martes, 11 de noviembre de 2014

Madera & Hueso — 39 — Li


Cuando desperté, no recordaba muchas cosas. ¿Dónde estaba? Oía gente, olía alcohol. Por favor, pensé, ya nada más de alcohol. Esta es la última vez que bebo. Hice memoria. ¿Cuánto había bebido?
Una taza.
Puta madre.
Miré adelante… un charco con agua. Se reflejaba el sol en él… Tanta sed. ¿Debía beber de ahí?
No, no lo hagas.
Me arrastré hasta el charco y saqué la lengua. Pronto escupí. Orina.
Me giré y quedé tendido de espaldas, sufriendo mi desgracia. Más gente pasaba, más gente hablaba. Ninguno cerca de mí…pero la cabeza me palpitaba al ritmo de los pasos.
Apoyé mis brazos flojos para levantarme, y con ayuda de mis pies aún más flojos lo logré. Estuve erguido por un momento, pero pronto el suelo se giró y mi cara lo recibió con toda su fuerza.
Con más dolor y más nauseas que hace un momento, volví a levantarme poco a poco contra la muralla. Estaba cansado, sentía ganas de vomitar, pero no tenía nada en el estómago.
Me acerqué a la calle, mirando hacia el suelo. El brillo del amanecer me estaba partiendo la cabeza. Veía formas indefinidas, gente yendo de un lado a otro. Los puestos del carnaval estaban desarmados; las decoraciones en el suelo. Y nadie celebraba. ¿Por qué nadie celebraba? ¿Y por qué tantos guardias? ¿Acaso…había pasado algo?
Esta posibilidad fue suficiente para despertarme. El cuervo. ¿Dónde estaban los demás? Debía buscarlos. Debía salir de mi pozo de borrachera y vergüenza. Di un paso con mi pie firme, y levanté el otro con esfuerzo. Ahora estaba de cara al suelo de nuevo.
Empecé a escuchar una voz…
Debía levantarme como fuera y buscar a los demás. No había tiempo que perder. Apoye las manos en el suelo y lo intente de nuevo.
La voz se acercaba…
Mi padre siempre decía que la voluntad hacía ocurrir las cosas. La voluntad movía al universo.
La voz no se callaba…
Carajo, ¿quién me llamaba? ¡Quería silencio!                        
—¡LANG! —gritó Dalia, frente a mi oído—. ¿Lang? Arriba, ¿estás bien?
Traté de taparme los oídos para que dejaran de pitar, pero Dalia empezó a tirarme del brazo. Me volví a caer.
—¿Me escuchás, Lang…?
“Sí”, intenté decir, llevándome la mano a la cabeza.
—Lang, respondeme.
“Que sí, te dije...”, balbuceaba en susurros, y Dalia no me escuchaba. Se me acercó al oído.
—¡¿Me entendes, Lang?! —exclamó una vez más. Eso ya era una tortura.
—¡Dejá de romper las bolas! —solté. Dalia se alejó sorprendida, pero empezó a tirarme del brazo.
—¡El huginn nos atacó, Lang! Y Marco está herido. Hay que ir a la mansión y encontrar a Cregh, rápido.
Algo había ocurrido, efectivamente. Con ayuda de Dalia logré levantarme de verdad. Me apoyé en su hombro para no perder el equilibrio, y cuando levanté la cabeza vi a Ítalo y a Aldara. Estaban sujetando a Marco, que parecía abatido. Todos se veían muy mal, pero Marco y Aldara estaban cubiertos de sangre. ¿Qué demonios había pasado?
—Quedaté acá —dijo Dalia, dejándome apoyado contra la pared. Fue a cambiar de lugar con Aldara; Marco no debía ser muy liviano…Aldara se acercó a mí lentamente, pero antes de que llegara me impulsé contra la pared y avancé para recibirla con un gran abrazo. La chica se quedó paralizada.
—Eh... ¿Lang? —murmuró, riendo nerviosamente. Pronto logré alcanzar una de sus alforjas—. Ey…
Empecé a beber desesperadamente hasta acabarme toda el agua, y luego la solté, volviendo a apoyarme en la pared.
—Gracias —dije, mientras me secaba la boca con la manga. Aldara no comento nada más.
