martes, 17 de junio de 2014

Madera & Hueso — 27 — Cregh

Un desastre; esa era la única forma de describir lo que había sucedido el día anterior. Les dije al resto que los diablos habían creado un sello mágico cuando cargaron todo con magia al incendiar la mansión. Pero la verdad era que simplemente no había logrado crear los hechizos en el momento crítico. El cuervo me causó… miedo puro.
Le había fallado a la ciudad. Lo último que supe es que la población iba a formar un grupo de vigilancia. Los últimos guardias no habían tenido mucha suerte, pero las cosas debían ser mejores ahora que ese monstruo había abandonado el pueblo.
El camino al sur de Laertes era relativamente plano. Nos giramos hacía atrás y casi parecía que no había pasado nada. Que Laertes no era una ciudad donde todos los señores de tierra habían muerto.
Eventualmente, la caminata nos llevó a un desvío.

Sur: Camino de Serena
Oeste: Camino Real — Valle Hondo — Craster

—¿Y ahora? —dijo Dalia.
—Al oeste, claro está —dije—. Todo es sobre el Oeste, ¿no? El camino de Serena nos haría volver hacia atrás. Si llegamos a Craster vamos a poder reabastecernos y atravesar las montañas para llegar al puerto.
—El Oeste, entonces—dijo Joseph, que ahora decía llamarse Lang. Ya no sabía qué creer.
Dalia no parecía muy animada.
—Saben… Podríamos seguir el camino de Serena. Volver a la capital y decirle a Wendagon que no podemos hacerlo. —Dalia levantó la cabeza, mirándonos a todos.
—No vamos a rendirnos tan temprano… —murmuré, sin estar convencido. Todavía recordaba la frustración que sentí frente al cuervo. Por un momento, no habíamos podido decidir sobre nuestra vida o muerte—. Podríamos… llegar hasta Craster antes de rendirnos, por respeto al viejo.
—¿De qué serviría, Cregh? —Dalia no estaba convencida—. Se suponía que habíamos ido a Laertes para acabar con el huginn y ayudar a la ciudad. ¿Y que conseguimos? Nada. Elderan murió, toda su gente ardió en llamas y el cuervo se fue.
—Ey, no sabíamos que íbamos a encontrar—dijo Lang—. La ciudad ya estaba condenada antes de que lleguemos.
—¿Que no sabíamos? ¡Esa fue la razón por la que fuimos ahí! Sabíamos que el cuervo estaba ahí, que era la razón de la crisis y que debíamos llegar a él para acercarnos al Oeste.
—Estuvo fuera de nuestro control, ¿qué querés que hagamos? —hablé—. Sí, es cierto que solo estás viva a causa de tu espadita mágica…—Me detuve. Me mordí los labios, y bajé el tono—. Solo estamos vivos porque el cuervo lo quiso. Sí, es cierto que fracasamos, fallamos. Pero podemos quedarnos a llorar acá, o podemos ponernos…
—En realidad no fallamos —dijo Ítalo, de repente. Trabé mi discurso a la mitad.
—¿Eh?
—Fuimos a Laertes por las visiones de Dalia; nos dijo que había un cuervo y debíamos encontrarlo, y lo hicimos. Ahora sabemos que las visiones de Dalia son certeras y sabemos más sobre el Oeste, sobre nuestra misión. No buscábamos salvar a los señores de tierras.
Dalia suspiró. No creía que esas fueran las palabras que estaba buscando oír. Pero no dijo nada más, y empezó a caminar por el camino del oeste.

Caminamos todo el día bajo un ambiente denso. Solo seguíamos el camino de tierra, y nos unimos al camino real después del mediodía. Las montañas se acercaban lentamente. Luego del atardecer encontramos un río; el camino continuaba por un puente enorme.
—Podríamos acampar ahora —sugirió Lang—. Avancemos río arriba para alejarnos del camino, y continuamos en la mañana.
Mientras caminábamos, Dalia intentó iniciar conversación. Parecía estar de mejor humor.
—Ey, Cregh. ¿No podés transportarnos como hiciste para llegar a Laertes?
—No sé —admití—. Ningún otro hechizo requiere tanta energía, y podríamos terminar en cualquier parte mientras estemos tan cerca de las montañas. Aún no.
Montamos campamento cerca del río, y vimos como el sol se escondía entre las montañas. Mañana en la noche estaríamos iniciando camino a través de ellas.

