sábado, 6 de diciembre de 2014

Madera & Hueso — 41 — Dalia


Estaba transpirada, en parte por mi sueño y en parte por el aire denso que traía una lluvia.
Había dormido… Fallé en cumplir la voluntad que me había impuesto, no pude correr la mirada a mis sueños y ahora… Lo sabía. Me había incorporado, apenas, pero sin salir de mi manta. La manta que tenía había sido de mamá… y ahora me sujetaría a ella con más fuerza que nunca.
Ítalo me estaba aferrando. Normalmente, me hubiera corrido de un salto, insegura. La mañana en la casa de Wendagon me vino a la mente. Sin embargo, en esa oscuridad pronunciada por las nubes, donde solo éramos una silueta… Me pareció bien aceptar esa silueta. Éramos un grupo. Compartíamos nuestras monedas. Eso era como una familia… Una familia.
Solo podía llorar, pero logre articular unas palabras.
—Era papá… Mi padre murió.
Ítalo se sacudió, no pudo evitar estar fuera de lugar.
—A-Ah… ¿Entonces no tuviste ninguna visión sobre nuestros enemigos?
Me giré hacía él, furiosa. Por supuesto, las sombras no me dejaron distinguir nada entre su rostro. Sacudida por una ola de soledad, me sentí impulsada a arrojarme entre sus brazos… Pero entonces se escuchó la voz de Lang entre los pastos.
El pistolero se había acostado contra la carreta para dormir, el vehículo que ahora usábamos para desplazarnos comprado también con su dinero.
—Eh. ¿Está todo bien?
Se paró, y se acercó a nosotros. Yo también me senté apropiadamente, saliendo de una vez de la manta. Cregh, Aldara y Malo aun dormían, pero en ese momento bajar la voz parecía lo menos importante del mundo. Empecé a hablar.
—Yo… sabía que esto iba a pasar. Mi padre estaba gravemente enfermo, y yo me ocupaba de cuidarlo todos los días. Al aceptar marcharme supongo que sabía que esto podía pasar… Que aceptaba… —Mi voz falló, teñida por el dolor. Use un momento para recomponerme antes de seguir—. Eh… Ya había tenido un sueño sobre mi hogar hace unos días. Toda la casa se veía cubierta por un hilo de oscuridad, y quise engañarme sobre lo que podía significar. Pero después del sueño de esta noche… De ver su cuerpo… Es claro lo que representaba. Y me explica otro sueño más. Un sueño de Veringrad… Diciendo que también Wendagon está muerto.
Ítalo se sacudió, y Lang pareció tomarse el pecho.
—Eh… vaya —dijo Lang, inseguro de cómo proceder, e intercambiando una mirada en la oscuridad con Ítalo—. ¿Querés, eh, hablar con alguien o algo?
—Creo que ahora solo quiero estar sola.
—Ya aprendí a confiar en tus visiones —dijo Ítalo—. Tenés mis pesares.
—Eh, bueno, podría hacer algo para comer —dijo Lang.
Lang corrió a unos pasos del campamento, recogiendo varias ramas para hacer un fuego en el mismo lugar donde había muerto el anterior. No tardó en volver y, mientras se levantaba Aldara, empezó a sacudir dos ramas entre sí con la esperanza de que apareciera alguna chispa. Estaba amaneciendo.
Tras un tiempo, noté que Aldara se me acercaba.
—Ey, Dalia… Ítalo me contó lo que paso y pensé que quizá hablar de ello te facilitaría las cosas…
—Está bien. Yo acepté que causaría esto al venir acá, Aldara —balbuceé. Las lágrimas habían parado; en ese momento era como si no pudiera sentir nada. Aldara se alteró, preocupada.
—Eso no es…
—Eh, vagabundo, ¿qué haces? —Interrumpió Cregh, apareciendo de pronto entre el grupo—. No tiene sentido comer algo ahora. Vamos yendo de una vez que está por llover.
Hubo un momento de silencio por el cambio de tono.
Lang miró a Cregh, irritado.
—Tené un poco más de tacto—Y sin darse cuenta, movió las ramas con aun más fuerza y logró prender el fuego. Se dio vuelta—. ¡Ah! Muy bien.
Pero entonces sonó un trueno, y como en una cascada una lluvia torrencial nos bañó a todos. El fuego se apagó al instante.
Cregh, aun medio dormido, solo se sacaba una lagaña de los ojos.
—¿Ves? ¿Qué te dije? Vamos yendo a la carreta.

Y así, pronto estuvimos en marcha una vez más. Pudimos meter todas las mantas adentro antes de que se arruinaran, y los caballos aceptaron el agua con dignidad, sin perder el control. Cruzábamos las montañas, que se levantaban siempre en el horizonte.
