viernes, 23 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 23 — Aldara

Era pura madrugada. Pronto iba a amanecer y me sentía más sola que nunca, rodeada de gente que no conocía. Todos parecían descansar muy tranquilos, pero, ¿cómo podían?
Recostada en un callejón frío y húmedo, con solo una manta para cubrirme, no podía más que evocar todo lo que estuvo pasando esos días. El sueño no iba a visitarme.
No podía decirse que extrañaba mi casa, con el aliento alcohólico de mi madre saludándome cada mañana. Pero sí extrañaba otras cosas. Me vino a la cabeza un recuerdo muy especial. En el estupor que viene justo antes del sueño, apenas despierta, me llegó una voz…

—Yo sé que algún día me vas a olvidar, pero no te preocupes por ahora, linda.
—¿Cómo podría? —recuerdo decir—. Sos como un padre para mí.
—No, nena, nadie va a poder reemplazar a Alfonso. Contame, ¿cuántos años tenés ya?
—Nueve.
—Bueno. Aunque pasen otros nueve voy a volver, Lali. Esperame.

Esa voz sonaba increíblemente familiar, pero… ¿de dónde…? ¿Sería acaso posible…?
—Arriba, Aldara. No tenemos tiempo que perder.
Joseph me sacó de mi ensoñación. Con todo el resto desperezándose, me puse de pie y no tardamos en ponernos en marcha.
El grupo seguía cansado, pero teníamos que movernos si queríamos saber algo sobre el cuervo. Buscamos un puesto de comida, y noté que Joseph pidió una leche y pan. Entonces pidió un whisky para Malo.
—Mejor nos vamos antes de que se ponga odioso —dijo, haciéndome reír.
Para ese punto, ya había olvidado mi recuerdo.

Madera & Hueso — 22 — Li

Había decidido llevar mi revólver a la vista para que cualquiera se lo pensara dos veces. Había velas encendidas en las casas, pero no había un alma afuera. Ocasionalmente mirábamos atrás, esperando a alguien que nos estuviera siguiendo. Más de una vez me sobresalté cuando creí ver una sombra que resultó ser Malo en la oscuridad.
Y en medio de la completa oscuridad nos encontramos con luces brillantes al final de la calle. Una entrada resguardada. Varios hombres armados cuidaban un arco algo dañado. Más atrás se encontraba la mansión de las que nos habló Marr. La residencia de Elderan.
Al acercarnos a unos metros de la entrada los guardias desenvainaron sus espadas.
—¡Alto ahí! ¡¿Quién viene?! —gritó uno. Escondí mi revolver y levantamos las manos.
—Venimos a ver al señor Elderan. Es urgente que hablemos con él —le dije al guardia, que me miró igual de serio.
—No.
—Pero, ¿qué…? Ey, es importante para protegerlo.
—No me importa. Váyanse.
—Escuchá, si no nos dejas hablar con el…
—El señor Elderan no espera ninguna visita. —Y apenas dijo esto, otro guardia grande se acercó, levantando su espada.
—Sabemos quién está tras los asesinatos —dije, mientras retrocedía—. Pero necesitamos hablar con Elderan.
Nadie dijo nada. Ni el bruto de la espada ni el otro parecían interesados.
—Buen plan, Joseph —susurró Cregh—. Deciles como los vas a dejar sin trabajo.
—Venimos de parte del señor de tierras Wendagon de Veringrad —dijo Dalia—. Buscamos a un huginn que está detrás de los diablos y los asesinatos.
A nadie pareció importarle. El de la espada dio otro paso adelante y entonces nos alejamos de él y de la mansión.
—Bueno, eso no salió bien... —dije, apenas giramos en una calle. Los demás solo me miraron desanimados.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dalia.
—Técnicamente Wendagon nos dio la misión de ir al continente del Oeste —dijo Cregh—. Deberíamos apegarnos a eso y a nada más. Este es asunto de Laertes.
—Pero esto es importante —reclamó Dalia—. Ese cuervo viene del Oeste.
—Si fuera importante Wendagon lo hubiera visto en una visión.
—¡Yo lo vi en una visión!
—Este no es el momento de discutir qué es importante y qué no —dije—. Concentrémonos en ver dónde vamos a dormir esta noche. Con el toque de queda, encuentro difícil que haya algún lado donde nos reciban.
—Puedo discutir y buscar a la vez—insistió Cregh. Lo miré seriamente, y se quedó callado.
Las luces de casi todas las casas estaban apagadas a esa altura, y no había luna ni estrellas que iluminaran. Solo quedaba la luz de nuestra antorcha, así que cualquier persona nos podía ver a la distancia.
—Si los poderes de Dalia vienen de Wendagon, entonces tiene que ser importante —dijo Aldara. Me sorprendió que hablara después de tanto tiempo—. Puede que vean las mismas cosas.
—Mañana vamos a planear algo. Hablar con los guardias que quedan, con la gente, no sé. Quizás mañana nos reciba Elderan.
—Lo dudo —dijo Cregh.
—Bueno, algo hay que hacer. Si mañana en la noche no… —me detuve donde estaba.
Malo estaba en alerta, y me giré en su dirección. Pero no ocurría nada. No parecía haber ningún ruido, ninguna luz. Malo escuchó atentamente, hasta que saltó adelante y gruñó hacia un callejón frente a nosotros.
Aparecieron cuatro sujetos con uniformes de guardia, y recibí un puñetazo en la cara antes de poder reaccionar. Mientras era derribado, una flecha salió disparada, y la antorcha cayó al suelo. Un grito desgarrador se escuchó, y cuando miré, Dalia le había dado a alguien con su espada. No sé qué hacía una nena con una espada, pero era bastante brillante y bonita. La espada, claro. La nena era una nena. De todas maneras, los otros se nos acercaban con cuchillos.
Corrí hacia el que me golpeó, pero este intentó apuñalarme. Mi vara se había caído, pero cuando el tipo se lanzó sobre mí, Malo se le subió a la espalda y empezó a arañarlo.
—Hijo de puta—exclamé, dándole un golpe en el estómago. El guardia retrocedió hasta apoyarse en la muralla. Entonces usé mi otro puño, y lo aplasté contra la muralla. Cuando cayó al suelo, le quité la daga.
Cuando me giré al resto, ya habían retomado el control. Ítalo tenía su arco tensado, manteniendo a los guardias tiesos. Lentamente, retrocedieron y se alejaron en la distancia. Cregh los miró un poco más, con concentración, y de sus ropas aparecieron unas pequeñas llamaradas de fuego.
Dalia suspiró, e Ítalo guardó su flecha. Cregh soltó unas palmadas.
—Si el camino va a ser así no tenemos las de salir vivos.
Me acerqué a él y tomé la antorcha. Me dirigí al callejón donde Malo había escuchado los ruidos. Había varias mantas tiradas en el suelo.
—Acá debían estar quedándose los guardias —dije, devolviendo la antorcha a Cregh—. Supongo que esto es lo que les queda por hacer después de abandonar su trabajo.
Tomé algunas de las mantas, las puse al revés y me recosté en el suelo. Los demás se miraron entre ellos, pero no dijeron nada e hicieron lo mismo que yo. De alguna manera, me recibió el sueño.