Madera & Hueso — 26 — Heir


CAPITULO III
CRASTER
 



Ser cazarrecompensas implicaba que no había ninguna seguridad, pero ciertamente nadie me había advertido que iba a estar yendo contra un monstruo en la catedral. Bernard Rhodes estaba convertido en diablo contra su voluntad; me había pedido que lo matara, y me había hablado sobre un cuervo en la ciudad de Laertes justo antes de morir.
Un cuervo. Un cuervo como yo… fuera de la capital. Después de que nuestro pueblo fuera arrasado, nuestra gente se había reducido drásticamente, y el último puñado de huginns se había refugiado en Veringrad, donde la convivencia con humanos era más segura. Iba a tener que indagar sobre ese rumor. Sin embargo, Sil o Dip no sabían nada. Iba a tener que visitar la ciudad por mí mismo y averiguarlo. Ya habían pasado un par de días. Esperaba que eso fuera tiempo suficiente para no levantar sospechas al irme.
Pensé en despedirme de Sil y Dip… pero afronté los hechos, y acepté que detestaba a los cuervos viviendo en Veringrad. Eran habitantes del Este. Estaban entregados a la dominación de los humanos. Si lo que sentía era cierto… Y creía que lo era… iba a encontrar mi verdadero camino en Laertes.
Efectivamente, el destino se puso en marcha ese mismo día. No llegué a salir de la ciudad. Por la mañana, cuando pasé a mi cocina, había alguien ahí.
Me había calzado mi túnica y estaba listo para salir, por lo que tenía mi sable conmigo. Desenvainé en un pestañeó y salté hacía el intruso, pero no le di a nada. Caí sobre mi mesa, dándola vuelta y haciendo un desastre.
Scelus. ¡¿Quién anda ahí?! —grazné, levantándome con un aleteo.
El intruso levantó una mano, pidiendo paz.
—Que la gracia de Deus y su bien nos acompañen. Hasta el día en que la noche nos reciba…
—…Para el sol nunca llegar —terminé, casi sin darme cuenta—. Eso es… un verso del Oeste.
—Saludos, Caballero —dijo el hombre—. Estaba esperando esta conversación.
Mis ojos se abrieron aún más, creyendo reconocer el título. La historia que se contaba entre los pocos habitantes del Oeste en la ciudad, la leyenda sobre el levantamiento de nuestro pueblo encabezado por cinco guerreros.
El extraño vio mi expresión desconfiada y rió. Era un sonido amortiguado y metálico, viniendo detrás de un yelmo.
—Estaba esperando que nos encontráramos. Huginn, la promesa es cierta. El Antiguo Testamento se está cumpliendo, y es el momento de tu llamado. Soy el Hechicero…
Y antes de continuar, movió una mano, y todo se sumió en tinieblas.
Cuando recuperé la vista, estábamos en medio de la calle. Por el tamaño de los edificios, debíamos estar en el distrito privado de la ciudad.
Con un gruñido, me centré en la persona frente a mí. Mi sable volaba mientras caminaba a su alrededor en amenaza.
—¿Qué fue eso, eh? —exigí—. ¿Usaste un hechizo…? —Esas tinieblas debían haber sido un hechizo de transportación.
Pero no pude decir nada más. Bajo la luz de la estancia pude ver al mago frente a mí. Su armadura le quitaba todo rasgo, toda especie; las puntas de su yelmo lo hacían ver como un demonio. Dos orificios negros me miraron, inescrutables, y volvió a hablar.
—Heir. Caballero. ¿Vas a servir a la promesa?
—¿Hablás… de los cinco del Antiguo Testamento? —pregunté, perdiendo el aliento—. ¿La segunda venida del Oeste… la leyenda en la que recuperamos el continente?
—Sí. Los cinco del Este ya aparecieron; nuestro Cazador, Krieg Waltz, va a encontrárselos este mismo día.
Por primera vez en mucho tiempo me había puesto a temblar, y ni siquiera lo notaba.
—Caballero, ¿vas a servir al Oeste? —dijo la voz metálica, una vez más… y formulo la pregunta fatal—-. Caballero. ¿Vas a servir a Deus?
Entendí que esa pregunta tenía más importancia que cualquier decisión de mi vida acomodada. Asentí. Un terror divino, un peso, me aplastaba. No podía hacer nada más. Ninguna otra respuesta era concebible.
El Hechicero se adelantó hasta mí.
—Desearía darte mis anillos ahora mismo, de verdad. Pero primero tenés que probarte, Caballero.
Guardé mi sable y me levanté, solemne.
—En esta casa vive un enemigo; un Oráculo que sirve al Este. Usa el nombre de Wendagon. Blandí tu espada, cazá exitosamente; y vamos a volver a encontrarnos.
—Sí —susurré.
—Este señor de tierras oculta su poder, y solo lo comparte con su único sirviente. Este sirviente va a tener que abandonar la casa tarde o temprano.
El mago sacó un anillo, y empezó a jugar con él entre sus dedos.
—Caballero… encontrémonos en Laertes.
El mago se puso el anillo, y en el instante siguiente ya no estuvo ahí. Dejó la calle vacía, en completo silencio. Por un momento mi mente estuvo en blanco.
Entonces miré por encima de mi hombro, hacia la casa de piedra frente a mí. Empecé a andar, casi sin darme cuenta. Me dispuse a servir al Oeste.