—¿Que te paso, Lang? ¿Tomaste mucho? —preguntó Dalia. Recordé que solo había sido una taza, una taza…
—Tres botellas… —Mi boca habló por sí sola.
—Bueno, no importa. Ya vámonos —dijo Ítalo, que seguía cargando a su primo. Rechacé la ayuda de Aldara, y empecé a caminar apoyado en la pared. Al menos después de un rato ya podía cruzar la calle sin sentir que me balanceaba sobre una cuerda.

Podía jurar que la mansión de Marco había estado más cerca la noche anterior. En el camino nos detuvimos a descansar un par de veces y en más de una ocasión caí de nuevo al suelo, pero ya podía ponerme de pie solo. En la entrada nos encontramos a Malo. El gato caminaba con soberbia y una clara sonrisa burlesca; estaba riéndose de mi desgracia.
—¿Y vos dónde estabas? —le pregunté. Malo se sentó en el suelo, ignorándome, y trató de rascarse la oreja, pero algo lo detuvo—. ¿Qué te paso? ¿Estas herido? —Me agaché para verlo mejor, pero retrocedió gruñendo. Noté que tenía la cola quemada—. Malo, ¿Viste al cuervo?
El felino se levantó y se fue. Debía haberlo visto; no era fácil herir a Malo. Mientras tanto, los demás habían entrado a Marco. Me levanté rápido y...
Mierda... Me estaba…Mareando.

En la mansión había gente andando de un lado a otro, trayendo agua y demases mientras Marco yacía tendido en un sillón. En mi propia confusión no había reparado en que no podía usar sus piernas. Los demás, incluida la ama de llaves, estaban a su lado. En unos minutos entraron dos personas más. Uno era de escaso pelo blanco, barba larga y bien vestido, y el otro un hombre más joven que cargaba un bolso grande. Se acercaron a Marco. Dalia quiso decir algo, pero el viejo la calló.
—Ya conozco la situación. Javier, encárgate de la damisela.
El médico asistente camino hacia Aldara, y el doctor atendió a Marco en unos minutos. Uso varias hierbas, y en más de una ocasión sus manos parecieron brillar al aplicarlas. Aunque no curó sus heridas, Marco pareció aliviado. ¿Era magia como la que Cregh había usado conmigo?
—Los huesos de sus pies se quebraron. Me temo que no va a poder caminar durante algún tiempo —dijo el doctor al fin, mirando a la ama de llaves—. Voy a tener que darle un tratamiento regular antes de que podamos contemplar ningún avance, y voy a prescribirle una dieta para que recupere el humor sanguíneo.
Sacó lápiz y papel del bolso, y empezó a escribir. El otro hombre trató a Aldara de forma similar, aunque le tomo algo más de tiempo.
—Voy a entregarle la receta a la cocinera y llamar a alguien para que lo lleve a su habitación, señor Marco —dijo la ama de llaves. Este hizo un movimiento con la mano.
—Está bien, Estela. Quiero estar acá un poco más.
La ama de llaves hizo un gesto y salió, junto con el resto. Durante unos momentos, los cinco estuvimos sin decir ni una palabra.
—Malo estuvo con el cuervo en el incendio —solté, sin saber que más decir. Pero el resto solo se miró entre ellos, confundidos—. Eh… Si Malo estuvo con él, entonces quizás podamos seguirlo.
—Esperá, ¿qué incendio? —preguntó Ítalo.
—El que provoco el cuervo —dije.
—No hubo ningún incendio. Solo nos atacó el huginn y otro tipo.
—¿Qué? Pero si yo lo recuerdo. Alguien quemó algo…
—¿Saben dónde está su amigo Cregh? —dijo Marco. Todo cobra sentido…
—¿Que sucedió exactamente? —pregunté—. ¿Vinieron dos cuervos?
—No —Dalia sacudió la cabeza, seria—. Era el mismo de antes junto a un hombre, un humano. Llevaba dos pistolas, y tenía…
—¿Una capucha que le cubría la cara…? —me adelanté. Aldara levantó la vista e Ítalo me miró seriamente. Lo recordaba. Sí. Recordaba alguien como él anoche…
—¿¡Lo conoces?! ¿Sabés quién es? —dijo Dalia, chillando de nuevo. Santa puta, mi cabeza…
Pero los recuerdos estaban volviendo. Recordé todo lo que había pasado la noche anterior.