Madera & Hueso — 21 — Cregh

Había logrado un hechizo para transportarnos con éxito, me lo había probado a mí mismo, pero habíamos terminado en un lugar oscuro y peligroso. Nos encontrábamos hablando con un guardia llamado Marr.
—¿Y la gente? —preguntó Dalia.
—La mayoría huyeron cuando se abrieron las puertas de la ciudad hace cinco días —dijo Marr.
—Pero, ¿qué están esperando? ¿Por qué la guardia no pone orden? —preguntó Aldara.
—¿Cómo? Los guardias que quedábamos tratamos de poner paz, pero los señores de tierras usaban su dinero para obligarnos a encerrar a cualquiera que consideraran sospechoso. Después del toque de queda todos los líderes se fueron y nos quedamos sin misión alguna.
—¿Y quién dirige la ciudad? —dijo Aldara.
—El señor de la ciudad… fue asesinado el mes anterior. Seguro que eso también fue parte de todo esto. Mientras esperábamos respuesta del reino, se formó un consejo de señores de tierra, comerciantes y generales. Pero desde que se declaró el toque de queda no hemos sabido nada más de ellos.
Marr tomó un trago de su vaso.
—Antes de abandonar la guardia, unos soldados fuimos a la Sala Legal, donde el consejo se reunía para controlar la ciudad. Estaba vacía. Todo el distrito lo estaba; todos los señores de tierra fueron asesinados o huyeron. Excepto por una casa. La residencia de Elderan. Tratamos de acercarnos, pero estaba rodeada de mercenarios, totalmente protegida del mundo exterior.
—¿Y quién este Elderan? —Joseph se estaba impacientando con tanta charla—. Necesitamos información. ¿Quién dirige todo esto? ¿Él?
—Elderan siempre fue extraño. Siempre andaba con varios mercenarios cuando salía, incluso antes de la crisis. Y no formó parte del consejo cuando se creó, a pesar de ser uno de los comerciantes más ricos de la ciudad. Siempre fue precavido, pero debe saber algo.
—Bueno, ¿qué estamos esperando? Busquemos a ese tal Elderan —dijo el pistolero, mientras se levantaba de la mesa.
La lluvia ya estaba empezando a pasar.
—No pueden salir —dijo Marr—. No es seguro cuando oscurece.
—Tenemos que irnos —dijo Ítalo.
—Acá tenemos una habitación; los cinco podrían descansar en la noche.
—No podemos descansar. Debemos salir ya —respondió Ítalo.
—¿No podemos? —murmuré.
—No, no podemos —dijo Ítalo, mirándome como si fuera un idiota.
Y así, sin descanso alguno, dejamos el bar. Pronto se hizo de noche, y andábamos a oscuras tratando de encontrar la casa de Elderan según las direcciones que nos había dado Marr.
—¿No puedes hacer algo de luz con tu magia? —me preguntó Dalia.
—Claro, así cualquiera puede saber a dónde dispararme —me quejé.
El arquero soltó un gruñido, mientras cogía una antorcha apagada y la encendía con algo que sacó de su túnica. Idiota, pensé. Mejor él que yo.

domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 20 — Dalia


El cielo era gris, por sobre nosotros, y el clima era pesado. Cregh había logrado movernos hasta la ciudad con éxito, y estaba lista para todo. Sus muros grises se encontraban intactos, pequeños, pero sin daño alguno. Afuera de la ciudad era igual; a la distancia podíamos ver granjas y sembradíos intactos. Lo único extraño era la falta de gente. En las puertas no había nadie. No había ningún guardia.
—Wendagon había dicho que no se permitía la entrada, ¿no? —pregunté, girándome al grupo.
—Sí —respondió Joseph, mientras avanzábamos despacio. Pero parecía haber algo más en su mente, y no tardo en volver a hablar—: Pero, Dalia, ¿estás segura de lo que viste? ¿Cómo podés saber que quien este allí viene del Oeste?
—Bueno… —Balbuceé, y mis palabras se atropellaron entre sí, pero no estaba nerviosa. Creía en lo que había visto. El pasto húmedo se sentía bien en mis pies descalzos—. Wendagon dijo que me dio una parte de su ser, la parte relacionada a ver más allá. Sentenció que mis sueños serían ventanas a partir de ahora, ventanas a lugares más lejanos como puede ver él.
—Hizo un hechizo en vos —dijo Ítalo, algo perplejo—. En fin. Entremos de una vez.