viernes, 13 de junio de 2014

Madera & Hueso — 25 — Dalia

—El cuervo esta acá —dijo Ítalo—. Encontralo, y a los demás también. Tené cuidado.
Parecía que las predicciones del señor de tierras eran correctas. Bien; el huginn era nuestra mejor opción para saber más del Oeste, y no podíamos irnos sin él. Además, las dos noches anteriores mis sueños habían sido nublados… Todo lo que había visto eran cuerpos, pilas de personas removiéndose y sufriendo. Y había una sombra sobre todos ellos… El huginn.
¿Por qué hacía lo que hacía? ¿Qué lo movía a… tomar gente de esa manera, y usarla para matar a incluso más personas? No había ninguna ganancia detrás de sus acciones. Solo había vidas destruidas, hogares que no volverían a ser lo mismo. La misma ciudad ya estaba arruinada, desmoronada por la desconfianza entre su propia gente. Mientras corría por los pasillos de la mansión, apretaba el mango de mi espada con fuerza y sentía un gran deseo de ver al cuervo morir.
Destino nos había llevado hasta ahí, y él parecía pedir por Justicia.  No había otra explicación; cazar al mal del Oeste era traer justicia, al fin y al cabo. Los bichos no son como las personas, no era lo mismo acabar con su existencia. No había pecado en ello. Yo traería justicia, pensaba mientras corría por la multitud de guardias que pasaban junto a mí. Corrían en dirección contraria, hacia la entrada por donde surgían diablos. Ítalo parecía conocer a la especie; él podría contenerlos mientras buscaba al resto. Sí, él podría; tenía plena confianza en que cada uno seguía expresamente su rol.
El resto, el resto… ¿Dónde estaban? Aldara y Cregh habían pasado el día en otra de las habitaciones, y no los había visto en un par de horas. Me había separado de Joseph hace poco, pero sus disparos resonaban por todo el lugar. Había estruendo por todos lados.
Salí al patio trasero, en la otra punta de la planta. Ahí habíamos contemplado como un guardia se convertía en diablo, mientras todo su cuerpo cambiaba para aceptar esa existencia de fuego… Todo había sido una distracción. El cuervo había estado entre nosotros, había entrado a la mansión para convertir al guardia frente a nuestras narices, y solo había sido una distracción para que destruyeran la entrada principal. Y mientras todos los guardias se congregaban allá, no podía evitar preguntarme si eso no era solo otra distracción; si el huginn no estaría corriendo por los pasillos y acercándose al señor de tierras.
Todo el cuerpo me temblaba, tenso de energía que quería ser liberada. Transpiraba, pero no sentía calor; no mientras sostenía el mango de mi espada negra. Me aferraba a él, y pensaba en mis padres. Me centré en sus rostros… Y estuve un poco más sosegada. Me revolví el pelo colorado, y miré distraídamente por encima de las paredes del patio. Eso daba a la ciudad… y había volutas de humo sobresaliendo por ellas. Había diablos intentando escalar. No había llegado a reaccionar cuando aparecieron manos por encima, y los salvajes empezaron a saltar adentro. Era la única ahí, además del cadáver; miré a mí alrededor, sin poder organizar mis pensamientos, buscando algún apoyo. Solo estaba la fuente de agua, y, y… Aldara llegó desde adentro.
Iba a gritarle algo, pero me volví para enfrentarme con un diablo que ya estaba junto a mí. Se movían demasiado rápido… Sus cuerpos parecían humanos, pero la falta de consciencia hacía que se movieran más allá de sus límites, sin pensar en sus cuerpos. Levanté mi espada, y apunté a su rostro. El impacto contra la roca rojiza apenas lo movió, y el monstruo saltó sobre mí. Me tiró al piso, donde apenas pude seguir sosteniendo la espada, y él cubrió mi rostro con sus manos. Empezó a surgir un calor… y pronto se hizo fuego.
Quería gritar, quería sacudirme, pero no podía oponer resistencia. Y entonces ocurrió algo. No sentía dolor alguno. Abrí los ojos como platos, mientras miraba el fuego fluir alrededor de mi visión como un rio de agua roja. Y mientras estaba hipnotizada con la imagen, Aldara quitó al diablo de una patada.
—¿E…Estas bien? —preguntó.
Me arrodillé, aun algo perdida. Miré la espada corta… y agradecí a mis padres, en silencio. Me levanté.
—Sí… Sí. —Me giré hacía ella—. Gracias. ¿Dónde estabas?
—Estaba con el resto arriba —empezó a explicar Aldara, mientras yo me ponía sobre el diablo derribado, y lo tomaba por la cabeza. Pasé mi espada por su cuello—. Ellos estaban… Estábamos, eh…
Aldara corrió la mirada. Solo estaba acabando con su sufrimiento. El muerto empezó a recobrar forma humana.
—Estaba el cuervo, el cuervo estuvo frente a nosotros en el pasillo.
—¿Qué? —La miré.
—Sí… Fue hace unos minutos; Cregh y el otro corrieron contra él.
—¿Entonces qué haces acá…? —Empecé a preguntar, pero reconocí que ella no tenía ningún arma. Aun así, Aldara bajó la cabeza, avergonzada. No pude evitar preguntarme qué podía hacer.
—Ey, ¡atrás! —gritó, de repente. Antes de que pudiera girarme, una bola de fuego impacto contra mi cara; haciéndome girar en el aire y caer contra el suelo. Ninguna espada mágica pudo evitar ese dolor. Ya había tres diablos en el patio, y seguían trepando desde afuera.
Aldara contaba conmigo. Me levanté, temblorosa, y blandí mi arma por lo alto. Esta vez sabía a dónde dirigir mi filo; sus cuellos se movían demasiado bajo la roca roja, pero el resto de su cuerpo llevaba piel. Así es que apunté a los torsos, y usé mi espada como una lanza. El arma salía y entraba con algo de esfuerzo, cortando a través de la tela y el cuero… pero esos no eran guardias con armadura, eran habitantes del pueblo. La sangre nunca se mantenía sobre el filo, que con sus propiedades mágicas la corría incesantemente y se mantenía limpio; y aunque algunos de esos habitantes transformados eran bichos, ninguno tenía una piel especialmente resistente.
Ya había acabado con cuatro. La temperatura del aire había subido demasiado. Apenas debían haber pasado sesenta segundos, pero se sentían como seis minutos.
Tres diablos se habían agrupado a mí alrededor. Intentaban rasgarme o quemarme; y las sacudidas me hacían daño, aunque ellos no me penetraran. En medio del frenesí, no pude ver al otro diablo que había saltado desde afuera del edificio; solo noté como corría hacia Aldara por el rabillo del ojo, y me di vuelta demasiado tarde.
Aldara empezó a correr y retrocedió hasta la fuente. Y cuando ya no tenía adonde huir, siguió adelante; saltando al agua.
Me saqué al grupo que me rodeaba con un empujón, y corrí hacía Aldara sin pensar. Sin embargo, un empujón no había hecho nada; los diablos detrás de mí expulsaron fuego, y cayó en mis pies. Caí. Mi espada salió rodando.
—¡Ah!
Mi primer instinto fue levantar la mirada hacia Aldara. El diablo le pisó un pie, haciéndola caer en el agua cuando estaba por salir… Le apretó un brazo con la mano.
De la mano empezó a salir humo… Iba a quemarla. Entonces, dos lanzas atravesaron su rostro. Y las lanzas empezaron a girar en sí mismas, como tornados; y el diablo salió despedido por el aire. El impacto contra el suelo terminó con él, quebrándole el cuello. Pero no habían sido lanzas. Estaban hechas de agua.
—¿Eh…?
Me incorporé lentamente. Aldara, con los brazos en alto, estaba dirigiendo los dos brazos de agua. Se encontraba pálida. Pero debía ocuparme del asunto inmediato. Me volteé al grupo de diablos que me había hecho caer; los brazos de todos estaban en llamas. Pero a los pocos pasos, no pude avanzar; estaba demasiado caliente. ¿Qué? Miré mis manos. No estaba sosteniendo la espada. La había perdido.
Los diablos dispararon hacía mí. Salté a un lado, esquivando el fuego, y empecé a correr a la espada. Aldara, desde la fuente, dirigió otra de esas lanzas al grupo, llamando su atención y cortando a uno de ellos.
No tardé en llegar a mi arma, y unirme a la pelea.

