martes, 12 de septiembre de 2017

Madera & Hueso — 66 — Hanzel


No era la primera noche en la que no podía dormir a causa de aquella sensación en el estómago. Habían pasado un par de días desde mi última conversación con el Hechicero Karus, pero el eco de sus palabras seguía sonando en mi cabeza. Había dicho que solo faltaba una oración para el punto final. No pensaba en nada preciso, pero a la vez en todo. Habían pasado muchos años; dos siglos para que las cosas se pusieran en su lugar.
Miré por la ventana, tratando de conciliar el sueño. Las cosas seguían su curso. La ciudad seguía igual de oscura que siempre. Tenía que acostumbrarme a la oscuridad, pues de ahora en más habría oscuridad en todo el mundo.
Estiré la mano hasta la mesa de luz y prendí un cigarrillo. Quizás la sensación en el estómago se daba porque estaba fumando bastante menos, prácticamente nada. Sentía que esas cosas que solían ser parte de mí se volvían muy pequeñas.
Realmente estaba pasando; la oscuridad iba a volver.
Moría de ganas de ver a Veringrad cubierta de oscuridad. A todo Alles.
Una oración antes del punto final.
Me acosté justo después de terminar el cigarrillo y dormir fue mucho más fácil. Tuve un sueño apagado y sin nada que destacar, pero desperté inquieto. Estiré una mano hacia los cigarrillos y otra hacia el armario. Dudé un segundo y me decidí por el armario. Tomé la bolsa y la abrí para comprobar si seguían ahí. La ansiedad me llevó a sacarlos y contarlos uno por uno por séptima vez en dos días. Ahí estaban los amuletos Djucu. Rojos, con detalles en forma de flama; hermosos. Suspiré hondo y traté de relajarme. Era difícil distenderse cuando los días estaban contados para todos. No dejaba de repetirme que esa era la última oración. Una historia que se había prolongado por dos siglos estaba en sus últimas palabras.
Me puse otro cigarro en la boca mientras me vestía. Decidí ir a buscar mi uniforme del koyeg antes de desayunar. Llegué hasta el estudio, dándole una buena calada al cigarro. Pero al abrir la puerta me encontré con una figura blanca frente a mí. Un humano se paraba frente a mí, dentro de mi casa. En una mirada rápida vi como todo mi escritorio estaba revuelto.
Fui muy iluso. Quizá no quise verlo, pero las pruebas estaban desde el primer momento. Los rasgos de su cara, el arco. Tenía que ser él. Ítalo.
Estiré mi mano para hacer volar su capucha y terminar con la cuestión.
Cuánto había cambiado su cara; ahora tenía barba y llevaba una insignia de nuestra familia en su ojo. La misma que solíamos llevar en cada batalla que peleábamos por Alles: la corona de la gloria.
Su respiración se había detenido y su cuerpo se había paralizado. Qué poco podía hacer Ítalo contra nuestro poderío. Seguía siendo poco más que un chiquillo herido.
—Ítalo, pasó un buen rato —dije, y pude sentir como su sangre se helaba. Una combinación de sentimientos me inundó al volver a hablar la lengua del Este. Primero sonreí levemente, pero luego los recuerdos malos fueron más, los mismos que me habían traído hasta ahí.
—¿Ella está muerta? ¿El sueño que tuve…? —inquirió, con la mirada en alto. Su pregunta me descolocó, sumado a la seguridad de sus palabras.  No tardé demasiado en recordar quién era ella, pero estaba más que sorprendido de que le hubiera contado sobre nuestra relación. Ella era tan pura en comparación con la ciudad y el continente que la rodeaban.
—Vas a tener que vivir para saber eso, hermano.
—Acaso… ¿acaso te atreviste a matarla? —dijo, mirando el revólver que yo llevaba en la cintura—. Ahora no me sorprendería nada de vos, Hanzel. —Mi hermano sacudía la cabeza, sin sacar la mirada del arma. Guardé silencio, tratando de concentrarme en la oscuridad que estaba por venir para calmar mí ansía de violencia—. ¿Cómo? ¿Cómo y por qué? —preguntó, llevándose una mano a la cabeza. Su voz comenzaba a flaquear, dándome a entender que, si ella había hablado, le había contado realmente poco—. ¿Cómo te transformaste en esto? Un puto… iluminado.
Quizás Ítalo se negaba a creerlo.
Su vista ahora se clavaba en mis ojos, esperando una respuesta sincera. No sabía si era su inocencia, o su falta de experiencia, pero todavía no había entendido que estaba a punto de morir en esa misma habitación.
Aislé mi mente, sumergiéndome en las enseñanzas del Deus.

36.Los cinco mueren,
Sucede antes del Juicio,
No queda ni un alma impura,
Y el pueblo del Oeste goza.

Frente a mí no había hermandad, no había cariño. No había piedad o misericordia.
Frente a mí no había un parentesco. No era un espejo ni una familia.
Una sombra del Este, vestida en las prendas de nuestra iglesia, acechaba la capital. El Cazador de Alles corrompía el aire que respirábamos. No era fratricidio, era el destino; sus propios dioses lo habían elegido.
—Pensé que ibas estar acá, de este lado, entendiendo cuán importante es que la oscuridad envuelva lo que una vez fue nuestro. Déjame mostrarte qué me enseñaron estas tierras —sentencié.
Moví las manos con los gestos y los versos adecuados. Di un paso adelante y moví dos dedos a la altura de su cuello mientras un aura negra. Se corrió hacia atrás, pero ya era demasiado tarde. Sus ojos se abrieron y su cuerpo se paralizó. Levanté mi mano, levantándolo en el aire y haciendo que su túnica se le cayera. No podía hacer ningún sonido, pero apreciaba a simple vista que estaba intentando gritar. Su rostro tomó un color rojo con rapidez, y este empezó a tomar tintes azules segundos más tarde.
—Tengo entendido que les robaste un Thi-yit a mi gente. Espero que hayas disfrutado leer, porque fue la última vez que vas a hacerlo. —Saqué mi revólver, dejando que Ítalo cayera al piso. Dibujando una sonrisa, recordé cuánto odiaba mis armas de fuego— Saludá al imbécil de Wendagon.
Cerré mi ojo izquierdo y apunté. Él estiró su mano hasta las prendas que había dejado caer y se desvaneció. La bala salió de todas maneras, dándole solo a la pared. Bajé la cabeza y grité. Fuerte.
—Los pergaminos… los pergaminos.
El inútil no puede hacer magia pero yo era todavía más inútil al olvidar que en la familia usaban esos putos pergaminos de transportación. Deus... Deus. 
Me acerqué hasta mi escritorio, donde noté que Ítalo se había llevado mi pergamino negro y el libro de hechizos Robler. Fui hasta el armario, donde corroboré que también se había llevado mis dos túnicas. Al menos el uniforme del koyeg seguía ahí.
—Qué bella es la familia.
Vestí el uniforme, no desayuné más que un vaso de agua y partí para el trabajo. Hoy sí que iba a estar motivado en mi discurso, iba a asegurarme de que para graduarse tuvieran que ganar la guerra en lugar del Deus. Los cinco mueren antes del juicio. No queda ni un alma impura. El pueblo goza.
Salí de casa y me dirigí al koyeg. Pensaba que, como siempre que algo salía el mal, el maldito Hechicero iba a venir a hacerme reclamos, con ese tono de soberbia absoluta. Como si le debiera favores. Siempre se olvidaba que yo era quién lo había devuelto de la tumba, bicho maldito. Él era quien había fracasado en Havenstad por intentar someter al grupo de mi hermano cuando estaba ocupando la mitad de su magia en mantener vivo al Pistolero.
No podía entender el que mi hermano menor estuviese defendiendo Alles; parecía algún tipo de broma pesada. ¡Un mujeriego inútil que usaba un arco! Me reí solo mientras caminaba hacía la línea rápida que llevaba al koyeg. Desde que había cedido el anillo a Karus no podía enterarme de las novedades de mi familia. Ella me contaba que Ítalo nunca traía novedades que no fueran más rorintios para gastar. Tampoco recibía noticias de mis padres; sólo eran una pareja que envejecía feliz, aunque dieran vueltas en la cama preguntándose donde estaría el hijo que los había abandonado dejando poco más que unas palabras en un papel. 
Esperé la línea principal junto a más gente de Verin. El carruaje llegó en unos segundos y arribó a la parada final en unos minutos. La entrada estaba a dos cuadras. Recibí algunos saludos de colegas y me encontré con algunos alumnos esperándome en la puerta. Los hice pasar al aula y todos se sentaron en sus lugares habituales.