Laertes, como ciudad, era grande. No llegaba a ser la capital, por supuesto, pero Lignus no era ni una porción de ese lugar.
No había nadie alrededor, así que simplemente pasamos por la puerta principal. Todo estaba vacío, pero Ítalo pareció tensar su cuerpo y tomó su arco. Todos estábamos atrás de él, y Aldara le pregunto qué ocurría. Joseph le puso una mano en el hombro, gesteando para que se callara, e Ítalo nos miró serio. Movió sus ojos a las casas a nuestro alrededor. Joseph hizo lo mismo. Yo los miré sin entender por un momento, pero pronto noté los movimientos y sonidos. Esas casas estaban habitadas, había mucha gente en ellas, y todos estaban mirándonos. Desenvainé mi espada.
—Dalia —susurró Aldara—. No indiques que queremos pelea.
Sonreí, y nos adentramos en la ciudad. Anduvimos en silencio por unos minutos hasta que empezó a mostrarse gente; personas y bichos que nos evitaban y se alejaban lo más posible de nosotros en la calle. Nadie se veía en buen estado; todas las ropas eran sucias y los niños parecían asustados.
Nos paramos en una esquina, sopesando, y yo me senté en el suelo.
—Deberíamos buscar por un guardia, o por el templo de acá; algún edificio oficial donde podamos informarnos. Por lo que sabemos, ese cuervo es nuestra única conexión con el Demonio; tenemos que llegar hasta él. Aunque si de verdad hay un conflicto acá, quizá los guardias ya no patrullen…
Mientras escuchaba a Joseph hablar, abrí mi bolso y revolví dentro de él. Pronto saqué mi enciclopedia; era el libro que mamá más usaba para dar clases. Pasé mi mano por la portada con respeto, apreciando el relieve de un dibujo que mostraba al bicho dragón. Lo abrí, y empecé a buscar por la entrada sobre los cuervos. No me tomó mucho dar con la página. La enciclopedia los llamaba por sus nombres verdaderos, así que tuve que guiarme por el dibujo para saber que había encontrado lo que buscaba. Los huginn, cuervos, eran criaturas ave; pelaje negro y fino, gran estatura y sin la capacidad física para hacer magia…
—¡Eh, Dalia! —me llamó Cregh—. Vamos, ya seguimos camino.
—Ah, eh, sí.
Estaba levantándome cuando se escuchó un trueno en la lejanía. Inmediatamente lo siguió un rumor; un grupo de gente se acercaba desde la calle de al lado, exclamando, mientras parecían perseguir a alguien, y lo estaban llevando en nuestra dirección.
—¿Qué fue eso? —exclamó Joseph, mientras dejaba ver su vara desde su túnica.
—Un disparo —dijo Ítalo.
El murmullo se acercó, y finalmente dejo ver. La muchedumbre estaba persiguiendo a una mujer cubierta con una especie de mascara. Las personas que estaban con nosotros parecieron mostrarse furiosas. La mujer era muy rápida, y aunque parecía que nadie estaba de su lado, nadie llegaba hasta ella. Pero se detuvo cuando una flecha entro en su hombro.
Pudimos escuchar su exclamación gutural cuando impactó contra el suelo; pronto la gente tras ella y quienes estaban con nosotros en la calle se reunieron alrededor de la mujer.
—¿Y eso por qué? —dijo Joseph. Aldara y yo nos miramos. Ítalo, quién había lanzado la flecha, parecía mortalmente serio.
Mientras nos acercábamos al grupo de gente, Cregh se me acercó.
—La viste, ¿no? —me preguntó.
—No muy bien —dije—. ¿Llevaba una máscara?
—No era una máscara.
La multitud estaba fuera de control. Un par de personas mostraban intenciones de lanzarse contra la mujer, pero eso se estaba haciendo demasiado barbárico para mi gusto. Cregh trató de pararme, pero salté al centro de la gente y me interpuse entre la mujer y el resto.
—¡¿Qué hacen?! —exclamé, levantando mi espada.
—¡Es un monstruo! —gritó una voz entre la multitud, desde donde podía ver miradas de desaprobación por parte de mi grupo.
—¿Q-Qué?
Me giré en seguida. No era un cuervo… Seguía siendo una mujer. Aunque tenía esa mascara roja. Pero, ¿Dónde terminaba? No llegaba a ver que la máscara terminara en ningún lado. ¿Era posible que se tratase de su rostro natural?
Ítalo saltó al frente, tomándome de un brazo con fuerza.
—¿Es… un bicho? —le pregunté, ignorando los abucheos.
—Es un diablo. Salí de ahí; no es asunto nuestro.
—Pero…
—Estas cosas no deberían existir. —Ítalo tensó su arco, y lo apuntó hacia abajo, hacía la mujer. Todos los gritos cesaron. Y soltó la cuerda. Toda la muchedumbre estaba quieta.
—Venimos buscando un cuervo —habló Joseph, de repente, y todas las miradas se posaron en él resto de nuestro grupo—. Venimos en una misión oficial de búsqueda.
—Acá no hay ningún cuervo —dijo un hombre—. Están todos en Veringrad…
—¿Misión de búsqueda? —lo interrumpió otro, y me apresuré en hablar.
—Sí. Queremos parar lo que está pasando acá; parar las muertes en la ciudad. Queremos buscar al responsable.
—Pero… Bueno… —La gente se miraba, insegura, pero al final se nos acercaron—. Vengan.

Nos llevaron adentro de un bar, donde todos escuchamos toda la historia. Un grupo de personas entraron el cuerpo de ese diablo; era la primera vez que podían atrapar uno, y querían mantenerlo con vida. Mientras nosotros escuchábamos un grupo se esforzó por tratar las heridas del diablo, pero las flechas habían sido demasiado certeras. Y cuando el monstruo perdió la vida, y su rostro falso desapareció, pudimos entender que no se trataba de ningún diablo. Pero antes de eso, escuchamos.

El relato fue breve y crudo. Miembros de las casas de señores de tierras habían empezado a morir; sus cuerpos encontrados siempre en el amanecer. Sucediendo siempre por la noche, no podía adjudicárseles un responsable, ni podían culpar a otros señores de tierra. Y cuando llegaban a verse, los asesinos usaban mascaras rojas, lo que cubría su identidad.
—Pero ahora sabemos que no eran mascaras —dijo Ítalo—, eran diablos.
Miramos por encima de nuestros hombros, hacía la mesa del bar que habían vaciado y sobre la cual estaban tratando al diablo. El ciudadano en nuestra mesa, llamado Marr, siguió hablando.
—Los señores de tierra les pagaron a los guardias, a los altos puestos. Tuvieron a la ciudad sellada, cortaron las transacciones; pronto se declaró un toque de queda. Todavía es de mañana, pero con las nubes que tiene el día… —Marr miro por la ventana junto a nosotros; había empezado a llover y no podía verse demasiado hacía ninguna dirección—. El día es bastante oscuro. Cuando realmente se haga oscuro, cuando el sol se ponga, no va a estar permitido salir a las calles.
—Nosotros vamos a tener que salir —bramé—. Esto no lo está haciendo ningún señor de tierras.
Marr pareció no hacer caso. Su mirada era abatida.
—Pero nosotros pudimos pasar —dijo Aldara—. ¿Dónde están los guardias?
Yo soy los guardias —dijo Marr—. Todos dejamos el servicio el día anterior; gente era arrestada y gente era asesinada, y nada tenía justificaciones. Nadie era culpable. ¿Y ahora ustedes me dicen que ni siquiera era obra de un señor de tierras? —Marr se cubrió la cara—. Si quieren salir por la noche… háganlo. Ya murieron bastantes…
—Tenemos que encontrar a ese cuervo —susurró Joseph.
—Pero no lo entiendo. ¿Cómo puede un cuervo hacer esto? ¿Cómo puede cualquiera? ¿Hace aparecer a los diablos o algo así? —dijo Cregh. Todos permanecimos en silencio unos momentos, aceptando que no teníamos forma de resolver esa cuestión.
—Lo importante —dijo Ítalo— es encontrarlo. Esta noche, encontrar esa capucha negra.
Fue entonces cuando sucedió. Los gritos, los gemidos y el temor que se extendió por todo el local. El diablo no logro sobrevivir; su alma abandono la tierra, y en su lugar yació el cuerpo de un humano. Al morir, su carcasa roja había desaparecido y había mostrado el verdadero rostro debajo.
Nos quedamos mirándolo, perplejos.
—¿Cómo es posible? —dijo Joseph.
—¿El diablo no era un diablo? —murmuró Cregh.
—¡Dioses!  —exclamó una mujer, abalanzándose sobre el cuerpo—. ¡Tim! Tim…
Empezó a sollozar. Ítalo le preguntó a un viejo, y este explicó que Tim era un habitual del bar; solo un joven. Le gustaba tomar algo luego del trabajo. Ni siquiera podía pelear. Y lo habían convertido en un monstruo. De sus manos todavía brotaba un hilo de humo de diablo.
Todos intercambiamos miradas.