Unos momentos después, el patio se encontró libre de diablos. Seguíamos viendo hilos de humo del otro lado del patio, que se elevaban hacía las estrellas, pero no parecían dispuestos a cruzar adentro de la mansión. Se sentía una vibración pequeña, y el rumor era constante.
—Vaya —balbuceé, entre jadeos—. Deben estar buscando quemar la mansión.
—Si… Deberíamos subir —dijo Aldara, junto a mí. Se encontraba empapada de la cintura para abajo, y podía ver que eso no ayudaba a la herida en su pierna. La apoyaba con flaqueza. Aun así, no creía que esa fuera la razón de sus temblores.
—Ey… ¿te duele algo? Cregh no suele ponerse así luego de usar su magia… Lo que usaste era magia, ¿no? —Mi tono intento ser conciliador, pero ella solo reaccionó con un salto.
—No es nada. Deberíamos subir. Arriba está el cuervo.
Mirando el suelo, pensé que no sabía cómo debía actuar fuera de mi pueblo. En todo caso, Aldara tenía razón. Ya habíamos perdido demasiado tiempo. Si el cuervo estaba arriba, no podíamos dejar pasar la oportunidad. Corrimos adentro, donde seguía habiendo movimiento por la entrada, y fuimos hacia las escaleras. No tardamos en subir; el pasillo del segundo piso se encontraba vacío.
—¿Por dónde…? —susurré.
La duda no duró más que unos instantes. Enseguida apareció Cregh, corriendo desde los cuartos con todos nuestros bolsos encima. Aldara y yo nos apuramos en llegar hasta él.
—¿Qué hacés? —preguntó ella, mientras Cregh liberaba aire aliviado y dejaba el equipaje en el suelo.
—Gracias a los dioses… Joseph se perdió por los cuartos más adelante, y yo fui a buscar nuestras cosas.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué necesitaríamos tenerlas encima? —Exclamé, incrédula ante la idea de dejar al cuervo atrás.
—¡Están por quemar todo! —gritó, y me quedé callada—. Eso que hacen los diablos no es fuego normal. Es alquimia con los elementos, un lazo biológico que conecta tus propias energías a las del elemento…
Un lazo de sangre… Pensé en mi propia espada, mientras Aldara miraba sus manos.
—Es largo de explicar. Pero es magia, no es como que están respirando cuando lo emiten. Y, eh, entonces, la tensión mágica se está acumulando en el aire. Puedo sentir que están por liberar muchísimo fuego.
—¿Y fuiste a rescatar nuestras cosas? —dijo Aldara.
Tenía sentido, pero era inevitable pensar que Cregh lo había hecho para escapar del huginn. No dije nada.
—Como sea, hay que ir tras él —dijo Cregh—. Hay que buscarlo, ahora.
Los tres estábamos corriendo por los pasillos. Nos dirigíamos a la otra punta del edificio; la gran oficina de Elderan, donde nos había recibido horas antes. El cuarto más grande del edificio. Según Cregh, Joseph se había perdido en los pasillos que llevaban allí; sin embargo, lo encontramos una esquina antes. Tuve que reprimir una exclamación, y a Cregh casi se le caen los bolsos.
Joseph estaba tirado en el suelo, desangrándose de un corte que cruzaba sus costillas. A unos metros de él se encontraba su bastón, y todo el suelo estaba manchado.
—¡Vagabundo! —gritó Cregh, mientras corría y se agachaba a verlo.
—Dioses. Josh… —dijo Aldara.
—¿Qué pasó? —le pregunté, mientras Aldara y yo nos arrodillábamos.
—El... cuervo. El cuervo de mierda. Esas putas balas le dieron, estoy seguro. —Joseph se mordió los labios—. Estoy seguro de que le di.
Miré hacía el pasillo. No había ningún rastro de sangre.
El techo se sacudió con un pequeño temblor, a la vez que la temperatura crecía. Pedazos de escombros cayeron junto a nosotros.
—Puto Elderan de mierda… Putos diablos, puto cuervo —masculló Cregh. Hubo un momento de silencio, mientras venían gritos y explosiones desde abajo, y suspiró—. Suerte que traje los bolsos.
Se dio vuelta, y empezó a revisar entre su mochila. Luego de unos instantes, sacó un puñado de hojas secas.
—Hagan lugar—dijo.
Aldara y yo retrocedimos unos pasos. Cregh retiró la capa de Joseph, dejando ver su herida con más claridad, y su revólver. Mientras empezaba a poner las hojas por sobre la herida, y el pistolero apretaba los dientes, la visión del revolver me hizo pensar en Ítalo; esperé que estuviera bien ahí abajo. Él estaba conteniendo a todos los diablos; nosotros también teníamos que hacer nuestra parte.
—Cregh —dije—, esas hojas van a curarlo, ¿no?
—Sí. Pero solo van a servir como un apoyo; ahora iba a conjurar algo en la piel.
—¿En serio? —Se sobresaltó Joseph—. Quizá deberías conservar la magia.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Cregh.
—Estoy demasiado herido… Es mejor que gastes lo menor posible y enfrentes al cuervo. Aunque me cures un poco, no voy a estar en condiciones de ayudarlos.
—Estas equivocado, Joseph. Te aseguro que puedo curarte. No sabes cuánto puede hacer mi magia.
Cregh se concentró, un zumbido surgió de sus manos y las pasó por el corte de Joseph. Este desenfundo su revólver, y nos miró con una sonrisa débil.
—No se preocupen. No voy a fallar mis tiros. No importan un par de golpes con este bebe. En unos momentos vamos a poder ir todos juntos a ese cuarto.
—Y vamos a necesitar a todos —dijo Cregh mientras trabajaba, tenso.
—Sí… —Joseph rió nerviosamente, y pude notar gotas de sudor cayendo por su frente. Sus siguientes palabras las pronunció en un susurro—. Carajo, que grande era. No esperaba que los cuervos fueran así.
Hubo un instante más de zumbido, y Cregh retiró sus manos. La sangre había dejado de emanar.
Joseph atinó a tocar las hojas, pero Cregh lo detuvo con un chistido.
—¡No! Las hojas de Valma se quedan ahí. No te preocupes; no van a caerse.
—Entonces, ¿me curaste…?
—Solo es temporal. Va a ser mejor que no saltes de ningún techo, por el momento.
Joseph gruñó y cargó su arma.
—No voy a tener que saltar para lo que vamos a hacer. Ese cuervo no va a tener adonde huir.
—Vamos —dije.
Todos nos incorporamos. Intercambiamos miradas tensas; si el huginn realmente estaba al final del pasillo, entonces se había detenido a esperarnos en la oficina. No sería ninguna casualidad; ya serian un buen par de minutos de espera. Tuve que decir lo que pensaba.
—Quizá no sea buen momento… Pero estuve pensando en el diablo que encontramos el día anterior, ese Tim. ¿Por qué estaba correteando en una mañana? Los diablos solo salen a la noche…
—¿Qué estás diciendo? —dijo Cregh.
—Quizá todo había sido armado. Quizá el cuervo nos estaba llevando hacía él.
Las puertas ya estaban frente a nosotros. Pensé en abrirlas despacio… Pero Joseph arremetió de una sacudida, y en cuanto pudimos atisbar adentro, disparó.