—Bueno, perdón por la tardanza. Hubo unos inconvenientes pequeños y otros no tan pequeños. —Estiré mi cuello, luego los brazos y volví a mirar a mis alumnos—. Saben, no soy de permitirme influenciar por la nostalgia… pero tomémonos un segundo, ¿bien? Hace dos años no éramos más que extraños, y hoy todos están listos para defender lo que está aula representa. Seleccioné a cada uno, y los instruí bajo mi tutela. Ustedes dieron su voto de confianza a un humano, a un extraño mago del Este, y quiero agradecerles que lo hayan hecho. Ustedes nueve seguro tienen muy en mente que van a recibir su diploma en las próximas setenta y dos horas. Se formaron a lo largo del tiempo que pasaron en el koyeg, y cierran su ciclo aceptándome como su maestro. No me guardé ni un solo secreto; les enseñé todo, absolutamente todo lo que sé. Y también fui más lejos de lo que se me permitía... Deben recordar la magia del Este de las que les hablé —dije, mientras veía como sus ojos se iluminaban más y más—. Ni siquiera mis colegas están al tanto de esto. Ellos no conocen la magia de los Robler, pero ustedes sí. Ahora mismo estarán recordando alguno de los nombres que les enseñé. Estarán recordando que los instruí en la lengua del Este para que pudieran leerlos. Conocen todo, y solo falta un detallito. Los colgantes Djucu que les permiten utilizar el arte alternativo. Quiero decirles con una gran sonrisa que ya los tengo. Es todo lo que necesitan para poder desarrollar este estilo de magia. Y así van a estar completos. Y así… van a convertirse en la élite del ejército del Deus. —Tan rápido como terminé la oración, explotó una horda de aplausos y gritos—. Calma, calma, que todavía no terminé. Quiero que me escuchen bien. Esta va a ser su última tarea. Y no quiero que solo piensen en su graduación; esto es por el mundo entero. Prepárense. Les advierto que se preparen.
Mientras hablaba me relamía, imaginándome el desastre que mi pequeño ejército podía llegar a causar. Nueve lobos sedientos de sangre. La cacería terminó, hermano.
—El grupo del Este encargado de matar al Deus está en Verin ahora mismo —dije. Se produjo un silencio sepulcral—. Y ustedes van a poder tener el agrado de exhibir sus cuerpos en la plaza principal. —Los gritos volvieron, y ahora muchos ya estaban parados y se dirigían a la puerta—. ¡Vuelvan! ¡Sentados! Todavía no saben qué es lo que buscan. —Los alumnos apenas se detuvieron; uno de los gurag con la mano en el picaporte, pero volvieron a sus asientos entre murmullos—. Uno del grupo, el Cazador, robó el libro de hechizos de mi casa. Quiero que sus cuerpos estén en la plaza para el día de la graduación, junto con el libro. El grupo consta de un quitnar y cinco humanos, posiblemente infiltrados como iluminados. Solo uno de ellos es mago, pero es muy bueno con las transportaciones instantáneas. El resto no posee talentos, pero una de las mujeres es una habilidosa nereida. El Cazador, el que se llevó el libro, tiene una anyma en su ojo derecho que es más que distinguible. Pueden estar en cualquier lado, bajo esas capuchas blancas. Quiero que vayan, los encuentren y los maten. A todos y cada uno. Buena cacería.
Los estudiantes se levantaron de sus asientos con rapidez y se dirigieron hacia la puerta. Si la graduación era el jueves, todavía les quedaban tres días, y la terminación de la caza prácticamente coincidiría con el despertar del Deus; siempre y cuando los cálculos de Karus no fueran erróneos. Suspiré y miré el aula vacía.
Noté que se me había acabado el cigarro y comencé a liarme otro. Seguí mirando el aula vacía y recordé cuán importante habían sido estos dos años, cuán profunda se había vuelto nuestra relación. Les había enseñado todo lo que podía enseñarles. No podía esperar a verlos detrás del dios, usando togas azules. Me pregunté quién iba a ser el que iba a traerme el cadáver de mi hermano. Sin duda Azkar, el único cuervo del grupo, tenía un gran potencial. Tampoco dudaba que Ventus, el más alto de los dos gurag, pudiese matar a los cinco si se mantenía sobrio. Pero quién sabía; cualquiera de los nueve podía cumplir la misión.
Salí al patio y me senté en la fuente para fumar el cigarro. Parecía un día tranquilo; era mediodía y no había nada para hacer. Había tenido el presentimiento de que Karus iba a tratar de contactarme desde el encuentro familiar de la mañana. Mientras estaba sentado en la fuente traté de estirar el cigarro lo más posible, pues ese era el último.
Cuando el sol se paró justo por encima de mi cabeza decidí ir a la terraza de la torre numero dos para ver si mi corazonada era cierta. Me ponía de mal humor pensar que iba a tener que discutir de nuevo con el gran Hechicero supremo, pero aun así me tomé la molestia de transportarme hasta allá. Creé una pequeña chispa blanca y me encontré en la azotea de la torre, donde Karus esperaba, mirando al vacío.
—¿Ya estabas esperando? Parece que solo venís cuando hago algo mal —dije.
—Esta vez son buenas noticias —respondió él, sin mirarme—. Nuestro Caballero asesinó al suyo por la madrugada. Los números corren a nuestro favor, Hanzel.
—¿Su Caballero está muerto? ¿Y la mató ese cuervo? Admito que estoy más que impresionado.
—Las profecías no mentían. Vamos a ganar —dijo, ignorándome.
—Hablando de profecías… parece que mi hermano está teniendo algún tipo de inquietud lectora. Hoy me robó el libro de hechizos.
—¿Ese incapaz ya llego hasta la ciudad? —dijo Karus—. ¿Y entró en tu casa? Nunca dejan de sorprenderme.
—Sí, sí, pero no subas el tono. Ya están muertos. Mis alumnos están a su caza —dije, con una sonrisa en mi rostro. Karus se giró hacia mí.
—¿Por qué harías eso? —preguntó, muy alterado—. Deberíamos mantener el orden con que las cosas fueron profetizadas.
—¿Qué? —exclamé, levantando mi voz al punto en que creí que todo Verin podría escucharme—. Bueno, claro, sigamos el orden del Thi-yit pero matemos a nuestra Nereida porque odiamos a los humanos. ¿Matamos a los nuestros y querés dejar vivo a los cuatro que les quedan? Es hora de actuar.
—No vuelvas a mencionar lo de la Nereida. Pensé que habíamos estado de acuerdo.
—Bueno, mentí. No te das una idea de lo estúpido que me parece matar a uno de nuestros elegidos.
—Perdió su anillo. Ahora ellos pueden transportarse a donde sea. No era más que una traidora —dijo.
—¿Tengo que recordarte que el Deus está en su etapa más vulnerable ahora mismo? Si el incapaz de mi hermano llega a matarlo en esta etapa porque querés apegarte a las reglas… juró que vas a tener la muerte más dolorosa y lenta que recibió alguien —juré, apuntándolo con el dedo índice.
—Me gustaría ver cómo logra matarme un del Valle.
—Por lo pronto, un del Valle te revivió. Y mientras mantengas esa lengua tan suelta, un del Valle te va a devolver a dónde estabas.
Karus soltó una risa ronca.
—No voy a ponerme a discutir cuando estamos tan cerca de lograr lo que queremos. Falsea tu sonrisa por una semana más. Todo va a hacerse oscuridad.
—Siempre tan sensato, Karus.
—Vamos a buscar a los cuatro restantes. Y los vamos a eliminar. No suena tan mal.
—Y el dios va a despertar —dije.
—No suena mal —repitió, en voz más baja.


Madera & Hueso — 65 — Ítalo


CAPITULO VII
VERIN


Ponerlo en palabras no era posible. Simplemente no se podía.
Debía haberse evitado; no había duda de eso. Lo segundo que sentí fue Dalia había muerto por mis propias manos. Quizá fue que no había podido sacarme de la cabeza la forma en que habían cambiado los ojos de Aldara, y el hecho de que ahora no atrevía a mirarla directamente… Quizá había pasado demasiado tiempo recreando en mi mente las escenas que traducía del Thi-yit. Abrir las tierras del Deus, que nadie había pisado en dos siglos, se había sentido tan bien… Probablemente nos creí invencibles por un momento, e ignoré por completo el que la luna hubiese abandonado el cielo la noche anterior.
