lunes, 4 de junio de 2018

Introducción


Bienvenidos a Gwrol, el repositorio de historias fabricadas en el foro Gwrol. Lee la historia del grupo o pasa a nuestras obras:

Madera y Hueso
2014-2018
Épica de fantasía; un grupo de cinco héroes impensados debe explorar un continente desconocido.

Empezar







Dos Noches de Verano
2013-2015
Novela corta - Thriller de horror;
Cuando personas desfiguradas desbordan la ciudad y las leyes de la naturaleza parecen quebrarse una tras otra, un grupo de supervivientes intentara llegar a la zona de evacuación con vida.

Empezar

Madera & Hueso — 80 — Ítalo


Cuando lo tuve entre mis brazos fue la primera vez que me sentí bien en mucho tiempo. No paraba de llorar y no importaba cuanto meciera, el llanto solo se hacía más fuerte. La madre lo reclamó con los brazos extendidos. Se prendió de su pecho y empezó a conocer su entorno en los primeros minutos de su vida.
Cuando abrió los ojos, Isolda habló con un tono afligido.
—Qué mal padre, ¡se quedó con los ojos azules para él solo!
Giró la cabeza y me miró. Tampoco tenía los ojos de su madre. Creía saber a quién pertenecían esos ojos.
—¡Mira esos piecitos! Son idénticos a los tuyos —dijo Isolda, haciéndome reír. El segundo dedo del pie se torcía hacia adentro, como cubriendo el resto de los dedos.
—Es toda una tradición de la familia. Está en la sangre —dije. Ella se quedó en silencio contemplando al niño.
Sentí que él era mi primera decisión independiente. Qué había dejado de ser un simple esclavo del destino. Qué por primera vez me saqué el peso del continente. Quizás ese sentimiento en la boca del estómago era lo que la mayoría de gente llamaba felicidad. Había sentido destellos de él durante la infancia y la adolescencia, pero se habían teñido del negro de una noche sin luna. Ahora era tan fuerte que amortiguaba la pena, la gloria, el desahogo, la ansiedad y el vacío de todo el viaje al Oeste. Volvió a mi memoria la cabeza de Dalia mirando en esa dirección; el cuerpo de Karus arrodillado en el lodo; las noticias de la muerte de mi primo. Pero en ese momento toda mi vida se redujo a mujer con una vida en su vientre.
—Quizás sea el momento de no sufrir más —susurré, ignorando el sabor metálico que acababa de sentir detrás del paladar.