◘◘◘◘◘

—Sí, vi a ese pistolero anoche. Hicimos una apuesta y me ganó. Parecía buena persona… —dije, luego de que mis recuerdos vinieran a mí.
—Un humano que está ayudando a los del oeste... Debe estar bastante desilusionado con los humanos —dijo Marco, riendo. Estaba mucho mejor.
—¿Te dijo su nombre? —preguntó Ítalo, intrigado. Iba a negar con la cabeza, pero solo la idea de moverla me dolió. Ese médico me podía haber atendido a mí también.
—No. Habló lo menos posible. Pero, como dije, no me dio la impresión de ser un asesino…—Aunque sí había disparado con una precisión mortal—. ¿Les paso algo más en su encuentro?
—Lo… Lo atravesé con la espada—dijo Dalia—. Estuve a punto de matarlo, pero…alguien, algo apareció y lo hizo desaparecer. Así como el huginn desapareció en Laertes. No pude ver qué era.
—Ya veo… —murmuré—. Deberíamos mantenernos unidos de ahora en adelante, siempre preparados. Así como estamos no tenemos posibilidad de hacerles frente. Y mucho menos si cada vez son más. —Me pausé por un momento, pensando que hacer—. Bueno, como dije… creo que Malo estuvo con el cuervo. Si es así, podemos seguirlos.
—¿Cómo? ¿Seguirlos con Malo? —preguntó Dalia.
—Ese gato es un muy buen rastreador. ¿Sabés lo difícil que es encontrar a una persona en las grandes ciudades? Él es la razón por la que ser cazarrecompensas me es un trabajo viable.
—No sé… Si se fueron con un hechizo podrían estar en cualquier parte —dijo Dalia. Pensé un poco.
—Pienso que deberíamos buscar a Cregh y… ¿descansar por hoy? O quizá seguir camino.
Marco levantó un poco la cabeza para mirar al otro extremo de la sala.
—Ya me adelanté —dijo—. Allá esta Cregh. —Y señaló una figura que cruzaba la sala con sigilo.
Lo que vimos entonces, al girarnos hacía él, no iba a borrarse de nuestras mentes con facilidad. Ese vestido florido era demasiado corto…


Madera & Hueso — 38 — Heir


Había podido alcanzar Laertes luego de tres días de marcha. Las celebraciones en Craster ya debían haber comenzado: apenas faltaban días para el comienzo de la primavera. Y tuve otro encuentro.
Ese día supe que las escrituras eran ciertas. Al principio dudaba, no sabía si llenarme de esperanzas iba a hacerme caer en la decepción. Lo que ese hechicero había dicho era bueno, pero, ¿realmente éramos nosotros los que traeríamos el bien a nuestras tierras? ¿Cómo podíamos saber que las escrituras hablaban de nosotros? Era una gran responsabilidad. Tanto que casi no podía lidiar con ello en mi cabeza. Scelus, pensé, mientras recorría los caminos. Al final abandoné Veringrad. Luego de tantos años, un cuervo la abandona. Supongo que en este punto ya no importa si el hechicero está loco o no.
Bajé la mirada a mis garras. Había asesinado a ese señor de tierras. Murmuré. No había sido como los humanos que me encargaba la policía. Los otros señores de tierra seguro se molestarían; quizá alguno daría testimonio de haberme visto por el distrito, y la policía terminaría inspeccionando mi casa. Todavía tenía el cuerpo de Bernard Rhodes ahí. Quizá alegarían nunca haber tenido conexiones conmigo, y que no tenían idea de los cuerpos que yo guardaba. Horrorizados, hablarían acerca de la locura de los huginn; que los habían aceptado en la capital pero en el fondo nunca habían cambiado; por los Dioses siempre habían estado haciendo estas fechorías bajo sus narices. Dioses. Quizá Sil y Dip, o mis otros hermanos en la ciudad, recibirían represalias. Quizá les había hecho las cosas más difíciles a todos.