No me atrevía a levantar la cabeza; pesaba el doble que el resto de mi cuerpo. Pude escuchar como llegaban los pasos de los otros, y entonces se hacían más lentos. Sin darme cuenta ya estaba de rodillas. Dolorido por no poder hacer nada al respecto, sentía con fuerza que eso estaba mal. Demasiado mal. Y volteé la cabeza para ver al resto. Cregh intentó acercarse, pero comprendió que ya no había ninguna chance. No era como la última vez; la espada no iba a poder curar eso. Su rostro se quebró en una mueca de mil sensaciones juntas; Lang bajó su cabeza y la clavó en el piso. Y Aldara… solo miraba. Sus ojos parecían haberse vuelto el doble de grandes. No estaban vidriosos, pero brillaban al reflejar a la luna de la misma forma en que lo hacía el cuerpo empapado de Dalia. No parecía que Aldara estuviera más viva que ella.
Fueron minutos largos, pesados como horas, de eterno silencio. Al final intenté abrir la boca, pero sentí cómo mi rostro se contraía. Solo pude evitar las lágrimas porque ya no lograban venir desde que la sombra existía. No solo habían matado a uno de nosotros; habían matado a nuestra guía.
Sentí un escalofrío detrás de los ojos al pensar cuan vasto era el Oeste y cuan solos estábamos ahora.
No debería hablar acerca de lo que yo sentía cuando prácticamente podía escuchar los latidos de mis compañeros, golpeando contra sus costillas. Era terrible. Simplemente… no podía imaginar un escenario peor.
El coagular de la sangre dio paso a las primeras palabras de la noche. Y también al odio, que empezó a opacar a la desesperación. Jamás había tenido tantas ganar de matar como cuando Aldara pronunció aquellas palabras.
—Hay... Hay que enterrarla —dijo, tratando de no susurrar.
Los otros abrieron los ojos como platos, cruzando miradas.
—Yo... Yo me encargo —dije, sin despegar las rodillas ni las manos del suelo—. Voy a hacerlo.
Di el primer paso y sentí que ahora, además de mi cabeza, todo mi cuerpo pesaba. Al segundo paso pesaba cinco veces más. Detuve la marcha y me miré las manos.
—Dalia...
Tenía ganas de derrumbarme en el piso. Moría de ganas de tirarme en el piso y enterrar la cara, y no moverme más. Pero seguí caminando… con pasos lentos. Muy lentos. Requería energía de la piedra para poder hacerlo. Mi cuerpo era metal. Aun así, de alguna manera podía sentir la mirada del resto en mi espalda; no podía caer. Caer significaba rendirse, y por más cómodo que pudiera parecer morir, sabía que no sería un final en calma y sin culpas. Solo tenía que levantar la cabeza, y mirar al Oeste, para saber que rendirse en ese lugar salvaje iba a significar sufrir un final salvaje.
Al final llegué hasta Dalia. Acaricié su mejilla y le limpié el rostro. Le acomodé el pelo, que ahora hacía juego con su sangre. Al lado de su oreja había una pequeña pluma negra, resplandeciente. Estaba tan frustrado… Tenía que dispersar mi mente para poder encargarme de Dalia y dejar de pensar en su venganza. ¿Cómo pudo ser tan idiota? ¿Por qué tuvo que dejar su espada mágica? Sacudí la cabeza, aislando las ganas de que la siguiente garganta en sangre que viera fuera la del culpable, y dirigí mi atención a sus ojos. Estaban abiertos, inyectados en sangre. Parecían perlas de cristal. Parecían vivos y estaban mirando en una dirección específica.
En ese instante pude imaginar una situación peor. Podía haberse tratado de otra noche sin luna, y los ojos de Dalia podrían haber estado cerrados, abrazando una muerte infinitamente dolorosa. Pero no era así; la habíamos encontrado bajo un manto hermoso de luz blanca, y con su última voluntad teníamos un camino marcado. Cerré los párpados para que Dalia pudiera entender que aceptábamos continuar.
Acerqué su cuerpo a mí, y pegué mi frente con la suya. Cerré mis ojos y suspiré una última vez. Me giré hacia la izquierda, hacia el Oeste. Teníamos que encontrar un claro donde enterrarla. Pasó el anillo al mago para movernos y aparecimos fuera del bosquecillo que se formaba al pie de la montaña. Encontramos una llanura con una piedra triangular muy grande, y pareció el lugar adecuado. No dejé de sostener a Dalia mientras Cregh, Lang e incluso Malo cavaban la tierra.
Los miré unos instantes, pero entonces me fijé en Aldara. Parecía perdida en la llanura; adonde había estado mirando Dalia. En aquel brillo que cubría el horizonte. En ese instante de verdad quise saber que había adentro de la Nereida. La distancia me impedía distinguir sus ojos, pero ahora parecía estar en calma y esa calma me desesperaba. Pero sabía que había mostrado su peor forma hacía unas pocas horas, en Aqlatan, y si no lo hubiera hecho todos hubiéramos muerto. Ella no debía saber cuál Aldara debía ser ahora. Su única certeza era una gran angustia, que no paraba de crecer, y un odio que no se quedaba atrás.
Lang me tocó el brazo para indicarme que la tumba rudimentaria estaba lista. Casi había olvidado que tenía a Dalia en brazos. Con tanto cuidado como nunca en la vida, le apoyé la nuca en su nueva y última cama. Le acomodé los brazos sobre el vientre y estiré sus piernas. Lang se acercó a ella, y note que todavía estaba sosteniendo la espada larga que Dalia había encontrado. Lang le levantó los dedos con cierto esfuerzo y la tomó y guardó. Entonces comencé a enterrarla, y el resto se sumó pronto. Sin darnos cuenta acaba de pasar la última vez que íbamos a ver el rostro de Dalia.
Recité un poema típico para los difuntos, inventado de mis ancestros.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse luego de un pequeño silencio. No había duda de que todos esperábamos que Dalia se levantara como siempre, se sumara a nosotros y pudiéramos seguir nuestro camino. Todos contentos y felices como en un cuento.
Pero ninguno pudo sostener la mirada por más de un instante. No podía (no podría) deshacerme de ese sabor amargo detrás de la lengua, de que todo eso podía haberse evitado si le hubiera hecho caso a la luna. Las dudas que nos rodeaban hacían que mover la lengua fuera todo un desafío. Podía ver como no era el único que abría la boca con timidez para cerrarla de inmediato.
Esa vez fue Lang quien rompió el silencio.
—Y ahora... ¿qué? —dijo, desatándose la garganta. La pregunta de Lang era ambigua: ¿Qué hacíamos entonces? ¿Nos dábamos por muertos? ¿Nos rendíamos? ¿Servíamos al Deus? Pero parecía que no, no era eso, de verdad quería saber por dónde seguía nuestro camino.
—Nos queda una sola dirección —respondí.
—El Oeste —susurró Cregh.
—Y más puntualmente Verin —completé. Aldara se giró en esa dirección, por donde brillaba el horizonte.
—Deberíamos empezar a caminar hacia esa luz.
—¿Qué es? —acotó Cregh—. No entiendo porque está ahí flotando. El paisaje parece desaparecer cuando empieza la luz.
—Empecemos a movernos —dijo Lang—. No quiero recordarles que ahora saben dónde estamos gracias al anillo.
—¿Qué? —Miré al pistolero—. ¿Nos están siguiendo?
—No hay nada en el mundo que pueda rastrear la magia de este anillo, Lang —dijo Cregh.
—¿Entonces sugerís que el cuervo estaba adentro de las Tierras Sagradas antes que nosotros? —El pistolero también debía haber visto la pluma negra.
Cregh negó con la cabeza.
—El lugar era impenetrable. No hay manera. Aun así, no pudo haber ocurrido debido al anillo.
—Pues yo creo que deberíamos deshacernos de él —dijo Lang.
—¿Estás loco? La única razón por la que no estoy vengando a Dalia ahora mismo es porque la magia de estos putos anillos es imposible de rastrear.
—Entonces… —Lang levantó una ceja—. ¿Nos estaban siguiendo y nadie lo notó?
No pude evitar girar la cabeza para asegurarme que no hubiese nadie atrás de nosotros.
—Si hubieran estado tras nosotros nos hubieran matado a todos. Y ya saben que tenemos uno de sus anillos, así que tuvieron tiempo de sobra si es que pueden rastrearlo. No veo por qué esperarían un día para matarnos y solo a… Dalia —dije. Lang no parecía convencido.
—Bien podrían ser precavidos. O nos respetan; saben que ahora podemos igualarlos.
