domingo, 18 de mayo de 2014

Dos Noches de Verano — 31 — Nick: Conducir

>Nick: Conducir.

Esta vez teníamos que alcanzarlos. A los helicópteros, las hélices que se escuchaban a la distancia, la salvación que debía venir de un afuera en mejores condiciones. Esta vez no podíamos dejarlos ir, esta vez no podíamos dejar que algo pasara y volviéramos a estar encerrados en ese ambiente de la muerte.
Si aparecían bestias, Clara las quitaría de en medio, o incluso nosotros podríamos ayudar si nos atrevíamos a usar los otros abrelatas que habíamos encontrado. Sin embargo, temía que no fueran a funcionar, lo temía en el fondo de mí ser. Pensé en todo por lo que habíamos pasado hasta entonces. En Henry, que había traído ese abrelatas; en su diario, en el hombre de blanco, en los Eldritch. Pero Clay, Croft… ellos no habían visto al hombre de blanco y estos pensamientos no debían pasar por sus cabezas. De hecho, Clay todavía no debía saber del agua negra y, aunque habíamos pasado por muchas cosas extrañas, él podía seguir desconfiando en las visiones al futuro de Henry.
Era necesario que todos habláramos, y habláramos con la verdad. Pero urgencias más inmediatas estaban frente a nosotros. Los helicópteros se mostraban ante nosotros, como anzuelos casi, una vez más. Había decidido vivir, así que iba a seguir adelante. Solo podía confiar en que las divergencias entre nuestro grupo no nos costaran alto cuando llegase el momento.
Sumido en estos pensamientos, mientras conducía, no me di cuenta de que todos estaban en silencio; ninguno había dicho una palabra desde que Clara anuncio que eran las diez de la noche. Había sido pronunciado que íbamos a morir ese día, y a dos horas de que este terminase y con los helicópteros apareciendo así… temí por un segundo que estuviéramos cometiendo un error.
Quizá debíamos seguir el ejemplo de Henry e ir en contra de lo que estaba dicho… revelarnos a este destino que aparecía arbitrariamente para que lo siguiéramos —y quizá termináramos salvando nuestra vida así. Este flaqueo en mi determinación me hizo girar la cabeza, buscando una señal que me guiase en los rostros de los demás. La imagen no fue animadora.
Croft, a mi lado, no mostraba ninguna emoción, con la mirada hacia la nada, hacia el vacío, distanciándose de forma preocupante. Parecía no tener una opinión sobre lo que estaba pasando… siguiendo adelante como resignado. No había hablado mucho con él desde que me había encontrado con el hombre de blanco, así que mis impresiones podían ser erradas. Pero yo sabía que el agua era negra, y que Croft había mentido respecto a eso. Cuando habláramos, no debía seguir ocultándolo.
Miré hacia Clay; él nunca había dejado de ser un extraño. Creí que habíamos llegado a estar más juntos, pero luego de lo de la municipalidad… Se sentaba en el auto como tratando de aislarse. Trate de convencerme de que solo estaba un poco ido luego de haberse expuesto a la aparición en la cocina. Yo había esperado algo así y había evitado mirarla fijamente mientras Clara se ocupaba de ella, nuevamente.
Y Clara, por su parte, parecía en shock, paralizada por todos los acontecimientos pero con una gran responsabilidad sobre ella que no le permitía dejar de moverse.
Ante todo esto, resistiendo el impulso de sentirme derrotado y simplemente reducirme en mi asiento, decidí que había que tomar una decisión... Y paré el auto.
—¿Qué haces? —exclamó Clara—. ¡Los helicópteros!
—¡Espera! —balbuceé—. No... Eh, no sé cómo decir esto, pero... —Todos estaban mirando hacia mí—. Creo... que no tenemos que seguirlos. Creo que vamos a morir si seguimos avanzando.
—¿De que estas hablando? —dijo Croft, con fastidio evidente.
—Bueno… —miré hacia Clara, buscando auxilio. Pero esta vez no podía saber lo que pensaba, por supuesto—. Bueno, los helicópteros van a atraer a otra gente, obviamente... Y Henry dijo que íbamos a morir en medio de una congregación de los monstruos… 
Eldritch, pensé para mí, así se llaman. Eldritch.
—¿Otra vez con eso? —Se quejó Clay—. ¿Cuándo fue que todos empezamos a creer en ese tipo, che…?
Parecía que iba a seguir hablando, pero decidí mostrar firmeza y salí del auto, dejando el espacio del conductor vacío. Esto era de vida o muerte… Seguir a los helicópteros podía ser el fin del camino y no iba a tomar ese riesgo. Clay bajo también, dispuesto a hacer que su palabra fuera escuchada.
Sabía lo que tenía que hacer. Permanecí en silencio, dejé que se acercara, y salté sobre él.
Ambos caímos al suelo, rodando por el asfalto, y aproveché el momento para tomar algo bajo sus ropas. Clay trató de evitar que me levantara con un tirón violento de mi camisa, pero solo tuve que mostrarle el arma para hacer que se quedase quieto.