Escupí, murmurando. Estaba bien. Todos íbamos a tener que aprender a defendernos. No me arrepentía de mi crimen, pues no era un crimen. Era una declaración. Todo el Oeste iba levantarse, immo.
Suspiré. Motivarse no estaba mal. Si realmente estábamos por comenzar una revolución necesitaba ese tipo de cosas para perder los nervios…
Detuve mis pensamientos ahí mismo. Más adelante me aguardaba alguien.
Aclaré mi mente y me puse en guardia. Me agazapé, desenfundando mi daga. Agudicé la vista. No lograba discernir a la persona… era como una sombra más entre todas las sombras de los árboles. Llamaba mucho la atención al viajar, así que lo hacía distanciado de los caminos. Murmuré; si era negro podía tratarse del hechicero. Oculté mi daga y avancé cautelosamente, preparado para un aliado o para un enemigo.
La respuesta… no fue nada de lo que esperaba. Sus plumas negras, expuestas al aire, brillaban con la luz del sol. Su postura era relajada. Nada en él reflejaba hostilidad…Me había encontrado con un aliado, pero no había esperado que fuera un cuervo.
Durante un momento solo estuve parado ahí, inseguro de cómo actuar.
—Cielos. —El otro huginn se llevó una mano a la frente—. Parece que causo esta reacción en todo el mundo, sabés.
Me tome mi tiempo para pensar una respuesta.
—¿Tenés un anillo…? —dije al fin.
—¿Oh? —Mi hermano, de gran estatura y con varias vendas, rebuscó algo entre las bolsas que llevaba atadas a la cintura—. Sí —rumió—… acá. —Entonces tomó un anillo y lo levantó hacía mí, mostrándolo.
Se tiró al pasto, sentándose sin finura y bostezando.
—Qué calor. Mierda. Qué cansancio. Ese Caballero me dio en la pata. —dijo, y vi que algo en su pata sangraba. Pero no bajé mi guardia.
—¿Estás diciendo que venís de encontrarte con los otros cinco? —Recordé algo que había dicho el Hechicero: “Krieg Waltz va a encontrárselos”—. ¿Acaso sos Waltz?
—Pues claro, ¿sabés? —graznó—. Hacé algo de silencio. Este pobre pie…
El cuervo se tanteó la pata durante unos minutos en los que solo se escuchó a los pájaros. Empezó a rociar algún tipo de polvo sobre la herida.
—Y vos, ¡Eh! Vos todavía no me mostraste ningún anillo todavía. Sabes, yo no tengo que ser el único que tiene que mostrar —dijo de pronto.
—Eh…
Eso podía ser un problema. El Hechicero me había prometido un anillo si no los traicionaba; una muestra de que estábamos del mismo lado. Había sido lógico exigir que Waltz mostrara uno; era una buena forma de confirmar su bando. Pero yo no había ganado el derecho a un anillo.
—Eh… El Hechicero debió decirte que me recibieras acá, ¿no? —dije—. Él planeó este encuentro.
Krieg asintió, con los ojos cerrados.  
—Immo. Él es bueno para estas cosas. Los que piensan bien son buena gente, sabés.
—Entonces deberías saber que todavía no tengo anillo.
—Immo. Tenes razón.
Gruñí ante sus respuestas cortas. Krieg no parecía querer iniciar ningún tipo de conversación
—Eh, ¿dónde está el Hechicero? —dije.
—Con el Pistolero. Justo fuimos a reclutarlo, a ese. Él tuvo su propia prueba de iniciación, como vos. Aunque no logró llevarse a la chica, mostró su lealtad al recibir una espada por la causa. Que es lo menos que debería hacer un sucio humano. En fin…hicimos mucho ruido, y recibí un corte en la pata.
—¿Entonces los cinco te hicieron todas esas cosas? —Señalé a las vendas que tenía por toda la boca, y quebraban su tono de voz.
—Sílo de la boca fue su puto mago, su Hechicero. 
—Supongo que son un peligro a considerar.
Nah. No tienen capacidad. Pero el Testamento dice que van a ganarla algún día.
—El Testamento… —murmuré, mientras me sentaba en el pasto frente a él—. ¿En serio estamos siguiendo el Testamento?