—No suena tan descabellado, cierto —dijo Cregh—. Pero, ¿saben? Somos un objetivo más fácil acá, quietos al pie de la montaña.
—Bien…Vamos —dije.
Empezamos a caminar con ritmo lento, siguiendo aquel reflejo en el cielo. Pensé que no podía encontrarse a más de veinte minutos, pero la caminata se prolongó el doble de ese tiempo, y la luz seguía lejos. Me daba la sensación de que se movía con el horizonte, pero me guardé el comentario y pensé sobre el hecho de que íbamos a necesitar más capas blancas para poder entrar en la ciudad. Aunque era posible que ni siquiera eso fuera suficiente; aquel gurag nos había dicho que ser humano era un crimen mortal, y lo habíamos comprobado en Aqlatan.
—Cregh, dame el anillo —dije al fin—. Ustedes no tienen una túnica de los iluminados. Mientras ustedes llegan hasta la ciudad, voy a buscar túnicas para ustedes. —Cregh me pasó el anillo.
—Tengo que la corazonada de que no hay humanos en Verin. Pero solo es una corazonada —dijo Lang.
—No sos el único —asentí—. Tengo el mismo presentimiento. Por lo menos van a poder descartar el problema del anillo. Si realmente pueden rastrear esto, voy a tener una mejor oportunidad si me encuentro solo en medio de una ciudad.
Cregh suspiró, llevándose las manos a la cara.
—No entienden que su rastro no puede seguirse, ¿no? Solo preocupate por lo que pueda haber dentro… si se supone que esa luz es Verin.
—Van a haber humanos dentro. Y esa luz es Verin, estoy segura.
Todos nos giramos hacía Aldara. Ella se encogió de hombros y bajó aún más la mirada.
—Deben faltar menos de dos de horas para el primer rayo de sol —dije, aunque las noches ahí parecían eternas—. Cuando consiga las túnicas voy a poder volver hasta ustedes con esto. —Saqué mi pergamino verde y se lo entregué a Cregh, junto con mi arco y carcaj—. Voy a volver, no se preocupen. Pero traten de encontrar un lugar donde dormir; nada nos garantiza que no vaya a ser el último descanso antes de toparnos con el Deus.
Calcé el anillo en mi mano izquierda, en mi dedo anular, y miré hacía la luz. Al siguiente parpadeo me encontraba bajo ella. Pero más allá del cielo que parecía ser, me veía rodeado por una oscuridad absoluta. El pasto ya no reflejaba la luna. Traté de avanzar en la oscuridad y me golpeé la cara con algo.
—Mierda, ¿qué es esto?
Al tantear con las manos noté que era un paredón. Mirarlo no era diferente a cerrar los ojos. Junté un poco de energía en mi mano izquierda, y de ella floreció la versión diminuta de un rayo. Se movía inestable y confuso, pero era más que útil como iluminación. El paredón se extendía hasta donde llegaba mi luz. Mire al foco de luz sobre mi cabeza, como un faro, y camine hacia ella hacia la izquierda del paredón. Fueron unos cinco minutos y solo cuando estuve bajo ella pude ver una entrada.
—¿Qué ser vivo querría entrar a esta cosa de noche? Seguro que no necesitan guardias.
No entendía como una ciudad podía ser tan oscura. No podía ver más de unos pocos metros alrededor, y con mi mano brillando era un objetivo más que fácil. Dioses, no había manera de que hubiera tan poca luz; quiero decir, la luna estaba encima de mi cabeza. Me pegué a una pared que decidí pensar como segura y esperé a que mis ojos pudieran acostumbrarse. Mientras estaba agazapado recordé algunos “preceptos” que se decían del Oeste. Seguro que no eran más que rumores, leyendas contadas de boca en boca. Historias distorsionadas o inventadas; pero otras, por qué no, podían ser verdaderas. Y la oscuridad parecía ser un tema recurrente, junto con su Deus relacionado con la misma.
De repente noté como la luz de mi mano se corrompía en dirección del aquel orbe blanco. El rayo se distorsionaba y tendía a inclinarse hacia aquel foco. Era una locura, pero no me sorprendió la idea de que aquel farol estuviese absorbiendo la luz de la luna. No tenía ni la más mínima idea de cómo podía ser posible, pero cada vez que la miraba parecía estar comprobando mi teoría. Supongo que la oscuridad era así de importante para ellos.
Unos quince minutos después mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y pude ver qué pasaba a mí alrededor. Había algunos reflejos vagando por la noche, aunque eran mínimos.
Caminé con mi capa de impunidad, adentrándome en la ciudad. El cielo estrellado me permitía percibir mínimamente la forma de los edificios a pesar de su negrura. Eran muy altos en comparación a las calles angostas. Aumenté un par de veces la iluminación de mi mano para poder observar mejor algunos de esos callejones refinados, buscando algún humano durmiendo, borracho o despechado.
Era algo irónico que, si la oscuridad era sagrada, en el momento más oscuro del día no hubiese nadie en las calles. No era la primera vez, en todas las ciudades del Oeste, que la noche era el momento más seguro del día.
Bajo mis pies me pareció encontrar una señal en las calles. No podía descifrarla, pero junto a ella había dos barras de metal que se adentraban en la ciudad, gemelas. No veía que me llevasen a ningún lado en especial. Pensé que ni siquiera sabía qué estaba buscando, sin darle más vueltas. Pero sí, sabia, tenía que encontrar tres víctimas y robar sus prendas, pero… ¿y luego?  Era todo bastante difícil, partiendo del punto de que no podíamos comunicarnos; apenas podíamos interpretar, leer, o escribir algo del idioma del Oeste. Y sin Dalia… eso se sentía como estar desnudo. Se suponía que el Deus ya estaba despierto, es decir que ya debíamos haberlo cazado para esas alturas. Aunque no había despertado del todo, o de lo contrario todo su pueblo se hubiese levantado a las armas por su gracia.
Continúe siguiendo las barras de metal justo al final de las veredas, y una luz apareció de repente. Me pegué a la puerta de un edificio y miré. Lo que parecía ser una carreta de metal que recorría esas líneas de metal, venía andando hacía mí, despacio, hasta que se detuvo en la esquina frente a mí. Se abrió una gran puerta en su derecha, y no volvió a moverse. El vehículo solo estaba ahí, esperando algo. Me mantuve al margen y observé alrededor; entonces miré al cielo y sentí un escalofrío peor que al encontrar a Dalia.
Ya había amanecido; el sol comenzaba a trepar por el horizonte. Por el amor de los dioses, el cielo era celeste pero la oscuridad de Verin seguía igual. Había un poco menos de penumbra, aunque seguía siendo imposible ver a más de diez metros a la redonda.
Entonces la calle empezó a despegar los sonidos que parecía guardar, y fue como una orquesta. Voces, cuchicheos y pasos, todo al mismo tiempo en una mezcla armoniosa, torpe pero segura. Entonces los sonidos se mostraron y vi por fin personas en la ciudad.
La primera persona que apareció se acercó al vehículo; uno de esos lagartos que eran muchos mayores a los que se veían por Veringrad. Cuando se metió adentro la porción de metal no pareció sentir su peso. Entonces se acercó una pareja de búhos desde calle abajo, que imitaron la acción. Tres parpadeos después, apareció un cuervo con una toga elegante y uno de esos seres redondos y peludos, y todos entraron en aquella carreta.
Entonces, al fin, desde la izquierda apareció un Iluminado. Suspiré, y agradecí que Aldara hubiese tenido razón. Había humanos. Iba desperezándose, sin algún tipo de problema. Al menos bostezar no era un delito en el Oeste. Esperé a que estuviese a dos pasos de meterse en esa chatarra antes de acercarme, tratando de parecer tan Iluminado como se me permitiera. El vehículo emitía una luz por delante, y mi vista consiguió el lujo de poder diferenciar colores; pero no era nada demasiado nítido. Al entrar en el aparato noté que estaban todos sentados. Había un asiento al lado del humano; lo consideré, pero reconocí cuan estúpido sería sentarme al lado de mi víctima.  Elegí un lugar entre el cuervo y la pareja de búhos. Observé la forma en que estaban sentados e imité su postura, manteniendo la cabeza tan baja como podía. Lo último que quería era que alguien intentase hablarme.
Entonces entraron un gurag y una especie que jamás había visto. Su rostro era tan humano que asustaba, pero me recordaba a un ave y parecía hecho de roca, o cubierto por un caparazón. El resto de su piel también me hacía pensar en escamas o piedra, y sus ojos eran oscuros y fríos. Parecía alguien que mataría con frialdad, a diferencia de los cuervos que parecían disfrutarlo.