Las balas impactaron el pelaje negro. Una mancha rojiza no tardó en aparecer… Pero eso fue todo. El demonio en esa sala era gigantesco; su contextura física era imponente, tanto que esos dos balazos apenas lo hicieron removerse un poco.
Las plumas del cuervo eran de un negro hermoso, que reflejaban el fuego de afuera. Solo estaba vestido con una serie de tiras que cubrían sus pies. Dejaba ver su pecho, musculoso y violento. Nos miraba de frente, parado en el centro de la sala sin reserva alguna.
Estaba esperando armas, a una criatura refinada… No a un gigante. Todo lo que tenía encima eran tres bolsas de cuero, que colgaban de sus ropas a través de unas cuerdas.
No podía ver al señor de tierras en la habitación. Note que había dado un paso atrás sin darme cuenta.
El vagabundo saltó adentro, poniéndose detrás de un mueble. Aldara y Cregh también entraron, y Cregh estiró su mano hacía el cuervo a la vez que se movía. Sin embargo, no ocurrió nada; El huginn solo empezó a correr hacía nosotros, con cada pisada haciendo sacudir las maderas.
No puedo recordar si estaba adentro o afuera de la oficina, solo sé que el monstruo estuvo frente a nosotros antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando. Me hizo estrellar contra una pared y mi espada salió despedida lejos.
—Esa espada… Sos una mujer, pero sos el Caballero, ¿no? —dijo.
Se giró hacia Cregh, que seguía agitando su mano, intentando hacer un hechizo frenéticamente. Sin preocupación alguna, el huginn levantó su ala para atacar…
Y de pronto, el jarro con flores junto a ellos estalló. El líquido en su interior se elevó por los aires, dejando una estela de humo, y el agua hirviendo cayó en el rostro oscuro.
El graznido fue horrible; un chillido de cuervo a todo volumen. Joseph no pareció flaquear, acercándose al cuervo que se había arrodillado y apoyando su pistola en su cabeza. Sin embargo, pude ver como el cuervo acercaba una garra a sus bolsas de cuero.
—¡Joseph! —exclamé. Joseph saltó hacia atrás.
El cuervo gruñó de rabia al ver a Joseph escapando, y se giró hacia mí.
Entonces, todo pareció perder sentido. El cuervo se desvaneció en el aire, como si su figura fuera un rostro en una carta, y la giraras hasta no verlo más.
—¿Q…Qué…? —balbuceó Aldara.
Cregh tenía los ojos como platos, y estaba pálido.
Me dirigí a juntar mi espada… Y apareció de nuevo. Por detrás. Me tomó de un hombro con fuerza, y antes de que pudiera hacer algo tiro del hilo sujetando una de sus bolsas. Todos los polvos cayeron sobre mí.
Su agarre era firme, pero el dolor que sentí fue tal que me liberé solo por mis sacudidas. Me tiré al suelo, gritando, mientras mi piel se tornaba rojiza y sentía que mi cabeza iba a estallar.
—¡Dioses! —exclamó Cregh.
—¿La está convirtiendo en diablo? —dijo Joseph—. Puta madre…
Joseph corrió hacia el pasillo, mientras volvía a apuntar su arma. Esta vez apuntaba a la cabeza. Pero el cuervo se hizo a un lado y las esquivó. Esta vez el brazo de Cregh sí empezó a resplandecer, y del hocico del huginn surgió una explosión. Cayó contra una pared, aturdido, con sangre cayendo entre sus plumas.
Mientras tanto, yo rodaba y me sacudía… pero había dejado de gritar. El rojo empezó a retroceder. La infección estaba perdiendo…
…Aún estaba sosteniendo mi espada. Papá estaba protegiéndome, y una lágrima rodó por mi rostro.
No podía levantarme. El shock había sido demasiado. Solo permanecí ahí, derrumbada por unos instantes, mientras oía impactos sordos por encima… Cuando pude levantar la mirada, a duras penas, Joseph y Aldara también estaban fuera de combate. El pistolero había caído y su revólver estaba en el otro extremo de la oficina. Aldara solo había retrocedido, paralizada. No había agua cerca que pudiera usar.
Estaba por perder la consciencia, pero la espada no me lo permitió. Me dio nuevas energías, y pude levantarme de alguna manera. Presencié la escena que tuvo lugar a continuación.
Solo quedaban el huginn y Cregh. El cuervo avanzaba con movimientos toscos, caminando lentamente y con obvio fastidio. Su cuello herido le trastornaba la voz, y hacía que su respiración pesada pareciera un montón de vidrio quebrado, que era lo único que sonaba en la habitación. La cara de Cregh mostraba rabia, pero parecía consternado de frustración.
—Sabés, estaba especialmente interesado en vos, Hechicero —dijo el monstruo.
—¿Q-Qué?                               
—Por favor, baja el brazo. Solo quiero hablar, sabés.
—¡¿H-Hablar?! —rió Cregh, fuera de sí. No bajó la guardia, pero se permitió el extender los brazos alrededor de la habitación, pasando por cada uno de nosotros—. ¿¡Esto te parece hablar?! Hijo de puta…
—No, no; solo quería ver si eran como decían. —El tono del huginn parecía divertido. Creí adivinar una sonrisa entre sus rasgos monstruosos.
—¿C…Como decían quiénes?
—El Testamento… —El huginn imito reír, pero su voz quebrada lo redujo a un murmullo—. Sabes, los estábamos esperando…
El cuervo dio un paso adelante. Cregh tensó los hombros, asustado.
—Pero solo me dieron vergüenza. —El cuervo alzo una pata, y embistió a Cregh por el pecho. Este cayó a metros de distancia—. ¿Hechicero? Ni siquiera pudiste conjurar algo en un minuto. —La voz del cuervo crecía, se alzaba en su tono roto y oscuro—. ¿Sabés lo que es mover una montaña con tu voluntad? ¿Doblar todo el espacio?
Hizo una pausa. Cregh no lograba levantarse.
—Eso no… No puede ser natural.
—¿Eh? —El huginn inclinó la cabeza.
—Sí que se de magia, cuervo de mierda…Nadie podría remover una montaña sin destruir sus propios alrededores, no podes pedir tanto del mero aire.
Se hizo un silencio. El cuervo no parecía estar esperando eso. De pronto, rompió a reír.
—B…Basta… —balbuceó Cregh. La risa horrible resonaba más y más alto—. Basta… —de pronto, el cuervo rompió su risotada.
—Vergüenza. —Aleteó sus manos en el aire, elevándose y cayendo junto al mago de un solo salto. Me sobresalté, temiendo que fuera a aplastar a Cregh, y Aldara se cubrió la boca.
Pero no lo agredió. Giró su cabeza por todo el ambiente, deteniéndose en cada uno de nosotros.
—El Pistolero. El Hechicero. El Caballero, la Nereida. —En esta última parte se giró hacía Aldara, que lo miro sin comprensión. Nunca había oído esa palabra—. Y sé que el Cazador está en el edificio. No son como los describía el Testamento, saben. —Hizo una pausa, sosegadamente. Miro a Cregh—. El Hechicero del Oeste. Él puede hacer todas esas cosas, sabés. Incluso nos permitió transportarnos a todos nosotros. Nunca van a sobrevivir si se lo encuentran.
Antes de que pudiéramos reaccionar, buscó entre sus harapos, retiró un anillo, y lo puso en su dedo medio. Volvió a desaparecer.
—¡No! ¡No, no, no! —exclamó Cregh—. ¡No nos haces esto y te vas!
—¿Podes seguirlo…? —susurró Aldara.
—No siento nada. Es como si no hubiera estado acá, no hay rastro alguno… ¿Es posible transportarse sin hacer un hechizo? Ese anillo…
Cregh hablaba frenéticamente, casi mordiéndose la lengua.
—No nos hablan así, no nos dejan así y nos dicen que vamos a morir y se van… Hay…
—Cregh, no nos transportes sin cuidado —logré soltar. Detrás de mí solo había fuego… El centro de la casa estaba en llamas, con un incendio que había subido por la escalera y estaba llegando a los extremos de la casa. Aun podía sentir movimiento entre las llamas, sin embargo… quedaban más diablos.
—Dalia, qué… ¡Ahí! —Saltó, de pronto—. Acaba de aparecer, ¡un residuo mágico!
Y aunque apenas había podido concentrar sus energías antes, en un segundo apareció una luz de sus manos, y la luz se hizo enorme y todos nos desvanecimos. En realidad, el cuarto pareció desvanecerse mientras nosotros seguíamos igual… Nos movimos yo, Cregh, Aldara y Joseph. Nuestro equipaje también estaba ahí.