FIN

Madera & Hueso — 79 — Veringrad


De Havenstad a Craster en no más que un parpadeo.
El calor del verano y el sol de mediodía caían directamente sobre Aldara e Ítalo. Un vendaval tibio los despeinaba. Fragmentos de memorias los asaltaban. Un intento de sosiego, que se rompió en un instante con un gruñido y unas garras arrastrándose en la tierra.
En las afueras de la ciudad se les presentó una araña. Al inicio del viaje habían visto una adulta; esta era incluso más grande. Su rostro de humano mostraba un anciano. Ítalo trastabilló; había perdido su arco. No tenían las balas de Li como la última vez. Aldara abrió una de sus cantimploras, incluso con un solo brazo sano. Lanzó una estaca de hielo, pero la araña la quebró en el aire con una de sus enormes patas. Entonces la dirigió hacia ellos, y tuvieron que saltar a un lado para quitarse del camino. La araña no esperó y pisoteó de nuevo contra Ítalo, haciendo que este tuviera que girar en el suelo para evitarla. Aldara uso el momento para lanzar otra estaca; esta dio en el blanco, pero simplemente se quebró contra la piel de la araña.
Ítalo no conseguía calmarse y pensar; su mente estaba ocupada por el Deus y el hecho de que una araña estuviese tan lejos de la capital. Aldara tuvo que ser la que actuase, corriendo hasta Ítalo y sacándole el anillo.
Aldara hizo magia por primera vez, y aparecieron en el otro extremo de Craster. Los dos recuperaron el aliento.
—¿Qué hacia una araña tan lejos? —preguntó Ítalo.
—El Deus volvió locos a todos los bichos —dijo Aldara. Entonces se llevó la mano a la boca—. Cregh...
Ítalo tuvo que sacudir la cabeza para unir los puntos. El hermano de Cregh era un bicho… Cresso. Miró la sangre que había en el camino de polvo que transitaban.
—No hay mucho que podamos hacer por él.
—Quiero caminar —dijo Aldara, mirando el anillo. Ítalo abrió la boca para nombrar el posible peligro. También entendió que la mujer que tenía enfrente se había llevado puesto medio continente ella sola.
—Bien —dijo Ítalo, con una sonrisa a medias—. Tenía ganas de caminar un poco más. No sé si quiero llevar a Veringrad todavía.
Caminaron en silencio por un cuarto de hora. El viento les invitaba a respirar libertad, pero en sus cabezas —sobre todo en la de Ítalo— los pensamientos empezaban a echar raíces negras. Cada vez que miraban el horizonte se volvía una escena más y más intranquila e incómoda.
—¿Sabés? Nunca pensé que esto iba a llegar —dijo Ítalo.
—¿Qué cosa?
—Esto. Hoy, ahora. No imaginaba que este día iba a existir.
—¿Pensabas que íbamos a morir? —preguntó Aldara.
—No, no es eso. Jamás pensé que el volver a casa se sentiría así.
—¿Cómo así?
—Cómo... cualquier otro día.
Se hizo un silencio. Aldara agachó la cabeza.
—Esperaba que después de entregarnos en cuerpo y alma por la misión, todo estaría resuelto —dijo Ítalo, enojado—. No esperaba ninguna recibida espectacular, ni siquiera sé si espero encontrar los ocatos que prometió Wendagon. Pero parece que volvemos con más preguntas que respuestas.
—Ítalo…
—No solo eso. Los bichos parecen haberse vuelto dementes —Ítalo señalo atrás—. Esa araña no es casualidad.
—Ítalo…
—¡Maté a mi hermano! ¿Y qué ganamos? ¿Un hogar revuelto?
Ítalo contaba verdades a medias. El problema no era Alles, ni las arañas, ni el hermano de Cregh. Una vez que se bajó del barco y pisó el continente, no se sintió tranquilo. No encontraba calma. Le había confesado a su hermano que no quería sufrir más. Nada parecía ir en la dirección correcta. ¿Los dioses los habían abandonado? ¿No eran más que títeres, un entretenimiento para fuerzas que estaban sobre sus cabezas? No se sentía realizado de haber realizado la misma proeza que alguna vez Ansala del Valle y su grupo habían llevado a cabo.
—La vida sigue —dijo Aldara, apacible. Pero sus ojos eran severos, diciéndole a Ítalo que ella no entendía.
El Cazador corrió los ojos y miró a un lado del camino. Aldara se irritó.
—¿No te acordás de la oscuridad de Verin? Todo el continente podría ser así si no fuera por nosotros. No ganamos gloria ni fama. Ganamos una chance para nuestro pueblo.
Quizás Ítalo fue demasiado cómodo en pensar que las cosas funcionaban como en las leyendas. Redimirse no era tan sencillo. Después de la hazaña había un día tan corriente como cualquier otro. Ítalo se mordía la lengua, rezando no volver a sentir el metal que raspó tanto tiempo su garganta. Le dio la espalda a la Nereida y cerró los ojos.
Abstrayéndose de sus propios problemas, entendió qué decía Aldara. Ella no tenía patria, familia o riqueza a la cual volver. No tenía siquiera una cama donde apoyar la cabeza. Había matado a su prometido, abandonado a su familia. Era una prófuga de la ley. Él no podía quejarse demasiado. Sin embargo, no entendía cómo la nereida había encontrado esa fortaleza para tomarse las cosas así.
Quizá porque la única dirección que Aldara conocía era adelante.
El cazador se alejó un par de pasos del camino y se apretó el entrecejo con los dedos. La presión no era suficiente para contener las lágrimas, por lo que directamente empezó a meterse los dedos en los ojos.
—Tengo que mear —dijo, con un nudo en la garganta.
Aceleró el paso hasta unos árboles alejados del camino. Se sacó el cinturón y suspiró. Las manos le temblaban. El Cazador tenía dos ideas en la cabeza para la vuelta a casa: encontrar certezas y nunca más ser lastimado por nada. Las posibilidades, que habían parecido tan controlables y acotadas, ahora se abrían, fluían y se desparramaban por cada pensamiento que su mente imaginaba.