—Claro; cuenta la verdad del mundo. La realidad siempre cambia y los sentidos pueden ser engañosos, pero el Testamento es inmutable. Solo dice la verdad.
—Pero las promesas… Solo son algo que se dice por ahí. Es muy vago como para basarnos en ello…
—No nos basamos en lo que se dice. Oí: nosotros tenemos las escrituras.
Me quedé sin aliento. Por un momento no pude responder nada.
—¿Lo decís en serio? ¿Las escrituras enteras; todo el Testamento?
—Immo —fue toda la respuesta de Krieg, y no creyó necesario agregar nada más.
—Bien… ¿Podría… Podría mirarlo?
—¿Sos el Caballero… no es así?
Asentí. Le dije mi nombre.
—Heir —repitió—. Hermano, escuchá bien: el testamento se encuentra en casa. En nuestra verdadera casa… en el Oeste.
—Por favor; dame mi anillo. Quiero ir ahí. Quiero ver nuestras verdaderas tierras.
—Nunca te olvides de esto: Ahora mismo estamos en nuestras verdaderas tierras. Los hombres nos las quitaron, pero estos suelos van a ser por siempre nuestros, sabes. Hasta que los recuperemos. Estas tierras son el Oeste, sabes, en sí mismas.
—Sí.
—No necesitas el anillo. Yo estoy seguro de que sos el Caballero; no tenés que confirmarlo. Sabés, tu viaje sigue por estos caminos. El Oeste está en esa dirección, para vos. El Oeste es el destino.
—No… No sé si entiendo.         
—Por ahora no lo necesitás al anillo. Solo seguí avanzando, ¿sí? Seguí hasta Valle Hondo y más allá. Hasta Havenstad. Va a ser tu peregrinaje.
Tanteé vagamente sus plumas. Más fuertes, más viejas que las mías. Las plumas de alguien que no necesitaba ocultarse para andar por el mundo.
—¿Estás escuchando? —dijo.
—Sí —dije—. Entiendo claro.
—Partí, entonces.
—¿Solo falta que reclutemos a nuestra Nereida?
—Immo —gruñó.
—Muy bien. —Me puse de pie. Supuse que por fin estaba en el camino correcto en mi vida. Yendo en alguna dirección, más allá de buscar sangre día tras día—. Bien.


Madera & Hueso — 37 — Dalia



Al principio los disparos no se distinguían de la música y toda la charla. Las balas alcanzaron primero a los bailarines; cayeron al suelo como si nada, sin siquiera llegar a cambiar de expresión. Unas personas delante de nosotros se salpicaron con la sangre. Todavía nadie había reaccionado; seguíamos estando en el segundo anterior. Entonces vimos al cuervo parado atrás.
Nuestro estado somnoliento, la borrachera, las emociones; fue como si nos tuviéramos que deshacer de todo eso. Al tiempo que yo me levantaba, desenvainando, Aldara abrió una alforja; estaba mirando al frente, donde el pistolero se había dejado ver. Ahora habían pasado un par de segundos. Marco estaba en medio camino a ponerse de pie. Otra bala estaba por surcar el cielo. Y por detrás, el cuervo no permitía que nadie abandonara el escenario. Mucha gente empezó a huir por los costados, pero yo entendía que el cuervo no buscaba bloquear a los ciudadanos.
“Todo fue por nosotros”, recordé. El pensamiento resonó en mí. “Todo en Laertes fue por nosotros, él nos dijo básicamente eso.”  Y me llené de rabia. Otra vez; era sobre nosotros.
Ojalá hubiera prestado atención al revolver detrás de mí. Aldara tomó agua de la alforja e intentó parar la bala, suspenderla dentro de una concentración de agua. Era completamente imposible, pero ¿qué más podía hacerse? Al menos debíamos intentarlo, porque, ¿qué más quedaba por hacer? Entendíamos lo que pasaba si fallábamos. Otra bala alcanzaba un blanco, y así fue que otra persona cayó al suelo para morir.
Entonces el tiempo volvió a correr.
Un pistolero, con una capucha tapándole el rostro, llevando dos revólveres.
—¡¿Un humano?! —exclamé, en dirección a Aldara. Estaba pálida; intentaba levantar agua pero no podía, todas las construcciones se deshacían en el aire—. ¡Cuidado!