Madera & Hueso — 19 — Ítalo


Desde la cama en la posada podía ver a Joseph dormir, pero mi mirada era de desprecio.
—Revólveres… —susurré. No podía dejar de escuchar el resonar de sus disparos en el bosque.
Era como si el latido de un revólver me causara el efecto contrario al alcohol. Un sonido frío, sintético, metálico. Sombra. Era el sonido que creaban las armas de mi hermano.
Desde aquellos disparos me sentía diferente. La sombra había actuado en mis pulsaciones, y ahora se sucedían despacio y con miedo. No había dicho palabra desde entonces, ni quise cenar. Dormí profundamente, sin pensar realmente en nada.
No desayuné más que un vaso de agua. Salí afuera a esperar a los demás. El cielo continuaba nublado y había bastante humedad. Todos estuvieron listos para salir una hora y media más tarde, y Cregh se puso delante de todos. El hechicero se mostraba fastidiado, con mucho que probar. Quería una revancha respecto a su hechizo de transportación.
Realmente creo que puedo hacerlo. Ya estamos fuera de Veringrad; lo que sea que haya interferido con el hechizo está lejos de nosotros.
Todos lo pensamos dos veces, temiendo caer de nuevo, pero terminamos cediendo. Era importante para él, y ahora que habíamos perdido a los caballos necesitábamos ahorrar tiempo. Cada día contaba. Cregh se concentró y junto fuerzas. Entonces chasqueó los dedos, un brillo salió de sus dedos, y el mismo blanco nos cubrió. Volvió la adrenalina, y sentir estar de nuevo en el aire.
Habíamos llegado a Laertes.

Madera & Hueso — 18 — Li


Continuamos bajo el sol hasta el atardecer, cuando llegamos a una pequeña casa con una carreta desarmada afuera. Leía “la Posada de la Señora Norma”.
¿Esa es la posada de la que nos hablaste, Joseph? —dijo Dalia. Me había visto obligado a un elegir un nombre que había usado antes, pero esta vez estaba seguro que era de hombre.
Esa misma —asentí.
La puerta de la recepción estaba cerrada, lo que me dio una muy mala vibra. Toqué a la puerta, pero no respondieron.
Seguro que no hay nadie —dijo Ítalo.
No, no es eso —dije—. ¡Norma! ¿Norma? Cuando venía para visitar la capital dormí acá. El marido estaba muy enfermo. Puede que haya pasado algo.
Deberíamos irnos, entonces —dijo Aldara—. No es la idea molestar.
—Va a caer la noche si intentamos volver a la posada anterior, y si es cierto lo que dice Wendagon va a ser peligroso andar de noche en medio...
La puerta se abrió detrás de mí. Me giré y, en vez de encontrarme con la dueña, me encontré con una mujer joven.
Eh, ¿hola? balbuceé—. ¿Y Norma?
En la capital respondió, fríamente—. ¿Vienen a alojarse? —su tono era todo lo contrario a Norma.
Nos hizo pasar y nos adentramos a la casa. Estaba igual a la última vez que la había visitado, pero mal iluminada.
Em, ¿y quién sería usted? —pregunté.
Milana —me dijo—. Nieta de la dueña. Los bosques se pusieron demasiado peligrosos y tuvo que cuidar a su esposo en la capital. Son setenta y cinco cobres por la noche.
Con nuestras cosas, nos instalamos en la habitación con seis camas. El sol ya se había ocultado, y pronto encendimos una vela para iluminarnos.
Salí a buscar algo de tomar junto a Malo. El agua del pozo era clara, y se veía el reflejo de la luna en ella. Oí un ruido entre los arbustos, y de ellos salió un gato blanco. Malo lo miró y le gruñó fuertemente, y el gato blanco retrocedió y se volvió a perder en el bosque, para no volver más.
Los gatos blancos siempre habían sido una señal de mala fortuna para Malo. Esos bosques realmente se habían vuelto peligrosos. Nos dormimos temprano. Mañana tendríamos que caminar todo el día.