Había tomado su pistola, y empecé a alejarme despacio sin dejar de apuntar. Tenía que hacerles entender que no estaba jodiendo…
Me di cuenta de que Clara y Croft también habían bajado del auto. ¿Pero dónde estaban...? Por detrás. Detrás, pensé, demasiado tarde, cuando Croft saltó para hacerme bajar las manos y Clara arremetió por detrás. Llevaba su abrelatas. Corto por debajo de mis costillas, a través de la ropa. Pero lo sentí, deje caer el arma y caí al suelo yo.
Seguía entero. El abrelatas no me había hecho nada. No era una sombra. No era una abominación. Pero pensar en este alivio no cambiaba el hecho de que podía ver confusión en el rostro de Croft y decepción en el de Clara.
Clay ya se había levantado. Lo había atacado... Pero no me sentía en falta. Si íbamos a seguir juntos, morir juntos, yo solo actuaba por lo que creía que era lo mejor para nosotros.
En ese instante habían logrado ver cuánto creía en mi opinión, y ellos tampoco miraban con tan buenos ojos a la promesa de los helicópteros con el nuevo día estando tan cerca. Era momento de que nos saliéramos del camino. Le di su arma a Clay.
Tomamos un nuevo camino, y encaminé el auto en dirección opuesta adonde estábamos yendo. El viaje fue corto, pero silencioso y cargado. Viajábamos bajo unas nubes más negras de lo normal; nubes que habían cesado de llover pero prometían reiniciar sus actividades en cualquier momento. Solo conduje un par de cuadras, hasta que vi una estación de servicio muy parecida a aquella donde me había refugiado cuando los Eldritch aparecieron por primera vez.
La sucursal estaba vacía, pero no fuimos allí. Nos dirigimos en cambio a una casa enfrente, otro hogar con dos plantas en el que podríamos pensar. Sin embargo, este no estuvo vacío. Oímos los movimientos desde la distancia, al acercarnos a la puerta, e intercambiamos miradas.
Decidimos entrar a la fuerza de todas maneras. Porque necesitábamos entrar, y porque podíamos dialogar con quien estuviera adentro. Después de todo, así nos habíamos conocido nosotros. Pero no fue como lo planeamos.
La mujer que estaba adentro nos estaba esperando. Giramos la perilla de la puerta, que estaba sin llave como invitándonos; la figura de pelo largo ya nos apuntaba cuando abrimos y nos encontramos con la dama y su ballesta. No hubo tiempo para sorprenderse, mientras su dedo se cerraba en torno al gatillo; Clay se cubrió hacia abajo, sacó su arma y disparo. La flecha voló sin lograr darle a nadie y la bala de Clay impacto justo en el blanco.
Ese no era un Eldritch, como las personas que habían intentado robarnos antes. La violencia parecía siempre más desgarradora en estos casos. La puntería de Clay había sido trágicamente certera, y ahora una mujer yacía muerta por su mano. Todos permanecimos paralizados unos momentos, intentando entender aquello que había pasado en apenas unos segundos. Pronto Clay dejo ir una gran bocanada de aire, y entró a la casa. Lo seguimos. Pasamos por sobre el cadáver y temí que pudiera convertirse en un monstruo de un momento a otro, pero no fue así.
La casa tenia al living cerca de la entrada, con un ventanal cubriendo la pared junto a la puerta. En el frente contaba con una cocina, a un lado estaba la salida a un patio y del otro había escaleras al segundo piso. De nuevo concentrado en la realidad, cerré las cortinas sobre los ventanales para que pudiéramos centrarnos y, antes de hacer nada más, le eché otro vistazo al cuerpo de aquella mujer con ballesta. No podíamos dejarlo ahí. Le pedí ayuda a Croft con una mirada rápida, y la sacamos de la casa. Pensamos en quedarnos con el arco, pero no había más flechas a la vista aparte de la que había disparado contra nosotros. Mientras volvíamos a entrar, Clara bajaba del segundo piso luego de una inspección rápida. Se detuvo en medio de las ruidosas, rechinantes escaleras. Se veía pálida. Se tomó la cara, mareada, y pareció amagar con vomitar, aunque lo soporto.
—¿Eh...? —Le pregunto Clay—. ¿Qué viste arriba?
—Era... Era una nena. —Clara miró hacia nosotros, parados junto a la puerta, por donde habíamos llevado a la mujer—. Debía ser su hija... Estaba tirada sobre una cama. Tenía la mitad del cuerpo brotado… tipo, deforme e inflamado con esa cosa negra. La madre debe haber tenido que matarla...
—¿Se habría infectado con el líquido negro? —Murmuró Clay, rascándose la nuca, indispuesto ante la imagen—. ¿Habrá entrado un deforme?
Croft parecía verse ansioso.
—Pudo haber sido eso… o el líquido pudo haber salido por la corriente de agua —dijo—. Lo negro no había llegado a la otra casa donde estuvimos, pero el agua de las canillas sí está saliendo negra. Justo... como dijo Henry que iba a pasar.