Todo era sobre nosotros…El pistolero disparó en su dirección. Salté hacía adelante, cubriéndola con mi cuerpo. Hubo otro disparo y lo recibí.
Siempre había imaginado que las cosas se pondrían oscuras, que mis ojos querrían cerrarse. En cambio, todo se hizo blanco. Los músculos se paralizaron, y el sonido se cambió por un pitido incesante.
Todos mis sentidos se bloquearon, en el dolor.
Pero la espada actuó y la bala cayó fuera de mí, luego de un momento. Y un instante después no hubo ninguna herida.
Me levanté con firmeza. Olvidé al huginn, y empecé a avanzar en dirección al pistolero. Por detrás, oía a Marco gritándole algo a Aldara. El pistolero retrocedió al verme, confundido. ¿Acaso no me había dado? Sonreí. Noté que no dejaba de seguir a Aldara con la mirada.
—¿Quieren matarla a ella? —me pregunté en voz alta, llena de furia. Arremetí hacía adelante, pero él se corrió. Con la espada destrocé una silla que había allí.
Giré la mirada para revisar el estado de Aldara y Marco, y abrí los ojos con horror al ver que el huginn estaba frente a ellos.
Dejé al pistolero y corrí hacía el grupo. Entonces una bala penetró por mi espalda.
Caí al suelo, sin aliento. No lograba cerrar la boca. El huginn levantó uno de sus enormes brazos y le dio a Aldara en la nariz. Empezó a salir mucha sangre. No lograba alejarme del horror. Era justo como en Laertes.
No, me dije. Otra vez no.
Me levanté, ignorando la herida, que se curó por sí sola. Empecé a andar despacio, pero escuché otro disparo y me vi obligada a saltar al suelo como protección. Por la calle llegaban varios gritos. Un metro adelante, Marco había revelado un cuchillo, pero no sabía cómo actuar frente al cuervo. Noté que este tenía vendas a lo largo del pico, donde Cregh lo había hecho explotar. Marco intentó atacar, pero el monstruo le corrió la mano sin esfuerzo.
Entonces levantó una pata, y la bajo en las piernas de Marco. La patada se las dio vuelta hacia atrás, junto a un sonido crocante. Marco gritó. Aldara también gritó. Entonces el cuervo golpeó de nuevo, Aldara recibió otro impacto en la cara y cayó inconsciente.
Estaba fuera de mí. Salté hacía adelante, y clavé mi espada en su pata. Su graznido cubrió el aire, aturdiéndome.
—¡Puta mierda! —insultó, y me alejó de una patada.
La espada me hizo aguantar el dolor, pero cuando recupere el equilibrio el cuervo ya tenía ese anillo suyo en la mano otra vez.
—¡Eh! Pistolero —dijo—. A ver cómo te va. Agarrá a la Nereida, sabes. ¿Eh? ¿Sabés? A ver qué tal.
El cuervo se puso el anillo… y entonces no estuvo más ahí.    
Sentí que quería llorar de nuevo. Sentí que quería vomitar, que quería dormir y reposar del alcohol.
Pero no había terminado. El pistolero dio unos pasos adelante, apuntándome. Solo estaba yo entre él y Aldara.
Movió el revólver hacía un costado un par de veces: quería que me moviera. Yo sacudí la cabeza.
—No hagas como que te molesta matar humanos —dije—. ¿Siquiera sos uno de nosotros…? ¿Por qué haces esto?
No respondió.
—N-No pienso moverme. No tengo miedo de tus balas.
Pero ojalá me hubiera movido. Hubo un resplandor en sus ojos, una especie de brillo en lo poco que su capucha dejaba ver… Él había entendido lo que mi poder significaba: que no debía contenerse. Siguió una cascada de balas, cuatro, cinco, incapaz de contar… Mi cuerpo perdió toda sensibilidad, como si lo hubiera perdido y solo quedara mi cabeza. Como si todo se me hubiera sido arrancado. Todo.
Pero aun así… De alguna manera… Me levanté.
Mi espada era yo. Mi espada no podía romperse. Mi espada hacía a mi cuerpo parte de su noble filo, y lo protegía tanto como a sí mismo; yo no era un simple cuerpo para derribar. No para él. Nunca sería tan baja como él; algo peor que un humano. Aun si era humano, ya estaba por debajo de nuestra escala.