Madera & Hueso — 17 — Cregh




La criatura tenía unos cuatro metros de largo, y un rostro de humano adulto. Genial. Justamente eso era lo que necesitábamos. ¿Cómo es que mi hechizo había salido tan mal? Ahora estábamos atascados en el bosque de Veringrad, que se extendía por más de treinta kilómetros. Llevaba al menos media década sin hacer un hechizo de transportación, pero siempre había sido bueno en ellos. Recordé mis estudios en la universidad de Silis; no nos dejaban salir entre los estudios, por lo que un hechizo era la única manera de conseguir algo de alcohol.
Pero lo más desconcertante es que una araña se encontrase allí. No se suponía que avanzar tan cerca de la capital. Dalia preparó su espada, pero le tiré del brazo para alejarnos.
—No podemos dejarla vivir, Cregh —me dijo.
—Si son tan peligrosas como decís, va a ser al revés —respondí.
—¿No podés quemarla?
—En mi estado, con suerte podría encender una vela. Y dudo que tu cuchillito pueda con ella.
Dalia no respondió. Estaba mirando la araña. Un gato negro había salido de un arbusto y saltado sobre el pecho del bicho, mirándonos con toda la tranquilidad del mundo.
—¿Ese no es el gato de Joseph? —susurré, tragándome un grito.
—Sí —dijo Dalia—. Él debe estar cerca.
Tenía razón. Los demás también debían estarlo; debíamos haber llegado juntos.
Joseph apareció por los arbustos delante de la criatura. Viendo a su gato, lo llamó con un movimiento de la mano. Dalia saltó hacia adelante.
—¡No! —exclamó, pero era muy tarde. El gato saltó de la araña, y esta se despertó con una sacudida.
Dalia estaba más cerca que ninguno otro. La araña se irguió frente a ella, y con una tenaza la mandó a estrellarse contra un tronco. Dalia cayó inmóvil. No podía ser. ¿Acaso ya había fallado como guardaespaldas?
La araña empezó a dirigirse hacia Joseph, que no hizo más que lanzarse al suelo. Cuando la araña estuvo más cerca, usó su bastón para sacudir una de sus patas y hacerla tambalear. Era mi oportunidad. Tenía que lanzarle una llamarada.
Intenté formar una bola de fuego… una chispita… pero no logré crear ni humo. Seguía afectado por la barrera mágica de Veringrad. Mi suerte nunca me abandonaba. Cuando parecía que la araña se iba a lanzar sobre Joseph, una flecha cruzó el aire junto a mí y se incrustó en la espalda del bicho. Ítalo estaba cerca. Pero ahora la araña venia hacia mí.
Corrí hacia atrás para encontrarme con Ítalo y Aldara, cuyas ropas nuevas estaban cubiertas de barro. Ítalo estaba preparando otra flecha, que logró dar en una de las patas del monstruo y hacerla caer al suelo. Antes de que pudiese levantarse, apareció Dalia, saltando encima del bicho como si su golpe no le hubiese hecho nada. Uso su espada para atravesar la criatura, quien emitió un gemido extrañamente humano. El bicho se levantó de todas maneras, haciendo caer a Dalia y dejando a su espada incrustada en la espalda de la araña.
Dalia empezó a correr, pero cayó a la hierba y empezó a arrastrarse. La araña estaba cada vez más cerca. Ítalo no podía preparar una flecha lo suficientemente rápido. De pronto, sonaron dos explosiones y el bosque se iluminó. La araña soltó otro grito, y empezó a brotar sangre de su cabeza.
Joseph dio un paso al frente, cargando con un revolver en mano. La araña cayó al suelo. Le dio unos golpecitos con su bastón para comprobar que estaba muerta, pero empezó a sacudirse. Joseph soltó una exclamación y cayó hacia atrás, pero apareció Dalia, tomó su espada y cortó la cabeza de la criatura. No se movió más.
Confirmamos la muerte de la araña, y el gato se puso a descansar sobre su cadáver. Decidimos ponernos en marcha. Dalia les contó a los demás sobre la visión que había tenido: Destino parecía querer que nos dirijamos a Laertes.
Caminamos unas dos horas por el bosque. Encontramos nuestros caballos, pero habían muerto cuando el hechizo de transportación había salido mal, pobres e inocentes caballos. Sin toparnos con más bichos, salimos del bosque al camino principal, y lo seguimos por otro par de horas. Pronto pasamos por una posada. Joseph dijo que ya había hecho ese camino, y Laertes estaba a tres días de distancia. Me di cuenta de que Joseph parecía el más razonable en el grupo. Al menos era el más adulto; algo de experiencia debía tener. Todavía recordaba a Vidali, un raksho que venía del norte. Cada noche que estábamos juntos terminaba ebrio, abrazándome y diciéndome como un día se cortaría todo el pelo y revelaría su verdadero yo, como un humano oculto. Era bueno saber que Joseph no usaba nombre de mujer, así que no iba a repetir esas ilusiones con respecto a su cuerpo como Vidali.
—Hay otra posada a medio día y aún es temprano —dijo—. Va a ser mejor seguir.
—¡Estoy de acuerdo! —dije—. Sigamos.
—Un momento —me paró—. Caímos en el bosque por tu culpa. Sabé que me debés dos balas.
Suspiré, mientras el resto avanzaba, pero entonces me di cuenta de algo. Nos había llevado hasta el bosque. Aunque el hechizo había salido mal, había logrado superar mi récord de distancia. Quizá mi suerte podía cambiar.



Madera & Hueso — 16 — Ítalo

Unos arbustos cercanos empezaron a moverse. Escuché una voz quejándose, así que me acerqué y miré por encima. Se trataba de Aldara. Le sonreí, y le ofrecí cargarla.
—No, gracias —me dijo, con una sonrisa fría.
Entonces le ofrecí la mano, y ella aceptó. Mientras se paraba pude ver como sus heridas de la pierna todavía no habían cerrado, y ahora tenía unos nuevos golpes que iban a tardar un buen rato en cicatrizar. Pero ella no se quejaba. Esa sensación de dureza la hacía fascinante y peligrosa. Su pesada respiración parecía estar cargada de un veneno que no podría resistir, y sus ojos te hacían saber que no sería bueno estar en su contra cuándo su tormenta se desatara.
—¿Y los demás? —preguntó, al fin.
—No pueden estar lejos. 
Caminamos sin rumbo unos metros.
—Ey, deberías dejarme revisar tus heridas más tarde —solté, como tirando un tiro al aire—. No tienen buena pinta.
La observé por detrás. Seguía teniendo esa actitud perseverante, como si ese dolor que sentía no fuera nada para ella. Aun así, se giró hacia mí y esta vez sonrió con un poco menos de frialdad.
—Bien.
Esa sonrisa duró solo un instante, y continuamos caminando. Un grito no muy lejano rompió la quietud del bosque, y nos indicó la dirección.