◘◘◘◘◘

Nos reunimos todos alrededor de la mesa de la cocina de la casa; la presencia del cuerpo de la nena estaba temporalmente fuera de nuestras mentes.
—“Como dijo Henry”… —susurró Clay—. Entonces, ¿él tenía razón? —Pareció pensar un momento—. ¿Vamos… a morir hoy?
Clara bajó la mirada ante esto.
—Confió en que podemos vivir —murmuré—. Confió en que podemos seguir por nuestros propios medios.
—¿Qué viste, Nick? —Me pregunto Clara, serena, aun con la cabeza baja—. Cuando tuviste que irte antes de llegar a ese edificio... Volviste creyendo en las palabras de Henry.
—Vi a Jack.
Mis palabras hicieron eco en la oscuridad silenciosa. Todos me escucharon con atención. Conté quién era Jack, pues solo Croft lo había conocido; conté cómo lo había seguido por las calles pero había resultado no ser él. Era ese hombre de blanco; ese hombre a quien no podía mirar de frente así como no podía mirar al círculo de la cocina.
—Esa… cosa me mostro imágenes, cosas horribles que pueden llegar a ser los Eldritch… Me dijo que se llamaban así, además… —Mi narración variaba de tono y velocidad, mientras racionalizaba y trataba de darle un orden por primera vez a los hechos que hasta entonces había tratado de ignorar en mi cabeza—. Me mostro a los Eldritch, me los mostro como un espejo. De nosotros. Creo que son invasores… Como un virus. No son de acá.
Todos me miraban en silencio.
Clay pareció intentar hablar, aunque su voz lo sorprendió siendo deshilvanada. Carraspeó, y lo intento de nuevo. 
—Em, entonces, este líquido negro... es malo. No es de acá. Guau, esa mierda ya era obvia.
Clara suspiró.
—Hablamos con las sombras. Nos comunicamos con esas cosas. Podemos no entender qué convierte a la gente en monstruos, Eldritch, o cómo sea, ni entendamos nada de ellas. Pero hablamos con los seres… les dejamos claro que no vamos a resignarnos.
—Así que no podemos hacer eso. —dije.
—Sí —dijo Clara. Entonces miró a Clay—. Hay algo que quería preguntarte. ¿Qué quiso decir esa sombra… la que llevaba el uniforme militar?
—¿Eh? —preguntó Clay—. ¿Cuándo? —Clara parecía algo incomoda.
—Cuando te hablo de cerca… Cuando dijo que en la ciudad era como una droga, o… o algo así.
—No estoy seguro. Es algo que empecé a pensar desde que llegué a la Ciudad; que todo era muy perfecto, como que era raro —dijo Clay—. Era… como si la sombra hubiera leído mi mente.
—A mí también me dijo algo raro —dije, haciendo memoria—. Solamente debía tratar de inquietarnos.
—Sí —dijo Clara—. Debió ser eso. Yo viví acá toda mi vida sin notar nada raro.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Croft—. ¿Qué nos queda por hacer?
—Salgamos de la ciudad —propuso Clara—. Llegamos a la zona norte, estamos cerca de la frontera —Pareció dudar, temer haber sido demasiado audaz—. Digo, supongo…
—¡Sí! —apoyó Clay—. Es buena idea. Yo llegue a La Ciudad hace poco. Las puertas no están lejos.
—Y más adelante, la carretera —dije.
—¿Y creen que eso sea mejor que estar en la Ciudad? —dijo Croft—. Por más que acá no haya rescate, bueno…
Lo miramos unos momentos.
Clara levantó la vista hacia el segundo piso, donde estaba esa nena.
—Croft, yo no puedo seguir acá —dijo Clara—. Es… algo que decidí, pero voy a irme de este lugar. Este lugar está podrido. —La fuerza en su voz pareció bajar en las últimas palabras.
Croft solo miraba, mudo. Yo rompí el silencio.
—Eh... Como hablamos en la otra casa, ¿vamos a pasar la noche acá? Digo, la nena, eh, bueno…
Clay parecía estar por opinar algo, pero un trueno interrumpió su línea de pensamiento. El viento había corrido las cortinas y todos podíamos mirar hacia afuera.
Negro. Llovía negro. La sustancia maldita caía como inocente, natural, sin pausa, en un leve murmullo. La lluvia levanto una espesa niebla negra que cubrió la casa, dejándonos en un oasis en medio de la oscuridad. Fue como si todas las ventanas se hubieran polarizado a la vez. Por las ventanas, un perfecto negro. Y el sonido del caer de las gotas.
Ninguno abrió la boca.
Viendo este espectáculo impío, pasó el día. Agujas cruzaron el doce, y por un momento nos sentimos solos en el mundo, sin nada más por lo que preocuparnos, perdidos en esa oscuridad perfecta y su murmullo tranquilo.