Ahora parecía que el camino que había elegido era mucho más difuso y empinado de lo que había pensado en primer lugar. Deseaba un sendero recto y sin obstáculos, porque consideraba que ya había sorteado demasiados. Deseaba subir a una carreta y que el resto del viaje fuera un paseo ameno y manso. Se dio cuenta en ese momento que todavía le quedaban muchas madrugas de insomnio galopante. Ítalo, que fue el Cazador, había cumplido con la misión que se le había encargado; un evento previsto por los oráculos a lo largo y ancho del mundo desde hacía doscientos años. Y ni siquiera para él había garantías del mañana.
Se subió el pantalón y respiró profundo. Le dolía empezar aceptar que así eran las cosas. Había perdido cualquier rastro de inocencia que quedara dando vueltas en su pecho.
Cuando volvió, la mirada de Aldara había perdido intensidad. Ahora sus ojos se desviaban. Ítalo pensó por un segundo en volver a Craster, comer algo y saludar a su primo. Pero de su boca salieron otras palabras.
—Vamos a casa.
Aldara, que todavía tenía el anillo, no dijo nada. Se tocaron y estuvieron en la entrada de Veringrad.
No tuvieron que adentrarse en la muralla para ver la ciudad. Las casas, las construcciones; todo parecía reducido a escombros. Columnas de humo se erguían en incendios incontrolables alrededor de la muralla. El olor a sangre mezclado con la ceniza los invadía. El suelo estaba repleto de extremidades cercenadas y desparramadas en una laguna roja que no discriminaba entre humano, bicho y araña.  El panorama era la expresión del horror. Ítalo se llevó las manos a la cabeza y se quedó helado. Aldara trastabilló y cayó al suelo.
La capital había sido tomada.
—Dioses —susurró Ítalo.
De entre los pedazos de piedra, la madera quemada y el humo, empezaron a haber movimientos. La nereida los notó y se paró tan rápido como pudo. Empezó a sacudir a Ítalo, que todavía estaba aturdido.
—¡Ítalo, de pie!
Lo zamarreaba sin ninguna respuesta. Aparecieron varias arañas en la escena, con rostros de bebé humano coronando sus cuerpos repulsivos. Sus intenciones violentas eran claras. Aldara volvió a gritarle en el oído a su compañero. Pero Ítalo no reaccionaba, así que se tocó el anillo y cerró los ojos. Deseó estar en otro lugar con toda su alma. El primer recuerdo concreto que le llegó fue el comedor de la casa de Wendagon.
El aterrizaje fue especialmente duro. Aldara cayó sobre una mesa e Ítalo cayó de cabeza contra las piedras del piso. Todo era oscuro. Las persianas y ventanas estaban selladas.
—¿Ítalo? ¿Estás bien? —preguntó Aldara, mientras se intentaba levantar. Él no respondió.
Mientras se incorporaba, aparecieron un par de pasos tímidos. Aldara llevó su mano a su alforja.
—¡Quieto! —gritó.
—¿Son humanos? —preguntó la voz—. ¿Cómo entraron?
La voz parecía alegre de encontrar personas. Aldara no sabía usar el anillo, pero debían seguir en Veringrad.
Una luz iluminó el lugar. Un joven apareció llevando un farol. Aldara relajó las manos, y el joven la ayudó a bajar de la mesa. Con la luz pudo reconocer  el lugar; era la casa de Wendagon.
—Ítalo.
Rodeó la mesa corriendo y trató de sentar al Cazador. Tenía un corte enorme en la ceja, sangrante. El joven se acercó y alumbró, y la luz pareció despertar a Ítalo. Quitó las manos de Aldara y se tomó la cabeza; la sangre se le metía en el ojo.
—Son ustedes —dijo el joven, esbozando una sonrisa y haciendo una reverencia—. Volvieron.
—¿Nosotros? —preguntó Aldara.
—Los de la profecía; los elegidos.
Aldara lo miró extrañada.
—Vos... ¿cómo sabés eso?
—Él es el que nos alcanzó los caballos —dijo Ítalo, con una voz neutra. No se podía saber qué sentía.
—¿Está bien, señor? —dijo el siervo, acercándose para ver la herida —. Soy Evelio, el ayudante de Wendagon. Los estaba esperando... aunque no hayan triunfado.
Eso creó un silencio punzante. Aldara no podía abrir la boca; sentía la garganta seca. Ítalo se tomaba la cara, lamentándose. Evelio no entendió lo que les había causado. Se fue del cuarto, dejándolos a oscuras. Ninguno de los dos hizo sonido alguno. El siervo volvió diez minutos después, con dos pequeños cofres bajo el brazo y una toalla que extendió a Ítalo. Puso los cofres en el piso y se arrodilló. Con mucho cuidado, quitó sus candados y los volteó en dirección a los elegidos. El brillo de las monedas entró de lleno en los ojos de Aldara. El oro negro de los ocatos tocó su alma. Era incalculable. Era real, y era suyo.
Ítalo se asombró y se sintió un poco menos solo. El metal negro le daba lo mismo, pero representaba una caricia de Wendagon desde el más allá. El cazador posó el trapo en su cabeza y miró como la sangre lo empapaba.
—¿Hay tres cofres más? —preguntó.
—Sí —dijo el siervo, titubeando.
Aldara se acercó, incrédula, y tomó un puñado de ocatos, escuchando el tintineo.
—Nunca… vi tantas monedas juntas —dijo Aldara, con una risa fría. La realidad de que estaban rodeados de ruinas empañaba el momento.
Mientras Aldara apegaba a su cuerpo el cofre, Ítalo miraba el candil que daba luz. Su toalla se teñía de rojo y el sangrado empezaba a menguar. Su párpado se había inflado hasta tapar su visión. Deseaba tener la energía de la piedra para poner su cuerpo en orden. Una vez juntó fuerzas, pudo hablar.
—¿Qué pasó? ¿Qué es todo este desastre?
Evelio corrió la mirada y buscó ayuda en la oscuridad del cuarto.  Jugó con sus manos y suspiró.
—¿Ustedes no saben… ? No... No sé qué pasó exactamente.
—¿Cuándo paso? —preguntó Ítalo.
—Hace casi dos semanas. No vi lo que pasaba en la ciudad; me quedé en el altillo hasta que me quedé sin comida. Parecería que la situación se tranquilizó por acá.
—¿Acá? ¿Qué es acá? ¿No ves todo en ruinas?
—En el barrio privado... —aclaró Evelio, tímido—. Hay magos y soldados combatiendo y patrullando. Es el sitio mejor ubicado y con las mejores construcciones. Pero no me animé a salir. Y… tenía la misión de quedarme acá, esperándolos.
Evelio los guio hasta la cocina para ofrecerles agua y humildes pedazos de pan duro. Comieron sin decir más. Evelio apareció con medicina casera para la herida de Ítalo. Con la misma delicadeza con la que manejaba todo, vendó la cabeza de Ítalo.