Madera & Hueso — 15 — Dalia


Mi descanso estuvo repleto de visiones fugaces, luces que iban y venían como mezclas de mis sueños y lo que el Oráculo quería que viera. ¿Se trataba de la magia de Wendagon estableciéndose en mi cuerpo? ¿Debía ser un proceso doloroso? Aunque no sentía dolor. Era como una negación a que mi cuerpo descansara luego de que había cerrado mis ojos. Había tenido una primera visión sobre una iglesia, pero fue demasiado nebulosa. Y en cuanto estaba por aparecer algo más, Wendagon tocó mi hombro.
El anciano estaba junto a mi cama, sacudiéndome para que abriera los ojos. De alguna manera estuve despierta al instante.
—Ah, ¿qué pasa? —pregunté, mientras estiraba mi mano hacía la espada negra a un lado de la cama. Siempre quería sentirla cerca.
El cuarto se encontraba en la penumbra. Recordé las brillantes mañanas de mi habitación, y mi hogar en Lignus, y la oscuridad me hizo sentir perdida, pero apreté el mango negro y todo tuvo sentido. Wendagon era casi una silueta.
—Vamos —susurró—, los otros ya están listos.
La poca ensoñación que me quedaba desapareció al instante. Me incorporé fuera de la cama, mientras sostenía la espada con una mano y apretaba el puño de Wendagon con la otra.
El anciano inclinó su cabeza desnuda ante esto, y lo solté al instante. Me había sobrepasado. Pero él solo permaneció tranquilo. Me guió fuera del cuarto sin decir nada.
Bajamos a una cocina, donde conocí al resto. Cuatro personas nos estaban esperando alrededor de una mesa, y un sirviente nos observaba parado. Wendagon se sentó en la punta.
—Llegue a esta ciudad hace pocos años —comenzó, como hablándole a ninguno a particular—. Mi dinero me hizo posible asentarme y convertirme en un señor de tierras muy pronto, pero decidí llevar mi propio estilo de vida. No salía mucho, y prefería hacer mis propias tareas en lugar de pedírselas a mi fiel Evelio. Siempre preferí abrir mi puerta a mis invitados yo mismo —rió—. Decidí ser reservado, y no mucha gente me conocía. Había una razón para esto. No solo soy un señor de tierras, sino también un Oráculo. Poseo la capacidad de ver hacia adelante en la corriente del tiempo, y de sumergirme en el mundo de los sueños. En esta actividad consumo la mayor parte de mi tiempo. Planeando, preparándome. La razón por la que los llame a ustedes cinco… un grupo de personas que nunca se habían visto antes, que nunca habían llamado la atención.
Mis manos estaban temblando un poco. Miré a las personas junto a mí, pero no parecía pasarles lo mismo. Evelio nos miraba sereno.
—Hace doscientos años nuestro reino avanzo hasta descubrir las tierras que rodean Veringrad. Esa fue la primera vez que descubrimos los bichos… las primeras especies inteligentes que podían comunicarse con nosotros. Entonces sucedió la gran guerra, la tragedia en la que tuvimos que empujar a los bichos atacantes de vuelta hasta su otro continente. El continente vecino del Oeste. Pero la guerra nunca termino. Los bichos nunca aceptaron vivir bajo nosotros… Especialmente en el Oeste, los bichos nunca dejaron de conspirar contra nosotros. Y eso va a llegar a su clímax muy pronto. Por eso los llamé a todos ustedes.
El anciano empezó a pasar su mirada sobre nosotros.
—Ítalo, noble de la capital. Ana del exterior. Cregh del norte. Aldara de Alera. Dalia de Lignus. Mis visiones me llevaron hasta ustedes, me mostraron que ustedes eran los indicados. Un líder para los bichos está surgiendo en el Oeste… y si no lo detenemos ahora, antes de que crezca, podría consumir todo lo que conocemos.
—¿Por eso dijiste que esto era una misión de captura? —dijo uno de los hombres, uno que llevaba un gato. Wendagon asintió.
—Es más que una captura. Mis visiones no muestran a un simple bicho… Tiene el potencial para convertirse en un monstruo. Las tensiones entre los del Oeste están creciendo. No solo en el Oeste, sino también en nuestra capital… Puedo sentir su alzamiento, así como sus efectos en todo lo que nos rodea. Los bichos se están volviendo agresivos.
—Como… ¿la araña que vi? —dije—. Me encontré con una mientras viajaba… Se suponía que no abandonaban los bosques, pero yo me encontrado una en las montañas. Nunca se habían acercado tanto.
—Así es —respondió. Ese es el mayor problema. Si este monstruo despierta y aviva al resto de su gente, las arañas podrían avanzar finalmente y atacar la capital.
—Esperen —dijo otro de los hombres, uno que llevaba una capucha bajo techo—. ¿Estamos hablando de las arañas? No se mueven hace años, no creo que ataquen.
—Es innegable que cada día se vuelven más atrevidas, que avanzan más —dijo Wendagon—. Esta señorita es la prueba de que así es.
—¿Y deberíamos creer la palabra de una mujer común? Y la capital no es como Unciæ. Podemos resistir las arañas —respondió aquel hombre.
—¡Esa mujer común va a viajar con vos! —exclamó Wendagon—. Y la capital no es tan fuerte. Las arañas han tardado años en migrar, por lo que el rey cree que no son una amenaza, que nunca va a pasar. Pero se equivoca. Nuestro rey es decadente, no entiende que los reyes del norte no van a ayudarnos. Ellos no tuvieron nada que ver con las conquistas y creen que los bichos solo van a querer tomar lo que era suyo; que no es su problema.
Recordé a las siluetas que había visto mientras cabalgaba por la ciudad. Los bichos estaban en cada ciudad, si decidieran juntarse y expulsar a los humanos…
—Creo que lo entiendo —dijo el del gato—. Cuando dijiste que es más que una misión de captura. Tenemos que asesinarlo, ¿no?
Wendagon se quedó callado.
—Escuchen—dijo al fin—. Mis visiones fueron claras. Cada uno de ustedes fue elegido por una razón. Es importante que se conozcan… Empecé a soñar con todos ustedes desde el momento en que llegué a esta ciudad. Podía sentir un peso gigante sobre ustedes, podía sentir a Destino obrando, tejiendo hilos dorados sobre ustedes, entre ustedes, entre muchos otros. —El anciano giró su cabeza hacia mí, mirándome a los ojos—. ¿Entendes, Dalia? Ustedes están unidos al futuro de todo el reino, de varios reinos, no solo de las pequeñas ciudades de las que vienen.
—Entiendo —musité. Estudié a los que serían mis acompañantes en el viaje, y todos se veían más capaces, más curtidos. Podía ver armas entre sus posesiones... Levanté mi pequeña espada y me vi en el reflejo. Debía esforzarme para no quedar atrás. La otra mujer me devolvió la mirada. Incluso ella se veía experimentada, se veía que había pasado por mucho. La saludé agitando la mano.
—Ana —continuó Wendagon—. Esta tarea va a ser peligrosa, pero sos el único que tiene experiencia en esto. Sé que estas muy lejos de casa, y lo has estado hace mucho... Pero este viaje te va a llevar incluso más lejos. Creo que todos saben que voy a pagar una gran suma de dinero por este encargo, pero creo que tenés otras razones para aceptar el encargo.
—Sabes muchas cosas sobre mí. Más que la mayoría, y no sé si me gusta eso. Entonces sabes que no tengo otras opciones. Pero creo que realmente me necesitas. ¿Qué tenés acá? Un chico rico, un desempleado, dos mujeres...
—Hablas mucho para tener nombre de mujer —dijo el desempleado, levantándose.
—¿Cómo? —respondió Ana.
—Silencio —dijo Wendagon—. Ya fue suficiente. Estas dos mujeres que van a viajar con vos podrían ser el elemento más vital de su compañía. Dalia, esta joven junto a mí, va a ser su brújula. Su guía. Sus sueños van a indicarles su camino a seguir. Y esa espada que lleva… Es especial, como ella. Es importante que se mantenga a salvo. Por eso te invite, Cregh.
—¿Yo? —dijo el desempleado.
—Esa va a ser tu tarea, Cregh… mantenerla a salvo. ¿Crees estar a la altura?
—A decir verdad…
Cregh se levantó de su asiento del todo y se acercó al anciano. Se agachó como para hablarle con confidencialidad, pero su tono de voz no hizo más que subir.
—Creo que cometiste un error. ¡Yo no estoy capacitado para esto! No tengo el anillo de ninguna universidad, no puedo tolerar la bebida… Sería un obstáculo para el grupo. Voy a terminar prendiendo fuego todo, de alguna manera u otra.
Wendagon no perdió la calma.
—Sentate, mago. La compañía no estaría completa sin su Hechicero.
Mis ojos se agrandaron mientras miraba a aquel hombre alto. Esa figura imponente era un mago, ¿y aun así se mostraba tan inseguro? ¿Es que no entendía que yo no era mejor?
—Cuando crucen el continente van a estar en tierras hostiles —dijo Wendagon, sonriendo—. Solo van a tenerse el uno al otro. Esta compañía no te va a abandonar como los mercenarios, Cregh.
El mago se sentó a regañadientes, manteniendo la cabeza baja.
—Pero la paga es segura, ¿no? —dijo entonces.
—Efectivamente —respondió Wendagon.
Así que ese hombre debía cubrirme la espalda… Un mago de verdad. Realmente había tomado la decisión correcta al aceptar esa invitación.
—Ítalo, he visto tu desempeño en las competiciones de arco —dijo Wendagon—. Estoy seguro de que vas a estar a la altura de la tarea.
—Sí, señor —dijo el arquero—. Pero espero que la otra parte de la carta también sea cierta.
—Sí. En este viaje vas a encontrar aquello que estás buscando.
Durante todo momento, la chica del otro lado de la mesa todavía no había dicho palabra. Wendagon se giró hacia ella, y hubo un instante de silencio.
—Aldara —dijo el anciano—. ¿Tus heridas siguen punzando? ¿Las ropas nuevas son de tu agrado? ¿Todo está bien?
—Sí, Wendagon —respondió la chica, débilmente.
—Muy bien. —El señor de tierras parecía complacido—. Me gustaría enviar un grupo más grande, pero necesitan ser pequeños, pasar desapercibidos. Ya escucharon hasta este punto. Aceptaron la invitación de mis cartas. Sabiendo lo que ya saben, ya forman parte de un grupo. El grupo que sabe lo que realmente está ocurriendo en el mundo. Y no van a poder dejar esta casa y volver a su normalidad anterior.
—Lo entendemos —dijo Ana—. Si seguimos en este cuarto es porque aceptamos el trabajo.
—¿Qué especie de bicho es este… líder al que tenemos que encontrar? —pregunté, diciendo lo que venía pensando hace rato.
—No lo tengo claro —dijo Wendagon—. Mis visiones son nebulosas… Se vuelven dificultosas con la edad. Me gustaría poder dormir por algunas noches para conseguir algo más concreto, pero no hay tiempo que perder. La amenaza debe ser detenida tan prontamente como sea posible. Cada día podría marcar la diferencia.
—Alto ahí —dijo Cregh—. ¿No vamos a conseguir la recompensa hasta que volvamos?
—Voy a darles un adelanto antes de partir, está claro —dijo Wendagon—. Y provisiones para el viaje. Mi prioridad es que logren llegar.
—Si queremos cruzar el mar, tenemos que ir al puerto de Havenstad —dijo Ana, pensativo.
—Entonces hay que seguir la ruta real —dijo Cregh—. Pero eso nos toparía con Laertes.
—Así es —dijo el anciano—. La ciudad está cerrada a los visitantes. No van a poder pasar.
Me sobresalte.
—¿Laertes? ¿La ciudad que está a solo unos kilómetros?
Wendagon asintió.
—Los señores de tierra empezaron a aparecer muertos, y se esparció el pánico y las acusaciones. La ciudad decidió que eso era un asunto interno, y no aceptaron ninguna ayuda. Las puertas se cerraron y la gente empezó a enfrentarse entre sí por el poder.
—Podríamos rodear la ciudad, pero extendería el viaje varios días —dijo Ana.
—Sí, pero no es asunto nuestro —dijo Cregh—. Deberíamos rodearla.
Wendagon no dijo nada, pero sus palabras todavía resonaban en mi cabeza. No podíamos perder tiempo. Cada día contaba. Evitar Laertes no se sentía correcto.
La reunión termino después de eso. Comenzaron los preparativos para salir; pero yo solo espere en mi cuarto; con mi espada a mi lado no sentía que necesitara nada más. Mis zapatos se habían destrozado en el viaje, y Wendagon me había ofrecido ropas nuevas, pero no las necesitaba. La calle no le hacía nada a mis pies mientras me mantuviera en contacto con mi espada. Mi cuerpo estaba protegido.
Tras unas horas Wendagon nos llamó atrás de la casa. Evelio había preparado cinco caballos. Vi que todo el resto ya estaba ahí. Me acerqué corriendo, por encima de un cielo nublado. Wendagon me explicó que mi caballo no era malo, pero parecía asustado y débil. No era un animal entrenado, y usar los suyos facilitaría nuestro viaje. No quería separarme de mi amigo, pero me consolaba saber que lo mandarían de vuelta con mis padres.
Yendo adelante, Ítalo espoleó a su caballo y nos pusimos en marcha. Junto a su sirviente, Wendagon nos miraba desde la escalinata. Me pregunté cuando sería la próxima vez que lo vería. Y pronto el viejo quedo atrás, y supe que mi hogar estaba más y más lejos.