Fue un leve momento, de pronto fin. Ahora solo necesitábamos hacer un último trecho. Hasta las puertas de la ciudad. Las Puertas.

>Clara: Perder el abrelatas.

Dos Noches de Verano — 30 — Clay: Liquido Negro

>Clay: Liquido Negro.

Me encontraba en una pieza pequeña del segundo piso, la de la puerta de marrón oscuro. Sin duda, debía ser el cuarto de huéspedes o donde dormía el perro en las noches de frío. Sabiendo que los demás tenían el resto de la casa cubierta, me relajé en la cama.
No había podido sacarme toda esa escena de la cabeza. Clara había matado a una sombra con un puto abrelatas, de nuevo. No podía unir ningún cabo suelto. Pero tampoco me animaba a abrir la boca para preguntar algo.
 Hace un par de días todo era tan perfecto, y ahora estamos en medio de este desastre. Me puse las dos manos en la cara y sacudí la cabeza. Recapitulaba todo lo sucedido y cada vez tenía menos sentido.
Tal vez la respuesta se encontraba en cómo estaba compuesto el abrelatas. Las balas eran de plomo, y los abrelatas de… ¿acero? No estaba seguro. No creía que la respuesta correcta estuviera en las posibles aleaciones del acero. El verdadero enigma corría por otro lado, ya que no tenía la más remota idea de que podían llegar a ser esas sombras. Me sentía apartado del grupo, sabía que los demás sabían más que yo. Pero elegía no preguntar.
Cuando volví a abrir los ojos, la luz se había ido.
Grité mi ubicación y fui bajando la escalera mientras me guiaba con la baranda. Fui tanteando la pared para poder llegar a la cocina. Había un zumbido en el ambiente, algo así como una aspiradora, muy cerca de mí. Lo ignoré totalmente. Seguí mi camino hacia la cocina, pero la pared se empezó a sentir viscosa. Apuré mi camino a la cocina y la luz volvió. Por Dios.
El líquido negro caía desde las paredes… y cada vez aparecía más. En el centro del living había algo. Cómo un punto que no podía mirar directamente. Sentí cómo mi corazón se subía a la garganta. Era lo más parecido a un infarto. Pude sentir como mi cuerpo se endureció de pies a cabeza por un instante, pero reaccioné con un grito y corrí hacía el living.
Cerré la puerta de un golpazo y puse un mueble para taparla. Por Dios, era demasiado.
Mi corazón latía demasiado fuerte; pensé que iba a explotar. Quería que mi pecho estallara de una vez y acabara en ese momento. Todos los demás estaban ahí. Miré a Clara y me la imagine empapada en mi sangre.
Bajé la cabeza y vi como el líquido negro empezaba a filtrarse por debajo de la puerta, despacio. Mi corazón se aceleró, si eso era posible. Pero Clara hizo que me relaje. Me miró a los ojos y levantó su mano. Tenía su abrelatas. Ella podía hacerlo. Fuera lo que fuera que hacía.
Limpié mi mano con un borde del mueble que había usado para tapar. Luego lo corrí, dejando pasar a Clara.
—Clay, ¿estás loco? —dijo Croft.
—Ella tiene el abrelatas, no hay de qué preocuparse —dije, con un tono mucho más seguro de lo que estaba.