Las calles del barrio alto estaban irreconocibles. Parecían Laertes. Sin embargo, Evelio no mentía; era la zona que había tenido más suerte. El viento traía el humo y el olor a descomposición del resto de la capital. Aunque no traía nada más: no había señales de peligro.
Ítalo podía usar en anillo para entrar a la casa sin pedir permiso, pero prefirió tocar la puerta y esperar. Aldara se veía intranquila, abrazada a su cofre. La espera le empezó a formar un nudo en la garganta. Sus padres podían estar refugiados en cualquier parte… Ítalo se dio vuelta y en ese momento se levantó una voz masculina del otro lado.
—¿Quién es? —Ítalo reconoció la voz al instante.
—Soy yo, papá.
Se escuchó el metal de los cerrojos corriéndose, y el gran portón del caserón del Valle se abrió. Adán los miró estupefacto. Ítalo se abalanzó sobre su padre antes de que pudiera entender. Tras un instante, los brazos de su padre lo envolvieron.
—Hijo mío —rió.
Ítalo había empezado a llorar y no podía modular las palabras.
—Ha... Han... Hanzel está…
Pero entendió que esa no era la verdad. Esa no era la noticia.
—Yo... maté a Hanzel.
Adán no dejó de abrazarlo, pero no lograba entender. Ítalo esperaba que su padre lo ahorcara, que lo matara ahí mismo. Quizá hasta lo quería. Los segundos pasaron y no se animó a abrir los ojos. Cuando pasó un minuto entendió que su padre no iba a reaccionar así. Cuando quiso darse cuenta, Adán lo había soltado y había entrado a la casa.
Su madre apareció corriendo y cubrió a Ítalo en afecto.
—¡Hijo, por fin volviste! —dijo Catarina.
El cazador secó sus lágrimas y se quitó a su madre de encima. Ya había dicho lo que quería decir. Desde adentro su padre lo miraba, e Ítalo buscó algo en su mirada que lo guiara. Quería una respuesta, pero en el rostro de Adán no encontró nada. Se volteó para buscar entre sus cosas. Tomó una caja de madera y, sin sacarle la vista a su padre, mostró la piedra del rayo. Su madre gritó de la emoción y aplaudió. Adán empalideció. La piedra lo traía a la realidad. Las palabras de Ítalo ganaban valor; eran ciertas. Su esposa saltaba y exclamaba, ignorando por un rato el desastre que era el mundo: de Verin a Veringrad, un mundo movido por la sangre derramada.
A Ítalo no le interesaba si el resto de su familia lo consideraba un traidor. Necesitaba la respuesta de su padre, el que enseñó a Hanzel a manejar los revólveres desde los trece años. El que lo instruyó en combate y lo preparó para las cruzadas de magos. El que había olvidado a su otro hijo en pos de que el primogénito fuera una leyenda.
—¿Y esta muchacha? —dijo Catarina—. ¿Está con vos?
—Sí, está con él —dijo Adán—. Todavía debe quedar algo dulce para ofrecerles, ¿no? ¿Por qué no la acompañas mientras yo le reviso las vendas a Ítalo?
El cazador entendió y se metió en la casa. Entró al primer cuarto que vio, seguido por su padre. Adán cerró la puerta con delicadeza. Su postura encorvada parecía decir que su enorme contextura solo era la carcasa que ocultaba un ser diminuto.
—Hanzel... ¿murió? —dijo Adán, en un hilo de voz.
—Sí, papá. Yo lo maté —Ítalo miraba el piso. Adán parecía estar concentrándose para no colapsar; su respiración se entrecortaba con un llanto prematuro. Ítalo continuó—. Servía a los bichos del otro continente. Nos dejó porque se había convertido.
—¿En qué? ¿Hanzel... estaba en el Oeste? ¿Qué...?