—Vaya —exhaló Ítalo, mirando hacia afuera—, es la última despedida del invierno. —Entonces se dio vuelta al resto—. Los mares deberían estar cálidos y resplandecientes cuando los crucemos.
Sonreí, sin animó. Aldara seguía queriendo hablar, pero le pedí que dejara de insistir.
¿Qué sentido tenía, pensé, todo lo que estaba haciendo? ¿Sí estaba realmente escrito que todos siguiéramos ese viaje, si era acto de Destino, como podía conllevar que mi padre muriera? Parecía todo un gran chiste, y simplemente no podía entender esa mirada de determinación en Ítalo desde que nos habíamos despedido de su primo.
—De verdad querés llegar al puerto, ¿no? —comentó Cregh al arquero.
—Sí. Siento que por fin tengo algo claro; tenemos que ir a esa ciudad.
Sus palabras parecían llenas de buenas promesas, pero el tono con el que continuó hablando Lang fue mucho menos alegre.
—Pero está toda esa gente con la que nos estuvimos encontrando. Esos monstruos.
—Es verdad… —dijo Aldara, recordando por lo que había pasado en Craster.
—El cuervo decía que quería despertar a su Deus… El demonio del Oeste —dije, en voz baja—. Y durante el festival apareció junto al humano con las pistolas, así que…
—Sí —dijo Lang—. Junto a esa criatura de la armadura negra, diría que es seguro que trabajan juntos.
Ítalo, que había tenido la cabeza gacha durante ese intercambio, de pronto miró hacia nosotros.
—Esto es algo que solo se dice entre los miembros de mi familia, así que no había creído prudente mencionarlo entre todos. Pero después de hablarlo con mi primo, creo que todo cuadra…
—Ítalo, ¿qué pasa? —Dijo Cregh.
—Es una antigua profecía. Está escrito que, bueno, mi familia ya se encontró con el demonio del Oeste hace tiempo… y hay una profecía sobre el momento en que este demonio va a volver a despertar y sobre las diez personas que van a estar involucradas. Y cuando le comenté a mi primo eso que nos había dicho el cuervo, ese “Testamento del Oeste” en el que parecen creer esas criaturas, todo pareció coincidir.
—¿Estás diciendo que hay varias escrituras sobre este demonio despertando? —Murmuro Lang—. A mí eso no me parece muy bueno.
Ítalo sonrió con una soltura que no estaba acostumbrada a ver en su cara; una soltura que parecía haber tomado prestada de su primo.
—Eso dicen sus escrituras. Pero las nuestras hablan de elegidos que detienen este alzamiento. No hay de qué preocuparse.
Malo gruñó, divertido.
Lang carraspeó y enseguida volvió a poner la conversación en rumbo.
—Claro, bueno. Entonces, si está prácticamente “escrito” que vamos a volver a encontrarnos con esta gente, es importante que no nos separemos.
—El tipo negro; a mí me levantó en el aire cuando estábamos con Ítalo. —dije—. Creo que fue magia; se sintió como cuando Cregh nos transporta.
—Magia, ¿eh? —Dijo Cregh, despreocupado—. Entonces yo voy a poder ocuparme de él.
—Y yo —dijo Ítalo, levantando un pergamino violeta de entre sus pertenencias—. También vine preparado. Esto puede repeler hechizos, incluso uno que nos convertiría en fuego en un segundo; quiero decir, es muy poderoso. Estoy seguro de que va a sernos útil y hasta nos salve la vida.
El ambiente de lluvia no llegaba a ser molesto; sin embargo, el terreno rocoso y con pocas hierbas y arboles no ayudaba a los caballos, que sumado al temporal se veían muy ralentizados. Después de medio día de viaje, hubo que acudir finalmente a la solicitud de que Cregh nos transportara a todos hacía la ciudad puerto.
El hechicero suspiró.
—Los caballos, la carreta, el equipaje y todos nosotros… Sería mucho que transportar. Para evitar que cayéramos en cualquier lado y perdiéramos a los caballos… Como ocurrió la última vez que intente transportarlos, buenos dioses, supongo que podría… —Cregh hizo unos cálculos en su cabeza—. Podría prometer dejarnos fuera de la región de las montañas, o incluso después de Notio.
Era un buen trato. Lang paró a los caballos, esperamos a que la lluvia bajara un poco, y el mago puso en efecto su magia.

Cuando el aura blanca desapareció de nuestro alrededor, nos encontrábamos en un bosque. Como la última vez que nos movió con caballos… pero esta vez todo parecía estar bien. Nuestro equipaje estaba revuelto, sí, y el suelo era más bajo en esa zona así que la carreta tuvo que aterrizar… Pero todos estábamos enteros.
Salimos de la carreta un momento y reconocimos el terreno.
—¿Y el camino? —preguntó Ítalo, ansioso.