Nick, Croft y yo miramos desde la puerta como Clara se acercaba a esa cosa. Alrededor del cuarto, el líquido negro no paraba de fluir por las paredes y de moverse. Era como si estuviera escribiendo algo, pero no podía distinguir nada. En ese cuarto las cosas parecían distorsionarse.
Clara se seguía acercando. Esa cosa era transparente, un círculo perfecto. Desde él, partículas negras aparecían continuamente, uniéndose y tomando una forma cada vez más humanoide, y la luz parecía gravitar hacía él. Todo el cuarto parecía deformarse en dirección al círculo.
Clara se acercaba dando un paso a la vez. Yo ya no tenía miedo. Estaba casi tranquilo; confiaba plenamente en ella (en su abrelatas). Mientras tanto, las partículas negras que surgían atrás del círculo empezaban a tomar una forma cada vez más notable.
—Vamos, Clara —susurré.
Ella ya estaba a un metro de distancia, tal vez medio. Entonces tomó el abrelatas con ambas manos en una pose rara, y rasgó al círculo de derecha a izquierda. Inmediatamente, líquido negro surgió del tajo como si fuera sangre. Esta empezó a fluir, muy lentamente.
El círculo transparente empezó a achicarse lentamente, haciendo más claro al cuarto. El flujo de líquido en las paredes empezó a bajar al suelo; se acumuló y ya llegaba a cubrirnos los pies. Frente a Clara, que miraba erguida, la figura negra estaba casi completa, y la obvia imagen de una sombra estaba por aparecer frente a ella.
El círculo seguía achicándose. Ella siguió inerte frente a él. Al final consiguió un diámetro, se consumió y desapareció, y las partículas negras cayeron al piso, junto a la sangre negra. El pequeño lago que teníamos dejó de sumar afluentes.
Clara tenía una sonrisa de seguridad en su cara cuando se dio vuelta hacia nosotros.
—Entonces… necesitamos una casa nueva, ¿no? —dijo, señalando a sus zapatos empapados—. No me apasiona la idea de dormir con una laguna de esto cerca.
—Sí… —dijo Nick, desanimado—. Tapamos todas las entradas y aun así aparecen estas cosas, Dios mío.
—Voto por irnos. Este lugar ya no me da buena espina. Ya saben, por esa puta laguna de líquido negro —dijo Croft, como explicándonos—. Sí, bueno, eso. Vayámonos.
—Sí, vayámonos —concluyó Clara—. Aunque muero de hambre.
—Podríamos quedarnos a comer… yo también muero de hambre —dije. Nick y Croft asintieron—. Y ya que estamos, podríamos descansar acá… —pero no pude terminar la frase.
—No —dijo Croft.
—No —repitió Clara.
—Escuchen, descansar un poco —insistí—. Tirarnos en la cama un rato y luego salir. No es tan mala idea.
—Mientras no nos quedemos a dormir acá —dijo Croft—. Acepto.
Todos asintieron con la cabeza, y nos dirigimos a limpiar nuestros cuerpos lo más posible. El líquido negro se diluía fácil con el agua. Limpié mi mano izquierda, que era la única afectada. Clara solo tenía un poco en las manos. Croft y Nick solo se lavaron por precaución.
Utilizamos el baño de abajo, que estaba detrás de la cocina y no había sido alcanzado por el líquido negro. Un desnivel llevo el líquido directo hacia una rejilla, y no tuvimos que preocuparnos por limpiar.