Caímos en la habitación que nos había dado Elderan. Los extremos de la casa eran los que seguían en pie, como había pensado. El huginn estaba apareciendo en ese mismo instante, e Ítalo también estaba ahí.
La entrada estaba en llamas, y el piso repleto de cuerpos de guardias y de diablos.
Ambos hechizos llegaron a la vez. Ítalo no hizo preguntas, y en un momento estaba apuntando una flecha al cuervo gigante. Todos estábamos listos.
—Bueno, bueno—dijo el cuervo, levantando las manos conciliadoramente.
Por un momento pensé que quería paz, pero enseguida embistió con un brazo y lanzo a Ítalo contra nosotros. Todos caímos al suelo. Estaba por incorporarme, pero me quede mirándolo. El cuervo estaba quieto.
—Los cinco enviados. Es justo como lo dicen las escrituras.
¿Qué estaba diciendo…? ¿Acaso ellos también habían tenido visiones sobre lo que nuestro bando iba a hacer? Recordé que los bichos del Oeste no creían en nuestros dioses. Creían en un solo ser… en su Deus.
—Saben… Incluso estamos nosotros en las escrituras, saben. Estoy yo. —El huginn levantó su cabeza, como si estuviera dejando volar su imaginación—. Todo ocurre… perfectamente.
—¿Qué…Qué están haciendo? —Joseph habló por primera vez desde que se había recuperado.
El cuervo se nos quedó mirando.
—¿No saben? El Antiguo Testamento. Estamos trayendo a la primera especie. Al deus. Es como las escrituras decían que iba a ocurrir, el pueblo del Oeste va a levantarse otra vez. Está despertando, immo. Todo sale perfectamente. Pero, saben, por ahora no me atrevo a hacer más. No creo que este en mi mano el matarlos.
—¿Todo…? —balbuceó Ítalo—. ¿Dónde está Elderan? ¿Dónde está el señor de tierras?
—¿Son idiotas? —rió el gran cuervo, con su voz quebrada, y busco por su anillo una vez más—. El viejo murió antes de que cayera la noche. Nada de esto fue por él. —Se puso el anillo… y desapareció una vez más.
No volvió a aparecer.

Todo había terminado. Con la ayuda de Cregh, pudimos salir del edificio; fue a través de una ventana, y acabamos de contemplar como la mansión del último señor de tierras de Laertes se incendiaba. La casa de Elderan había caído.
Los momentos siguientes se sucedieron en una bruma. Mi cuerpo seguía en shock, dañado por ese polvo extraño… El corte de Joseph no había cerrado bien, e Ítalo había sufrido varias quemaduras. Solo el gato había resultado ileso, habiendo escapado cuando comenzó todo.
Me aferré a mi bolso. Al menos la enciclopedia de mamá seguía bien. Así fue como volvimos a la ciudad, y ayudamos con las consecuencias inmediatas.
Extinguimos el fuego, separamos a los muertos. Dimos testimonio por lo que había pasado; todo cuanto nos atrevimos a contar. Permanecimos en Laertes por las horas siguientes, pero perdí todo mi espíritu cuando el guardia Marr fue reconocido entre los muertos. Como uno de los diablos.
Juntamos todas nuestras cosas, y partimos por la salida en el sur de la ciudad. Esa ciudad muerta, gris, asfixiada por sus propios brazos, que ni siquiera notó nuestra ausencia. Abandonamos en el amanecer.
—En verdad… esa fue una experiencia fuerte. Podría haber muerto, y así es que yo… —Empezó a decir Joseph—. La verdad, es que siento que les debo ser honesto. No les dije toda la verdad. Mi nombre no es Joseph, me llamo L… L…Lang.

viernes, 6 de junio de 2014

Madera & Hueso — 24 — ítalo

Cuando terminamos de comer me puse a pensar sobre a qué autoridad debíamos acudir. Pero entonces la autoridad llegó a nosotros. Un mercenario se acercó a caballo.
—¿Ustedes son los que preguntaron por el señor Elderan anoche? Él desea verlos.
No hubo más que decir. Empezó a guiarnos hasta la mansión. Mientras caminábamos, me giré para ver a Aldara, a esos ojos de tormenta. Su mirada reflejaba la intensidad que veía en las calles de esa ciudad, pero su mirada estaba viva, mientras que Laertes ya había dejado atrás a su viejo yo.
Empecé a imaginar todo por lo que debía haber pasado esa gente, la población inocente, para llegar a eso. Mirándonos con miedo detrás de las cortinas de sus hogares; miedo, frío, hambre. A pesar de ser un Del Valle entendía esto a la perfección. La sombra me había hecho entender mucho mejor el dolor ajeno, aunque la sangre que heredé decía que yo debía ser lo contrario.
Cuando llegamos, los guardias en la entrada habían cambiado. Nadie nos detuvo. Nos hicieron pasar en la lujosa casa, y el último señor de Laertes nos recibió en una sala del segundo piso. Sus ojos se veían pesados como plomo, rodeados de un aura violácea. Era un tipo fornido, de unos cuarenta años, pero maltratado por la experiencia. Estaba usando una camisa de alta costura, con pantalones y zapatos acordes. Un anillo de zafiro verde en su mano izquierda terminó de aclarar lo obvio acerca de su posición.
—-Ustedes… ¿quiénes son?
Se produjo un breve silencio. Dos guardias abrieron la puerta, y se ubicaron detrás de nosotros. Sin embargo, Dalia no vaciló.
—Venimos de parte del señor Wendagon de Veringrad. Buscamos al huginn que está detrás de los asesinatos en la ciudad, y las personas desaparecidas.
La mirada de Elderan no cambio en absoluto; completamente vacía.
—Wendagon, eh… —susurró, tomándose la cara.
—Señor… —habló Joseph, con su gato encima—. Necesitamos toda la información posible acerca del cuervo para poder hacer algo al respecto.
—No sé por qué, pero siempre sospeché que era cosa de un puto cuervo o algo por el estilo.
Se creó otro silencio.
—Hoy; no puede ser otro día. Va a atacar hoy.
Nos miramos, algo desconcertados.
—Bueno —dijo, tomando más sentido—. Sé que hoy va a ser el día en que venga por mí. Ya se encargó de todo el resto; solo quedo yo. Yo. —El viejo carraspeó. Joseph no parecía estar seguro de si debía decir algo—. Hoy termina la condena… Esta maldita y larga condena.
Pude ver el cansancio de esa situación en su rostro. El hartazgo de la muerte sobre tu cabeza en todo momento, y el agobio solo pensar en ser libre. ¿Acaso me veía a mí mismo en él?
—Todos fueron muriendo, cayendo uno por uno, hasta llegar a mí, hasta llegar a Elderan, pero no va a poder conmigo. Ustedes llegaron en el día justo, justo para ayudarme.
Nos dio la espalda y empezó a pasear por la biblioteca que tenía a su izquierda. Los libros brillaban, y parecían costar una fortuna cada uno.
Revisándolos y tanteándolos para calmarse, se giró hacía nosotros.
—Gasté fortunas manteniendo a la guardia de la ciudad, y no fue suficiente. Se desbandaron y tuve que armar un puto ejército y mantenerlos a ellos. Pero yo sentía que aún no estaba seguro. Faltaban ustedes.
Estaba apareciendo una calidez en su cara. Estaba sonriendo, convencido de que había encontrado el escape de algún destino fatal; se dejaba ver el rostro joven que mantenía detrás de su máscara de ansiedad, nervios y pena. Una persona arruinada solo por ese cuervo.
—Su llegada —dijo, mientras nos invitaba a acércanos a lo que parecían planos de la ciudad—, no puede ser más que buenos augurios. Verán, hoy se termina el ciclo de la cuarta luna. Sus ataques fueron sistemáticos y metódicos; estudié cada uno de sus movimientos.
De pronto, la sonrisa que mostraba parecía rayar la locura. Empecé a cuestionar la salud mental de Elderan; él no tenía la misma información que nosotros, pero ya culpaba de los asesinatos a un ente y no a las otras casas. Me pregunté cuántas teorías tenia, y supuse que debía tener una excusa para pensar que el cuervo lo iba a atacar cada noche.
—Miren, miren, ¿ven? Acá, y acá —dijo, señalando en el mapa—. Él mató a todos los que consideraba amigos y familia, saben… Es… —Su voz empezó a quebrarse, y lágrimas se derramaron por sus mejillas. Sus rodillas cedieron y cayó al piso. Miré a los guardias que estaban atrás nuestro, pero estaban callados y con rostros de piedra.
El silencio solo era interrumpido por el sollozo del señor de tierras. Empezó a volverse más y más incómodo, y nos mirábamos entre nosotros buscando qué hacer. De repente, los sollozos cesaron, y Elderan se incorporó. Estaba mirando hacia mí.
—La… corona… —dijo, mientras acercaba su mano a mi cara y corría mi capucha—. La corona de la gloria… ¡ESTAMOS SALVADOS!
Sus gritos empezaron a fundirse en una risa histérica. Lo aparté, y puse mi capucha en su lugar, ocultando mis marcas. Realmente no sabía cómo sentirme.
—Si usted lo dice… señor —solté, cuando la risa de Elderan pareció tener un final.
Una vez que se secó las lágrimas, y se incorporó, volvió a dar la imagen de un hombre estable. Su riqueza hacía que esperara total cordura de semejante hombre; la imagen funcionaba al instante. A pesar de todo, en sus ojos rojos podía verse toda tensión por la que estaba pasando.