—Nos moví hacía adelante, hacia el norte, no siguiendo el camino —escupió Cregh, con la dignidad de quien espera un agradecimiento—. La carretera debería aparecer si nos movemos un poco. Si todo salió bien, ya pasamos Notio.
Malo se le acercó y maulló un par de veces. Entonces habló Lang:
—Perfecto, puede que esto nos haya ahorrado una semana de viaje. —El hechicero se lo quedo viendo, a lo que el pistolero suspiró mirando al cielo—. Es decir, gracias.
Mirando al cielo a mi vez, noté que estaba despejado. Le habíamos ganado a la tormenta; íbamos a recibir su llegada en Havenstad.
Ahora en un bosque, los caballos podían comer algo. Sin darles el gusto por demasiado tiempo, Lang pronto nos tuvo a todos arriba de la carreta, espoleó a los animales y partimos a realizar el trecho final hacía la ciudad, su puerto, el límite del continente… y nuestro siguiente paso para alcanzar el continente del Oeste, hogar de los bichos.
Como Cregh había dicho, encontramos el camino rápidamente, y así es que estuvimos encaminados correctamente.
Con el sol radiante, todo parecía un poco más alegre, e incluso llegue a olvidar lo que había soñado e ilusionarme porque íbamos a ver el mar. Lang, sin embargo, se veía serio.
—Malo no huele… Es decir, temo que el cuervo no esté por acá; quizá podamos pasar nuestra estadía sin problemas después de todo.
Sin embargo, como respondiendo a eso, una explosión de luz iluminó el bosque a nuestra derecha; alguien acaba de ser transportado a ese lugar, como nosotros aparecimos en el bosque. Entonces un pie se asomó entre dos troncos, y el pistolero humano se mostró frente a nuestra carreta.
El grupo soltó una exclamación y salimos de la carreta a los saltos. Ítalo y yo nos miramos: ¿Cómo podía ser? Lo habíamos matado en Craster. Lang lo apuntó con su revólver.
El enemigo se mostró cordial. Sin sacar las armas, sin apenas moverse, con la cabeza gacha dijo:
—No esperábamos. Encontrarlos de nuevo. Pero. Su ruta. Parece clara.
Ítalo me miró de nuevo. Su forma de hablar… Algo era extraño.
—Sí. Realmente. Viajan hacia el viejo continente… Esta es la última oferta. Dejen de. Avanzar… Ahora.
Lang escupió al piso. Aldara se movió para abrir una de sus cantimploras. Cregh tensó las manos.
Al ver que no obtenía respuesta de nuestra parte, el humano volvió a hablar.
—Muy. Bien. Entonces. La entrada del puerto será. Donde el Hechicero. Los. Va a matar.
Y tras pronunciar todo esto lentamente, cubierto por las sombras de los arboles bajo los cuales estaba, tomo algo en su túnica y desapareció.
Ítalo, enfurecido, casi deja disparar la flecha que había tensado. Aunque ni siquiera lo había visto cuando movió la mano para buscar esa flecha. Todos dejamos salir el aire.
—Cielos… ¿Qué…? ¿Qué paso? —Dije.
—Vino en una luz blanca, pero se fue con el anillo —murmuró Cregh—. El mago debe haber sentido nuestra magia cerca y tuvo que usar un hechizo para que el pistolero apareciera en la fuente de esa magia. Después se fue con ese puto anillo…
—¿Pero qué mierda es ese anillo? —masculló Ítalo.
—Yo solo… no sé. Podría haber varias explicaciones… pero no sé. Tendría que tener una fuente de magia enorme para construir solo uno de esos.
Noté que Aldara estaba algo agitada al ver a su raptor. Le puse una mano en el hombro y traté de formular una sonrisa… Sin embargo, en ese momento pensé en la amenaza que habíamos recibido y mi mirada solo se ensombreció.
—¿Y qué hay de lo que dijo…? —pregunté.
—Un mago nos va a matar, ¿eh? —Lang se revolvió el pelo mientras pensaba—. Qué carajo… Al final teníamos razón, ese tipo de negro era un mago. Qué carajo.
—¿Creen que realmente nos esté esperando en la entrada de la ciudad? —dijo Cregh.
Ítalo aún no había guardado su flecha, y jugueteaba con ella a través de su arco.
—Va a haber que considerarlo como una posibilidad —dijo.
—Pues muy bien. —Apreté los dientes, y mi espada negra.
—Bien. —Dijo Aldara, mostrando un brillo en sus ojos… una tempestad.
—Esta vez nos preparamos para ellos. Esta vez puede ser nuestro turno de causar un daño.
—Va a ser mejor que dejemos la carreta —dijo Lang—. Podemos venir a buscar nuestras cosas después, y no podemos estar a demasiados pasos de la ciudad. El mago podría hacerles algo a los caballos si entramos con ellos.