Me ofrecí a preparar algo simple. En la heladera encontré mucha más comida de lo que esperaba, aunque solo alcanzaría para una cena. Comeríamos bien una vez más. Los paquetes estaban perfectamente ordenados; parecía que los habían dejado especialmente para nosotros. Había cuatro comidas diferentes; solo faltaba un papel que dijera “Comida de Clay”; “Comida de Croft”.
Calenté las cosas en el microondas y las serví. Comimos rápido, sin decir una palabra.
Cuándo terminamos, Clara se levantó y fue a buscar algo que había en un cajón. Cuándo se acercó a la mesa se apareció con cuatro abrelatas idénticos al de ella.
—Hay uno de sobra, pero ahora podemos llevar uno todos. Aunque no tengo idea si estos funcionan…
De pronto abrió los ojos, y luego nos miró.
—¿Lo escuchan?
Como con los helicópteros, era la tercera vez en el día que Clara decía lo mismo. Me reí. Luego vi la cara de concentración de los demás y decidí escuchar también. Antes de que pudiera oír algo, los demás salieron corriendo hacia la puerta.
—¡Hey!
Me levanté rápido y salí tras ellos. Sin embargo, en la puerta choqué con la espalda de Croft, que venía retrocediendo.
—Mierda, mierda, mierda, mierda —musitaba.
—¿Qué pasa?
Nick y Clara querían entrar, y todos chocaron conmigo. Sobre el hombro de Nick pude ver por qué huían; era una de las bestias amasadas, compuesta de partes del cuerpo de varias personas; y estaba acercándose a la casa.
No quise imaginar qué podía llegar a pasar si semejante mierda alcanzaba a alimentarse de toda el líquido que teníamos adentro. Saqué mi pistola —la que había conseguido junto al auto baleado— y apunté a sus dos piernas. A pesar de tener más brazos, ojos, y pies de lo común, solo tenía dos pies. La bestia estaba a unos cinco metros todavía, y tuve tiempo suficiente para darle un tiro limpio en la rodilla derecha. No estaba acostumbrado a usar armas, y el disparo me sacudió, tambaleándonos a todos que estábamos apretujados en la puerta.
La deformidad se tambaleó, pero siguió cojeando hacía nosotros. Le di un tiro más en la otra rodilla. Con un gemido, la cosa cayó. Sin embargo, inmediatamente empezó a arrastrarse casi a la misma velocidad. Sentí una mano en mi hombro derecho y me giré. Era Croft, con su arma.
Ahora la bestia estaba muy cerca, y podía apreciarse mejor. Ese cuerpo grotesco no llevaba ropa, aunque la mayor parte de su piel estaba salpicada con manchas negras. Croft hizo otro disparo ensordecedor y le dio en un ojo, y por fin logró entorpecer su marcha. Ya no podía vernos, aunque insistía en avanzar con cierta torpeza.
Clara salió corriendo hacía el auto. Yo cerré la puerta de la casa; no quería que esa cosa toque el lago de líquido negro.
—¡Vamos! ¡Al auto! —exclamé.
No tardamos en estar todos adentro. Esta vez Nick fue al asiento del conductor; todos parecían más apurados de lo normal.
Entonces pude escuchar otro sonido metálico. El sonido flotaba débilmente sobre nuestras cabezas. Hablé antes de que Nick girara la llave del auto.
—¿Helicópteros? ¿Eso era lo que habían oído?
—Sí. No podemos perderlos esta vez —dijo Nick, y encendió el auto.
—Clara, ¿qué hora es? —pregunté.
—Las diez de la noche.