Apretando los dientes, comprendí que el pistolero ya no se encontraba en el lugar. Había estado caída demasiado tiempo.
—¿Dónde está? ¿Marco? ¿Lo viste irse…? —Bajé la mirada, distraída—. ¿M-Marco?
El suelo bajo él estaba lleno de sangre. El huginn lo había dejado desplomado, incapaz de levantarse…
—Oh, dioses. Mierda, mierda… —Al menos estaba mirando hacia arriba. Le palmeé el rostro un par de veces, y empezó a abrir los ojos. Sin embargo, parecía muy débil para hablar. Puse mi espada en su mano, rezando porque hiciera algo—. Vamos, vamos… Vamos…
—Dalia… la chica…
—¿E-Eh?
—Se llevó a la chica.
Mis ojos se ensancharon. Cierto, Aldara… El demente había tomado a Aldara. Me incorpore inmediatamente, pensando en buscarlo. Pero no podía dejar a Marco así.
Me acerqué a él una vez más. Tomé una botella del suelo, e hice que se la tomara.
—Bien. Bien, vos seguí tomando. No pierdas la consciencia. Marco, sujetá la botella —lo ayudé a tomarla, guiando su mano—. Bien… voy a intentar volver pronto.
Lo dejé. Por la lejanía empezaron a sonar disparos. Miré a mí alrededor, y contemplé horrorizada como habían muerto muchos más. No podía perder más tiempo; no podía dejar que sea como en Laertes otra vez. Corrí a través de la calle.
Estaba lista para ir tan rápido como fuera necesario. A pesar de todo, al doblar la esquina ya estaba ahí. Al momento de verlo me recibió con otro disparo. Me corrí y lo evité. Por el rabillo del ojo lo vi recargando, y empecé a correr. Pronto empezaron a haber más disparos; pero no me mantenía en movimiento. Llegué a ver que había dejado a Aldara en el suelo; debía detenerlo antes de que pudiera irse a algún otro lugar. ¿Tendría uno de esos anillos mágicos?
—¡Dalia! ¡Ahora! —escuché, de repente. Y todo se puso en posición. Cada partícula de aire, cada latido de mi corazón me dijo que arremetiera ahora. Y ese fue el momento. Unas manos surgieron de atrás del asesino, y le detuvieron los brazos. Ítalo me había alcanzado.
Con una sonrisa embriagada de esperanza, aceleré… y antes de darme cuenta llegué adentro. La espada cortó al pistolero limpiamente y penetró. No fue como las arañas, insectos viscosos. No fue como los diablos, de interior chamuscado. O los policías de Laertes; cortes solo de defensa propia. Cuando oí el grito horrible que profirió, entendí que esa sería realmente la primera vez que mataría a un humano.
Y… de alguna manera… eso solo me motivó más. Empujé con más fuerza, con más odio. A los humanos los conocía. Los había visto toda mi vida. Eran un terreno conocido, y soltar la culpa en uno de ellos era de alguna manera más cómodo. Era fácil pretender que él era responsable por todo… Poner mi odio por el cuervo en él, y desquitarme. Giré la espada adentro suyo. Me aferré al mango como si no pudiera soltarlo. Mi sangre hervía. Iba a matarlo. Retiré la espada, preparándome para cortar de nuevo… Apunté a su cabeza…
Y de pronto, un hombre apareció en el aire. Empalidecí, creyendo que era el cuervo. Pero era un monstruo completamente diferente. Su rostro estaba cubierto por un yelmo. En un momento levantó el brazo, y me encontré volando por el aire. Me había lanzado. Creía haber sentido esa sensación antes. Cuando Cregh nos transportó. Sí, la sensación de… magia. Una especie de claridad. Y, además, en esa altura podía ver al amanecer muy bien. Con toda su belleza.
Pero mi espada había salido volando, lejos de mí… e iba a tener que afrontar la caída por mí misma. ¡Dioses! Me tensé en un momento. El impulso terminó, y empecé a ir en bajada.

Cerré los ojos, y sentí el impacto. Perdí la consciencia, y todo terminó.