—Se convirtió a la iglesia del Oeste… —Ítalo señaló la túnica blanca que todavía llevaba—. Desde hace muchos años. Colaboró con todo este desastre. Las arañas y los bichos se revelaron una razón, papá; la leyenda de nuestra familia. Hanzel buscó revivir a la misma criatura que Ansala mató hace doscientos años. Y lo hizo. 
—Ítalo —susurró Adán—… Dejá de mentir.
—Papá, pasó eso.
—¡Dejá de mentir! ¡Qué derecho pensás que tenés para aparecerte y empezar a escupir una mentira detrás de la otra!
—No miento.
Ítalo sacó de su bolso el libro del Arte Alternativo y se lo extendió a su padre.
—Esto es de él. Un libro de hechizos más allá de la magia corriente.
—Ítalo, no sé cómo conseguiste la piedra… pero Hanzel no haría eso.
—Papá, al igual que Ansala, yo fui uno de los elegidos para parar a la bestia del Oeste.
—Hijo, ¿vos? ¿Por qué serías vos?
—¿Qué? ¿Mi palabra no es suficiente? ¿Ni la piedra, ni el libro? Soy el Cazador del Este. Wendagon me vio en sus visiones. Tengo un cofre con los ocatos que nos prometió.
—¿El Cazador? Te pido que no blasfemes. —Adán tenía la voz ronca.
—¿Quién pensás que es la mujer de allá afuera?
—De ninguna manera. —Se dio vuelta y salió del cuarto. Temblando, Ítalo salió a la cocina, donde Catarina servía un vaso de agua de Aldara. Adán la miraba sin decir nada. Ítalo respiró profundo y se tomó el rostro.
—Aldara, ¿me harías el favor de darme hielo?
La nereida asintió con la boca llena de masas. El agua de su vaso empezó a cruzar el aire, congelándose. Ítalo lo tomó y se lo apoyó sobre la frente, para ayudar con su dolor de cabeza.
—¡Guau! ¡Una maga! —dijo Catarina. Adán los miraba con una mirada grave.
Ítalo puso una mano sobre el hombro de su padre. Aldara entendió y le pidió a Catarina si podía acompañarla fuera del cuarto. Ítalo empezó a hablar.
—Entiendo que no quieras aceptarlo. Es mejor seguir preguntándose dónde está. Yo quisiera seguir preguntándomelo… Un día una carta pone a todo el continente sobre mi espalda. Tenía que parar a la bestia, pero Hanzel quería ayudarla. Traté de entenderlo, tratamos de hablar. Deseaba qué hubiera una razón, un motivo para que quisiera lastimarnos. Pero… no pude entenderlo. Había demasiada distancia entre nosotros —Ítalo dejaba caer unas lágrimas lentas y amargas—.  Ninguno podía… aceptar la visión del otro. Era como si fuera un bicho… Y los bichos y las personas solo sabemos hacernos entender con sangre.
Su padre estaba inmóvil, pero empezaba a mover la boca.
—La leyenda era real. El Deus despertó. Lo cazamos con la misma espada del Caballero de hace doscientos años… La sacamos de entre sus dedos.
La mirada de su padre no parecía ser la misma. Abrió la boca, y la respuesta que dio no era la que esperaba Ítalo.
—Destino obra de maneras misteriosas —dijo, con la voz recuperada—. Eso fue lo que me dijo el Oráculo que estudió tu sangre. Podría no haber dicho nada. Pero se refería a esto.
Adán abrazó tímidamente a su hijo, todavía con algún recelo. Ítalo también lo abrazó y notó esa inseguridad. Entendió que eran demasiadas cosas juntas para un viejo acostumbrado al remanso de una vida solucionada.
—No es momento para que lo sepa tu madre. Ni la familia. No sé cómo se lo tomarían —dijo Adán.
Ítalo sonrió y asintió. Tomó el hielo y lo derritió en su puño. Olvidó el corte en su rostro, las arañas, y que su amiga era una fugitiva en un mundo sin ley. Sus inseguridades se disiparon cuando supo que sus pecados tenían perdón. Ahora, con los pies sobre lo que quedaba de su patria, encontraba un norte. Una razón, un nombre que sobresalía sobre el resto.
Isolda.
Ella sería la primera certeza. Salió de la casa sin siquiera cambiarse la túnica blanca.