Por último, subió otra de las bolas de pelo y el vehículo empezó a vibrar. En cuestión de segundos estábamos moviéndonos por las calles de Verin a toda velocidad. No quería levantar la cabeza, pero necesitaba ver qué pasaba a mí alrededor. La máquina paraba y los bichos subían y bajaban. Por suerte, el humano seguía ahí. El pedazo de metal volvía a arrancar.
Sentía la velocidad en la planta de mis pies. Sentía la adrenalina en forma de cosquillas. Era extraña la forma en que el vehículo no temblaba. Contraje los dedos de pies y manos para apaciguar la sensación. Al resto de los que estaban a bordo no parecía importarles demasiado. Solo era un novato. Pegué el oído a la pareja de búhos que tenía a mi izquierda, intentando rescatar palabras; al menos lo básico. Reconocía palabras que no iban a servirme poco y nada, agotando mis energías mentales. El búho que parecía macho reía y movía su cabeza mientras volvía a retomar la conversación.
El vehículo paró tres veces más y se llenó de gente. Ver la túnica blanca en la oscuridad y con tantas personas era un desafío más que digno. Un cuervo enorme se interponía entre mis ojos y el iluminado. Dioses, ni siquiera sabía pedir permiso. Tenía que simular algún tipo de dolor en el cuello para mover la cabeza e intentar ver si el humano seguía ahí. Al final encontré un pequeño hueco entre las piernas del cuervo que me dejaba ver el final de la túnica del humano. Clavé mi mirada en el pedazo de tela y no hice más que respirar y parpadear. Entonces sentí como mi cuello se inclinaba hacia la derecha y encontraba un lugar demasiado cómodo. Parpadeaba por demasiado tiempo, y los sonidos se apagaban poco a poco. Me sentía tan cómodo que mi cuerpo parecía desvanecerse. Entonces recordé al búho asintiendo, y abrí los ojos.
La túnica ya no estaba ahí, pero la puerta seguía abierta. Corrí al cuervo del mi camino y pasé por la puerta justo antes de que se cerrara. Volví a buscar a la túnica blanca. Levanté la cabeza y pude ver que el sol ya había salido. Estaba ahí, como un círculo blanco. La manta de oscuridad que nos cubría permitía poder mirar al sol sin enceguecerse.
Entonces bostecé, y fue ahí cuando noté que no había dormido en toda la noche. La adrenalina por la muerte de la madrugada empezaba a desaparecer. Quería terminar con eso rápido para poder dormir al menos una vez antes de encontrar al deus.
No fue difícil dar con el humano. El blanco reflejaba mucha más luz que el resto de los colores que abundaban en la ciudad. La sombra de lo edificios ahora era mucho más baja ya que se limitaban a los dos o tres pisos de altura, mientras que por la entrada eran enormes. Más adelante parecían volver a subir; hacía el norte se distinguían torres triangulares altísimas que parecían intentar llegar al sol. Un vago reflejo de luz contra las moradas cerca de mí me daba la pista de que ese pretendía ser un sector más alto.
La capa blanca giró a la izquierda y lo seguí a doce pasos. Había demasiada gente para asaltarlo en la calle. Caminó por unos buenos quince minutos, y mi mirada cansada ya empezaba a engañarme. Los parpadeos se me hacían cada vez más largos, y la persecución empezaba a perder sentido. Ningún lugar parecía el indicado y ningún cuándo el acertado. Llegamos hasta un río que parecía dividir la ciudad. Un puente de piedra te permitía cruzar al otro extremo, donde las sombras de las torres altas hacían a todo aún más oscuro. No me daba buena espina. Pero allí se dirigía aquel Iluminado.
Se alejó y desapareció en la oscuridad. Lo dejé ir; ahora estaba mirando otra cosa. Fue entonces cuando comprendí que realmente había fuerzas que trabajaban para nosotros. Había un símbolo tan familiar que parecía una broma de mal gusto: Frente a mis ojos estaba impreso el símbolo de las botellas de Vera en el diseño de un vitro en una puerta.
Era bastante difícil imaginar cómo las botellas con las que me había amigado tanto se arrastraban hasta la ciudad de Verin. ¡Verin! Dioses. Pero podía jurar por ellos que eso no era una coincidencia. Oh, claro que no lo era. Nadie sabía dónde se fabricaba el Vera, pero casualmente la distribuía la familia de los Robler. La familia con raíces del Oeste en su castillo. La conexión era clara; debían estar vinculados con el Oeste.
Sabía que tenía que hacer: entrar. Algo me decía que en esa casa habría una túnica, o más. El Vera era de los humanos. La capital estaba vastamente poblada y no iba a ser fácil desaparecer manteniendo el perfil bajo. La oscuridad ayudaba, claro, pero mi manto blanco era un signo de admiración sobre mi cabeza. No había manera; tenía que usar el anillo.
Volví al centro de la calle y encaré la puerta con el símbolo de Vera. Me mezclé con la multitud que paseaba, convirtiéndome en uno más, y miré hacia la puerta y más allá. El aterrizaje volvió a ser un éxito.
La casa era otra oscuridad impenetrable. Adelante, a unos metros salía una luz debajo de una puerta. Volví a concentrarme para lograr un rayito en mi mano izquierda, y pude iluminarme hasta la puerta. Respiré hondo y la abrí. No había nadie dentro.
Era una habitación grande que daba a un patio.  Había un escritorio ocupando toda la pared, que tenía una ventana larga y angosta. Había una pequeña raíz que emitía luz. Me acerqué al escritorio, ya que vi el símbolo de nuevo en un libro. Había un par de pergaminos desplegados, negros, pero no recordaba cual era la función de ese color. Quizá servirían para después. Pensándolo bien, todo podía servir. Seguí mirando que había en el escritorio y tomé el libro con el símbolo de Vera en su portada. Podía ver que estaba escrito en lengua bicho, pero era más moderna que el Thi-yit. Era legible, pero no entendía a qué iba el libro. Listaba palabras extrañas y mostraba a una figura moviéndose. Pasé algunas páginas y me detuve al ver que una de las figuras era Malo. Bueno, al menos uno de su especie. Decía “Kav-Quitnar-Jennar.”¿Acaso sería una enciclopedia? No lo creía, pero me lo guardé también.
Seguí revolviendo las cosas, pero casi todo estaba en otros idiomas. Esperaba encontrar alguna hoja de Valma que Cregh pudiera usar para curación o alguna cantimplora para Aldara. Encontré un hueco en la pared que funcionaba como armario. En él colgaban dos túnicas blancas y una túnica azul.
Tomé las blancas. Consideré que había sido una buena búsqueda, y esperé encontrar alguna botella de Vera dando vueltas. Y luego una cama donde descansar. Me giré para encararme hacía la puerta cuando vi que el picaporte se movía.
Entró un iluminado con un cigarrillo en mano. Sentí el olor de su tabaco mentolado. Noté las cicatrices en sus manos. Su cara no había cambiado en absoluto. Era él. Levantó una mano y una ráfaga de viento me sacó la capucha.




lunes, 10 de julio de 2017

Madera & Hueso — 64 — Heir

Krieg me pasó otra jarra de cerveza, y me pregunté si no estaría ya por su segunda docena.
El líquido caía por el pico del cuervo enorme, mojando su pecho y haciendo que el negro puro de sus plumas se manchase y pareciese sucio y maltratado. Al principio temí que esta imagen —el huginn bebiendo— me remontase a los bares de Veringrad, donde lo que quedaba de nuestra especie en el este se pudría en la bebida; pero Krieg lo hacía ver como a un acto noble, adecuado. Eso era un festejo de celebración, después de todo. Las buenas noticias merecían regocijo. Acepté la jarra —no sería más que mi segunda— y recosté mi espalda contra un pilar.
Habíamos llegado al templo el día anterior, después del combate en Aqlatan. Los territorios alrededor de Bandao eran considerados sagrados; las tierras cerca de Varoa estaban plagadas de capillas y templos para el Deus, y debíamos ir ahí. El Hechicero había decretado que ese era un gran momento para nuestra fe. Los sitios estaban mayormente proclamados por la iglesia de los Iluminados en esos días; pero seguían siendo lugares de espiritualidad, y ahora estábamos esperando allí.
Miré a Krieg terminarse otra jarra, y buscar más del barril. Por detrás se asomaba la capilla, donde Karus, el mago negro, estaba hablando con los humanos; sabía que eso no podía estar siendo agradable. La situación podía hacerse mortal, de hecho. Había notado que Karus había cambiado luego de Aqlatan. Su postura se había vuelto rígida, su tono ya no abandonaba ese registro grave que antes solo había escapado su voz un par de veces. Krieg me lo había explicado todo.