Dejé caer la cabeza contra el asiento. Solo teníamos que aguantar dos horas más para librarnos del destino escrito.

Dos Noches de Verano — 29 — Clara: Revisar abajo

>Clara: Revisar abajo.

Ya paso, me decía. Ya paso.
Las aves se dispersaron solas, o al menos la mayoría. Los gritos y disparos se redujeron considerablemente. Aun así, tres helicópteros habían caído y el otro se había ido. El rescate se había esfumado..
No sabía si Henry había llegado a esa situación exacta, pero su predicción se había cumplido. Justo como todas las demás.
Había dicho que saber el futuro permitía cambiarlo. Que la menor mención del futuro cambiaría nuestras decisiones. El futuro que había visto tenía varias diferencias, hasta en los lugares en que los íbamos a estar.
Entonces, ¿por que habíamos cometido el mismo error? ¿Por que habíamos perdido el rescate de todas maneras?
Abajo, las personas se deshicieron de las aves que quedaban. Algunos empezaron a aclamarnos. La mayoría se alejó tan rápido como les fue posible. A unos pocos simplemente no les importaba, y ayudaban a los heridos.
Bajamos las escaleras hasta el primer piso, y al mirar afuera nos encontramos un grupo de gente que nos esperaba con sonrisas.
Un hombre se abrió paso entre la pequeña multitud con una expresión mucho más seria; enojada. Su altura también era mucho más grande. Nick se acerco a mí y me susurró: «Ni una palabra de nada, a nadie».
Quise pasar el mensaje a Clay y a Croft, pero el hombre llegó frente a nosotros y nos quedamos quietos. Clay acercó su mano al bolsillo donde tenía la pistola, pero el hombre sacó la suya antes.
—Ni lo intentes —dijo, y Clay bajo el brazo con cautela. El hombre hizo lo mismo—. Quiero saber quiénes son ustedes y cómo mataron a ese demonio.
Nos miramos entre nosotros, y Clay, que estaba al frente, habló primero.
—No somos nadie importante. Solo un grupo de suicidas. —Habló con una ligera risa, pero el tipo alto no se mostro convencido.
—Yo ya vi a esos demonios de negro. Vi uno al que las balas no le hacían nada.
—Pues... —musitó Clay, y temí que estuviera a punto de admitir algo.
—Pues a nosotros sí nos resultó —interrumpió Nick—. Pero quizá fue suerte. Estuvimos muy cerca de él. —Clay se giro para mirarlo, pero Nick lo ignoro.
—¿Qué tan cerca? —pregunto el hombre, dudoso.
—A centímetros.
Pero no parecía creernos ni una palabra.
—Ni siquiera un idiota se enfrentaría a uno de esos demonios.
—Como dijo mi compañero… somos suicidas —respondió Nick, manteniendo el acto.
El hombre alto no hizo más que suspirar.
—Como sea… No tengo ganas de seguir discutiendo. Mientras maten bichos y no personas…
El sujeto se dio la vuelta y se retiró. Nos miramos entre nosotros durante un momento y luego salimos de la municipalidad. Muchas de las personas que estaban afuera nos preguntaron qué habíamos hecho. Algunos querían saber qué sabíamos de las sombras; no éramos los únicos que las habían visto. Aun así, no respondíamos a nada y seguíamos nuestro camino.
Fuera del edificio el ambiente no era para nada bueno. Había muchos muertos alrededor, pero todos mostraban heridas de balas en la cabeza. Pensé que era lógico; había que evitar que se levantasen como deformes. De los helicópteros caídos, uno había provocado un incendio. Aunque no parecía tener para mucho rato más, pues la lluvia que caía era muy fuerte.
Nos dirigimos a nuestro auto y nos subimos, pero no partimos a ningún lado.
—¿Qué rayos fue eso? —dijo Croft, apoyado contra el manubrio—. Lo del tipo ese…
—No era más que curiosidad. No tenemos de qué preocuparnos —dijo Nick.
—Un montón de la gente que había abajo se alejó después de que matamos a la sombra —dijo Clay—. Creo que tuvieron miedo de nosotros...
—Seguro. Igual, como dije, no tenemos de qué preocuparnos.
—¿Qué crees vos, Clara? —me preguntó Clay.
—¿Eh…? Que no es nada de qué preocuparse —respondí, repitiendo a Nick. Pero este me miro, preocupado.
—Clara, ¿te pasa algo?
—Estoy bien.
—¿Segura…?
—Estoy segura de que estoy bien, Nick. Empecemos a movernos.
Croft suspiró y miró alrededor.
—¿Y ahora hacia dónde?
—Busquemos alguna casa. Lo más probable es que el siguiente equipo de rescate vuelva a este mismo lugar —dije.
—Si es que vuelve alguno —susurró Clay.
—Miren, tenemos que… evitar morir hoy —exclamé—. Solo tenemos que aguantar un poco más.