◘◘◘◘◘

Las luces del burdel estaban más bajas que de costumbre. Ubicado en el barrio rico, los efectos de las arañas se disimulaban. Sin embargo, esa noche no había música ni movimiento. Ítalo tocó la puerta y esperó. Alguien abrió la mirilla y abrió de inmediato. Era un rostro nuevo, no era la recepcionista de siempre.
—Señor del Valle, pase.
Ítalo se dio cuenta que todavía no se había sacado la insignia del ojo. El lugar estaba desierto, pero sintió una tranquilidad particular. El perfume le entró de lleno, sin las impurezas del tabaco de los consumidores. Un aroma fresco y frutal, que le recordaba cuanto hacía que no tomaba Crystalina.
—Buenas noches, señor —dijo—. Estaba buscando... a Isolda.
El joven asintió y pasó por detrás del escenario y las mesas vacantes. A Ítalo no se le hizo tan raro que ese sistema siguiera funcionando de alguna manera. Había algo sensual en ver a la muerte cara a cara, rompiendo con la tranquilidad de la rutina. Corriendo una cortina, salió Isolda, con pasos cortos y tímidos. Ítalo creyó que era la primera vez que la veía completamente vestida. Incluso vestida le generaba lo mismo que entre las sábanas. Estaba seguro de que no había otra mujer.
 Ella se acercó despacio, cabizbaja.
—Isolda, ¿no me vas a saludar? —dijo Ítalo. Ella lo miró extrañada. Estiró su mano hasta la capucha y la corrió. Los ojos de Isolda se expandieron, recalcando la forma de almendra que tenían.
—¿Ítalo?
—¿Quién más sino?
Isolda le tomó la cara y lo besó con pasión. Cuando se despegaron, ella suspiró.
—¿Qué pasa? —preguntó Ítalo—¿No te dijeron que era yo?
—Es que… Pensé que eras otro. Te dejaste crecer la barba, tus vendas y el… Pensé que no ibas a volver —soltó una risa triste.
—Pensaste mal, querida —dijo Ítalo—. Tenía que decirte algo, ¿te acordás lo que te prometí?
—Si.
—¿Entonces qué estás esperando para agarrar tus cosas? —Ítalo mostraba una sonrisa pícara.
—¿En serio? —Isolda se apretaba las manos.
El Cazador asintió y ella lo abrazó.  Se pegó a su pecho por un rato largo. Ítalo sintió como las pulsaciones de Isolda latían muy rápido. El abrazo duró hasta que bajaron y se estabilizaron.  Conocía muy bien como latía el corazón de Isolda. Estaba actuando extraño.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—No, no —se apresuró a negar ella—. Es que… pensé que habías muerto.
Ella sonrió sin mover los ojos. Él le indico con la cabeza e Isolda fue de inmediato a buscar sus cosas. Ítalo se acercó hasta el recepcionista, que estaba revisando un cuaderno de contabilidad.
—¿Cómo va el negocio? 
—Bien —dijo el joven, confundido, mientras cerraba el cuaderno —. ¿Hay algún problema?
—No, para nada. No tengo ningún problema. Solo quería avisar algo. Isolda  jamás va a volver a pisar este lugar —y le deslizó dos ocatos.
—Señor, no puede comprarlas. No están a la venta.
—No, no —rio Ítalo—. No la estoy comprando. Ella está viniendo por voluntad propia. Estoy pagando por tu discreción.
—Las cosas no funcionan así, señor.
—Rige la ley de la jungla desde hace unos cuántos días. Creo que estás subestimando mi buena voluntad.
—Señor, tenemos un negocio y tanto Isolda como el resto de las chicas son indispensables.
—Me parece que no estás entendiendo que ella va a salir por esa puerta. Solamente estás decidiendo si hoy volvés a casa con dos ocatos o con un tajo en la garganta.
Isolda corrió la cortina y apareció con una valija grande y pesada, y el recepcionista suspiró. Estiró su mano hasta los ocatos y los sacó de la mesa. Isolda miró a Ítalo con una sonrisa que no había visto nunca en ella. Se acomodó el pelo y abrió la puerta, sin esperarlo. Ítalo le dedicó una última vista a aquél lugar. Nunca lo había visto así, sin el calor humano, el ruido y el alcohol.  Se le hizo mundano y mediocre.  Pensó que era un fiel reflejo de lo que él había sido. No se le hizo extraño haber frecuentado esos antros.  Cerró una puerta que no iba a volver a abrir. 
Ella insistió en llevar su maleta.
—¿Hay que buscar algo más a tu casa? —preguntó Ítalo.
—Dudo que quede algo intacto —dijo Isolda. Ítalo se dio cuenta que ella no vivía en el barrio alto. Nunca había pensado en eso.
—¿Tenías toda esta valija en el burdel?
—Sí, agarré todo lo que pude y volví para acá. El área del burdel era muchísimo mejor que mi vecindario. La mayoría de las chicas estábamos en la misma situación. Pero llegaste vos —Isolda se apegó a su brazo.
—No vas a tener que preocuparte más. De ahora en adelante vas a ser mi concubina.
—Esperá, ¿cómo pasé de reina a concubina?