—¿Y qué pasa si nos roban? —dijo Ítalo.
—Voy a ocultarlos en el bosque, pero la gente ni siquiera empezó a volver del festival de Craster por estos días —respondió Lang.
Una vez hecho esto, y con nuestras armas encima, caminamos hacia adelante por el camino, con nuestros pies sobre la tierra seca, y la tormenta por detrás. Los cinco teníamos la intención de causar un asesinato… Eso no tenía disputa alguna. Ellos nos habían lanzado hasta ese precipicio, ellos nos habían golpeado de semejante manera en nuestro cuerpo y nuestra moral… Y ahora íbamos a actuar en consecuencia.
Subimos una colina, y la figura de un hombre nos recibió en el horizonte, esperándonos.
Más adelante, un arco abría la ciudad-puerto, Havenstad, y un hombre esperaba plantado en él.
A medida que nos acercábamos, sin decir palabra, podía observarlo mejor. O lo poco que había para ver; todo su cuerpo estaba cubierto, o por su capa negra o por una armadura que llevaba a un yelmo desfigurado, mostrando una muesca demoniaca. Los cinco continuamos avanzando, estábamos a solo unos metros, él continuaba sin moverse ni un centímetro… Y desapareció en el aire.
—¡Debe estar en la ciudad! —gritó Cregh—. Rápido.
Pronto empezamos a correr, irrumpiendo en la ciudad; sus edificios, famosos por su arquitectura, se elevaban por varios metros para contemplar el mar a la distancia. Así es que las primeras posadas, de piedra blanca, eran las más elevadas; recordaba como mamá me contaba al respecto. Ahora las estoy viendo con mis propios ojos, pensé. Ahora mamá está sola en casa. Es como si todo lo anterior… Esa vida en calma… Nunca hubiera pasado…
Pero mis ensoñaciones no duraron mucho. Llegando al centro de una intersección entre calles, Lang pegó un grito y todos nos giramos hacía la calle de la izquierda… Donde el mago negro había aparecido. Ítalo mostró un pergamino, Cregh dejó salir una luz de su mano y Lang apuntó el revólver… Pero fue muy tarde.
El mago movió su mano, y toda la calle explotó en una tempestad. La ráfaga de Cregh se disolvió en el aire, insignificante, y los edificios a nuestro alrededor se dividieron por la mitad; todos sus fragmentos volando. Me pregunté cómo era posible que el suelo no se derrumbara, mientras las construcciones que abarcaban mi vista de deshacían alrededor de la mano del mago negro… Y entonces mire hacía Ítalo. Sostenía un pergamino violáceo. El mismo que nos había mostrado antes, aunque ahora se tornaba muy gris… Y cuando lo miré por un segundo entero, el pergamino se deshizo en pedazos. La expresión de Ítalo era de incredulidad absoluta. Todos contemplábamos en abatimiento. ¿Cómo era posible que un mago desatara semejante fuerza?
El puño del mago se cerró y se volvió a abrir, y… En una nueva ráfaga de viento con fuerzas dobladas, y sin pergamino para cubrirnos, los cinco salimos volando, convirtiéndonos en borrones debido a la velocidad. Divididos por la fuerza del impacto, volé en el aire por un instante, y pronto mi cabeza se encontró con una pared de ladrillo. Había logrado sostenerme a mi espada, de alguna manera, y pude conseguir que el golpe no me dejara inconsciente.
Mientras intentaba levantarme del suelo, con la mirada dada vuelta, contemple como el mago detenía su efecto. El viento paró. Entendí que no se trataba de viento, sino de una especie de presión más coordinada… Miré hacía el suelo, y noté que las grietas se movían en forma recta desde el mago hacía nosotros. Era como si hubiera lanzado una pared invisible en nuestra dirección.
Mientras meditaba todas estas cosas, el mago negro abandonó su posición de inacción, y comenzó a caminar hacia adelante. Paso tras paso, sin prisa alguna.


viernes, 5 de diciembre de 2014

Madera & Hueso — 40 — Ítalo

Algo no iba bien… No quise pensar demasiado en eso, pero no podía evitar a ese suave eco que se tornaba cada vez más violento.
Dioses, volví a pensar, algo no andaba bien.
Mientras todos hablaban, me senté en el suelo, con el rostro clavado hacía el piso.