«Todos se van a morir mañana». Solo había que aguantar por ese día…
Croft encendió el auto. Lentamente, nos adentramos en las calles por donde habíamos llegado. Solo necesitábamos una casa cercana.
Un lugar de dos pisos, a dos cuadras, pareció suficiente. No nos costó mucho entrar y, una vez adentro, preparamos algo de comida con algunas cosas que encontramos. No era mucho, pero serviría para calmar el hambre que nos había acompañado todo el día.
Empezamos a bloquear puertas y ventanas. Rompimos algunos muebles para tener más tablas. Solo dejamos libre la puerta de entrada, y decidimos que íbamos a hacer guardia. Después de todo, no creía que fuéramos a dormir esa noche, tampoco.
Me puse a buscar en la casa por cualquier objeto útil. Croft estaba en la cocina, revisando el agua de la canilla. Empecé a buscar en los muebles de abajo por si había algún cuchillo grande, pero todos tenían tamaño para plato.
—¿Buscas un cuchillo? —dijo Croft—. Ya revisé, no hay nada.
Seguí buscando en el resto de los muebles, de todas formas. Si esa familia comía carne tenía que tener un cuchillo grande para prepararla.
—Parecer que vas a buscar igual, como quieras —me dijo Croft, secándose las manos.
En los cajones solo había condimentos y cubiertos viejos.
—¿Sabés? Al mediodía sí salió líquido negro en vez de agua.
Arriba de un estante solo había cucharas de palo y de plástico. Si no habían puesto ese cuchillo arriba por los chicos, ¿dónde estaba?
—Pensé que debías saberlo, y… ¿me estas escuchando?
En los muebles de la parte de abajo encontré algunas ollas y una pequeña caja de cartón cerrada.
—No me escuchas, ¿no?
Era un tanto pesada, y al agitarla oí un sonido metálico. Usé uno de los cuchillos pequeños para cortarle la cinta adhesiva.
—¿Qué es eso? —dijo Croft, acercándose.
Dejé el cuchillo a un lado y abrí la caja. Como sospechaba, eran cubiertos. Cucharas grandes, chicas, cuchillos mantequilleros, con dientes... pero ningún cuchillo grande.
—¿Y eso de abajo? —marcó Croft, señalando a una esquina.
Quité los cubiertos de la caja y...
—Oh, no me digas.
—Un abrelatas —dije.
Lo levanté para verlo mejor. Al mirar la caja vi que había varios más. Todos eran iguales. Más que eso; eran como el de Henry.
—Esto me da algo de… escalofríos. ¿Crees que también funcionen?
—No sé, Croft. No…
Pof.
—¡Santa…!
Me pegue contra el mueble, instintivamente. La lámpara había refulgido y se había apagado. Quedamos en completa oscuridad.
—¿Croft…? ¿Estás ahí? —dije, temiendo encontrarme en la oscuridad de otra sombra. La oscuridad hacía que el miedo volviese. Pensamientos oscuros. No habíamos matado a las sombras; habían desaparecido. ¿Y si querían vengarse…?
—Sí, estoy acá —respondió Croft, desde el mismo lugar donde estaba antes—. Creo que se quemó el foco.
—Pensé que solo se quemaban cuando se encendían —dije mientras trataba de ver algo, sin éxito.
—Esperá.
Oí como los pasos de Croft se alejaban hacia la puerta que daba al living y la abría.
—No… Creo que se apagó toda la casa.
Croft anduvo hacía el comedor, chocando con un mueble en el camino. Soltó un auch y abría la puerta.
—Sí, se cortó todo. —Tanteó la pared y presionó un interruptor varias veces, sin resultado.
—¡Croft! ¡Clara! ¡Clay! —se escuchó la voz de Nick.
—¡Estoy con Clara en la cocina! —respondió Croft.
—¡Estoy en el baño! Enseguida voy.
Oímos como alguien bajaba las escaleras con cuidado, y se acercaba. Golpeó algo en el camino y tiro algún objeto al suelo, y luego la puerta se abrió.
—Se cortó la luz —le dijo Croft apenas lo escucho entrar.
—No, ¿en serio? —pregunto Nick, sarcástico.
—Si, en serio —respondió Croft, no sé si molestándolo o no captando el mensaje. Oímos otra puerta abrirse lentamente.
—Chicos, se cortó la luz —aseguró Clay desde la cocina.
—Otro más… —dijo Nick. Y de pronto, la luz volvió.
—¡Puta mierda! —chilló Clay, saliendo de la cocina.
Croft y Nick corrieron a la puerta y miraron adentro, horrorizados. Cuando corrí a ver que sucedía, Nick se interpuso.
—¡No, Clara! —Me bloqueó el paso y me alejó de la puerta.
—¿Qué pasa? ¡Díganme! ¡¿Hay alguien adentro?!
—No hay nadie, pero… Por favor, Clara. Quedate acá y no mires. Acabas de pasar por lo del techo y no creo que…

Miré a Clay, que había puesto un mueble para tapar la puerta y se apoyaba en él. Él me miro de vuelta, pero no dijo nada. Solo dio un paso atrás, quitó el mueble y me dejo pasar.