—Hale, hale el Oeste —había dicho, entre tragos—. Deus despertó. Se estuvo revolcando en la cama por dos siglos, sintiendo las torturas del Este, pero esta tortura fue distinta, ¿sabés? Cuando una matanza así sucede en sus tierras, él no puede quedarse revolcándose. Pasó algo como lo de Aqlatan y, ¿qué va a ser? ¿Eh? ¡Pues claro que va a despertar! ¡Ahora sí, “la noche cae, el sol no llega”! Esa cruz estuvo juntando polvo por años… y entonces pasó eso. La matanza de los humanos terminó por despertar al Deus. Durante todo este tiempo las escrituras nos decían que no los matemos, y ahora entiendo por qué. Ellos tenían que orquestar su despertar. Ahora podemos acabarlos… —Y Krieg siguió desvariando.
Pero, aun así, la situación era mortal.
Desde que el Pistolero había vuelto de la Biblioteca, Karus lo había encerrado en el templo con él. Sabía que el Hechicero estaba al borde de su paciencia… que no podía tolerar nada ahora que eran los momentos críticos. Y el Pistolero había llegado con malas noticias. Se le habían escapado.
Tomé un sorbo y decidí que quería saber lo que iba a pasar. Avancé hacía el templo, dejando a Krieg festejando entre los pilares tallados de aquel lugar santo.
Pude escuchar los gritos antes de entrar. Corrí la manta que servía de puerta para ver a Karus clamando contra el humano, que se sentaba recto y parecía indiferente a todo el estruendo. Afectada parecía la Nereida, en el otro lado del cuarto, que se cubría la cabeza bajo las manos. Aquella capilla no era demasiado grande, y sus paredes en círculo ensombrecían las luces de la mañana.
Esperé en la puerta, mirando, hasta que el mago me notó. Se volvió hacía mí; su yelmo negro estaba roto, quebrado, aunque aún lo llevaba puesto. Estaba sosteniendo uno de los revólveres del humano.
—Caballero —me dijo—. Podes pasar. —Así que lo hice.
—Si vas a matar al humano, entonces quiero ver —dije.
—El pistolero va a estar bien, aunque no lo merezca. Pero no vamos a matarlo otra vez. No podría traerlo de vuelta de nuevo. Ya no. Reemplazar la herida en su pecho… El esfuerzo fue demasiado grande. Hubo que pedir demasiado a Deus.
Grazné. Pedir prestado al Deus… La magia, o como él llamara a la magia, no era lo mío. Karus había empezado a arquearse mientras hablaba, inclinándose hacía su pecho y bajando la cabeza. Era como si estuviera sufriendo algún dolor. Aun en esa posición, levantó su brazo armado y apuntó al Pistolero con una de sus pistolas.
El Hechicero se mantuvo en esta posición durante algunos momentos, incapaz de calmar su pulso. El Pistolero no se movía. No se asustaba. Me pregunté si de verdad estaba vivo del todo, o si acaso podía demostrarlo. Quizá había visto algo terrible del otro lado, y el esfuerzo de vivir ya lo superaba. Quizá morir había hecho que perdiese el miedo. Karus seguía quejándose.
—¡Perdió a los humanos! ¡Perdió a los humanos! Vio al Caballero y al Cazador en la Biblioteca, pero no fue capaz de pararlos. Ay, Deus. Ay, Oeste.
—Sí —dije—, ya lo sé.
Me acerqué despacio y apoyé mis alas sobre sus hombros. Al final el Hechicero bajó el arma, así que lo ayude a incorporarse. Pronto dejó el revólver a un lado, y tomó asiento. Pero su cuerpo no se relajó. Se sacó el casco y lo apoyó en su regazo, dejando ver su calavera. Su cuerpo era un esqueleto. Pues ese cuerpo estaba muerto. Solo era un cadáver que Karus había tomado prestado.
Karus se puso de pie, haciendo mover ese cuerpo, y caminó hasta la Nereida. Cuando la humana sintió una sombra sobre ella, levantó la cabeza y lo miró. Estiró sus manos hacía él, en un ruego. Karus aceptó tomarlas sin más. Los ojos de la humana mostraban una entrega infinita. Como si su persona ya no fuera pertenencia suya. Primero el Pistolero no reaccionaba, y ahora ella reaccionaba así. Alrededor de Karus lo normal parecía perder solidez.
—Ay, Oeste —dijo el mago, entonces—. Nereida, vos perdiste tu anillo. Tu anillo del espacio te fue arrebatado. ¿Cómo podés servir al Oeste ahora? ¿Cómo podés corregir tu error? Me temo que no estás en la misma posición que el otro humano.
La Nereida asentía a medida que Karus hablaba, asentía a través del discurso. Entonces él la tomó del hombro y dio un pequeño tirón, y ella bajó de su asiento. El Hechicero estaba complacido. La humana se arrodilló a sus pies, postrándose, y Karus estiró un brazo.
El cuerpo de la Nereida se prendió fuego. La estela cubrió sus pies; entonces su cintura; entonces su pecho; creciendo alrededor de ella. La Nereida lo soportó inmóvil durante el primer instante, pero pronto cayó hacia atrás y a retorcerse.
Creía que el fuego no podía lastimar a la Nereida, pero quizá solo había sido una presunción. O quizá eso no era fuego. Karus ni siquiera vivía en su propio cuerpo… a su alrededor las cosas no eran lo que aparentaban.
No se oía ni una voz en la habitación. El Pistolero miraba en silencio. Era claro que no tenía intención de correr la vista o abandonar la sala a pesar de que ella fuera una humana; por mi parte, el aroma de la carne de la mujer llegó hasta mí, y perdí todo deseo de abandonar la escena.
Los esfuerzos de la Nereida se hicieron mayores, y empezaron a aparecer unas segundas llamas a su alrededor, formadas en la espontaneidad por su dolor. El Hechicero estiró su otra mano, y este fuego intruso se extinguió. La Nereida se vio arrebatada de toda forma de responder a su castigo. Entonces Karus levantó ambas manos hacía arriba.
—He ahí tu nuevo aporte. He ahí tu retribución.
Krieg se asomó por la puerta. Su mirada se contorneó en una mueca, aunque podía deberse al humo que cubría el techo de la casa y se escapaba hacía afuera. Yo sabía que él no protestaría contra un guerrero indigno encontrando la muerte. Karus mantenía sus manos en alto, y casi parecía eufórico, aunque no pudiera mover aquel rostro putrefacto.
Ahora todos estábamos presentes, y miramos hasta que la Nereida dejó de retorcerse, y yació en el suelo, sin más vida en ella.
—Sí. Se acerca la retribución para todos —susurró Karus—. Se acerca una nueva guerra, como Deus debe quererlo, y así… él va a tener su venganza contra quienes lo obligaron a reposar.
El mago siguió diciendo más cosas, pero solo me fijé en que las ropas y pelo de la Nereida seguían ardiendo, y estaban ennegreciendo al humo. Respirar estaba tornándose complicado. Sin embargo, yo no tenía la posición para soltar una queja. Miré hacía Krieg, deseoso de que dijera algo. Por suerte, encontró mi mirada y no tardó en tomar una de las manos de Karus, parándola en el aire en medio de sus gritos. Le dijo unas palabras, y este pareció entender. Pronto salimos todos afuera, dejando que la Nereida, una Iluminada, descansase en ese templo Iluminado.
Karus miró al templo durante un momento.
—Ellos no entienden las palabras del Deus… Esa iglesia sigue lecturas equivocadas… Pero, de todas maneras, van a ayudar a que se realice nuestro objetivo. El Oeste está listo.
Entonces se giró hacia mí. Retrocedí casi sin darme cuenta, chocando con Krieg. El huginn soltó una risotada de olor a cerveza, y me sostuvo por los hombros.
—Caballero —dijo el mago—. ¿Decís que cumpliste tu tarea? ¿La ciudad de Craster está libre de señores de tierras?
—Immo —asentí—-. Los señores de la ciudad están muertos, junto con el noble del Valle que vivía allí.
—Y las arañas ya deben estar acercándose a la capital —dijo Krieg, sonriente.
—Ya es la hora, entonces —dijo Karus—. Deus se acerca.
Tenían razón. En todo lo que decían tenían razón. El Deus debía salir de las Tierras Sagradas muy pronto. Las escrituras iban a realizarse.