Li nos contó que había visto al pistolero que nos atacó; su historia no ayudó contra a esa sensación que tenía… Era un malestar extraño, pero no era nuevo. Era la sombra, algo relacionado a ella, estaba seguro. Se sentía diferente, pero la sombra también alteraba mi cuerpo, cargaba mi respiración y hacía que mi corazón se acelerase. Apretaba mis puños queriendo que mis dedos traspasaran mis manos. Los relajaba al no lograrlo, pero no podía aguantar mucho antes de volver a intentar. Quizá era el peligro que habíamos pasado. Mi primo no podría volver a pararse… Habían intentado raptar a Aldara… En cada lugar parecía aparecer más gente queriendo atacarnos. Quizá era el hecho de que sabía que no podríamos quedarnos en Craster por mucho más tiempo. La tensión se cortó al ver a Cregh entrar por la puerta. Estaba negro, chamuscado por el humo de un incendio que evidentemente él había causado. Encima de todo, para colmo, tenía puesto un vestido verde. No quisimos ser muy malos con nuestro compañero, pero finalmente hubo más risas que cualquier otra sensación.
Cregh preguntó dónde podía cambiarse y se fue sin decir más.
Luego de un momento lo seguimos, poniéndonos de pie y tomando caminos diferentes. Después de la noche agitada que todos habíamos tenido, nuestros pensamientos nos arrastraban a lugares diferentes.
Fui hasta la barra de la mansión, donde había tomado con Marco la noche anterior. Realmente tenía una gran colección. En cantidad, en calidad, de ediciones únicas. Era mi primo; sabía divertirse.
Busqué detrás de la barra la bebida puntual que estaba buscando y no tardé mucho en toparme con ella. Un brillante lila chocó con mis ojos: las botellas de Vera eran inconfundibles. Llené un vaso hasta el tope y tomé asiento. Sin tomar, jugué con algunos frutos secos que había sobre la mesa y miré la colección de botellas de nuevo.
Esa extraña ansiedad seguía ahí, siempre pareciendo ser algo más oscuro. Pasaba por mis dedos por los frutos secos impacientemente; no sacaba la vista de las botellas de mi primo. Tomaba tragos de Vera despacio, y reía sin ánimo al repasar el día y llegar al vestido de Cregh.
El Vera era conocido entre la gente que frecuentaba el alcohol hasta el abuso. Servía como un vaso de agua en el desierto; uno tomaba Vera en los amaneceres difíciles para recuperarse de lo que sea que hubiera hecho la noche anterior. Su característico color lila era transparente, lo que creaba una sensación extraña en quienes lo mirasen, como si le recordase a su resaca. Su sabor dulce adormecía la lengua irritada, su aroma curaba congestiones y sus burbujas reavivaban el cuerpo. No estaba claro de qué estaba hecho o quién lo fabricaba, pero vendía bien; simplemente estaba ahí, exhibiendo su color mágico para quienes lo necesitaban. Más de uno aseguraba que tenía alcohol entre sus ingredientes, por la extraña borrachera que producía tomar muchos vasos; no faltaba la leyenda del que se había intoxicado tomándola. Era una bebida mítica.
A pesar de todo, formaba parte de mis amaneceres complicados. Me había asegurado de jamás tomar más de un vaso…Ni siquiera en las primeras mañanas durante las cuales apareció mi sombra; las más difíciles de todas.
Mi mirada seguía perdida en las botellas de Marco. Sorbo a sorbo el Vera se fue acabando, y la ansiedad se fue apaciguando. Se asimilaba; no desaparecía, pero se volvía soportable. De alguna manera sabía por qué se producía y a donde me llevaba. Lo sabía, pero no podía decirlo en voz alta, no podía admitirlo ante nadie.
Sonaron unos leves crujidos a mi espalda. Volteé para ver a mi primo; Marco llevaba ambos pies vendados, y era llevado en un carruaje por un sirviente. Lo mire; no podía encontrar dolor en su expresión, solo una extraña mueca de seriedad.
—Marco —dije.
—Ítalo —respondió, y se produjo un largo silencio—. ¿Esto… es a lo que te enfrentas, cazador?
Incliné el vaso para buscar un último trago, pero estaba vacío.
—Aunque no entiendo cómo fue que te metiste en esto, entiendo que no podés salirte así como así —dijo.
—No puedo salirme —dije—. Y tampoco pensé en ello.
—Todo esto… no me parece más que una excusa.
—¿Una excusa?
—Realmente creo en la profecía, Ítalo. Esto no lo hiciste por el dinero que te ofreció aquel señor de tierras. Eso sería imposible, ilógico.
Medité por unos segundos. Sí, tenía razón. La profecía de la familia… Que un del Valle de mi linaje aceptara semejante misión por un par monedas rayaba la estupidez.
—Sí, hablas con razón, primo.
—Además, tener un poco de dinero no haría que aparezcan criaturas negras, buscándote. Esto es demasiado serio.
—Criaturas negras… ¿Pudiste ver qué fue lo que me golpeo?
—Sabés —rió—, estaba agonizando y un tanto lejos. No vi más que el resto, pero parecía un hombre con armadura.
¿Otro humano más?
—¿No podría haber sido un cuervo? —Indagué.