Elderan llamó a todos los guardias, y ordenó que hicieran guardia toda la noche en esa fecha. Tenía un aspecto mucho más serio cada vez que les gritaba algo, pero se dejaba mostrar más sensible con nuestro grupo.
Nos guió hacía los cuartos, en el otro extremo del segundo piso. Dalia, Joseph y yo entramos en una habitación muy lujosa y bastante amplia. Nos sirvieron un precioso almuerzo, y nos dejó la tarde libre.
Había bastantes cosas con las que distraerse en la habitación. De pronto, Dalia sacó un tema.
—Entonces, ¿cómo vamos a encontrar al huginn? —dijo, mientras hojeaba un libro que había sacado de su bolso.
—Ya está por venir, ¿no oíste? —dijo el pistolero, realmente despreocupado.
Dalia lo miró bastante feo.
—No “está por venir”. Díganme que no fui la única que no se lo compró.
—No, no sos la única —murmuré, con la vista en una ventana. El día estaba nublado, de un gris muy particular. El color y la textura de las nubes me hacían recordar al cuadro de la casa de Wendagon y eso me hizo recordar a la chica de ojos de tormenta, que no estaba en la habitación—. Lo de las lunas, lo de mi corona. Realmente no creo que signifique algo.
—Eh…Por cierto, Ítalo, ¿qué significan las marcas de tu cara? —preguntó Dalia—. Sos un Del Valle, ¿no?
Un escalofrío me recorrió de cabeza a pies, y la sombra dijo presente. Me gire hacía Dalia, y fingí un tono desinteresado.
—Nada especial… simboliza una misión familiar, por decirlo así. Nos pintan estas Anymas. Está en particular muestra lo que la mayoría de la gente conoce como un rito de madurez. En mi familia hay varios de estos ritos, cada uno más complicado. Nos dan un cierto status en la familia… En mi caso, este es el último.
—El ultimo, ¿eh…? ¿Y la de tu ojo? ¿Por qué Elderan se emocionó tanto al verla?
—Esta corona es… Se cuenta que mi familia tiene un origen en el que hay una cierta intervención divina, y supongo que el hecho de que aparezca un Del Valle lo hicieron pensar que sus cálculos astrológicos son acertados. Supongo que es algo así.
Se produjo un silencio en la sala.
—Ey… —Dije, mientras me incorporaba para verlos a los dos—. ¿Ustedes no sentían un olor fuerte en la calle?
Era como si cada vez que el viento soplara en la calle, me hubiera llegado la fragancia de la sangre. Pero nadie más parecía sentirlo. Los dos me miraron sin entender. Apreté el puño, y me forcé a relajarme.
La casa de Elderan estaba perfumada con fragancias muy potentes, y casi podía olvidar lo que pasaba en las calles, afuera.
Por la tarde decidí tomarme una siesta.

◘◘◘◘◘

Ella juega con su pelo y me mira. Lo enrolla en su dedo índice izquierdo, sin sacar la vista de mí. Abre la boca como para decir algo, pero se queda callada.
La curva de su sonrisa es perfecta. No hay sombra, solo paz. ¿Qué es este lugar? ¿Dónde estoy…? ¿Quién es ella?
Busco un punto de referencia en esas paredes sepia. No hay olores que pueda reconocer; nada. Pero la música suena increíblemente relajante. Ella sigue ahí, jugando con su pelo. ¿Por qué incluso los colores parecen tan vivos…?

◘◘◘◘◘

—¡Ítalo, Ítalo! ¡Despertate!
Los gritos resonaban por la habitación en completa oscuridad. Había dormido por horas.
—¡ÍTALO! —volvió a gritar Dalia, tirándome del brazo.
Me paré, y la chica de pelo rojo me arrastró hasta el piso de abajo. Ahí pude notar su palidez, y ojos completamente abiertos. Por los pasillos corrían varios guardias, todos con dirección al patio trasero.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Llegamos al patio. En la esquina derecha había varios guardias en ronda, observando algo. Se escuchaba una tos fuerte y persistente que venía del centro del círculo.
—¿Qué pasa? —repetí.
Dalia desenfundó su espada, y se acercó a la fuente del centro. Los guardias empezaron a separarse y a gritar órdenes. A medida que la ronda se abrió más y más, pude ver a un guardia arrodillado, tosiendo sangre y con la garganta a un rojo completamente vivo. Ese rojo subía lentamente, tomando su cara; hinchándola y deformándola. Cuando la inflamación llegó a la mitad de su cara, sus prendas se incineraron. No necesitaba saber más.
Corrí de vuelta a nuestra habitación para buscar mi arco. Volví por el pasillo con el arma y mi carcaj en cada mano, tomando una flecha mientras salía al patio.
Los gritos de dolor, envueltos en fuego, ocupaban toda la atención de los presentes. Su cara ya era completamente roja. No se necesitaba ser un genio para saberlo; era un puto diablo.
Me paré frente a él; cubierto de fuego, siendo observado por todos sus antiguos compañeros. Apunté a su ojo izquierdo. Cayó de espaldas, donde siguió incinerándose. En su cuello se había empezado a formar esa piedra negruzca con intervalos rojos que distinguía a los diablos.
Podía escuchar y oler la sangre siendo evaporada.
La escena casi parecía una ceremonia de bárbaros, con un cadáver que todos observábamos en una ronda. Solo faltaba que hubiera música y bailáramos alrededor.
Retiré la flecha de su ojo y la guardé en el carcaj.
Un diablo en esa noche… no podía ser coincidencia. Miré a la luna, la cual estaba terminando su ciclo en ese preciso instante. ¿Elderan no se había equivocado?
La cuarta luna terminaba su ciclo, iluminando una pluma negra a unos metros del guardia-diablo.