El Hechicero caminó hasta mí y pidió mi mano. Cuando se la cedí, puso un anillo en ella. Era un anillo del espacio.
—Portá esto, Heir —dijo, desde su rostro muerto.
—Sí, Karus.
—Muy bien, Caballero. Muy bien. —Sonaba complacido, aunque agotado a la vez. Pero todo iba a realizarse.
Estaba alrededor de seres fantásticos. Personas que sabían exactamente cuál era su camino. Ayudarlos era lo menos que podía hacer.
Yo no podía ser menos. No podía ser la Nereida… o Sil… o Dip. Tenía que cumplir para el Deus. Tenía que cumplir mi rol. Había visto al Caballero mujer en Aqlatan. Cuando Krieg nos transportó ahí… en medio de la lluvia… había podido verla claramente. Fue en medio de la lluvia, pero supe quién era en cuantos mis ojos encontraron aquel pelo rojo.
Krieg, Karus y el humano estaban caminando hacía los pilares religiosos, del otro lado del lugar. Pero yo no me moví. Miré hacía las nubes, pasando a través del cielo con calma. La tormenta del día anterior había desaparecido. Aspiré el olor del Oeste.
Me senté sobre el pasto y aprecié el anillo que me habían dado. Rumié sobre la forma en la que la Nereida había actuado con el suyo, dejando que se perdiese. Ella no había sido digna. Ahora mi tarea era clara. Necesitaba buscar a mi Caballero. Me puse el anillo y sentí al espacio partiéndose en dos.
Era como girar un picaporte. Como recortar una puerta en medio del destino al que quería llegar. No me movía, cual un hechizo; el mundo se movía a mí alrededor.
De pronto estaba en Aqlatan.
Las tierras áridas que estaban a mí alrededor habían sido cambiadas por praderas. Podía ver la figura de la ciudad sobre su montaña. Observé su punta, y pensé con amargura en las muertes que habían tenido lugar. Miré alrededor.
Me encontraba en los pastos que circundaban la montaña. Me agaché, y busque alrededor del suelo, olisqueando y revisando entre la hierba hasta que encontré lo que buscaba. Contra una piedra había una manzana medio comida. Había elegido ese lugar con cuidado.
Me levanté del suelo, satisfecho, y empecé a caminar. Sabía que esa dirección particular desde la ciudad llevaba directamente a las Tierras Sagradas. Sabía que el Caballero tenía que estar siguiendo esa ruta. No debían haber salido de la ciudad por la salida del sur, no; debían estar dirigiéndose hacía Deus. Y esa manzana me lo había confirmado. Había encontrado un rastro.
Marché a través de las praderas, siguiendo la dirección del sol y caminando derecho. Sabía que podía llegar a perder la estela, pero no sería un problema dar con la montaña. Y ella sin duda estaría allí.
Saqué mi sable, relamiéndome, y lo blandí por el aire. No tenía que preocuparme de que alguien me vieran No habían casas tilisias ahí, tan alejados del norte, de los caminos; y tampoco veía a los humanos. Pero no tenía que preocuparme por eso. Solo tenía que ser paciente, y mantenerme en el suelo. No usar el anillo y siempre mirar hacía el camino. Tenía que esperar.
Cuando cayó la noche no tardé en encontrar una luz. El campo había empezado a llenarse de piedras, y a la distancia vi un resplandor viniendo desde un circulo de rocas; casi en el horizonte. Era una noche sin luna, y sabía que no podrían verme. Pero no iba a dejarlo a la suerte. Rodeé la fogata a medida que me acercaba, tratando de cubrirme detrás de piedras en cada paso, y al final me acosté contra un montículo que me cubría a no demasiados metros. Podía escuchar sus voces, susurros en medio del viento; con la oscuridad parecían bajar la voz por instinto. Uno de los hombres parecía estar contando una historia. Me pregunté si acaso estarían leyendo el Antiguo Testamento, y fruncí el pico con odio. Pero no estaba ahí para recuperar el libro. Ellos podían leer sobre lo inevitable si eso querían. Tomé algunas semillas de un saco, y mastiqué y reposé mi cuerpo. La luz no llegaba hasta mi posición, y por un momento jugué con la posibilidad de dejarle paso al sueño.
En cambio, solo relajé mi cuerpo hasta que la diferencia se hizo indistinguible, y dejé que llegara el día a su propio ritmo. Los sonidos de su campamento no tardaron en extinguirse.
Abrí mis ojos en cuanto los escuché otra vez. Había pisadas muy cerca de mí. No debían haber podido acercarse tanto. Me incorporé con un rodeo, desenvainando mi sable y preparándome para atacar, pero solo vi a uno de los humanos saltando por el aire, cruzando una gran roca con un solo salto. Podía haberme visto si giraba su cabeza solo un poco. Alarmado, me puse el anillo del espacio y desaparecí. Volví a mostrarme a un centenar de metros de esa posición.  Los humanos ya estaban despiertos. ¿Cómo se me habían escapado? Estaba seguro de que había mantenido la guardia durante toda la noche. Había sido ingenuo.
No tenía caso intentar seguirlos en ese momento, tan próximos a ellos. Decidí esperar un par de horas antes de retomar su rastro, para permitirles alejarse. Entonces quizá podría ver lo que estaba deseando ver. Las Tierras Sagradas no estaban lejos.

Ya estaba de nuevo en el camino, luego de que mucho del día hubiese pasado, cuando escuché el murmullo. El sol estaba cayendo, y podía ver a la cadena de montañas que comenzaba más adelante como una silueta. Sabía que ese pico que veía eran las Tierras Sagradas, y que el Caballero ya debía haberlas alcanzado.
Entonces la silueta de la montaña empezó a agitarse, y pareció como si toda una bandada de pájaros se hubiera echado a volar. Entendí que debía tratarse de la maleza que cubría la montaña, agitándose. Lo que había supuesto debía ser cierto. Mi cuerpo temblaba bajo mi armadura, incitándome a correr, pero al mismo tiempo me detenía. Tenía que esperar. Tenía que ser paciente. Continué caminando hacía la montaña con paso normal, sabiendo que las Tierras Sagradas debían estar abriéndose ante los humanos. Recordaba bien las lecciones que Karus y Krieg me habían enseñado en esas últimas semanas; habían pasado doscientos años desde que esa montaña había visto la luz. Y ahora por fin estaba ocurriendo.
Avancé hasta el pie de la montaña, y vi que la pared de ramas que la cubría se había abierto en un pequeño pasillo. Los humanos lo habían logrado de alguna manera. Quizá esa era la voluntad de Deus. Subí al interior de la montaña, conteniendo el aliento; apreciando la tierra húmeda y toda su importancia. Empecé a escalar, a adentrarme en la montaña como ningún bicho había hecho en doscientos años. El atardecer ya se había apagado, y ahora me encontraba de nuevo en la oscuridad. Bien. Estaba acostumbrado a viajar así.
Pronto me topé con un claro, y temí que los humanos hubieran acampado allí. Pero el terreno estaba vacío. Caminé un poco por él, y encontré un cuerpo al extremo del lugar. Era un esqueleto en una armadura derruida, y sostenía una espada negra. Dudé un poco, pero al final pasé la mano por su hoja, pues no se veía antigua como su portador; pero no parecía tener filo alguno. No era mejor que un pedazo de roca. 
Miré hacia arriba. La luna brillaba plena. No podían haber seguido mucho más sin montar campamento; iba a ser mejor que guardara mi distancia mientras me era conveniente. Me acosté junto al esqueleto y descansé la mirada, apoyado contra los arboles de espinas. Ese lugar daba a los troncos y podía evitar las puntas afiladas. Descansé. La distancia se estaba haciendo más corta. Mi paciencia no iba a resistir mucho más.
No perdí la concentración esa noche. Pude permanecer alerta durante todo el tiempo, observando como la oscuridad se retiraba hacía el oeste, despacio, y el sol volvía a mostrarse. Entonces me levanté de nuevo. Era tiempo de cazar.
Los humanos habían salido antes, y supuse que habría algunas horas de marcha entre nosotros. Continúe el ascenso sin peligro de que me vieran, y no paso mucho hasta que noté que los arboles dejaban de elevarse. Subí otra elevación de la roca, y llegué a la cima de las Tierras Sagradas.
El suelo estaba cubierto de verde; un forraje que se había mantenido corto. El lugar se hundía hacía el centro, y sabía que ahí había caído Deus. Y que Deus ya no ocupaba esos lares. ¡Hale!