Ítalo y Aldara iban por delante, silenciosos. Ana iba detrás, y Cregh cabalgaba junto a mí. Acercó su caballo.
—Ey, estaba pensando. ¿Quién asesinaría a los señores de tierra en Laertes?
—¿Crees que fueron bichos? —sugerí. Cregh frunció su ceño.
—Los bichos no lo causan todo. Mi hermano es un bicho, ¿sabés?
 —Pero el viejo dijo que este monstruo en el Oeste podría incitar a los bichos a actuar —dijo Ana, que estaba escuchando—. A atacarnos.
—Tengo que admitir que vi algo en mis sueños —dije—. Algo sobre lo que podríamos estar por encontrar. Vi… un cuervo.
—¿Cuervos…? —dijo Ana—. Pensé que solo existía un puñado, y que todos estaban acá en la capital. Este es el único lugar donde no se permite agredirlos.
—No sé, no se —dijo Cregh, molesto—. Ya lo decidiremos más tarde. ¿A dónde vamos ahora? Las puertas del estese encuentras cerradas, ¿no?
—Sí —dijo Ana—. Si seguimos el camino más adelante vamos a poder rodear la ciudad hasta la puerta frontal.
—¿Volver por toda la ciudad…? —Se quejó Cregh, adelantando su caballo y alzando la voz—. ¡Ey! Podría intentar un hechizo y llevarnos al otro lado de la muralla.
—¿Podés hacer eso? —dijo Ítalo, dándose vuelta.
—Claro, podría intentarlo. Si nos acercamos hasta la muralla no debería ser demasiado complicado.
Ítalo murmuró algo, no muy convencido.
—No estoy seguro de que esto sea una buena idea—dijo Aldara, de pronto—. Hay algo en el aire…
—¿Eh? —Cregh se giró hacía ella.
—Hay algo extraño en el aire. Deberíamos cabalgar el camino.
—Vamos a estar bien, nena. Ya es hora de ponernos en marcha.