—No doy fe a mis ojos, pero estoy bastante seguro de que era un hombre, o algo de proporciones humanas. Ni siquiera quedan tantos cuervos.
Se generó otro silencio. Miré a mi primo a mis ojos.
—¿Sentís lo mismo que yo acerca de todo esto? —le pregunté.
—Creo…—dijo, y calló. No había notado lo pálido que estaba; sonreía a la fuerza—. Creo que no están a la altura, que no están listos. —Meditó unos segundos y movió la cabeza—. Sí, eso es lo que siento. Preocupación.
—Siento lo mismo —dije, sin más rodeos—. Necesito estar a mi máximo, y ni siquiera sé si eso va a ser suficiente.
—Sí. —Se volteó—. Pero creo que pueden lograrlo, ¿sabés? Los elegidos de las profecías nunca son unos inútiles. Seguro hay algo escondido en tu grupo.
Sonreí. Mi primo parecía leerme el pensamiento. Con algo de suerte sería el gato.
Marco movió su silla de ruedas, y me guió hacía la sala del Valle. Así la llamábamos entre la familia; en estos cuartos guardábamos todas las armas de nuestro linaje, y todo lo que usábamos en las guerras y cacerías.
—Ey, ¿estás bien? —le pregunté mientras avanzábamos, mirando su silla.
—Supongo… Duele menos de lo que parece.
Recorrimos varios cuartos, casi llegando al fondo de la casa. Atravesamos una pesada cortina roja y entramos en la sala del Valle.
—¿Crees que tus compañeros puedan necesitar algo de acá? —preguntó.
—Ellos no —dije.
La sala del Valle estaba completamente decorada y alfombrada. Las paredes de piedra sostenían las armas favoritas de Marco: las espadas. Hacia el final de la habitación se veía un escritorio con algunos mapas encima, instrumentos de medición, una taza y dos libros abiertos. Detrás del escritorio aparecía una biblioteca de unos dos metros de altura.
Ayudé a Marco a subir un pequeño escalón por la mitad de la habitación. Sonrió al ver que yo avanzaba tanto, y se apuró a dirigirse hacia la biblioteca.
—Mi colección te da lo mismo que libros de cocina—dijo.
—Es verdad, pero ¿no tendrás revólveres, no? —reí.
—Claro que no —rió a su vez—. ¿Por qué tendría eso? Son un instrumento frío… No hay nada como atravesar el pecho de un enemigo con una daga. Vas a tener que ayudarme con estos.
Rodeé el escritorio y señalé la biblioteca.
—¿Allá arriba?
—Sí. Por ahí hay un escalón.
—Insisto en que papá te pague lo que corresponda… —dije mientras subía. Marco casi rió a carcajadas.
—Ítalo, por favor, ni siquiera los tomaste todavía. Espero que todavía recuerdes los colores.
Encontré los pergaminos en uno de los últimos estantes. Tomé un par de los verdes y de los morados; tomé también un pequeño cinto que podía usar para guardarlos.
Los pergaminos eran una marca de los del Valle. Nuestra sangre anulaba la posibilidad de nacer pudiendo manejar la magia; era demasiado espesa. Los casos de magos en la familia eran escasos, y polémicos y controversiales por involucrar infidelidad. En la extensión de nuestra historia siempre habíamos mantenido la línea de sangre lo más pura posible, y un linaje más directo siempre significó una mayor importancia. En todo caso, estos pergaminos eran utilizados por los del Valle como una manera de replicar el efecto de la magia. Suponía un gasto privilegiado y tenían que ser hechos específicamente, por lo que se protegían bien de generación en generación.
Como el cinto que había tomado solía reservarse para el combate, guardé los pergaminos en mi carcaj. Un pergamino verde significaba transportación; uno morado significaba repulsión de magia. Funcionaban de a pares; una pieza hacía de remitente, que se adhería a la piel, y la otra era la receptora que marcaba la duración.
—Recuperar la última piedra del oeste… va a ser una buena prueba para comprobar si estoy a mi máximo —murmuré.
—Ciertamente —dijo Marco—. Me pregunto qué encontraras.
—Dicen que está junto a los tesoros de mil familias, pero a mí solo me interesa la piedra.
—La piedra del rayo, sí. Tus demonios internos están conectados a esto, ¿no? A esta prueba y a las marcas en tu cara que la reflejan.
—Ah… —No salían palabras de mi boca. No podía creer la manera en que Marco miraba a través de mí. Era alguien que podía entender mi sombra… Eso que veía cuando cerraba los ojos, esos escalofríos, esas gotas de sudor frío, esas noches de insomnio. Eso que ni yo mismo podía pronunciar; cada vez que intentaba decirlo en voz alta mi lengua se acalambraba, cada vez que pensaba en sus letras mi mente colapsaba—. S-Sí… Sí… La prueba está conectada… de alguna manera.