Caminé hasta el centro y me arrodillé. Junté mis manos hacía mi pecho, y permanecí en esa posición durante un minuto. Recé hasta que estuve satisfecho, y aprecié el lugar donde me encontraba. En ese lugar había comenzado un nuevo capítulo de la historia. Deus iba a corregir todas las cosas de nuevo, y Veringrad iba a poder estar llena de tantos huginn como quisiéramos.
Recé por un buen porvenir, y por una buena caza. Ya había visto todo lo que quería. Ahora iba a completar mi tributo.
Comencé la bajada de la montaña, exaltado; apenas pudiendo mantener mi sable en su funda. Pero tenía que concentrarme en la bajada, y junté todas mis energías para calmarme. Tragué otro puñado de semillas, y continué el descenso a través de las rocas y la piedra inclemente. Pronto volvió a empezar a oscurecer, como me di cuenta entre exhalaciones desesperadas; apuré el paso, dejándome resbalar por las bajadas y saltando abajo de cada declive. El cielo entre las enredaderas se hizo rojo, y pronto ese rojo empezó a dar lugar al azul…
Me detuve contra un árbol, recuperando el aliento y calmando mi cabeza. Eso estaba bien. Eso estaba perfecto. La noche podía darme una cubierta. Tenía que permanecer frío, o no iba a lograr nada. Eso estaba bien. Immo. 
Ahora la noche era un manto negro a mí alrededor. Salté de una roca, y el camino empezaba a inclinarse, así que me acerqué a los arboles de espinas, usándolos como soporte mientras bajaba por el terreno resbaladizo. El camino volvió a interrumpirse a los pocos metros, dando lugar a otra caída. Me asomé por ahí, ganando vista del gran panorama de la montaña. La oscuridad no era un problema para mis ojos. No habían prendido una fogata, pero ahí estaban. Pude verlos con total claridad. Los cinco humanos dormían en un círculo, con dos bolsos a un lado; junto a ellos yacía un pequeño animal. Recordé lo que el Hechicero había contado sobre un perro inmenso que los defendía, y decidí tomar precauciones.
Empecé a rodear el suelo donde estaba, buscando evitar bajar hacía el centro de su campamento, y lo hice tanto como las cercas de ramas me lo permitieron. Salté abajo, y me cubrí contra los arboles mientras me acercaba. Todos descansaban pesadamente. Reconocí a su Pistolero, que había robado el anillo del espacio. Él había estado tirado cuando los conocí. Junto a él había una mujer; la Nereida que había destrozado Aqlatan. Junto a ella se encontraba su Hechicero, que Krieg había llamado un inútil tras probarlo en Laertes, pero luego había resistido todo el fuego en la ciudad montaña. El otro hombre dormía junto a un carcaj y un arco, y supuse que debía ser el arquero que habían visto los Robler cuando los Campos Divinos estuvieron bajo ataque. Tenía que ser el Cazador.
Entonces estaba el Caballero. La chica que había apuñalado a nuestro humano. Salté contra ella, cayendo sobre su estómago y provocando un grito. Golpeé su mejilla, buscando callarla. Su mirada mostraba confusión y pánico. Sus manos recorrían mi cuerpo sin rumbo, sin duda tratando de organizar sus pensamientos en la oscuridad.
De pronto escuché más gritos viniendo desde mi espalda; oí movimiento y un rugido, y supe que debía ponerme el anillo. Empecé a transportarnos, justo cuando la Caballero junto aire para exclamar algo…
…Y su grito de auxilio salió al pie de la montaña. Nos había llevado abajo. Caímos por el suelo, rodando, hasta que me puse de pie. Ella seguía tirada, aun esforzándose por entender que estaba pasando. Noté que llevaba su espada atada en su cintura. Eso le resultaría útil.
La montaña terminaba en una colina de hierba rodeada de árboles. Esa cadena de montañas descendía hasta la ciudad de Verin. También sabía que no tenía que preocuparme de que su Hechicero pudiera rastrear nuestra transportación. No podía rastrear al anillo, incluso aunque tuviera uno.
Avancé hasta el Caballero y aplasté una bota contra su nariz. Su cabeza cayó hacia atrás, sangrando, y la seguí para patear otra vez contra su estómago. Su cuerpo se encorvó hacía mí junto a un grito sordo. Entonces me alejé.
La observé en silencio, dejando que se retorciera por el pasto, intentando respirar. Entonces pareció recuperarse… oí su aliento… y al final se levantó, débil. Pero su mirada parecía desafiante. Tomó su espada con un brazo inseguro, levantándola hacía su rostro. La espada era hermosa, y reflejaba la luz de la luna de manera que la sangre de su nariz parecía el mismo rojo de su pelo. Su pulso se calmó, y extendió la espada contra mí. La observé complacido. Eso era lo que quería. La confusión de la noche no debía importarle. Mi identidad no debía importarle. Había un enemigo frente a ella, y eso era todo a lo que debía responder. Con su espada.
Desenvainé mi sable, relamiéndome. El Caballero corrió contra mí, atravesando el pasto que nos separaba en un par de pasos. Lanzó su espada, y desvíe su punta a un lado sin problemas. Había sido lenta, la había usado como un arpón; casi parecía demasiado pesada para ella. Grazné. Ataqué, y se defendió a duras penas. Su espada tembló bajo la mía, así que lo hice de nuevo, y de nuevo. Pronto su agarre no resistió, y cayó al suelo.
El Caballero se levantó al momento siguiente. Me alegró ver que no parecía asustada. Hice un corte largo por el aire, obligándola a retroceder, y empecé a llevarla contra los árboles. La noche era fresca, pero podía ver sudor cayendo por su cara y limpiando su sangre. Al final pareció cansarse de esquivar, e interpuso su espada en mi ruta, deteniendo mi sable. Avancé contra ella, juntándonos el uno contra el otro. Esta vez no parecía querer dejarme espacio. Apretaba contra mi sable con todas sus fuerzas, y el esfuerzo era admirable. Entonces bajé una mano hasta mi saco y tomé mi daga, que clavé contra sus manos.
La chica chilló, dejando caer su espada. De pronto logró callar a su grito, y tomó la espada antes de que cayera; usando la mano que no había sido alcanzada. Mi cuchillo atravesaba su palma izquierda, que chorreaba contra la hierba. Pero no estaba quejándose. El Caballero levantaba su espada a duras penas; dando lo mejor de sí pero apenas soportando su peso.
Ya había visto suficiente. Hice un tajo contra su vientre, abriéndolo y lanzándola contra el suelo. El Caballero cayó contra uno de los árboles que se esparcían, e hizo un esfuerzo por incorporarse, recostando su espalda contra el tronco. Movió su mano hasta su herida, que no dejaba de manar sangre. No había soltado su espada.
Eso iba a ser todo. No había sido un buen rival. Apenas podía contener mis instintos al ver toda esa sangre. Me arrodillé junto a ella, acercándome. Entonces noté estaba susurrando algo, hablándose a sí misma. Me acerqué más, y noté que era la misma palabra cada vez. “Coniungunt.”
—¿Eh? —pregunté—. ¿Qué estás diciendo?
—Coniungunt… Coniungunt… —continuaba repitiendo. No dejaba de llevarse la mano al vientre, empapándola. Luego la llevaba hasta su rostro y se palmeaba con la sangre, como si no creyera lo que estaba viendo.
—¿Qué es eso, Caballero?
—Palabra mágica… ibas a protegerme… —su voz se hacía más débil. Su susurro empezaba a desvanecerse—. Papá, dijiste… Por todo mi viaje…
—¿Sí? Pues esa es una palabra de los bichos, Caballero.
—Siempre… Papá…
—Tu destino siempre sirvió al Oeste. Tus horizontes fueron los del Oeste, y ahora ya cumpliste tu designio. Adiós, Caballero.
Sostuve su mano izquierda con fuerza y retiré mi cuchillo. Entonces lo usé en su vientre, ampliando mí corté a través de su estómago. Usé las manos para ensancharlo, y hundí el pico en él, alimentándome. Me satisfice con su interior. Del Caballero ya no venía ningún sonido. Su cuerpo no mantendría el calor por mucho más.
Sin embargo, no pude aprovechar la comida. Volví a escuchar las voces gritando que había oído hacía unos minutos, viniendo desde la montaña; sus compañeros estaban bajando. Relamí lo que ya tenía dentro de mi pico, y me incorporé. Le eché un último vistazo al Caballero. Todo su cuerpo brillaba como su cabello, rojo, y la espada seguía haciendo refulgir a la luz. Era una vista apreciable.

Me puse el anillo del espacio, haciéndome desaparecer, y volví con mi gente.