El sonido de un revólver retumbó en la noche. Un sudor frío recorrió mi cara y mi corazón casi se apagó, para luego empezar latir endemoniadamente. ¿Dónde carajo estaba Elderan?
Corrí hacia adentro temiendo lo peor, pero lejos estaba de imaginar lo que seguía.
Una llamarada iluminó la mansión, mandado por los aires el portón que daba a la calle. Los diablos no tardaron en entrar, aproximándose con su velocidad inhumana, y las flechas de los guardias empezaron a caer.
Salté un cerco y alcancé a Dalia, que atravesaba la casa hacia la entrada.
—El cuervo esta acá —dije—. Encontralo, y al resto del equipo también. —Tomé una flecha, y me pegué contra una columna—. Tené cuidado.
Los diablos se desplazaban a una velocidad asombrosa, con saltos que doblaban a lo que un hombre podía lograr. Como si fuera poco, despedían fuego de sus manos, lo que hacía todo más difícil. La primera batalla frente a los guardias armados duro instantes; todos cayeron contra el fuego. Desde la distancia se los podía combatir mejor, pero los inexpertos arqueros fallaban muchos tiros y terminaban quemados también. Estaban siendo masacrados, y no se podía hacer mucho por cambiarlo. No podía hacer más que seguir esforzando mi puntería.
Los rojos comenzaron a incendiar el frente de la casa. Se hacía difícil tensar con el calor sofocante en la cara, pero logré seguir acertando. Llevaba siete diablos, pero eran cerca de cincuenta. ¿Todos habían sido habitantes de Laertes? Seguí disparando a un ritmo más apurado. Siempre apuntando al pecho, donde aún había carne, sabiendo que una flecha bastaba para matarlos o tumbarlos.
El calor ya era totalmente insoportable, bajo el techo de la entrada de la casa. La madera comenzaba a crujir, dando los primeros síntomas de debilidad. Dentro de la casa, el alivio no duraría mucho más; pero no podíamos hacer otra cosa que aguantar tanto tiempo como fuera posible. Del posible centenar de guardias que se congregaron en la entrada, solo quedaban quince. Tuvimos que retroceder.
Una vez dentro de la casa tomamos posición arriba de las escaleras, esperando el avance de los diablos. Por las ventanas solo podía verse fuego, tomando lentamente la mansión. Los tirantes del techo comenzaban a derretirse y caer sobre nuestras cabezas; los diablos estaban haciendo un trabajo impecable neutralizándonos. Seguimos adentrándonos en la casa, tratando de evitar el fuego.
Sentíamos que se acercaban, que estaban incendiándolo todo, pero no podíamos verlos.
Explosiones del mismo revólver volvieron a sonar en la noche, aunque más disimuladas por el terror que vivíamos.
Dando cada paso con temor a que la madera cediera, nos retiramos a la última habitación del segundo piso. Estaba en nuestro cuarto; no podía ver a ninguno de mis compañeros, y solo quedábamos nueve de nosotros. La oscuridad no iba a durar. Pronto íbamos a ser iluminados por el fuego.
Los diablos no tardaron en entrar, y nuestros números en disminuirse. Las paredes, los cuadros, todo se estaba incendiando. Los diablos se movían en círculos con rapidez, mareándonos. Sabía que esperaban el momento justo para atacar, pero pasaba algo más, algo que no entendía. Juntándonos en una esquina logramos cubrir la mayoría de los ángulos y matar a varios de ellos, pero el calor se ponía insoportable. Uno por uno el grupo cayó, dejando tres arqueros mientras todavía quedaban un gran grupo de diablos. Y mientras tanto, la temperatura seguía subiendo. Nuestros rostros parecían hervir, los ojos se cerraban cada vez más, deseando ver un gran cielo azul.
Pero el fuego solo lograba hacer que esos monstruos condenados se movieran con más facilidad. Hombro con hombro, formando un triángulo, nos dispusimos a luchar contra el infierno. Pero la puntería de un arquero peligra si la situación se degrada. Las flechas no tenían la precisión del comienzo; las flechas comenzaban a escasear. El humo penetraba en nuestros pulmones, y contaminaba todo nuestro cuerpo con su quemante presencia. Entonces observe sin palabras.
Los diablos empezaron a consumirse con el escenario. Sus piernas parecieron volverse fuego. Sus pies se despegaron del suelo. Estaban elevándose, por el amor de los dioses más puros.
El arquero de mi derecha aprovechó el proceso para bajar a varios bastardos. No tardamos en sumarnos, pero no fue suficiente. Como un ave fénix, envueltos en llamas, los últimos tres se acercaron a nosotros a toda velocidad; gritaban y se quejaban con una voz sin ningún rasgo humano. El último arquero reveló una espada y embistió contra uno de ellos. Fue mortal, pero sus prendas se envolvieron en fuego.
Solo quedaba uno, que reconocí como mujer. Volaba encima de mí. Rodeaba mi cabeza. Estaba arrodillado, con la última flecha en mi carcaj y lo sabía muy bien. La última flecha era diferente al resto. Aunque sentí un escalofrío en mi cuerpo cuando me paré, mi fe era ciega.
Corrí hacia la puerta mientras seguía al diablo con el rabillo del ojo. Había mordido el anzuelo. Al verme correr se lanzó sobre mí; y giré sobre mí mismo y clavé mi daga en su cabeza justo antes de saltar a un lado. Su vuelo siguió recto, hasta chocar contra una pared y sentir el piso. Su fuego se extinguió no mucho después. Recuperé mi última flecha, y varias flechas más, y corrí a través de las llamas hasta un lugar seguro en el cuarto.
Esa gente que había sido civilizada poco antes había volado por el aire. Realmente me lamentaba que ese espectáculo hubiera pasado en esa situación; todavía seguía boquiabierto por semejante gracia a la hora de volar.