—Cambiaron el libreto; hay un par de líneas distintas a como estaban antes.
—Qué mal.
—Pero vamos a hacer que las cosas funcionen —dijo Ítalo, y la besó. Ella aceptó sin quitar la sonrisa de su rostro.
Ítalo sacó el anillo de entre sus prendas y se lo puso.
—Voy a mostrarte algo que aprendí durante el viaje —le dijo Ítalo.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo? —inquirió Isolda.
—Uf, dónde no estuve, querida.
—Contame, quiero saber.
A pesar de la seguridad relativa que había en el sector, prefirió no correr riesgos. Ítalo le tomó la mano y le dijo que cerrara los ojos. En un parpadeo aparecieron en el cuarto del Cazador.
—¿Qué hiciste? ¿Desde cuándo sos mago? —dijo Isolda, algo molesta. Estaba demasiado acostumbrada a que la quisieran seducir usando magia.
—No soy mago. Es cosa de este anillo que conseguí en el viaje.
—Puedo creerte cualquier cosa.
Él se rió, tomó su maleta y la puso contra un costado de la habitación. Le ofreció que se acostara en su cama y ella se desplomó como si viviera ahí desde siempre. Ítalo se acostó a su lado y la miró. Se  sostenía su cabeza con la mano.
—En serio, no me vas a creer —dijo Ítalo.
—¿Vamos a empezar con el suspenso? —preguntó Isolda.
—¿Por qué no me contás sobre estos días caóticos? No estuve por acá.
—Sí, mis días fueron lo interesante —dijo Isolda, sarcástica.
—¿Cómo qué no? La capital fue sitiada por los bichos.
—Sí, y yo lo pasé encerrada.
—¿Ningún cliente? ¿Algo?
—Pocos, casi ninguno. Entraban a buscar refugio y solo miraban.
—Qué raro.
—No es tan raro —rió Isolda—. Las tarifas subieron tanto que mataron el deseo sexual de más de uno. El dueño no quería demasiado movimiento. Aparte de eso, solo vi soldados y magos dando vueltas por las calles.
—Escuché eso, pero no vi a nadie en las calles.
—Son gente común que se puso a disposición de la ciudad. Y además llegaron unos tipos con unas capas naranjas.
—¿Capas naranjas? —preguntó Ítalo.
—Sí, creo que son todos magos. Vienen de otro lado, tienen un acento raro.
—De Havenstad. Son los Robler —dijo Ítalo, algo preocupado.
—No sé quiénes son —dijo Isolda.
La chica se quitó el abrigo y el pantalón. Miró a Ítalo y también se quitó la blusa. Él posó su mano en sus caderas y recorrió la piel tersa de la figura de Isolda. Ni los encajes blancos, que hacían juego con lo pulcro de su cuerpo, le despertaron algo al del Valle. Su cama se le tornó demasiado cómoda; la posibilidad de dormir pegado a ella se le hizo demasiado tentadora. Se quitó la ropa, corrió las frazadas y se metieron en las sábanas. Ella no sé quejo de la falta de acción; se acopló a la humanidad de su pareja y se olvidó de que estaban en Veringrad. Ya pensaba en su próxima vida. Concubina o reina; daba lo mismo. A pesar de su vida revuelta, no había nada que la hiciera sentir más a gusto que la manera en que el celeste de los ojos de Ítalo se difuminaba en la oscuridad de las pupilas. Con los ojos bien cerrados, la invitada se durmió al instante.
Ítalo tardó un poco en encontrar una posición agradable. Había notado como el abdomen de Isolda estaba raro, como hinchado. Le restó importancia y se dirigió a su armario, donde se cambió la ropa. Al colgar la túnica blanca de los Iluminados vio la mancha de sangre con la que la había encontrado. Al parecer, siempre tenía que morir alguien.  Los seres vivos no eran civilizados. Ni los bichos ni los humanos; y ninguno iba a dar el brazo a torcer. Ítalo no podía romper el círculo vicioso; necesitaba recuperar la ciudad. Defender a los suyos venía a costa de sacarle al otro.
Volvió a la cama y miró a Isolda. Se quedó pensando esa primera reacción que ella tuvo al verlo. Fue como si se hubiera confundido de persona.
Esos pensamientos no tuvieron más cabida. Cuando la vio acurrucada entre sus sábanas y tomó consciencia de lo que estaba pasando, siguió adelante. Con Isolda ya subida a bordo, su segunda preocupación se tiñó de naranja: reconstruir Veringrad. Todas las posibilidades que lo habían abrumado ahora parecían manejables. Pero eso no era suficiente; quería controlarlas. Él había tocado a Destino; no podía dejar ningún cabo suelto. Ese era el verdadero rito de madurez: el peso de la responsabilidad. No había finales felices.
La vida sigue, le había dicho Aldara.
—Y nosotros tratamos de alcanzarla —susurró Ítalo, en medio de la noche, antes de quedar dormido.
Dormir en el barco había sido complicado, inconsistente. Ítalo dormía de corrido y sin sentirse perseguido por primera vez en muchísimo tiempo.