—Entiendo, primo. Todo esto que está pasando no es ninguna coincidencia, ¿no? Creo que nada de lo que paso en tu vida fue una coincidencia.
Mi mente empezó a divagar hacía el pasado, rendida… Recordé a mi reina. ¿Qué sería de ella ahora mismo? Recordé el tierno latido de su corazón pegado a mi pecho.
—Es como si tu vida solo te hubiera guiado a esto.
Le había prometido un castillo, un reino para ella, para nosotros. Era solo una puta, solo era sexo, pero de alguna manera lograba opacar mis pensamientos sobre la sombra, sobre Wendagon, sobre el cuervo y sobre el hedor de sangre y muerte de Laertes.
—Por eso es que de verdad creo que sos el elegido que cuenta nuestra familia. “El Cazador…” El que va a cortar el cuello de todo el que intente despertar a la bestia del Oeste. Seguro tampoco es coincidencia que hayan roto los pies de tu primo más guapo y hábil. Es para que no te robe el protagonismo —Marco rió, pero su expresión pronto se volvió seria—. Sé que ya lo sabes, pero esto no es un juego. Supongo que todo lo que construyo esta familia está en tus manos, primo. El enemigo tiene mucho poderío, pero confío en que el resto de los elegidos tienen su motivo para ser elegidos. Algo…algo adentro tuyo y de tus compañeros. Podría ser esa ansiedad tuya, ¿pensaste en eso?
—Eh…en realidad no —murmuré, aun perdido en esa piel sedosa—. ¿Crees que el resto también siente esta ansiedad?
—Quién sabe; no les pregunté. Pero espero que alguna de tus amigas sienta algo por mí. —Volvió a reír. Yo también reí. Su sonrisa parecía verdadera, aunque tenía un tono pálido en la piel—. Por cierto, primo. Quiero ayudarte con tu rito. Encontrar la piedra del rayo es una misión famosa en nuestra familia, famosa porque nadie pudo completarla. A lo largo de los años estuve investigando al respecto, pero nunca pude viajar al puerto y hacerlo personalmente. Si vas a ir ahí… busca a Tammi. Él tiene información.
—Gracias, primo.
Las palabras de Marco me habían hecho volver a la realidad. Empecé a revisar el resto del arsenal muy generalmente, pero nada parecía llamar mi atención. Marco me interrumpió, llamándome.
—Ey, sé que solamente te gusta tirar flechas como si no hubiera mañana, pero toma este último regalo como un amuleto de buena suerte.
Mi primo sostenía una daga con su funda. Era curva y en buen estado. Me gustaban las dagas, como la que guardaba en el fondo de mi carcaj, mi “última flecha.” Esta estaba en mucho mejor estado.
—Voy a darle un buen uso, de alguna manera —dije.
—No pido que mates a alguien con ella, pero consérvala por mí.
—Hecho, primo. —Le sonreí, y carraspeé—. Poniéndonos en tema… Tengo que partir hoy mismo.
—¿No van a quedarse hasta el final del festival?
—No... Esta vez no. Ya vimos de lo que son capaces; separarnos y meter alcohol en la ecuación no es una buena idea.
—Bueno, tenés razón. No puedo reprochártelo.
Le pedí que retuviera a los chicos en su casa si llegaba a verlos. Saldríamos antes de la puesta de sol, justo antes de que la segunda noche del festival explotara.
Salí de la mansión, caminando tranquilo como rara vez en mi vida. Mis pasos eran seguros y mi cabeza no estaba perdida en otro mundo. Estar sobrio en Craster ya era raro, pensé divertido.
Aunque iba con la cabeza gacha, permanecía tranquilo, solo admitiendo pensamientos constructivos
Cada vez había más enemigos, y necesitaba hacer compras al respecto. Craster no era una ciudad donde abundasen las armas, pero como toda ciudad grande, nunca faltaban las armerías. Necesitaba flechas, como primer punto. Con un poco de suerte conseguiría todo en pocos puestos.
La gente se movía rápido, apurada, ansiosa. Sus pies parecían avanzar en saltitos; los asesinatos de hacía unas horas estaban olvidados. Podía ver una extraña luz en las caras de los ciudadanos. Notaba fuerza, ganas de vivir. Tal vez estuviera en el aire, como el aire oscuro de Laertes. De pronto planteé quedarme con los demás dos días; tres días. Si nos manteníamos sobrios podríamos combatir al cuervo, y los más probable es que se hubiera ido. Tal vez podríamos conseguir alguna cura y esperar a que Marco se recuperase para poder acompañarnos…
Tan rápido como noté que me había sumergido en intrascendentes pensamientos laterales, encontré una armería.
Mierda, pensé. Qué fácil me pierdo en estas cosas.
