar. Me da miedo, pero lo hago por el bien de nuestro grupo. Y de todo el continente… Quizá. Aunque quisiera, no estoy lista para volver atrás.
—No lo haces porque querés… —resumió Dalia, pero Aldara negó con la cabeza.
—Quiero, porque es lo mejor para todos, aunque pueda no serlo para mí.
Dalia volvió a mirarse las manos.
—Ya veo. —Durante unos segundos se mantuvo en silencio, hasta que levantó la cabeza tratando de sonreír—. Supongo que voy a seguir con el viaje. Si ver a mamá y no poder ayudarla es malo, tampoco quiero verlos a ustedes sin poder ayudarlos.
Suspiré profundamente y empecé a comerme de una vez la tercera manzana. No tenía mucho sabor.
—Esperemos que Ítalo y Cregh digan lo mismo —dije—. No tengo muchas expectativas del mago.
Ninguna de las chicas dijo nada.
Terminé de comer la manzana y la dejé al lado de las otras dos. De pronto, escuché una voz desde afuera.
—Disculpe, ¿usted está vendiendo esta carreta?
Oh, cielos.

Me dolía horriblemente la pierna por bajarme muy rápido, pero con la venta... me dolía lo mismo. El grupo tenía dinero para un barco, pero si la misión no iba a tener recompensa, necesitaba hacerme nuevas ganancias. Estaba satisfecho. El cliente no se podía llevar la carreta hasta que desarmaran la feria, así que íbamos a tenerla hasta la noche. Cuando me giré a ver a las chicas, me encontré con Dalia durmiendo sobre las piernas de Aldara. Debía decir que ese había sido un buen negocio.
En fin, caminando a paso lento, cojeando, me dirigí a buscar un negocio de armas.
Al abrir la puerta del negocio sonó una campanilla. Un viejo apareció tras el mostrador.
—¿Se le ofrece algo? —me preguntó. En las paredes había una enorme variedad de espadas, dagas, arcos, mazas... todo menos armas de fuego.
—Revólveres, ¿tiene? —pregunté. El vendedor sonrió, fue a buscar algo y volvió con un revólver. Probé levantarlo.
—El más pesado —dije—. Me preguntó si me será suficiente.
—No hay ser que pueda seguir caminando con un disparo de esta belleza. A menos que sea un lagarto gigante, claro. Esas cosas pueden seguir hasta con seis tiros en el cuerpo… ¿Va a cazar un lagarto?
—No realmente, pero mi blanco es casi intocable. Las balas se desvían.
—Un mago… Ah, ¿vos estuviste en esa pelea en el muelle de hace unos días?
—Vaya —dije—. ¿Estuvo ahí?
—Me lo contó mi señora —dijo el vendedor—. Y vi los destrozos que causó. Casi todo el pueblo habló de eso… No me diga que va a enfrentarse a esa bestia.
—Voy a enfrentarme a esa bestia —dije, riendo. Cada risotada me hacía doler las heridas que esa bestia me había causado.
—No le creo... Venga, acompáñeme. —El viejo me hizo una seña para seguirlo atrás de la tienda, donde guardaba el resto de las armas. Empezó a mostrarme los distintos revólveres.
—Dice la gente que ese mago no era humano. ¿Es cierto eso? —preguntó.
—Es un bicho del Oeste —dije—. No sé qué especie, pero sabemos que es del Oeste...
—Esos bichos no son de fiar… Por eso no les atiendo. Son resentidos, sienten un odio profundo y siempre presente hacia la humanidad. Ya pasaron siglos desde la guerra, pero para ellos es como si hubiera sido ayer. Encima no mueren fácil.
El viejo se dirigió cerca del final de la larga mesa y se acercó con una caja. En su interior había un modelo Hermanos Skowroneck.
—Este es un revolver un poco más caro, pero podemos negociarlo. Hay otros más caros, pero creo que este cumplirá bien con tu propósito.
—Parece algo interesado en que acabe con el mago —dije. El viejo rió.
—Más bien diría que es una... precaución. Un mago como ese… No hay muchos que pudieran hacerle frente. Pareciera que la era de los grandes magos terminó luego de la guerra. Por más que acá celebren esas competencias de magia, no es más que espectáculo. Me da miedo, la verdad.
Al final compré el arma, y llené mi bolso de municiones. Sospechaba que no iba a poder conseguir mucho en el Oeste. Me estaba yendo a la puerta cuando el viejo me llamó.
—Que tenga suerte, ¿señor...?
—Esteban —dije—. Me llaman Esteban.
Cerré la puerta de la armería, y…mi pierna… iba a tener que ir al hospital pronto.
Me dirigí a la feria, donde ya se habían llevado la carreta.
—Bien, vamos de vuelta al hospital —dije.
—Lang —me detuvo Dalia, ya despierta.
—¿Qué?

—¿Qué hay que ir a Gangshi? —pregunté, acostado en el hospital. Los cinco nos habíamos reunido.
—Sí —dijo Dalia—. Vi un letrero con ese nombre en un sueño, e Ítalo lo confirmó.
—Pues ya era hora —dijo Cregh, entusiasmado—. Eh, ¿y cuando nos vamos?
—Tan pronto como consigamos un barco —dijo Dalia.
—Yo puedo ir al muelle a buscar —dijo Ítalo.
—Voy con vos, entonces —dijo Cregh, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Yo también. —Dalia se levantó para seguirlos, pero Ítalo se detuvo.
—Te ves algo cansada. Deberías quedarte.
—¡Me encuentro bien! —exclamó Dalia, y salió de la habitación primero. El resto siguió pronto.
No me quedaba nada más que esperar.

Mientras estaba almorzando volvieron con buenas noticias. Podíamos salir esta misma tarde.
—¿Tan pronto? Pensé que iba a tomar unos días… —dije. Apenas se me estaba pasando el dolor.
—Un marinero tiene que dejar un cargamento y nos puede llevar a buen precio —dijo Dalia—. Ítalo estuvo investigando y los viajes son muy raros… Es el único que va a ir. Pero si quieres recuperarte por unos días más…
—Creo que sería lo mejor —dijo Ítalo.
—¡No hay problema! —dije—. Puedo caminar perfectamente hasta allá.
—Entonces empecemos a juntar nuestras cosas —dijo Dalia, y se fueron a la posada.
Terminé de comer y salí una vez más junto a Malo. Con cada paso sentía el dolor de mis huesos. Arrastrando el pie izquierdo hacia adelante llegué hasta la salida del hospital. Me dijeron que debía descansar y que iba a empeorar si caminaba, pero ya había estado ahí cuatro días.
Apenas podía contener mi emoción. Realmente iba a zarpar más allá de todos mis viajes.