Los cinco marchamos hacia la muralla, a través de calles mucho más vacías por la mañana que por la noche.
Ítalo se acercó a Ana, mientras trotábamos. Ítalo lo observó con una mirada grave.
—Ana no es tu verdadero nombre, ¿no? —le preguntó.
Ana suspiró, y lo miró por un momento. Todos se habían girado hacía él.
—No, es verdad. Es nombre de mujer —dijo, mientras paraba a su caballo. Su tono se hizo solemne—. Me llamo… Joseph. Y este es mi gato Malo. —Joseph señaló al felino, agazapado atrás suyo. Sonreí al verlo tan cómodo y estiré mi mano.
—Un placer conocerte, Joseph. Me llamo Dalia. ¿Sos de la capital?
—No, vengo de… más lejos.
No parecía querer hablar mucho, así que decidí dejar de intentarlo.
—Gracias a los dioses —dijo Cregh, riendo—. Me sentía algo raro estando junto a alguien que creía haber nacido con el cuerpo equivocado.
Poco a poco, más personas habían comenzado a observarnos: habíamos salido de la casa de un señor de tierras, y solo Ítalo parecía usar ropas apropiadas. Entre las cabezas se asomaban lagartos, gente con piel rocosa o con plumas. Me revolvió el estómago, y corrí la mirada.
Cuando me di cuenta, habíamos llegado hasta la muralla. Cregh se encontraba tenso, con los brazos extendidos y la mirada baja.
—Eh, ¿Cregh…? —dije.
—Dalia… ahora no…
—¿V-Vas a hacer esa cosa de transportarnos ahora mismo? ¿Siempre es tan difícil?
—¡No! ¿Podes… callarte…?
Miré a mis compañeros durante un instante, asustada, y volví la cabeza para ver que aparecía una luz en los dedos de Cregh.
Y todo empezó a sacudirse.
Mis alrededores desaparecieron, en un resplandor blanco; caí de mi caballo y cada parte de mi cuerpo empezó a hormiguear. Podía escuchar gritos a lo lejos. Era la voz de Aldara… los gritos se hicieron distantes.
Algo había salido mal.
Hay algo en el aire…
Eso había dicho Aldara.
Perdí la consciencia.

Me encontraba muy lejos de mi ciudad; había abandonado todo lo que conocía. Ahora abandonaba la capital. Pero cuando perdía la consciencia, mi visión viajaba aún más lejos.
Se trataba de Laertes. Vi casas en llamas, gente huyendo y gente persiguiendo. Pero una criatura se alzaba entre el fuego y la cacofonía. La responsable de todas esas muertes. Sobre su silueta sobresalía un pico negro. Laertes.
Se encontraba en Laertes.

Cuando abrí los ojos, me encontraba sobre hierba. Mi bolso estaba tirado a unos metros, y pude ver mi espada en otra dirección. Me levanté, tambaleando. ¿Así funcionaban todos los hechizos…?
Mi cuerpo aún se sentía extraño. ¿Y dónde estaban los otros? Miré a mí alrededor.
Estaba en medio de un bosque. Los arboles me rodeaban en toda dirección. Busqué por detrás, pero no veía la muralla por ningún lado. Dioses, ¿dónde estaba? El bosque de Veringrad se encontraba a un kilómetro de la ciudad. Estaba sola… los otros… no podía encontrar a los otros.
Una mano tocó mi hombro. Me di vuelta de un salto, con la espada por lo alto.
—¡Dioses! ¡Ah, Dalia! —exclamó Cregh, mientras se cubría la cara y saltaba a un lado—. Cuidado con eso.
—Perdón… Es que… —Bajé el arma, y miré los arboles una vez más—. Es que, ¿qué pasó? ¿Cómo terminamos acá?
—El hechizo salió mal. Algo estaba interfiriendo con la magia en la ciudad. No sé quién pudo poner un bloqueo así, pero alteró todo el hechizo. Debíamos aparecer a unos metros de la muralla, no en… medio del bosque. Esto es un desastre.
Cregh se agarró la cabeza, pero se recompuso.
—Tenemos que encontrar a los otros y volver a la ciudad.
—Alto, yo… Vi algo —dije—. Creo que lo sentí, fue una visión. Fue acerca de… de Laertes. En Laertes hay un agente del Oeste.
—Dalia, ¿estás segura?
—¡Sí! Lo vi en un sueño. Como hace Wendagon.
—Dioses, digo, ¿crees que haya que ir hacia Laertes?
No respondí. Algo había hecho un ruido. Miramos los árboles que nos rodeaban. Había una respiración en el ambiente. Algo estaba cerca.
—Dioses —susurró Cregh, cuando corrimos dos arbustos.
En las montañas yo había acabado con una cría de araña. Lo que yacía ahí, durmiendo entre los árboles, era uno de los demonios que había diezmado Unciæ; una araña adulta.
Cregh y yo nos miramos.