◘◘◘◘◘

De la pieza de Hanzel salía una luz. Ítalo se acercó hasta la puerta para encontrarse con su padre, estático, sosteniendo un revólver enfundado. Todo el armario estaba revuelto. Adán se acercó el arma al pecho y cerró los ojos.
—¿Sos vos, Catarina? —dijo, habiendo escuchado los pasos.
—¿Pudiste conseguir lo que te pedí? —dijo Ítalo.
—Sí… aunque no estoy de acuerdo.
—Aldara lo merece, papá. Ese es el primer revólver de Hanzel, ¿no? —Tenía impresa la imagen del arma.
—Sí.
Ítalo extendió la mano. Adán miró el revólver por unos segundos mientras se desprendía de él.
—¿Está cargado? —Ítalo nunca había tenido un arma de fuego en la mano. El metal frío y rasposo sobre el tambor le recordó a la Sombra. Apuntó el arma a enemigos invisibles. La sensación de la sombra desapareció; el arma tenía un peso y maniobrabilidad que se le hicieron adecuadas. Le gustó.
—Pagamos un precio por tu hermano —dijo Adán, de pronto—. Ese precio fuiste vos, Ítalo. No dábamos a basto para entender las nuevas necesidades de tu hermano. No sabíamos nada de magia o cómo manejar una novedad como tal.
Ítalo lo miraba serio, sin decir nada. No podía evitar pensar que solo lo recibía bien porque había resultado ser parte de una leyenda.
—Nunca lo decidimos en voz alta, pero con las obligaciones y las presiones externas de Hanzel, empezamos a desplazarte. Casualmente, empezamos a dejarte ir a Craster, dónde la magia importaba poco y nada. Al principio un verano, después los fines de semana. Hasta que un día no vivías más con nosotros.
Adán irguió la cabeza para poder cruzar miradas.
—No significa nada, y es lo mejor que te puedo dar, pero... Perdón, hijo.
El Cazador aún no se había perdonado por su crimen, y de pronto le pedían perdón a él. Quiso enojarse, pero de su boca no salió más que un suspiro.
—No fue tu culpa. Ni lo que me pasó a mí, ni a Hanzel.
Su padre le tomó la mano y le sonrió. Ítalo lo miró mejor y vio cuan más anciano parecía tras una noche de enterarse de la verdad. Ítalo no tenía la fuerza para sentir rencor por sus cicatrices. Su odio se había drenado, parte en el Oeste y parte en la cama con Isolda. Había hilos que Destino movía y no se podía hacer demasiado sobre eso. Ahora, con un revólver en la mano, sentía ansías de aprender a empuñarlo correctamente. Se le hacía cómodo. Quizá podía aprender a disparar con su padre… recuperar el tiempo perdido.
—La vida sigue —dijo Adán.
Ítalo vio un poncho negro sobre la cama de su hermano. Una manta para disparar. Se probó la ropa. Al verse en el espejo con la ropa y el revólver quiso saber más sobre su hermano. Quiso recorrer su camino y entender dónde se perdió. Pero había prioridades primero. Había otras urgencias.

Aldara no estaba en la casa. Salió a la calle para buscarla. Afuera, el sol quemaba la ciudad a través de una capa de cenizas que creaban niebla. El Cazador caminó por la calle y vio lo que le habían advertido: las capas naranjas. Un grupo de tres Roblers patrullaban y reían por lo bajo. Se llevó la mano hacia su cara, intentando tapar la insignia. Él les había robado la piedra, después de todo. La casa de Hanzel en el Oeste tambien tenía su símbolo… esa dinastía de magos debía conocer el Arte Alternativo. Las posibilidades le dieron un escalofrió. Esa gente había hecho negocios con el Oeste, habían vendido a los suyos cuando les convino. Si enviaban ayuda a Veringrad no podía ser desinteresado. Los caballeros siguieron adelante.
Encontró a Aldara, quieta y con los ojos cerrados, sentada en un banco, tomando sol.
—¿Cómo estás? —preguntó Ítalo—. ¿El cuarto de huéspedes fue de tu agrado?
—Si, claro —río Aldara—. Tu familia me trató muy bien.
—Me parece que querés decir "nuestra" —dijo Ítalo, sonriendo.
—¿Qué?
Ítalo le puso una carta en las manos. El papel era fino y sedoso, una calidad que Aldara jamás había tocado. Comenzó a leer.
—No sé si sabías, pero los del Valle tenemos algunos beneficios frente a la ley. No enfrentamos la justicia popular, sino que tenemos juicios internos—dijo Ítalo.
Aldara leía con los ojos bien abiertos, sin entender. Ítalo sacó de sus prendas un pequeño pincel y un frasco.
—Cerrá tu ojo derecho.
—Ítalo, ¿qué hacés?
—Esta pintura no se borra con agua, así que quedate quieta, tiene que salir bien. Es Corona de la Gloria.
En trazos rápidos pero delicados terminó el dibujo. La pintura negra resaltaba los ojos grises de Aldara. No había más tormentas.
—No sé si vas a volver a tu pueblo o si vas a dedicarte a gastar tu nueva fortuna, pero no mereces que nadie te persiga por tu pasado. Esto te libera de cualquier problema legal, Aldara del Valle.
—Ítalo... ¿cómo hiciste esto?
—No fue complicado, tenemos escribanos.
—¿Cómo saben mi edad? ¿Y quiénes son mis padres?
—No lo saben. Todos los datos de ahí están inventados. Dejame ver qué pusieron —dijo Ítalo, pidiéndole el pedazo de papel—. Ahora sos Aldara del Valle, nacida en Veringrad hace veintitrés años. Tus padres son Abel del Valle y Elena del Valle.
—Me hicieron más vieja… —rió Aldara—. Supongo que el viaje me cambió la cara.
—Hay una copia de esto en los archivos de la familia. No los pierdas y cuida que la Corona no se borre.
Aldara se paró y rodeó a Ítalo con su brazo bueno. Empezó a reír, pero entre la risa empezaron a caer lágrimas. Ítalo se quedó junto a ella hasta que se pudo controlar.
—Hay algo que quiero pedirte —dijo el Cazador—. Esto es independiente de tu nueva identidad; es tuya y nadie puede sacártela. Aldara, quiero que te quedes en Veringrad. Quiero reconstruir la capital. Hay que eliminar a las arañas y no hay nadie que confié a mi lado más que vos.
Aldara no tuvo que responder. Solo permaneció junto a Ítalo, sin irse a ningún lado.