Me recibió un humano. Bueno, casi humano. Placas de coraza cubrían su cara, recreando la mitad de su rostro. Su ojo derecho no era más que un punto de luz.
—Flechas. ¿Qué tenes? —dije.
El bicho me trajo un par de muestras. Elegí las más pesadas y costosas; llevé cuarenta por un par de rorintios. Curioseé un par de cosas más, pero no noté demasiada calidad. Por suerte, no había revólveres a la vista.
Hacía años que no experimentaba con pólvora y otros elementos para las flechas. Agregué dos puñados de pólvora y estaba por irme cuando encontré una alforja con un diseño bastante bonito. Tenía detalles en rosa, y una leyenda en azul ultramarino. No entendía que decía, pero me gusto para Aldara. Podría guardar agua ahí y usarla como arma. No la conocía, no sabía si le gustaban los regalos o si lo necesitaba, pero serviría para subirle un poco el ánimo También me llevé un bolso para guardar mis cosas.

Ya se iba haciendo tarde. Caminé otro rato; seguía sintiendo esa luz en igual manera, como el reflejo del sol directo en mi cara. La sensación no se disolvía con las horas; el viento sopló, las nubes anduvieron y la gente siguió viviendo.
—Tenés flechas —me dije—. El resto son caprichos.
Era hora de volver. Giré dos veces a la izquierda y me sorprendí por una flor amarilla puntualmente llamativa. Tenía conocimientos de hierbas salvajes, pero creía nunca haber visto esa flor. La sostuve en mi mano izquierda hasta que llegué a lo de Marco.
Todos estaban frente a la puerta, esperándome.
Aprecié los rostros de todos; Marco también estaba ahí en su silla. Lang acariciaba a un par de caballos que sostenían una carreta. Su gato Malo parecía molesto. Solo Aldara parecía fuera de lugar, con la cabeza un poco gacha.
Levanté la frente en señal de saludo general. Marco iba a decir algo, pero enseguida me acerqué y le di la flor.
—Vos sí que sabes cómo conquistar a alguien, primo —dijo, sonriendo.
Recordé la cantimplora de Aldara. La desprendí y se la alcancé.
—Ey, para vos.
Ella lo recibió con sorpresa.
—Gracias —susurró.
Me acomodé y me paré derecho.
—Tenemos que irnos hoy mismo. Es lo más lógico; todos sabemos que…
—Marco ya nos contó —interrumpió Cregh—. Ya estamos listos para irnos. Todos tenemos lo que necesitamos.
Lang se subió a la carreta.
—¿Vamos? —inquirió.
—¿Qué? —dije—. ¿Esto es tuyo?
—Sip. Todo mío…Y de Cregh en menor medida. Él ayudó a pagar.
Subí mis cosas y todos se acomodaron adentro. Lang hizo que los caballos dejaran de comer y tomó el mando. Solo faltaba yo, pero me giré a mi primo.
—Espero que la próxima vez que nos veamos el mundo sea un lugar mejor —dijo.
—Va a serlo. Y va a quedar mucha Crystalina que tomar.
—Y muchas mujeres que amar.
—Y muchas piernas que curar.
Marco rió, y me despedí con un abrazo. El abrazo que no habíamos podido darnos antes. Me subí a la carreta y partimos hacia nuestro próximo destino.
—¡HALE, DEL VALLE! —gritó Marco a la distancia. Se me plantó una sonrisa que tardaría mucho tiempo en desaparecer.

La carretera avanzó rápidamente, bajo la oscuridad. Era una noche muy quieta; un silencio que decidimos no romper. La luna brillaba intensamente, brindándonos una luz blanca que cubría el camino. Tal vez eran las diez de la noche cuando decidimos parar y acampar. Aunque nos cubría una tranquilidad, seguimos sin romper el silencio de la noche; una suave brisa y la luz de la luna eran las protagonistas. Las chispas del fuego que había encendido Cregh pedían crecer más y más, pero se mantuvieron en su sitio.
Esa noche me relajé; no me perseguía nada. Estaba tranquilo. Era un vacío confortable.
Recuerdo que Cregh miró al cielo, y habló justo antes de conciliar el sueño.
—Vamos a llegar con una tormenta pisándonos los talones.
Y pude sentir como el viento soplaba más suave, más cálido. Soñé con nubes grises acercándose. Eran de un color muy parecido al cuadro de Wendagon. Una tormenta como los ojos de Aldara. Desperté justo antes que Dalia; una fracción de segundo antes.
Estaba pálida, transpirando sudor frío. Estaba llorando.
—Mierda —dijo, al notar que estaba despierto. Pero se estaba hablando a sí misma—. Había jurado no dormir. Me lo había prometido... Carajo…
—Dalia, ¿qué paso? —pregunté, apoyando mis mano en su hombro por detrás.
—Era papá… Mi padre murió.